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Boletín
nº 17
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EL ENIGNMA DE UNA CIVILIZACIÓN PERDIDA
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La culturamaya dominó el escenario centroamericano
durante casi tres mil años. Fue la civilización
precolombina que más tiempo perduró y la que mayor extensión geográfica
alcanzó. Sin embargo, pese a las investigaciones realizadas desde el siglo XIX en
la zona, los mayas continúan siendo un misterio. Hay muy pocos datos indiscutibles
sobre el auge y decadencia de esta civilización que ha dejado espectaculares
restos en forma de centros ceremoniales, códices, cerámica y esculturas. ¿Cómo
eran sus ceremonias religiosas? ¿Cuál era su estructura social y religiosa?, y sobre
todo ¿por qué desapareció esta extraordinaria cultura que todavía hoy, continúa
despertando asombro y fascinación.
El mundo maya es uno de los ámbitos de investigación más fascinantes para los
arqueólogos. Tan sólo en la península de Yucatán (México) existen más de dos mil
centros arqueológicos catalogados, la mayoría enterrados por la selva. Y esto es
sólo un ejemplo de la riqueza que esconde la selva centroamericana.
• El Mundo Maya desapareció por su fraccionamiento
entre caciques y su debilidad política. A la llegada de
los españoles no tenía ninguna fuerza frente a los poderosos
aztecas y su conquista fue rápida. Sin embargo el
mundo maya no se ha perdido, sólo se ha transformado:
más de seis millones de descendientes directos
conservan las tradiciones prehispánicas de los mayas.
• Los descendientes de quienes construyeron las
pirámides aún habitan en la región. Viven en pequeñas
aldeas que parecen ajenas al paso del tiempo, hablan su
antigua lengua, cosechan la tierra tal y como lo hacían
sus ancestros y rinden culto a muchas de sus más
antiguas tradiciones. El sincretismo es una de las
principales características del mundo maya actual.
• Los mayas de hoy día viven dentro de las fronteras de
su viejo imperio. Están divididos en varios grupos étnicos
que hablan alrededor de 30 dialectos indígenas.
Estos grupos incluyen a los lacandones, tojolobales,
tzotzils y tzeltals. En Chiapas los dos últimos grupos
están concentrados en el área alrededor de San Cristóbal
de las Casas. También sobreviven los chontales de
Tabasco y los quichús, kekchi y cakchiqueles de Guatemala.
Muchos de los mayas son bilingües ya que hablan
su propio dialecto y el castellano como segunda lengua.
• El redescubrimiento del mundo maya es una de las
aventuras más apasionantes de la historia de la arqueología:
en el siglo XIX, intrépidos aventureros como el
conde Waldeck, John L. Stephens o el artista Frederic
Catherwood descubrieron las ciudades mayas ocultas
bajo la densa selva de la región y escribieron acerca de
ella. Durante muchos años, los intelectuales especularon
sobre las fabulosas ruinas como un legado de lastribus perdidas de Israel o de sobrevivientes de la
Atlántida. Estos primeros exploradores fueron los pioneros
de la arqueología maya. A partir de sus escritos
sobre la región se han llevado a cabo innumerables
excavaciones en sitios tales como Uxmal, Palenque,
Tulum y Chichén Itzá en México, la magnífica y antigua
Tikal en Guatemala y Copán en Honduras, un lejano
sitio del imperio.
• La civilización maya se desarrolló en medio de un
paisaje de selva alta, montañas, bosques nublados y de
pinos, tranquilos lagos y caudalosos ríos. En el territorio
conviven varios ecosistemas. De las 8.000 especies de
plantas identificadas en el Mundo Maya, al menos
1.500 poseen propiedades medicinales. El Mundo
Maya es la tierra que dio origen al cacao (chocolate), a
la vainilla, al chicle y al henequén. El extenso inventario
de recursos culturales y naturales del Mundo Maya
incluye 17 sitios declarados Monumentos del Patrimonio
de la Humanidad por la UNESCO.
• Los cinco países que comprenden el Mundo Maya se
han unido para proteger sus recursos naturales. En la
zona existen numerosas Reservas de la Biosfera:
En Chiapas, la Reserva de la Biosfera de los Montes
Azules y la de El Triunfo. En Tabasco la Reserva de
Centla, en Campeche la Reserva de Calakmul. En
Yucatán la reserva de Río Lagartos, y en Quintana Roo,
la Reserva de Sian Ka’an. En Belice hay cuatro espacios
protegidos: la Bermudian Landing Community
Baboon, la Reserva del Jaguar Cockscomb Basin, el
Santuario de Vida Silvestre Crooked Treey la Reserva
Marina Hol Chan En Guatemala hay tres reservas:
la Reserva de la Biosfera maya (dentro de la cual se
encuentra el Parque Nacional de Tikal), la Reserva
Biotopo del Quetzal y la del Chocon Machacas. En
Honduras destaca la Reserva de la Biosfera Río Platano
y la reserva submarina de las islas de la Bahía. Por último,
en El Salvador, se encuentra el parque nacional
El Trifino y la reserva de Cerro Verde.
Juan Gabriel Pallarés
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LOS MAYAS: LA CIVILIZACIÓN DE LA SELVA |
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Los antropólogos definen a las civilizaciones como culturas desarrolladas, culturas que han llegado a agrupar bajo unas mismas pautas de comportamiento, unas mismas tradiciones y un mismo mandato político, a varios miles de personas. Las civilizaciones, además, disponen de complicados sistemas simbólicos de comunicación, del tipo de la escritura o del arte más expresivo y penetrante. Suelen levantar ciudades monumentales como residencia de los poderosos y de las instituciones del gobierno, extienden su dominio sobre muchos kilómetros cuadrados a los que reconocen como “patria” de los nacidos y educados en aquellas costumbres y tradiciones. En fin, una civilización es un esfuerzo supremo para ordenar la vida de numerosos individuos que son desiguales entre sí por razones de riqueza, de derechos o de oficio. Y ése precisamente es el primer estímulo para que surja una tal civilización: que haya situaciones y signos diferencia-dores entre los componentes de la comunidad social. Por lo tanto, el problema del origen de la civilización maya es inseparable del problema de por qué unos grupos de residentes de las aldeas prehistóricas, escasas y muy dispersas, que existían en las llamadas Tierras Bajas de la península de Yucatán, es decir, en las selvas de las
actuales repúblicas de Guatemala, Honduras, Belice, y de los territorios mexicanos de Tabasco, Chiapas, Campeche, Yucatán y Quintana Roo, decidieron allá por el 400 antes de nuestra Era, diferenciar y estratificar a su población, de manera que hubiera especialistas económicos y políticos de tiempo completo, y que tales gentes tuvieran acceso preferente a las riquezas que el grupo producía u obtenía por cualquier medio.
