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Boletín
nº 15
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LA CARTOGRAFÍA DEL MEDITERRÁNEO
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A finales del siglo XIII se desarrolló en la cuenca mediterránea una cartografía marítima con un carácter empírico ya que su objetivo principal era servir a la navegación. Por esta razón sólo se representaba el litoral costero, con algún detalle del interior, como ríos y montes que pudieran servir de referencia a los navegantes, que no perdían nunca de vista la costa en sus viajes. Esta cartografía era muy diferente de los mapamundis medievales que coexistían en la Edad Media, por la base empírica de la primera frente al componente teológico y religioso de los segundos. Las cartas portulanas están fundadas en el cálculo de la posición del navío y las distancias entre los puertos; nacen de la experiencia y están dedicadas a la práctica de la navegación.
El origen de esta cartografía es incierto, habiéndose citado a Marino de Tiro como inventor, aunque algunos lo sitúan en algún momento del siglo XII y ligado a la generalización del uso de la brújula y a Raimon Llull, que en el libro Fénix de las Maravillas del Orbe de 1286 dice que los navegantes de su tiempo se servían de "instrumentos de medida, de cartas marinas y de la aguja imantada". Las ciudades en los que aparecen por primera vez cartas portulanas son: Génova, Palma de Mallorca y Venecia, y continuaron siendo durante dos siglos largos los centros productores de ellas.
Estas cartas que estaban orientadas al norte magnético, permitían al marino prever su ruta, siguiendo el rumbo de uno de los 32 vientos dibujados en la carta, y calcular la distancia que debía recorrer. El método de obtener el rumbo por la brújula y la distancia por la velocidad de la nave se llama navegación de estima. Los rumbos de vientos se dibujaban a partir de los cuatro puntos cardinales: Tramontana, el norte; Levante, el este; Mexojorno, el sur y Ponente, el oeste. Los ocho vientos principales se dibujaban en azul, rojo o poniendo la inicial del nombre en catalán. Estos rumbos y otros intermedios, correspondientes a las direcciones de la rosa de los vientos, forman una trama como de tela de araña que es una característica de este tipo de cartografía. Se observa una insistencia particular en señalar dos direcciones, el este, que, como en los mapamundis medievales, estaba indicado con una cruz por la creencia de que en esa dirección estuvo el Paraíso Terrenal, y el norte señalado con las siete estrellas de la Osa Menor que luego se convirtieron en una flor de lis.
No se sabe la forma en que se realizaba la toma de datos para la construcción de las cartas portulanas; parece que la principal fuente de información de los cartógrafos fue la experiencia náutica de la gente de mar, escrita en unos libros, llamados portulanos, que existían desde la Antigüedad, donde se anotaban las particularidades de los puertos y las distancias de unos a otros; la tradición oral, trasmitida de generación en generación en todos y cada uno de los puertos del Mediterráneo, sería otra forma complementaria de información geográfica. Estos datos se pasaban probablemente a cartas parciales que, en algún momento se unificaron en una carta náutica general; por esta razón los topónimos de las cartas no proceden de una sola lengua mediterránea.
Las cartas así llamadas carecían de coordenadas geográficas y de proyección, ya que las mediciones obtenidas con la aguja magnética y las distancias deducidas de la estima operaron de la misma forma que se hace un levantamiento topográfico. Como las cartas portulanas se limitaban a representar una zona geográfica poco extensa, pueden considerarse como cartas planas, trazadas respecto al norte magnético y sólo afectadas por errores cometidos al medir las distancias.
Llevaban estas cartas una escala en leguas para apreciar las distancias entre los distintos puertos, que se llamaba "tronco de leguas" pero no está claro el valor atribuido a la legua que entonces oscilaba ente las cuatro millas náuticas de las leguas españolas y las tres de las italianas. El antecedente de estas cartas sería una carta náutica anónima de c. 1300 llamada carta pisana que está considerada como la carta marina más antigua del occidente europeo. El nombre de carta pisana procede de una antigua familia de Pisa que la tenía en su poder a mediados del siglo XIX cuando fue comprada por la Biblioteca Nacional de París. La controversia sobre si fueron mallorquines o genoveses los que iniciaron esta cartografía está hoy atenuada, pero fue muy fuerte en la primera mitad del siglo pasado.
La cartografía mallorquina
Al incorporarse las Baleares a la confederación aragonesa en 1229, los puertos de Palma, Barcelona y Valencia se convirtieron en bases de una actividad comercial que se extendía por todo el Mediterráneo. La actividad cartográfica se desarrolló fundamentalmente en Mallorca porque las circunstancias históricas hicieron de esta isla en los siglos XIV y XV un cruce de culturas y un centro comercial de primer orden. El sustrato científico y matemático de esta cartografía lo habían proporcionado a finales del siglo XII las obras de Raimon Llull y Alfonso X el Sabio.
La primera carta mallorquina que nos encontramos es la de Angelino Dulcert de 1339, plenamente madura, tras la que seguirán otras, siendo la más conocida y justamente alabada el Atlas Catalán, debido a Abraham y Jafuda Cresques de 1375 que introduce como innovación un calendario perpetuo y la aparición de las rosas de los vientos, además de una magnífica ornamentación. Se encuentra en la Biblioteca Nacional de París.