Fue aquella una tendencia en nada exclusiva de los primeros mayas; como una mancha de aceite se había extendido por el área que llamamos Mesoamérica. Las ventajas adaptativas o de otra clase que hubieran podido encontrar las colectividades humanas en la nueva y radicalmente distinta forma de vida es una cuestión que los científicos no han podido resolver por ahora, pero lo que nos interesa aquí es que los moradores del bosque húmedo tropical centroamericano decidieron entregar la capacidad de decidir sobre sus destinos a unos pocos representantes, al principio elegidos y luego enseguida hereditarios o autoproclamados, y que esos representantes iniciaron de inmediato el camino de la profundización en sus privilegios,
de la ampliación de sus poderes, y de la defensa ideológica del estatus adquirido. Para ello requirieron de instituciones, organización, rituales, expresiones, símbolos y obras públicas particulares, y la reunión de todo ello constituye la civilización maya, una civilización que adoptó formas y desenvolvió rasgos de una magnificencia única en la historia antigua de las Américas, que alcanzó un refinamiento y esplendor sólo comparables con las más grandes realizaciones de la mano y el espíritu de los hombres en Grecia, Roma, Egipto, Mesopotamia, India, China o el Sudeste asiático.
LOS ORÍGENES
Hacia el siglo V antes de nuestra Era, según digo, los mayas de sitios que llamamos hoy con los sonoros nombres de El Mirador, Tintal, Nakbé, Tikal, Uaxactún, Ichkabal, Cerros, Lamanai, Dzibilchaltún, Oxkintok, empezaron a erigir ciudades para que fueran, con sus palacios y pirámides de piedra, la mejor señal de los cambios que se estaban llevando a cabo, para que representaran a los nuevos máximos gobernantes, quienes se hicieron rodear prontamente de un lujo extraordinario, haciéndose traer, por ejemplo, grandes cantidades de jade con el que manufacturar joyas que los distinguieran, a ellos y a sus familiares y allegados. A los edificios de piedra, para los que se inventó posteriormente la cubierta de falsa bóveda, se añadirían otros elementos que hoy son básicos para definir arqueológicamente a la civilización maya precolombina: la erección periódica de estelas (grandes lajas monolíticas en las que se solía esculpir la imagen del gobernante en majestad), el calendario que computaba el tiempo desde un punto cero o fecha de la creación del mundo concreto en el que se encontraban los indígenas (pues, según creencia general en toda Mesoamérica, se habían sucedido varios mundos antes del presente, todos ellos desaparecidos entre formidables cataclismos), la escritura jeroglífica de tipo logosilábico, la bella cerámica polícroma con escenas pintadas, la escultura en bajorrelieve de un estilo barroco y elegantísimo, los caminos elevados que discurrían entre ciudades o entre grupos arquitectónicos dentro de una misma ciudad, los libros de corteza de ficus recubiertos con capas de cal y pintados con textos e imágenes de carácter religioso y adivinatorio, la aritmética de posiciones con una base vigesimal y la astronomía desarrollada mediante el registro de observaciones comprobadas, y la pintura mural realista y monumental como la de los famosos frescos de Bonampak (Chiapas).
En la discusión sobre el origen de la civilización maya hay que tener en cuenta sobre todo
que ese pueblo habitaba uno de los territorios
más inhóspitos del planeta, una jungla donde
apenas existe suelo para la agricultura y donde
los ciclones, las lluvias torrenciales, los animales dañinos, el calor despiadado y constante,
ponen un toque de permanente dramatismo
en el transcurso de la vida cotidiana. Cuando
llegaron los europeos dispuestos a colonizar América y a sacar provecho de las riquezas naturales por doquiera en todo el continente, huyeron de tales parajes como de la peste, y sólo se quedaron allí donde había una nutrida población nativa a la que poder explotar convenientemente. En tales condiciones, cualquier paso dado por las élites mayas emergentes en la dirección de subdividir la comunidad en diferentes segmentos especializados hubiera desencadenado una crisis alimenticia de tales dimensiones –al restar al campo y a las duras tareas agrícolas la mano de obra que se tendría que dedicar al comercio, al arte, a la religión o a la política– que las gentes podrían haberse extinguido como si de una especie animal o vegetal se tratara. Para evitar esa catástrofe era preciso un orden nuevo, revolucionario diríamos ahora, el orden típico de las civilizaciones despóticas que, al centralizar y regular mediante normas inobjetables el ámbito de la producción de alimentos, por ejemplo, concentrando suficiente fuerza de trabajo en obras de intensificación agraria como regadíos, aterrazamientos, aprovechamiento de zonas pantanosas, etcétera, lograra hacer aumentar el rendimiento de las parcelas cultivadas muy por encima de lo que en principio eran las necesidades habituales de los campesinos. A eso se añadiría la puesta en explotación de terrenos favorables a las plantas estratégicas, como el algodón, el tabaco, el copal (un incienso muy usado en las ceremonias religiosas), el hule (con el que se fabricaban las pelotas de un juego muy popular en toda el área cultural), el cacao y otras, que eran destinadas a la exportación y de las que se obtenían pingües beneficios; y, consecuentemente, la organización igualmente centralizada por el gobernante y sus acólitos de una red comercial muy extensa y ágil que llegaba hasta lugares tan apartados como la cuenca de México y el valle de Oaxaca. De tal forma que se puede afirmar que las graves limitaciones impuestas al desarrollo por el medio selvático en el que vivían los primeros mayas fueron el principal aliciente para la consecución de las bases de una sorprendente civilización avanzada. No muy diferente fue lo que sucedió en el Egipto predinástico, o en la Mesopotamia de los sumerios, países semidesérticos y de recursos escasos y difícilmente explotables. El genio humano se crece ante tamaños desafíos de la naturaleza y, lógicamente, a grandes males grandes remedios, es decir, a territorios hostiles singulares, civilizaciones esplendorosas.
LAS PRIMERAS SOMBRAS
Con esas constricciones medioambientales no es posible que los regímenes políticos sean “blandos”, no hay lugar para la democracia, por ejemplo, allí donde comer
o no comer cada día es cuestión de férrea disciplina, tenaz organización y control de las fuentes de información. El Estado que nace es un Estado de fuerza, para el que cada agricultor es una pieza del complicado engranaje que debe mantenerse siempre en perfecto funcionamiento; su fuerza de trabajo, claro está, no le pertenece, ni siquiera puede disponer libremente de la tierra que cultiva, ni decidir cuántas horas diarias quiere invertir en las labores del campo y cuántas en ocuparse de reparar la vivienda o educar a sus hijos. Es el Estado, es decir, el gobernante, quien determina todas esas cuestiones y hace cumplir sus leyes por medio de una burocracia en constante crecimiento. Son los Estados despóticos, centralizados, fuertes, totalitarios si se quiere, de los que destacaron en la Antigüedad: el Egipto de los faraones, la Camboya de los khmer o el Yucatán de los mayas.
Pero no debemos pensar que un régimen político muy centralizado, con un gobernante o déspota que detenta todos los poderes, es invariablemente un régimen de injusticia o de violencia. Yo he llegado a sugerir en ocasiones que el sistema de los antiguos mayas guardaba muchas semejanzas con el socialismo utópico. Rara vez se ejercía allí la fuerza física contra los transgresores de la ley, sino que la socialización (la educación formal o informal) era tan perfecta y convincente que raros debieron ser los casos de personas que se colocaran al margen de la sociedad o en situación de delito grave; y cuando tal cosa sucedía bastaba seguramente con una condena de tipo social, una condena que implicara el rechazo, el desprecio, incluso el ostracismo, para que el castigo resultara
tan cruel que ni el delincuente ni otros potenciales transgresores se interesaran ya más por contravenir lo ordenado, lo dispuesto por el sagrado monarca que regía las vidas de todos los habitantes del país.
Éste es el secreto verdadero del éxito de la civilización maya, que perduró más de mil años en una jungla mortífera en condiciones permanentemente adversas: la acabada figura del gobernante supremo, su significación para todos los miembros de la colectividad, sus verdaderas funciones de padre, rey, mediador con las potencias sobrenaturales, dios él mismo y pariente de los dioses creadores. Un rey que en maya se llama ahau o k'ul ahau, monarca sagrado, personaje indiscutible y necesario, situado por encima de toda contingencia, lleno de majestad y de fuerza. Un rey que hizo en los albores del período Clásico (hacia el siglo III de nuestra Era) un pacto con sus súbditos por el cual se convertía en el padre y en el dios, es decir, en el garante del bienestar de las gentes y en el responsable de la fertilidad de los campos y de las mujeres, de la abundancia de las cosechas, de la salud de los trabajadores, del éxito en las guerras, el señor proveedor y protector, severo pero generoso, inalcanzable pero amante, hierático pero familiar y comprensible. Una vez que los habitantes del Mayab asumieron esas relaciones de poder y dependencia, su vida se vio regulada por las decisiones del ahau, se les ordenó que fueran a trabajar en las ciudades, que construyeran allí pirámides y palacios monumentales de piedra, que formaran parte de los contingentes militares que iban a luchar en lejanos parajes, que cultivaran también las parcelas de los señores, y las que estaban dedicadas a las plantas de valor comercial y que dependían directamente de la nobleza y del aparato del Estado, que formaran parte de las largas comitivas de porteadores que llevaban cacao y sal, o plumas de pájaros tropicales,
o miel, o copal, o cerámicas pintadas, o conchas, o la savia del árbol chicozapote (el chicle, ya explotado y consumido abundantemente en la Mesoamérica prehispánica), a través de la península y hasta los altiplanos del sur y suroeste. Y, por encima de todo, que acudieran sin excusa y sin tardanza a las mil y una ceremonias que se desarrollaban en el corazón de esas orgullosas urbes, centenares de ciudades de enormes dimensiones extendidas a lo largo y ancho del Mayab, de la península de Yucatán, de mar a mar, donde se les adoctrinaba, se les daban las señas de identidad, se les convencía, con una fastuosa escenografía pocas veces igualada por civilización alguna, de que vivían en el mejor de los mundos posibles y que en el pináculo de esa seráfica realidad estaba su padre, el ahau, el árbol que les daba sombra, el sol que les iluminaba, el hijo del cielo, al que apenas podían entrever en la distancia cuando avanzaba digno y solemne rodeado por las nubes del copal que ardía en los braseros, pero del que sabían sobradamente que podían esperar la seguridad y la vida.
VIEJOS Y NUEVOS ENIGMAS
Una civilización brillante con un despótico sistema de gobierno, pero una civilización que se apoyaba en una tecnología anclada en la Edad de Piedra, así era la cultura maya del siglo VIII, tal vez el siglo de más fulgor, el de la total madurez intelectual y artística. Se trata, pues, de una contradicción que ha hecho correr ríos de tinta de los estudiosos y que constituye un arduo problema y un permanente debate. ¿Puede una cultura desarrollarse hasta el extremo en que lo hicieron los mayas sin hacer avanzar simultáneamente sus técnicas materiales de producción y transformación de bienes? ¿Es concebible una civilización como la occidental moderna sin pensar en la revolución industrial, en las máquinas, en los transportes, en las comunicaciones? Pues bien, los mayas llegaron a medir con asombrosa precisión la duración del año trópico, llegaron a predecir los eclipses, calcularon con cifras altísimas, utilizaron una geometría empírica complicadísima para orientar los edificios y trazar las ciudades, escribieron numerosos libros en los que compilaron todo el saber de su tiempo, hicieron fértiles los terrenos más salvajes, y erigieron construcciones de más de sesenta metros de altura y centenares de miles de metros cúbicos de volumen, con un instrumental propio de los cazadores y recolectores de plantas del Paleolítico. Con hachas de sílex, martillos de caliza, mazos de madera, perfora-dores de hueso, con cuchillos de obsidiana, y sólo con tales herramientas de una sencillez abrumadora, llevaron a cabo todas las ingentes tareas de las que da testimonio la arqueología. No contaron con metales para hacer utensilios, y eso que conocían su existencia, y podían haber importado cobre o incluso bronce, pero no les debió parecer buena idea y desdeñaron lo que para los habitantes de los Andes, por ejemplo, fue la seguridad de una mejor economía de subsistencia y una mayor facilidad en el trabajo de la piedra. ¿Hubieran podido existir las colosales construcciones incaicas, sus magníficas calzadas, sin herramientas de metal? Pues los mayas hicieron una calzada de cien kilómetros entre las ciudades de Cobá y Yaxuná con herramientas de pedernal, y levantaron el enorme templo del Gran Jaguar en Tikal con rodillos de madera y martillos y cinceles de piedra. Los mayas suplieron la tecnología instrumental con las buenas ideas, con la habilidad para aprovechar per
fectamente la fuerza de trabajo de los hombres, para organizar sabiamente esa fuerza de trabajo, para dar incentivos extraordinarios a los trabajadores.
En el Mayab, en el país maya, no había animales de tiro
ni animales de carga. El peso lo soportaban las espaldas y
los hombros de las gentes, el transporte se hacía con el llamado mecapal, que todavía se usa, que es una banda de
cuero apoyada en la frente y que sostiene la carga detrás.
Ésa también es una razón para acostumbrarse a organizar
de manera exquisita el esfuerzo colectivo; si hay que acarrear una gran piedra para tallar una estela, es necesario ingeniárselas para que la carga esté equilibrada y los porteadores tiren de donde deben tirar, en el momento y con la fuerza y el ritmo apropiados. Tampoco usaron ruedas los antiguos mayas, y las conocían, en la teoría y en la práctica (para modelar la arcilla se usaron platos de alfarero, para hacer que se movieran algunos juguetes se los montó sobre ruedecitas, multitud de ornamentos eran circulares o tubulares); he ahí un misterio aún mayor que los anteriores porque bien pudieron fabricar carros para el transporte arrastrados por los brazos humanos, y así hacer más breves, cómodos y eficaces los viajes comerciales, el aprovisionamiento de los ejércitos, más vistosas las procesiones religiosas, incluso más espectaculares las apariciones del ahau, pero tal cosa no sucedió, y ése es un enigma que jamás se podrá descifrar ya que los que deberían declarar al respecto se alojan ahora en las lujosas tumbas de los templos dispersos en lo intrincado de la selva.