Los rasgos característicos de la escuela mallorquina son:
1. Toponimia en catalán, más abundante en el Mediterráneo y Península Ibérica.
2. Leyendas con informaciones útiles al comercio.
3. Ornamentación profusa en el interior de los continentes con banderas de los distintos países, reyes, animales y perfiles de ciudades costeras representadas por sus iglesias, faros o elementos característicos que las haga reconocibles desde el mar.
4. Representación orográfica del monte Atlas en forma de palmera.
5. El Mar Rojo en ese color por influencia judía, a veces señalando el paso de los israelitas.
6. El río Tajo en forma de bastón rodeando la ciudad de Toledo.
7. Los Alpes en forma de pata de ave.
8. Decoraciones religiosas en la parte izquierda del portulano entre las que predomina la Virgen y el Niño.
9. Representación de ríos en el interior de las tierras, a veces saliendo de un lago en forma de almendra y con rayas onduladas.
10. Las barras de la corona de Aragón cubriendo la isla de Mallorca, y la isla de Tenerife con un círculo blanco en el centro para indicar el Teide.
Los conocimientos que la Europa culta tuvo de los países del Báltico se deben a la cartografía mallorquina que, demuestra además una perfecta información de África, Mar Negro y Golfo Pérsico, adquirida a través de las redes comerciales judías de estos lugares y, a partir del siglo XV, de los viajes portugueses alrededor de África, lo que confiere a las cartas portulanas de la escuela mallorquina un carácter de mapas terrestres; en estos casos cuanta menos información hay de las costas, más se rellena el interior de los continentes. En este sentido las menores dimensiones atribuidas a las regiones del centro y norte de Europa en clara contradicción con la realidad física, radican, al parecer, en la utilización de datos españoles y portugueses expresados en leguas de 17,5 al grado de a cuatro millas cada legua, traducidas erróneamente por leguas de 15 al grado que tenían un valor sobreentendido de 3 millas italianas.
Aunque hay evidencias documentales de que las cartas portulanas se usaban en los barcos como ayuda a la navegación, en las que han llegado hasta nosotros no hay ningún rastro de este uso pues parecen demasiado lujosas. Las referencias sobre su uso en las naves son muy antiguas; así cuando en 1270 Luis IX de Francia navegaba desde Aigues Mortes a Túnez y su barco fue obligado a dirigirse a Cagliari por una tormenta, el capitán le mostró una carta para enseñarle el lugar donde se hallaban, si bien como el relato está escrito en latín se la denomina mapae mundi. La misma denominación reciben las cartas de un inventario hecho en 1294 con motivo de la restitución de un barco aragonés, el San Nicolás, que había sido capturado por piratas italianos. Abundando en lo mismo, en una ordenanza del reino de Aragón de 1354 se decretaba que cada galera debía llevar en todas las navegaciones dos cartas marítimas.
En el siglo XIV se desarrolló un floreciente comercio de cartas náuticas en el Mediterráneo, como parece indicar un documento fechado en Barcelona en 1390 en el que un mercader, Domènech Pujol, envió a Flandes ocho cartas de navegar.
Las cartas portulanas se dibujaban sobre la piel de un cordero o ternero extendida; el cuello del animal colocado hacia la izquierda o poniente, aunque hay algunas cartas venecianas que tienen el cuello del pergamino hacia el este, tal vez porque al desenrollar la carta lo primero que aparecía era la zona oriental mediterránea que era donde comerciaban las naves de esta ciudad. A comienzos del siglo XVI empiezan a aparecer atlas también en pergamino.
La técnica artística era la utilizada para la iluminación de manuscritos en la Edad Media. Se conservan algunos tratados sobre las técnicas de reproducción y podemos comprobar que estos mapas participan de convenciones heredadas de los mapas romanos como son: el uso del azul y verde para dibujar los mares y ríos, el Mar Rojo siempre en ese color, las ciudades representadas por grupos de edificios, las montañas por cadenas de curvas o de forma pictográfica y las selvas, a menudo coloreadas en verde, indicadas por grupos de árboles. Estas convenciones representativas han pervivido durante al menos seis siglos más.
No sabemos cómo organizaban sus talleres, si trabajaban por encargo o tenían copias almacenadas para su venta y si participaban iluminadores y amanuenses, con las tareas divididas. Se ha discutido mucho sobre el uso de las cartas portulanas si sólo eran para la navegación o como regalo de potentados, pero parece fuera de toda duda que los atlas han debido de servir exclusivamente para esto último. La ornamentación de las cartas portulanas estaba enraizada en la tradición monástica de los iluminadores de manuscritos donde el rojo es utilizado corrientemente para enfatizar las palabras importantes, como se ha venido haciendo en las cartas portulanas. En 1426 Battista Beccaria fue el primero en señalar la costa con topónimos en rojo para recalcar la importancia de éstos frente a los rotulados en negro. La rosa de los vientos, documentada por primera vez en el atlas de Cresques de 1375, fue usada ampliamente a partir del siglo XVI. La inclusión de la flor de lis en las rosas de los vientos para indicar el norte se halla documentada por primera vez en una carta de Jorge d'Aguiar de 1492. La representación de las ciudades costeras detallando sus características más importantes aparece también es esta cartografía, como ya hemos señalado.