La civilización maya se alimentó con maíz, frijoles, calabaza y chile. Algunas plantas más se añadían esporádicamente a la dieta. De tiempo en tiempo se cazaba un venado, un tapir, un armadillo o una iguana, se pescaba en los ríos, se recolectaban moluscos a la orilla del mar. También se sacrificaban en las festividades señaladas los animales del corral, pues todas las viviendas mayas, antiguas y modernas, cuentan con un pequeño huerto anexo en el que corretean algunos pavos. No había arados, de nula utilidad en la jungla, ni otros abonos que los naturales y las cenizas de los árboles quemados en la roza. La tierra tenía que ser tratada con mimo, dos o tres años de siembra y seis u ocho de barbecho para que se repusiera. Una familia de cinco miembros necesitaba varias hectáreas disponibles para el ciclo agrícola por lo que el asentamiento en el paisaje era disperso, ni las aldeas ni las ciudades podían contener altas densidades de población.
Hay quien piensa que para hacer frente a las necesidades alimenticias de una población que crecía y crecía allá por el siglo VII, los mayas llegaron a despejar, a talar y quemar, una gran parte del bosque tropical en el que vivían, y que ese descontrolado afán por poner en cultivo nuevos terrenos ganados a la jungla, y por hacer producir al máximo y durante el mayor tiempo posible a las parcelas roturadas, con la consiguiente laterización o destrucción de los suelos y la conversión del paisaje boscoso en sabanas infértiles, fue el causante de que en los albores del siglo IX comenzara una crisis de tipo económico que arrastró a los pujantes estados clásicos a la ruina acelerada, al éxodo de los grupos sociales más poderosos, quizá a una situación de guerra intermitente, causas todas ellas de un colapso final de la cultura, de modo que para el año 950 eran ya muy pocas las ciudades de las regiones centrales del Mayab, en las Tierras Bajas de Guatemala, Chiapas, Belice y sur de Campeche, que permanecían todavía habitadas y activas.
El hundimiento de la civilización maya del sur de la península, fueran o no los motivos de índole agrícola, apenas afectó a la región septentrional, y así las comunidades localizadas en lo que hoy es denominado Yucatán, norte de Campeche y Quintana Roo, continuaron progresando y transformándose con el paso de los años y con las influencias que, procedentes del altiplano central mexicano, iban llegando a finales del milenio. Es ésa una zona de geografía muy diferente, porque no existen corrientes de agua
superficiales, el bosque es achaparrado e intransitable, el índice de pluviosidad anual es mucho más bajo y hay sierritas de gran importancia estratégica como la llamada Puuc. Las gentes tuvieron que asentarse allí alrededor de pozos naturales que los mayas llaman dzonot, palabra que, castellanizada, ha dado cenote. Es la tierra de los pavos y los venados, de las abundantes grutas que penetran la superficie caliza dejando al descubierto a menudo otras capas freáticas de las que se aprovechan igualmente los nativos, de la miel y de la sal. En ella surgió muy tempranamente una ciudad que fue capital de un poderoso reino, cuya historia, conocida ahora merced a las excavaciones realizadas por un equipo español, es un buen
modelo de las vicisitudes por las que pasaban aquellas urbes monumentales.
EL CASO DE OXKINTOK
Fruto de la colaboración entre el Ministerio de Cultura de España y el Instituto Nacional de Antropología e Historia de México ha sido el Proyecto Oxkintok. Desde 1986 hasta la fecha actual se han realizado extensas investigaciones sobre la naturaleza de esa ciudad precolombina y sobre su evolución a lo largo de quince siglos. Oxkintok está situada unos cincuenta kilómetros al sur de Mérida, capital moderna del Estado de Yucatán, y ocupa casi treinta kilómetros cuadrados si tenemos en cuenta no sólo la parte central sino sus dependencias y suburbios dispersos en los alrededores. Fue fundada como un modesto emplazamiento de las minorías dominantes hacia el 300 antes de nuestra Era, pero a partir del siglo IV después de Cristo se convirtió en una gran ciudad que irradiaba influencia y poder desde las llanuras norteñas en donde hoy se alza Mérida hasta Campeche, y desde el mar del Occidente hasta lo profundo de la serranía del Puuc. En el siglo VIII casi no tenía competidoras en toda el área, su magnificencia era extraordinaria y los reyes eran temidos y celebrados por doquier, y fue únicamente cuando la gran Uxmal cobró importancia en el siglo IX que perdió el predominio y fue decayendo lentamente hasta ser abandonada a
mediados del siglo XI.
Oxkintok está en una fértil planicie algo elevada sobre el nivel del mar, de manera que parece una atalaya sobre el corredor que bordea las orillas del golfo de México, su tierra es muy rica para la agricultura, y hay abundantes fuentes de agua en su perímetro. El punto exacto de su emplazamiento se ve en un mapa como el vértice del ángulo formado por las cordilleritas que corren paralelas al océano o llegan desde el interior de la península. Hemos encontrado durante las excavaciones documentos en escritura jeroglífica que pregonan la magnitud de las construcciones que se alzaban allí a finales del siglo V, templos seguramente, y los primeros palacios. Pero es bien entrado el siglo VI cuando la fiebre constructiva se dispara y lo que fueron antes modestos santuarios se convierten entonces en grandiosas Murciélago del zodíaco pirámides, de las que quedan en ruinas por lo menos una docena de entre diez y veinte metros de altura. Ese período intermedio, curiosamente, carece de inscripciones jeroglíficas y de representaciones de personajes nobles en bajorrelieve, de lo que debemos deducir que habitó el lugar un nuevo pueblo con distintas costumbres políticas que sus antecesores.
A finales del siglo VII y principios del VIII reina en Oxkintok un Señor llamado Olas, el más notable de todos los gobernantes de la ciudad, impulsor de las obras públicas y de un renacimiento de la iconografía, del arte en general, y de las inscripciones en piedra. Su nombre está vinculado a conjuntos arquitectónicos tan importantes como el llamado grupo Ah Canul (que debió ser la sede del poder a lo largo de casi toda la historia prehispánica de la ciudad), y el grupo Dzib, donde se halla el Juego de Pelota. Después de Olas se aprecia un cierto declive y ya entrado el siglo IX unas gentes extrañas toman posesión del lugar e imponen otra vez cambios sustantivos en las representaciones artísticas y en general en las expresiones políticas y religiosas como la arquitectura y la escultura. Hay un breve lapso de esplendor, a la manera del canto del cisne, y se erigen edificios en el llamado estilo Puuc y se labran numerosas estelas, pero en el año 1000 Oxkintok apenas es ya una tenue sombra de lo que fue.
Si tuviera que elegir una construcción representativa de la calidad de la ciudad de Oxkintok, y ejemplo de su singularidad dentro del panorama de las ciudades mayas, señalaría de inmediato el famoso y misterioso Satunsat. Es un nombre muy evocador, significa “el perdedero” y hace referencia obvia a las características arquitectónicas que posee la edificación, porque se trata lisa y llanamente de un laberinto, un espacio arquitectónico pensado para perderse, para que la gente que entra en él se extravíe, que se le alteren la percepción y la sensibilidad. Tres pisos de piedra tan enigmáticos que me han inducido a dedicarles un ensayo publicado por Alianza Editorial bajo el título Laberintos de la Antigüedad, en el que reflexiono sobre los motivos que condujeron a los habitantes de la ciudad yucateca a levantar tan rara construcción. Ya en el siglo XVI, recién conquistado el país por
los españoles, su fama era grande, de modo que clérigos viajeros lo visitaron o mencionaron las noticias que les llegaban por boca de los indígenas informantes; sin embargo, es en el siglo XIX, gracias al célebre explorador norteamericano John Stephens, cuando el mundo se entera que existe un émulo del laberinto de Creta entre los montones de escombros arqueológicos de que estaba salpicada la península de Yucatán. Angostas galerías interiores, oscuras y desniveladas, con puertas que no llevan a ninguna parte sino a otros pasadizos y corredores, puertas en zigzag, aparentemente inútiles o azarosamente dispuestas. Tragaluces en la fachada occidental que no dejan entrar sino un resquicio de luz, salvo durante los equinoccios, que es cuando el edificio se llena de la luz solar, como si festejara a la divinidad o se abriera a itinerarios fantásticos. Una sensación de cambio, de introducirse en una dimensión desconocida, atenaza al investigador o al curioso que penetra hoy en el
Satunsat, y le sacude a medida que avanza, que asciende por las escalinatas, que atisba con dificultad en las paredes y los techos abovedados.
Tal vez sirviera el Satunsat de Oxkintok para las ceremonias
o ritos de entronización de los gobernantes sagrados, o quizá
era un símbolo en sí, con su sola presencia en el centro de la urbe. Sea como fuere, el misterio que entraña se transmite al paisaje en los cuatro puntos cardinales, y cuando uno abandona el lugar tiene el convencimiento de que ha logrado asomarse brevemente, de una manera confusa e inquietante, desde luego, a los secretos de una civilización que desapareció hace quinientos años pero que no ha muerto ni ha sido olvidada, y que perdura en sus piedras y se hace quimera en los remolinos que el viento forma sobre lo que un día fueron estancias por las que caminaban los dioses.
Miguel Rivera
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EXPLORADORES Y ARQUEÓLOGOS EN EL MUNDO MAYA |
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A principios del siglo XIX, una de las más ricas y complejas civilizaciones de la América indígena precolombina, que alcanzó su máximo esplendor y desarrollo en el Período Clásico (300-900), esperaba a ser descubierta bajo la frondosa vegetación tropical. Tras la conquista y posterior colonización de la península de Yucatán, numerosos cronistas describieron las costumbres e historia del pueblo maya. Sus obras permanecieron olvidadas y los grandes centros ceremoniales del Mayab, abandonados desde mucho tiempo antes de la llegada de los españoles, quedaron como mudos testigos de una época de esplendor. Ciudades monumentales de evocadores nombres como Copán, Chichén Itzá o Palenque fueron lentamente devoradas por la selva y un clima hostil.
En aquellos tiempos los nativos del Nuevo Mundo eran, a los ojos de la mayoría de europeos, poco más que salvajes. Ni siquiera los pueblos que habitaban Centroamérica antes de la llegada de los conquistadores merecieron la más mínima atención. Los relatos de Hernán Cortés, Bernal Díaz del Castillo y otros exploradores y misioneros eran desconocidos o bien, considerados producto de su imaginación. Los escasos aventureros que se habían internado en la selva y visto con sus propios ojos las soberbias ruinas de templos y palacios se negaban admitir que fueran obra de los indígenas. Por entonces existía la creencia de que Centroamérica había sido colonizada en tiempos remotos por las “tribus perdidas de Israel” y muchos estudiosos estaban dispuestos a reconocer en la fisonomía de los indios “rasgos Copán y Palenque como glífica que había visto en evidentemente semitas”. En 1835 un coronel del ejército guatemalteco, Juan Galindo, publicaba el libro Descripción de las ruinas de Copán, incluyendo varios dibujos del lugar y las edificaciones que él había explorado. Galindo fue el primero en identificar la escritura jeroexclusiva de la cultura maya. Este trabajo no pasó desaper-A través de la selva. cibido para un joven abogado neoyorquino, John Lloyd Stephens, quien estaba convencido que en el pasado una magnifica civilización había florecido en Centroamérica y que su arte y arqueología merecían investigarse. Stephens, junto al arquitecto y dibujante inglés Frederick Catherwood iban a recorrer entre 1839 y 1841 toda la Península de Yucatán.
DIOSES, SELVA Y RUINAS
John Lloyd Stephens, nacido en 1805 en Shrewsbury, New Jersey, era un joven polifacético, brillante abogado, diplomático e incansable viajero. Tras recorrer buena parte de Oriente Medio y sus ciudades legendarias como Petra, navegar el Nilo y explorar las principales pirámides y monumentos de Egipto, publicó varios libros de éxito sobre sus experiencias. Pero tras su inicial pasión oriental, Stephens iba a dedicar los siguientes años de su vida al descubrimiento de cultura y la civilización maya y a escribir importantes obras sobre sus expediciones, Incidents of Travel in Central America, Chiapas and Yucatan (1841) e Incidents of Travel in Yucatan (1843). Su compañero de fatigas, Frederick Catherwood era arquitecto, dibujante, ingeniero y arqueólogo, había nacido en Londres el 27 de enero de 1799. Era un hombre políglota y magnifico ilustrador que en su juventud también había recorrido el antiguo Egipto dibujando sus colosales edificaciones.
Los dos aventureros se conocieron en 1836 en Londres. Para entonces Stephens ya había estudiado el material existente en la época sobre las antiguas civilizaciones americanas, incluidos los relatos de Antonio del Río sobre las excavaciones de Palenque en 1787 auspiciadas por Carlos lll. No fue difícil convencer al inquieto Catherwood para viajar al corazón de la selva yucateca y comprobar in situ si la existencia de monumentales ciudades mayas era cierta. Se le pagaría 1.500 dólares a cambio de su trabajo como arquitecto, delineante, topógrafo y dibujante. Además John Lloyd Stephens fue nombrado embajador de los Estados Unidos ante el Gobierno de América Central, una magnifica posición que le garantizaba inmunidad diplomática ante un viaje lleno de incógnitas. El 3 de octubre ambos personajes embarcaban en el bergantín Mary Ann rumbo a Belice, en la entonces Honduras Británica ignorando el gran descubrimiento que les aguardaba en el corazón de la selva. Serian los primeros occidentales en contemplar las maravillas de la civilización maya. Entre el equipaje de Catherwood destacaba un equipo completo de topografía, papel para dibujar, lápices, plumas, tinta de sepia, cámara lúcida y un par de pistolas. El norteamericano llevaba dos revólveres, un machete, un mosquitero, una colección de credenciales oficiales y gran cantidad de puros. Un mes más tarde desembarcaban en Belice.