El dibujo de la Virgen con el Niño en brazos en el cuello del pergamino está datado en una carta del italiano Petrus Roselli de 1464, seguida por Jaume Bertrán en 1489, que se encuentra en la Biblioteca Marucelliana de Florencia. La decoración de la Virgen y el Niño alterna con la representación del Calvario con la Virgen y San Juan o algún otro santo a ambos lados de la cruz. En la carta de Juan de la Cosa aparece, además de una bella estampa de la Virgen con el Niño dentro de una rosa de los vientos en medio del océano, un San Cristóbal en la parte correspondiente al continente descubierto por Colón.
La decoración más curiosa aparece en una carta de Mateo Prunes de 1571 en la que la Virgen sostiene con un brazo al niño y con el otro blande un palo para darle un estacazo a un pequeño demonio que quiere llevarse a una figura humana agarrada a las faldas de la Virgen y que muy bien podría ser el autor.
Los mares interiores están representados por rayas onduladas en sentido horizontal y las barras de la corona de Aragón suelen cubrir la isla de Mallorca; esta isla, junto con las de Malta y Rodas está especialmente resaltada en las cartas que estamos estudiando.
Los vientos representados por personas o ángeles y colocados en los ángulos de las hojas de los atlas o mapas se denominan soplones y se introdujeron en el Renacimiento a través de las traducciones de la obra de Ptolomeo, popularizándose en la cartografía italiana y francesa, fundamentalmente.
Esta vertiente ornamental está documentada en un contrato que firmó Battista Beccaria y Jafudá Cresques en Barcelona en 1399 comprometiéndose con el mercader florentino Baldassare degli Ubriachi a construir cuatro mapas del mundo con un número determinado de reyes, monstruos y demás decoraciones para presentarlos a varios monarcas europeos. El contrato diferenciaba claramente la labor de ambos pues el mallorquín Jafuda Cresques es llamado maestro di charta da navichare, mientras que Beccaria es denominado dipintore con la tarea de embellecerlos. Como en el documento se manda al agente del mercader llevar los mapas al taller de Beccaria una vez finalizado el trabajo de Cresques, parece claro que trabajaban independientemente.
Este sentido comercial no era incompatible en los siglos XIV y XV con los términos científicos de las cartas, por lo que la inclusión en ellas de algunos elementos fantásticos como la representación del famoso Preste Juan de las Indias, los cuatro ríos del Paraíso y las fabulosas noticias de islas en el Atlántico no alteraron ni la información práctica ni la concepción científica con que está trazada esta cartografía, pero la balanza se fue inclinando hacia el lado ornamental del producto.
En 1492 tuvieron lugar dos importantes hechos históricos que condicionaron el desarrollo de esta cartografía: el descubrimiento de América y la expulsión de los judíos de España. Con el descubrimiento de América, el interés de los monarcas castellanos se polarizó en la vertiente atlántica, cuya avanzadilla sería ahora otro archipiélago: las Canarias, como antes habían sido balcón mediterráneo las Baleares, y se tradujo en la creación de la Casa de la Contratación, verdadera escuela sevillana de cartografía, que se desarrolló al calor de los descubrimientos americanos y los intereses políticos y comerciales de la Monarquía. En la misma época, la escuela mallorquina empezó a languidecer por falta del impulso comercial y científico que la alentaba y también como consecuencia del segundo hecho histórico mencionado ya que una buena parte de los autores de esta cartografía eran judíos.
Por este cúmulo de circunstancias, los talleres cartográficos mallorquines se desplazaron a otros centros del Mediterráneo, gobernados también por monarcas españoles; en Mallorca permanecieron, Salvat de Pilestrina y la familia Prunes mientras que los Oliva se trasladaron a Italia donde trabajaron en Mesina, Nápoles y Livorno y algunos miembros esporádicamente en Marsella. En Mesina se estableció permanentemente Joan Martines donde firmaba sus cartas manteniendo la grafía catalana "añy" y con la aclaración de "Cosmógrafo de S.M.", lo que nos inclina a pensar que tenía un empleo oficial como la familia Maiolo en Génova. Su obra, fundamentalmente en atlas, se extiende desde 1556 a 1591.