En aquel primer viaje ninguno de los dos sabia con lo que iban a encontrarse, los nombres de Copán, Palenque o Uxmal estaban envueltos en un halo de misterio. Estas ciudades no estaban marcadas en los mapas y sin embargo los relatos hablaban de ellas como grandes y poderosos centros políticos y religiosos, dotados de una arquitectura monumental. “Stephens y Catherwood avanzaban entre un paisaje como jamás lo hubieran podido imaginar: la selva verde y enmarañada, que crispaba los nervios e irritaba los sentidos. Del suelo ascendía el vaho del lodo y de maleza corrompida... Por la noche, cuando despertaba la jungla, vociferaban los monos, chillaban los loros, se oían rugidos sordos, apagados de pronto, como los que profiere una bestia agredida cuando muere violentamente. Los dos aventureros, a lomos de mulas, iban cubiertos de arañazos y ensangrentados, sucios de fango y con los ojos inflamados, preguntándose en aquel país que parecía virgen desde los comienzos del mundo: ¿era posible que existieran edificios de piedra y tan grandes como se decía?...” Así nos describe
C.W. Ceram en su famoso libro Dioses, tumbas y sabios (1957) las peripecias de los exploradores rumbo a Copán, el extenso sitio arqueológico ubicado en la actual Honduras. Tras varios días de camino por sendas impracticables, agobiados por el calor, la humedad y los insectos, llegaron por fin a la pequeña aldea de Santa Rosa de Copán, “media docena de miserables chozas”, como la describió Stephens.
Cuando al día siguiente subieron los escalones en ruinas de las imponentes pirámides de la ciudad maya de Copán cubiertas por lianas y maleza, creyeron que se trataba de un espejismo. A sus pies se extendían amplias terrazas, espléndidos templos y palacios que fueron misteriosamente abandonados siglos atrás. Abriéndose paso a machetazos, dieron con la primera estela, una piedra de casi cuatro metros de altura profusamente esculpida como jamás habían visto. Era la hoy conocida como estela H. erigida en el 731 d. C, la única del centro monumental que representa al decimotercer rey de Copán, conocido como 18 Conejo. Tras este inesperado hallazgo descubrieron más monumentos, nuevas murallas, más escaleras y terrazas. Copán no era más que el aperitivo de una larga serie de asombrosos hallazgos en las profundidades de la selva. Invadidos por la emoción de su descubrimiento, examinaron las inscripciones de las estelas en un lenguaje incomprensible para ellos, vieron los ricos estucos y relieves creados con sorprendente destreza y con sus lámparas de aceite se adentraron en oscuras habitaciones y pasadizos. Todo estaba envuelto en gruesas lianas y plantas trepadoras. Ese día de 1839 a ellos les cambiaría la vida y también la historia de las civilizaciones en Centroamérica tendría que ser rescrita. “ América, dicen los historiadores, estaba poblada por salvajes, pero ningún salvaje erigió estas estructuras, ningún salvaje talló estas piedras. Arquitectura, escultura y pintura, todas las artes que embellecen la vida han florecido en esta espesa selva...”, escribiría Stephens en su diario.
Frederick Catherwood se lanzó enseguida a la difícil tarea de dibujar aquel universo fascinante que acababan de descubrir. Pero ambos ignoraban que aquel terreno donde se encontraban las magnificas ruinas en realidad tenía un dueño. Al día siguiente se presentó en su campamento don José María Acevedo, un respetado yucateco que decía ser el propietario de Copán. Tras mostrar a los viajeros los documentos que así lo acreditaban, Stephens decidió valerse de su cargo de diplomático y comprarle la ciudad. Tras vestirse con sus mejores galas, un uniforme azul profusamente adornado con botones dorados, adquirió si problemas las ruinas de Copán al módico precio de 50 dólares. Ahora los exploradores ya podían trabajar tranquilos y sin interrupciones. El 17 de noviembre de 1839 dieron comienzo las primeras investigaciones arqueológicas del área maya con fines científicos. A pesar de las dificultades a las que se tenía que enfrentar Catherwood, los resultados fueron magníficos. Sus dibujos abigarrados, precisos, llenos de matices y colorido, eran auténticos cuadros revestidos de una aureola de romanticismo. Las ruinas mayas aparecen envueltas en un halo de magia, subrayando su exótica hermosura y la espléndida vegetación tropical que las rodea. También recreó escenas de costumbres indígenas argumentadas en las leyendas de los cenotes o pozos sagrados. Los dibujos de Catherwood –documentos arqueológicos de inestimable valor– serían transcritos fielmente a las planchas por los mejores litógrafos del momento, agrupándose en un libro magnifico y original Views of ancient monuments in Central America, Chiapas and Yucatan, publicado en 1844.
Durante trece días permanecieron en Copán, tomando medidas, dibujando, y limpiando las construcciones con ayuda de peones nativos. El siguiente destino eran las ruinas de Palenque situadas al norte del estado de Chiapas en el actual México. El día 7 de abril de 1840, los dos viajeros llegaron al valle del río Usumacinta donde se levantaba Palenque, uno de los sitios arqueológicos más conocidos de la región pero que aún no había sido explorado en su totalidad. Ya en 1746 el padre Solís, un cura español enviado por su obispo a un centro rural llamado Santo Domingo de Palenque, se había encontrado con sus edificios de piedra ocultos por la vegetación. Desde el momento en que se difundió el hallazgo, llegaron hasta aquí un buen numero de viajeros, aventureros y autoridades políticas.
En 1786 el rey Carlos lll de España envió al mercenario Antonio del Río a realizar un reconocimiento de las misteriosas ruinas. Esta expedición dedicada a la investigación arqueológica fue la primera que se realizaba en toda la América
precolombina. Más tarde, el sucesor al trono español, Carlos IV, envió una misión a Palenque dirigida por el coronel Dupaix y el mexicano Luciano Castañeda. Fueron los testimonios de estos dos exploradores los que cautivaron la imaginación de Stephens y le animaron a realizar este viaje.
Stephens y Catherwood atravesaron el lago Atitlán y llegaron a la aldea de Santa Cruz del Quiché. Finalmente, tras un mes de penoso viaje a lomos de mula, estaban en Comitán la ciudad fronteriza del estado de Chiapas. Cuando en los días siguientes consiguieron reponer fuerzas y reclutar peones nativos instalaron su campamento en Palenque, en una estructura que bautizaron como El Palacio. El lugar les pareció una obra maestra de los arquitectos mayas, el sobrio estilo arquitectónico de su edificios combinaba a la perfección con el exuberante entorno vegetal en que se encontraba. Poco a poco Catherwood fue dibujando sus principales edificios, la planta del Palacio, el Templo de las Inscripciones donde se encontraba la tumba de Pacal descubierta en 1952, el Templo de la Cruz y el Templo del Sol. Los monumentos eran ricos en inscripciones que más tarde cuando pudieron ser descifrados revelaron muchos secretos de su pasado y sus protagonistas. El lugar había sido ocupado en el año II d. C pero su apogeo cultural y arquitectónico fue alcanzado durante el periodo del 615 al 800 d.C.
Fascinado por la belleza de las ruinas John Lloyd Stephens pensó seriamente en comprar Palenque, pero en México las cosas no funcionaban como en Honduras. Si un extranjero deseaba adquirir un terreno debía contraer previamente matrimonio con una mexicana. El joven norteamericano se lo pensó unos días y pero finalmente desistió de la idea para conservar su soltería.
Después de vivir casi veinte días en condiciones insoportables, acosados por los mosquitos, sin poder dormir a causa del bullicio de los monos, agobiados por el bochorno y con una mala alimentación, sucumbieron cuando llego la temporada de lluvias. El 4 de junio dejaron Palenque para siempre y se dirigieron hacia Mérida, al ciudad más grande del Yucatán. Se encontraban explorando la antigua ciudad de Uxmal, cuando Frederick Catherwood cayó enfermo. El paludismo y el intenso trabajo habían minado seriamente su salud. El 24 de junio de 1840 ambos exploradores decidieron de mutuo acuerdo regresar a Nueva York y dar a conocer sus importantes descubrimientos.