De este somero análisis de la cartografía portulana, especialmente de la elaborada en Mallorca podemos resumir que estamos en presencia de mapas en los que la representación geográfica alcanza altas cotas de perfección en su época y que fueron cartas náuticas hechas por y para los marineros, como un instrumento más de ayuda a la navegación y para los que era vital el conocimiento del rumbo y la distancia. Por esta razón las treinta cartas que han llegado a nosotros del siglo XIV y las aproximadamente ciento cincuenta del siglo XV revelan un continuo perfeccionamiento en la hidrografía costera y en la puesta al día de datos geográficos; el deterioro de esta información a mediados del siglo XVI fue debido a que su función práctica y eminentemente marítima fue sustituida por otra clase de información puramente geográfica y culta, demandada por coleccionistas, mecenas y comerciantes que eran entonces los demandantes de esta cartografía. l
Luisa Martín-Merás
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CABALLEROS EN DEFENSA DE LA FE |
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Caballeros y Damas vestidos con túnicas negras y que lucen una cruz ochavada blanca en su pecho hacen que nos remontemos diez siglos en el tiempo. Destacar ahora la importancia histórica que la Orden de Malta ha tenido en nuestra asentada cultura occidental no sería un gran descubrimiento, precisamente cuando tenemos tan cerca y tan latente un aparente orden mundial en el que siguen enfrentándose culturas y tradiciones milenarias. Bastaría con un simple ejercicio de imaginación: si los caballeros de Malta no hubieran estado en Jerusalén, Rodas, Malta o Lepanto ¿hablaríamos hoy día de la misma Europa? ¿tendríamos la misma escritura, lengua o religiones?
De la pacífica y humanitaria congregación en Palestina a las incursiones en el Mediterráneo, de los asedios en tierra firme a las batallas en el mar. Y es que en su origen la Orden de Malta era pacífica y religiosa, dedicada en exclusiva al cuidado de los enfermos de cualquier fe o raza. No sólo fundaron hospitales sino que en cada casa "juanbautista" se encontraba lo necesario para que peregrinos y viajeros encontrasen asistencia. Aún se pueden admirar en Rodas las ruinas de la Gran Enfermería y en Malta el moderno edificio destinado a acoger a los "Señores enfermos" en el que se utilizaban modernas técnicas de ingeniería hospitalaria.
La constitución del Reino de Jerusalén, por obra de los cruzados, obligó a la Orden a asumir la defensa militar de los enfermos, de los peregrinos y de los territorios conquistados por los cruzados a los musulmanes. La Orden pasó a ser religiosa y militar a la vez: todos los caballeros eran religiosos, ligados por los tres votos monásticos, de pobreza, de castidad y de obediencia.
Bajo la regla de San Benito
Se ha discutido mucho sobre el origen de esta institución, pero la teoría más aceptada sostiene que los cristianos, que en 1099 conquistaron Jerusalén, encontraron en las cercanías del Santo Sepulcro un hospital regido por una comunidad religiosa que se inspiraba en la regla de San Benito. Aquellos frailes, a quienes se les dio como patrono a San Juan Bautista, vestían una túnica negra (la de los benedictinos) y llevaban sobre el pecho una cruz blanca de ocho puntas similar a la de un escudo de Amalfi, la ciudad natal del beato Gerardo (considerado por otros de origen francés). Se trataba de un antiguo mercader, que años antes obtuvo permiso del Califa de Egipto para construir en el barrio latino una iglesia, un convento y un hospital en el cual se asistiera a peregrinos de cualquier fe o raza.
Las noticias e informaciones de los nobles europeos venidos a liberar los santos lugares y asistidos por los hospitalarios, hicieron famosos a aquellos frailes y el 15 de febrero de 1113, el Papa Pascual II envió una Bula a Fray Gerardo, jefe de la comunidad. En ella aprobaba y oficializaba la institución del Hospital autorizando a sus miembros a elegir sus propios superiores o "Maestres" y sin interferencia de otras autoridades laicas o religiosas. Se trataba, pues, del reconocimiento de una nueva Orden por parte de la Iglesia de Roma.
El sucesor de Gerardo es Fray Raymundo de Podio (o Depuig, según quien lo considera español), se denomina "Maestre" y es quien otorga una nueva obligación a los Hospitalarios: no sólo garantizarían cuidado y asistencia a los enfermos y peregrinos, sino que también se le encomienda la defensa armada. A los tres votos instituidos por el beato Gerardo (pobreza, castidad y obediencia) añadió, por lo tanto, el cuarto, es decir, combatir a los infieles, no huir en combate y jamás levantarse en armas contra un imperio cristiano (que, sin embargo, resultaría contraproducente siete siglos después, cuando en 1798 Napoleón los expulsa de Malta). El nuevo Maestre adoptó definitivamente como emblema la cruz blanca de ocho puntas, símbolo de las ocho bienaventuranzas del Sermón de la Montaña.
Los caballeros de la Orden de San Juan de Jerusalén se dieron pronto a conocer por su arrojo en las batallas y por sus sólidas fortificaciones. Destacan entre ellas el Krak des Chevaliers, una imponente edificación de piedra que todavía se alza en una colina a 750 metros de altitud en Siria. El Krak formaba parte de una red de castillos construidos por los cruzados en lo alto de otros tantos montes, desde las fronteras de Siria, por el norte, hasta los desiertos que se extienden al sur del mar Muerto. Entre uno y otro solía haber menos de un día a caballo de tal modo que podían enviarse señales de noche encendiendo fuego en las almenas. Disponían de sus propios suministros de agua, mediante fuentes naturales o mediante cisternas excavadas en la roca, y podían resistir un asedio durante meses e incluso años. Constituían un sistema de defensa que permitió a los francos y sus sucesores rechazar durante dos siglos los ataques de fuerzas musulmanas muy superiores en número.