Ya en casa de nuevo y recuperada la salud, Catherwood comenzó a preparar las ilustraciones para el nuevo libro de su compañero. Un año después, en 1841, Stephens publicaría su famoso Incidents of Travel in Central America, Chiapas and Yucatan, donde se narraba las peripecias del primer viaje y las descripciones de las primeras ciudades mayas exploradas. El libro tuvo un gran éxito, era un apasionante relato de aventuras, pero sobre todo las espléndidas ilustraciones de Catherwood causaron un gran impacto entre el público. En apenas seis meses el libro tuvo que reimprimirse once ocasiones. Se había convertido en el mayor éxito del mercado editorial estadounidense.
DESCUBRIENDO YUCATÁN
Quedaba mucho por descubrir y la buena situación económica unido a la fama de la que ahora gozaban les animó a realizar un nuevo viaje de exploración. El publico estaba deseoso de nuevas aventura, los editores querían un nuevo libro y Stephens soñaba con desvelar todos los secretos de Yucatán. Así las cosas los preparativos se
precipitaron, en esta ocasión les acompañaría un joven cirujano de Boston, el doctor Samuel Cabot, aficionado a la ornitología. Este prestigioso naturalista sería el encargado de realizar una serie de estudios sobre la fauna de Yucatán. Los tres viajeros embarcaron el 9 de octubre de 1841 a bordo del Tenesse, esta vez con destino a Sisal y la ciudad yucateca de Mérida. En su equipaje llevaban un aparato de daguerrotipos, precursor de la cámara fotográfica, que iba a revolucionar sus investigaciones de campo. En los primeros días de su estancia en tierras yucatecas, los tres viajeros comenzaron su trabajo donde lo habían dejado, en las ruinas de Uxmal. Ahora podían disfrutar de sus elegantes edificios que al igual que todos los grandes centros de la región maya central, alrededor del año 800, en su pleno apogeo, comenzó su decadencia por razones que hasta hoy se desconocen. Todas las ciudades fueron abandonadas y no hubo noticias de ellas hasta el siglo XVIII, cuando los primeros exploradores las hallaron ocultas en las profundidades de la selva.
En el norte de Yucatán la situación fue distinta a la de Uxmal porque entre los años 800 y 900 d.C muchos pequeños centros que hasta entonces habían tenido un papel marginal experimentaron una gran expansión arquitectónica y artística. Fue durante este periodo cuando las ciudades en las que ahora se adentraban, Uxmal, Sayil, Labná y Kabah, alcanzaron su mayor esplendor. Todas ellas compartían además un mismo estilo arquitectónico que hoy se conoce como Puuc, por la región donde se encuentran enclavadas. Stephens y Catherwood iban a contemplar emocionados por primera vez los finos mosaicos de piedra cortada sobrepuestos sobre las fachadas de los edificios, las bóvedas en saledizo, las columnas redondas y la abundancia de mascaras ornamentales del dios Chac. Durante seis agotadoras semanas trabajaron incansablemente en Uxmal, acampando junto a uno de sus edificios más impresionantes, el Palacio del Gobernador construido sobre una enorme plataforma. El conocido como Cuadrángulo de las Monjas también les impresionó, les recordaba por su distribución a un convento y cuando pudieron limpiar la maleza que lo tapizaba enteramente admiraron su fachada profusamente labrada en la piedra y sus esculturas de guerreros y dioses.
A primeros de enero de 1842 los tres viajeros estaban listos para partir. En las alforjas de sus mulas cargaron los valiosos dibujos, mapas, y un buen número de piezas originales y copias en yeso de las esculturas y los ornamentos más representativos que habían encontrado. Partieron rumbo a Kabah donde se sintieron premiados por su arduo esfuerzo al contemplar el edificio hoy llamado el Palacio de las Mascaras, cuya fachada esta toda decorada con enormes mascaras de Chac, el dios narigudo. De Kabah la expedición partió rumbo al sureste, y a principios de febrero llegaron a las ruinas de Sayil. Allí encontraron uno de los más extraordinarios monumentos mayas, el conocido como Palacio que Catherwood a pesar de encontrarse exhausto se afanó a dibujar. De allí prosiguieron a Sabacché, y siempre la misma rutina y sorpresa. La humedad y el tórrido calor, dificultaban cada vez más su trabajo. Las ruinas estaban invadidas, como todas, por lianas, raíces de ceibas gigantes, plantas de originales formas y colores y mucha maleza. En estos pueblos que ahora recorrían en su regreso, donde los nativos no habían visto nunca hombre blanco, éstos se acercaban temerosos a ellos mientras trabajaban. Había circulado el rumor entre las aldeas que tres extranjeros buscaban ciudades muertas y que llevaban consigo aparatos mágicos. Aun así nunca tuvieron problemas con los indígenas mayas que habi-taban en sus humildes chozas de adobe y paja ajenos al esplendor que alcanzaron sus antepasados. Labná, Xampón, Kiuik, Chunhuhu, Sacbey... en el mes siguiente la expedición visitaría más de doce asentamientos, la mayoría aún inexplorados.
A estas alturas del viaje Frederick estaba muy débil y su salud empeoraba día a día. Deshidratado por la fiebre y la disentería, ya no toleraba ni la luz directa del sol y se vio obligado a trabajar bajo una improvisada sombrilla. En un estado lamentable llegaron a Chichén Itzá, era el 3 de marzo de 1842 y frente a ellos se alzaba la pirámide más alta de la ciudad. El enorme cenote o pozo sagrado atrajo enseguida su atención, allí según las leyendas eran sacrificadas las víctimas –jóvenes vírgenes– en honor a Chac, dios de la lluvia y la fertilidad. Los tres exploradores pasaron aquí sus días más tranquilos reponiéndose del paludismo y atendidos por las gentes de una hacienda cercana. Como siempre se dedicaron a medir las ruinas, dibujar los monumentos más hermosos y reproducir los bajorrelieves que decoraban algunos los edificios principales.
El 29 de marzo la expedición salió de Chichén Itzá rumbo al mar, visitaron las islas de Contoy, Mujeres y Cozumel y luego se dirigieron hacia Tulum, en la costa este de la Península de Yucatán. La hermosa Tulum, asentada en lo alto de un acantilado, fue una de las ultimas fortalezas mayas. Este puerto y centro de comercio fue construido alrededor del año 1200 pero alcanzó su máximo apogeo dos siglos después, a la caída de Mayapán. La ciudad aun estaba habitaba cuando en 1518 desembarcaron los españoles comandados por Juan de Grijalva.