Durante toda la Edad Media, los caballeros de la Orden de San Juan se convirtieron en los más aguerridos guardianes de la fe: vigilaron el Camino de Santiago, las rutas hacia Roma y, en España, combatieron en varias batallas, como en las Navas de Tolosa. Ocuparon la vanguardia en la conquista de Mallorca, Valencia, Murcia, Jaén, Córdoba, Sevilla, Lorca, Baeza y en el Salado. A cambio, la Orden recibió mercedes, privilegios, fortalezas y tierras, así como donaciones reales.
Una flota en defensa de la cristiandad
Pero la lucha contra la amenaza musulmana estaba muy lejos de terminar. En 1187 las tropas de Saladino tomaron Jerusalén y dieron muerte al Gran Maestre de la Orden, la mayor parte de las tropas hospitalarias tuvieron que retirarse a sus fortificaciones en Tierra Santa y en 1281 cayó San Juan de Acre, considerado como el último baluarte cristiano en Oriente. Doscientos cincuenta caballeros de tres órdenes religiosas murieron masacrados. Sobrevivieron diez templarios y siete hospitalarios. Los de la Orden de San Juan, en vez de regresar a Europa, se refugiaron en Chipre. Allí estudiaron y reflexionaron sobre su estrategia futura en un momento en el que las propiedades hospitalarias esparcidas en toda Europa comenzaban a suscitar intereses y codicia: se hacía necesario reorganizarse y volver a combatir.
Fue en 1306 cuando Vignolo de Vignoli, un aventurero genovés al servicio del emperador de Bizancio, propone al Gran Maestre Fray Foulques de Villaret conquistar juntos todo el Dodecaneso a cambio de retener para sí sólo un tercio del territorio. Los hospitalarios ven en esta oferta la solución de sus problemas: el momento político urgía a la Orden una pronta recuperación de su soberanía y de su actividad. Ya no podían combatir a los musulmanes en tierra firme, por lo que el mar se presentaba como su único fuerte para la batalla. Y como base de operaciones la isla de Rodas era la mejor baza: punto de encuentro entre las rutas de Occidente y de Oriente, ofrecía puertos naturales donde reparar las naves que además contaban con la inestimable ayuda del clima y los vientos para facilitar su movilidad.
Desde aquel momento la defensa del mundo cristiano exigía la existencia de una fuerza naval y la Orden construyó una potente flota comprometida en la defensa de la Cristiandad. El Papa les eximió de pagar tributos y los caballeros aumentaban día a día sus riquezas arrebatando las posesiones de los piratas musulmanes que infestaban el Mediterráneo. Con semejantes tesoros financiaban la construcción de nuevos hospitales, navíos y fortificaciones. En esta época la Orden era una confederación que no estaba dividida en naciones sino en lenguas: Aragón-Navarra, Francia, Provenza, Auvernia, Italia, Inglaterra (con Escocia e Irlanda) y Alemania y pronto se convirtió en una potencia naval especialista en la construcción de galeras.
En 1522 diseñó y fabricó un auténtico acorazado, el Santa Ana, un navío de plomo, con seis puentes, una gran sala de armas con capacidad para 500 personas, una magnífica artillería de 50 piezas, algunas de gran calibre, hornos de pan y capilla, era el barco más grande y temido de su época. En el mascarón de proa lucía una figura de San Juan Bautista que hoy se puede ver en la capilla de la catedral de San Juan de La Vallette, en Malta.
La Orden también construyó el primer buque hospital de la Historia, que como en todos los hospitales de la Orden, se cumplían desde su fundación medidas de profilaxis muy avanzadas para su tiempo: se examinaba la orina a los enfermos, había camas individuales con varios juegos de sábanas y mantas, se daba comida en abundancia a los enfermos y tenían pellizas y pantuflas.
Según las crónicas, la vida en las galeras era delirante, a veces estaban tan sobrecargadas que apenas había espacio para dormir tendidos, sin protección contra el sol, la lluvia y el agua salada. Con frecuencia un golpe de mar empapaba las provisiones y las hacía inservibles. Ni que decir tiene que a los esclavos no les deparaban mejores condiciones. Eran encadenados a los bancos de las galeras en grupos de seis e iban sentados sobre sacos de lana. Remaban desnudos hasta veinte horas sin parar, eran alimentados con pan mojado en vino y si alguno de los esclavos caía rendido era fustigado hasta la muerte y, por supuesto, se arrojaba al mar sin ningún miramiento.
Los caballeros hospitalarios convirtieron Rodas en un fortín inexpugnable que resistió cinco asedios durísimos. El último en 1522 reunió bajo el mando de Solimán el Magnífico la mayor flota de guerra jamás vista hasta entonces: 450 naves y 200.000 jenízaros. Unos 600 caballeros defendieron Rodas durante seis meses. Murió la tercera parte de las tropas otomanas, pero la Orden cedió y entregó la isla a Solimán, que dejó partir en paz a los supervivientes y con honores militares.
Sin abandonar la esperanza de volver un día a Rodas, los caballeros de la Orden de San Juan de Jerusalén no dejan de evaluar las posibilidades para una nueva y adecuada organización. Así pues entre las primeras hipótesis se incluía la de instalarse en el puerto de Suda, sobre la costa septentrional de Creta o en Cerigo, la más meridional de las islas jónicas. Este proyecto encontró la rápida oposición de Venecia a la que unían acuerdos comerciales y políticos con Constantinopla que veían amenazados por la posible vecindad de los belicosos caballeros hospitalarios. En posteriores sondeos se barajan como posibles ubicaciones las islas de Elba, Menorca, Ibiza, Heres, Ischia y Malta. Entre todas ellas la de Malta parece la solución ideal para los caballeros de San Juan ya que la posición geográfica de la isla la convierte en un baluarte natural desde donde poder controlar todas las rutas de la flota turca que cada vez se movía con más tranquilidad por el Mediterráneo y con una agresividad en aumento. Pero pertenecía a la corona de España y la decisión de una posible cesión correspondía por aquel entonces al monarca Carlos V que pedía en contrapartida a los caballeros de la Orden de San Juan prestar juramento de fidelidad al soberano español. Este juramento suponía una grave violación de la Regla que imponía una rígida neutralidad en los conflictos entre estados cristianos, por lo que la respuesta fue negativa. Tras varias negociaciones y a condición de quedar libres de cualquier vinculación se acordó como únicas obligaciones las de celebrar cada año una misa como agradecimiento por el beneficio recibido o el regalo de un halcón maltés a entregarse el día de Todos los Santos al Virrey de Sicilia. Al cabo de los siglos la tradición convirtió al halcón en una figura hecha de oro y de piedras preciosas.
Los caballeros en Malta
Á rida y pedregosa, casi privada de vegetación, Malta pone de inmediato a dura prueba a sus propietarios. El primer balance de los caballeros hospitalarios sobre su nueva patria no es muy optimista, pero tras dos siglos de estancia en Rodas habían adquirido una mentalidad marinera e insular. Las condiciones de la costa parecían el único elemento positivo: dos ensenadas muy amplias y profundas que podían recibir numerosas naves de dimensiones y tonelaje importantes.
En Malta la Orden cumple un período durante el que adquiere el papel de impedir a los turcos que se hiciesen los dueños del Mediterráneo.
Pero en los primeros meses de 1564 las noticias que llegan de Constantinopla indican que Solimán está a punto de lanzar su armada para conquistar la capital de la cristiandad, Roma. El sultán poseía un enorme imperio y con el objetivo fijado en Italia, no podía dejar a su espalda la base de Malta que podía cortar todos sus reabastecimientos. Malta fue sitiada, pero esta vez la tenacidad de los caballeros resistió al sultán turco y a sus 45.000 jenízaros en un gran asedio que duró más de tres meses. Murieron 130 hospitalarios. Felipe II envió ayuda y la escuadra turca se retiró con 30.000 muertos a sus espaldas.
La flota de la Orden, considerada una de las más potentes del Mediterráneo contribuyó a la destrucción definitiva del poderío naval de los Otomanos en la batalla de Lepanto de 1571. El rey español, Felipe II, organizó una Liga que en poco tiempo reunió casi trescientas naves y un ejército de cincuenta mil hombres y se enfrentó a la flota turca, formada por 230 galeras y un centenar de navíos auxiliares; 117 galeras fueron capturadas por los cristianos y menos de 50 lograron huir, aunque parte de ellas estaban demasiado dañadas para mantenerse en unos y tuvieron que ser incendiadas. Se calculan en 75.000 los muertos turcos de la batalla, y otros 5.000 fueron hechos prisioneros.
La armada cristiana había perdido entre siete y ocho mil hombres. Los heridos se contaban en un número doble que el de las bajas y no más de diez o quince galeras habían sido hundidas. Unos quince mil prisioneros cristianos, utilizados como esclavos en las galeras turcas, fueron liberados.
Abatida la hasta entonces invicta armada turca, Lepanto significó una derrota definitiva para el poderío marítimo del Islam. A partir de aquella batalla, la importancia del imperio Otomano decayó definitivamente. Las noticias de la victoria sobre los musulmanes recorrieron rápidamente toda Europa y provocaron la celebración general y la aparición de innumerables historias, cuentos y canciones que relataban la batalla.
Napoleón y la Orden de Malta
Dos siglos después, la Revolución Francesa asestó un duro golpe a la Orden de San Juan de Jerusalén, Rodas y Malta ya que en Francia se confiscaron todos sus bienes. Posteriormente, cuando Napoleón inició la campaña en Egipto, ocupó la isla y obligó a los caballeros a abandonarla. Dado que los sanjuanistas seguían los votos del beato Gerardo, no podían alzar las armas contra otros cristianos y no ofrecieron resistencia en la expulsión de la isla.
En 1800 los ingleses ocuparon Malta, pero aunque reconocieron, en el Tratado de Amiens (1802), los derechos soberanos de la Orden sobre Malta, la Orden no pudo retornar jamás.
Después de transferirse temporalmente a Messina, Catania y Ferrara, en 1834 la Orden se estableció en Roma, donde posee, con garantía de extraterritorialidad, el Palacio de Malta en vía Condotti 68, y la villa en el Aventino.
Caballeros del siglo XXI
Ataviados con largas túnicas negras y con una cruz blanca de ocho puntas en el pecho, los nuevos caballeros esperan las preseas bendecidas y el golpe de espada en el hombro izquierdo. Podríamos pensar que estamos ante una típica imagen de las que recrean las películas medievales; nada más lejos de la realidad ya que todos los años, en el día de la Candelaria (febrero) y el día de San Juan (junio), la Asamblea española de la Orden llama a capítulo a damas y caballeros para la ceremonia de renovación de un rito propio de una Orden con más de mil años de historia.
En nuestros días entre los caballeros y damas de Malta se encuentran muchos representantes de la nobleza e importantes empresarios, cuenta con más de 10.000 miembros y está considerada una de las organizaciones humanitarias más importantes del mundo. Son Caballeros de la Orden el Rey de España, el Príncipe de Asturias, el Conde de Orgaz (Gonzalo Crespi) o el Marqués de Mirasol (Jaime Lamo de Espinosa), entre otros.
Aunque se reconoce el voluntariado para colaborar con las actividades de la Orden, sólo se puede entrar a formar parte de ella por invitación. Actualmente existen distintas categorías: Los caballeros de Honor y Devoción, que tienen cuatro apellidos vinculados a antiguos caballeros; los caballeros de Gracia y Devoción, tienen dos apellidos y los caballeros de Gracia y Magisterio que son aquellos cuya conducta está acorde con la misión de la Orden: la defensa de la fe y la ayuda al necesitado.
La ONU ha reconocido su soberanía estatal, aunque no tiene ni súbditos ni territorio; emite sellos, acuña moneda, dispone de su propia organización judicial y está presente en 54 países. A su vez está compuesta por seis grandes Prioratos, cuatro subprioratos y 45 Asociaciones Nacionales. El que la Orden de Malta sea neutral, imparcial y apolítica la hace particularmente apta para intervenir como mediadora en conflictos entre los Estados.
En la actualidad la Orden cuenta con hospitales y obras sociales en todo el mundo, que se financian con las aportaciones anuales de sus miembros y donativos privados; aunque depende de cada país y situación ya que las ayudas pueden provenir de convenios con agencias oficiales sanitarias y sociales o las concedidas por gobiernos, la Comisión Europea y otras organizaciones internacionales para países en desarrollo.
Marga Martínez
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EL PROYECTO DJEHUTY |
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Un proyecto pionero e innovador en el que se está utilizando internet para informar, casi en directo, día a día, de forma didáctica y comprensible, sobre el progreso de las excavaciones. Un sarcófago cerrado, que aún conserva la momia en su interior, y la pirámide más antigua de Egipto construida para un particular son dos de los extraordinarios hallazgos de la Segunda Campaña finalizada en febrero de este año. José Manuel Galán investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y director del proyecto, nos explica nos explica el hallazgo.
Patrocinado por Telefónica Móviles, sin ninguna financiación pública, el llamado "Proyecto Djehuty", tiene como objetivo la excavación y restauración de las tumbas de Djehuty y de Hery, ubicadas en la orilla occidental de Luxor, la antigua Tebas, en Egipto. La necrópolis donde se encuentran se denomina Dra Abu el-Naga.
Hery vivió en torno al año 1550 a. C., justo en los comienzos de la dinastía XVIII y del período histórico denominado "Reino Nuevo". Tebas se convierte entonces en la capital del país y comienza, acto seguido, a levantar su imperio. La enorme importancia de estos años dentro de la dilatada historia de Egipto, tanto en política interior como en política exterior, contrasta con el escaso conocimiento que hasta la fecha se tiene de los detalles significativos de la época, por lo que el estudio de la tumba de Hery suscita un gran interés entre los egiptólogos.
La gran calidad de los relieves que decoran su tumba parece apoyar la hipótesis de la vinculación de su propietario con la familia real, sobre todo si se tiene en cuenta que las tumbas de los nobles y altos oficiales de esta época no tienen las paredes decoradas. Hery debió de contar con los mejores artistas de la nueva capital, quienes esculpieron los relieves siguiendo los modelos "clásicos" de épocas anteriores, que combinaban cierta rigidez en la representación de las figuras en movimiento con un gran detallismo en las formas y en los volúmenes, marcando incluso la musculatura de las piernas y de los brazos. Los relieves que decoran las paredes del pasillo incluyen una gran escena de caza en el desierto, diferentes rituales funerarios, la presentación de ofrendas y un gran banquete en el que participan los familiares más allegados de Hery.
La tumba de Djehuty fue excavada en la colina de Dra Abu el-Naga unos cien años después, pues Djehuty vivió fundamentalmente bajo el reinado de Hatshepsut, en torno al año 1450 a. C. En calidad de "Supervisor del Tesoro", fue el encargado de contabilizar los productos exóticos que trajo a la capital egipcia la expedición comercial que despachó la reina Hatshepsut a las lejanas tierras del Punt, probablemente en la actual Eritrea. De hecho, la figura de Djehuty anotando las cantidades de mirra que trajeron los barcos egipcios se incluyó dentro de las escenas que describen la expedición al Punt y que se esculpieron en el templo funerario de la reina, en Deir el-Bahari. Como "Supervisor de los Trabajos", Djehuty estuvo encargado, entre otras muchas tareas, de recubrir con electro los dos grandes obeliscos -de 108 codos de altura- que Hatshepsut levantó en el templo de Karnak, forjó en oro la barca sagrada de Amon, realizó puertas en metal tanto en Karnak como en Deir el-Bahari, etc.
Debido, probablemente, a que Djehuty controlaba las finanzas por un lado, y el trabajo de los artesanos por otro, pudo desviar hacia su tumba los recursos necesarios para construirse una "morada para la eternidad" muy elaborada, decorada con unos relieves excepcionales. La calidad y estilo de los relieves, que conservan en algunos lugares su policromía original, es muy similar a los esculpidos en el templo funerario de la propia reina.
Las escenas representadas y las inscripciones son de una gran riqueza temática. Las escenas en relieve incluyen una cacería de antílopes y avestruces en el desierto con arco y flechas, y otra en los cañaverales, en la que se abaten patos mediante palos arrojadizos y se pescan peces utilizando un arpón desde una balsa. Además, se representan un par de escenas de banquete funerario, en el que participan arpistas y cantantes, y diversos rituales funerarios. La tumba posee dos grandes inscripciones biográficas del propietario, dos himnos a Amon-Ra y otro dedicado al dios solar Ra en solitario.
Con la colaboración de más de 60 trabajadores egipcios contratados, las trece personas que forman el equipo español iniciaron la Segunda Campaña en la necrópolis de Dra Abu el-Naga a principios del mes de enero. Si los resultados de la Primera Campaña se calificaron de excelentes, la segunda la ha superado.
Además de numerosos ushebtis (figurillas funerarias que acompañaban al difunto en el Más Allá como sirvientes), conos funerarios de arcilla con la impronta de un sello que informa del nombre y cargos desempeñados por el difunto, fragmentos de cerámica, vendas de lino, cuentas de collar y restos humanos momificados, destacan las siguientes piezas:
. Un sarcófago de madera, pintado en blanco suave, con los ojos en negro y coloreados en blanco brillante. Probablemente perteneciera a una mujer.
. Una cabeza de un sarcófago de madera pintado de blanco suave, muy similar al estilo de la pieza descrita anteriormente. En este caso, pudiera ser de una niña.
. La tapadera de uno de los cuatro "vasos canopos", donde se guardaban las vísceras del difunto tras su embalsamamiento. Probablemente de comienzos de la dinastía XVIII (ca. 1500 a. C.).
. Un fragmento de un vaso de alabastro con una inscripción incisa, que incluye un "cartucho" real con el nombre de Ahmose, primer rey de la dinastía XVIII. Es una pieza muy importante porque del rey Ahmose se sabe poco. Su tumba aún no se ha encontrado, pero es probable que se halle en algún lugar de la colina de Dra Abu el-Naga.
. Tela de lino conservada en muy buen estado, incluso el reborde con flecos, con una curiosidad importante: posee una inscripción, escrita en tinta roja, mencionando que la pieza fue elaborada en el segundo año del reinado de Amenhotep II, alrededor del 1435 a. C.
. Una tabla de madera de época del reinado de Tutmosis III, de medio metro de largo, conservada en estado fragmentario. Sobre una fina capa de estuco pintado de amarillo suave, se ha dibujado una cuadrícula en rojo y, sobre ella, se han trazado figuras humanas. Sobre uno de los lados de la tabla se han dibujado dos estatuas de un faraón, representadas mirando de frente, característica poco frecuente en el arte egipcio antiguo. Por el otro lado de la tabla, se ha dibujado la figura de un faraón cazando aves en las marismas. Ésta es, hoy por hoy, la representación más antigua de un rey en esta pose. La tabla incluye el comienzo de un texto didáctico denominado "Kemit". Esta pieza es de una enorme importancia, pues sólo se conoce un paralelo, que se exhibe hoy como una de joyas de la colección del Museo Británico.
Pero el exterior de la tumba de Hery nos reservaba la mayor sorpresa: sobre la fachada de la tumba descubrimos la parte inferior de una pirámide. La parte interna está rellena de un mortero o mazacote de color rojizo, es decir, de una mezcla de grava del desierto con arena fina. La paredes de la pirámide están formadas por adobes y piedras, recubiertos con un enlucido blanquecino. El valor de este hallazgo es enorme para la egiptología, pues esta es, hoy por hoy, la pirámide más antigua de Egipto construida para un particular, es decir, para alguien que no era un rey.
Más información en: www.excavacionegipto.com
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