Tras dos años en Yucatán, el 17 de junio de 1842, los viajeros volvían a Nueva York. Fueron recibidos triunfalmente y la gente hacía largas colas para admirar las esculturas, los paneles y bajorrelieves descubiertos en las ciudades mayas. Por primera vez el público podía ver aquel arte único, original, y encontrarse frente a los rostros de los gobernantes mayas. Pero el triunfo duró poco, en la tarde del 31 de julio un incendio acabó con todo. Los dibujos, los mapas de las ciudades, los daguerrotipos y todos lo objetos valiosos que habían traído desde Yucatán se perdieron entre las llamas. Fue un golpe muy duro para los exploradores que a partir de ese instante se entregaron a distintas actividades para olvidar su terrible dolor. Stephens escribió un libro sobre su segunda expedición, por fortuna sus notas y bocetos se salvaron de la quema ya que lo tenía a buen recaudo en su casa. Incidents of travel in Yucatan publicado en dos tomos, ilustrado con 120 litografías apareció en Nueva York en marzo de 1843. Nuevamente el libro fue un éxito y se tradujo a varios idiomas.
Pero los dos pioneros de la arquitectura maya no conocieron la fama y la gloria al final de sus días. Stephens participó en la fundación de la Compañía del Ferrocarril de Panamá, y hasta allí se trasladó a vivir para impulsar esta obra titánica. Se encontraba aún muy débil debido a los continuos ataques de paludismo y el clima insalubre de la ciudad. Un día los trabajadores lo encontraron inconsciente al pie de una gigantesca ceiba, bautizada durante muchos años como el árbol de Stephens. Sin embargo el abogado neoyorquino y soñador no moriría en tierras panameñas. Fue trasladado a Nueva York en estado muy crítico y fallecería el 13 de octubre de 1852 en el mayor de los olvidos. Su compañero de fatigas, Frederick Catherwood, moriría de forma trágica ahogado en las proximidades de Terranova cuando el barco en el que viajaba chocó con un vapor francés. Al igual que Stephens, el olvido cayó sobre su figura y magnífica obra.
Más de dos siglos después de que estos intrépidos exploradores recorrieran el mundo maya a lomos de mula, las ruinas de su civilización siguen cautivando a los visitantes. Los sitios arqueológicos, rodeados de árboles centenarios, cenotes de aguas cristalinas, lagunas y una exuberante naturaleza no han perdido un ápice su magia de antaño. Aún hoy contemplar en medio de la selva tropical, los antiguos palacios, observatorios, juegos de pelota, altares, estelas suntuosas y fantásticas esculturas de animales resulta una experiencia inolvidable.
Cristina Morató
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INTERNET, VIAJE VIRTUAL A LAS MÉDULAS |
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Elpatrimonio histórico y artístico constituye un factor de identidad de
una cultura que se erige en el presente como un testigo de la evolución
de las sociedades. Consecuentemente, el estudio del legado de otras épocas nos
ayuda a discernir los rasgos de nuestra personalidad colectiva como el fruto del
devenir de los siglos, y en suma, nos explica quiénes somos y por qué somos
como somos. En el campo de la investigación histórico-artística se cuenta en la
actualidad con un poderoso aliado en las tecnologías de la información y las
comunicaciones, dado que abren un abanico de posibilidades inimaginables.
Por una parte, las técnicas de digitalización de monumentos o entornos arqueológicos
permiten su reproducción precisa en mundos virtuales en tres dimensiones
(3D) para su estudio pormenorizado o para su reconstrucción con fidelidad
y realismo, de forma que el visitante tiene la sensación de estar recorriendo
físicamente ese monumento. Por otro lado, la proliferación de las redes
de comunicaciones y de Internet acerca ese patrimonio digital a cualquier lugar
del mundo, favoreciendo su difusión y conocimiento.
Dentro de las actividades de acción social y cultural del Grupo Telefónica, canalizadas
a través de Fundación Telefónica, figura en lugar destacado la cultura y su
relación con las tecnologías. Dentro de este campo, a finales de 2003 Fundación
Telefónica y la Fundación Las Medulas han firmado un convenio de colaboración
para crear una página web de esta fundación y, a través de ella, reproducir en realidad
virtual en 3D la Zona Arqueológica de Las Médulas, en León. El objetivo
concreto de esta iniciativa es desarrollar un portal de Internet dedicado a este
yacimiento que ofrezca al visitante información acerca del parque cultural, en
distintos formatos multimedia: fotografía, textos e itinerarios virtuales.
El proyecto iniciado con la Fundación Las Médulas se estructura en dos etapas.
En una primera fase se ha desarrollado el portal (www.fundacionlasmedulas.org)
en el que se incluye información sobre la Fundación Las Médulas y sus diversas
actividades, así como del parque, todo ello por medio de textos y fotos. En la
segunda etapa se incorporará
el material multimedia, en
concreto, una serie de itinerarios
en visita virtual y una animación
que recogerá la evolución
histórica de este paisaje
leonés. De cara a potenciar y
enriquecer los contenidos
expuestos, se utilizarán animaciones
multimedia interactivas
en Macromedia Flash,
fotografía panorámicas de
360º para reproducir vistas
especialmente significativas o
pintorescas, fragmentos de
vídeo digital y recreaciones en
3D de enclaves concretos.
La Zona Arqueológica de Las
Médulas es un paisaje histórico
y cultural resultado de la
intervención romana a lo largo de los siglos I y II d.C. y de los
cambios experimentados en ese
territorio hasta la actualidad. Su
valor es excepcional, hasta el
punto que fue incluido en la lista
del Patrimonio de la Humanidad
de la UNESCO en 1997. Su
mayor riqueza se debe a que, por
un lado, fue la mayor mina a cielo
abierto de todo el Imperio
Romano y por otro, porque no se
trata de un paisaje fósil, sino que,
desde el abandono de la minería,
ha estado sujeto a una constante
evolución que convierta a la zona
en un recurso de interés cultural
y natural vivo y, por tanto, necesitado
de una explotación racional.
Es, en definitiva, un bien no renovable
que necesita la implicación
de todos para convertirla en
un bien duradero.
Con la página web, además de
difundir las actividades de la
Fundación las Médulas, se pretende
conseguir una plataforma en torno a la cual se articulen las principales
actividades de investigación y gestión de la zona. Además, a medida que las
actividades de la Fundación se consoliden, la página servirá como centro de
referencia para investigadores y gestores cuya actividad se centre en Parques
Culturales.
En este sentido, en el reconocimiento de Las Médulas como Paisaje Cultural
ha tenido un papel esencial la investigación científica llevada a cabo en la zona
desde hace casi 30 años. La importancia de este paisaje no es algo que viene
dado de antemano: la investigación ha sido esencial para su correcta valoración,
su protección y su posterior gestión. Desde 1988 la investigación de Las Médulas
ha centrado la actividad de un equipo de investigadores del Departamento
de Historia Antigua y Arqueología del Instituto de Historia del CSIC
(www.ih.csic.es/lineas/territorio/index.htm) y en el que han colaborado numerosos
investigadores de otros centros.
Los trabajos de este equipo –articulados en torno a distintos proyectos de
investigación– han permitido entender Las Médulas como un excelente ejemplo
de la imbricación de distintos aspectos tecnológicos y económicos, de relaciones
sociales y cuestiones políticas y administrativas y de los engranajes que
permitieron la conexión entre estos diversos niveles.
Los proyectos llevados a cabo en Las Médulas han permitido obtener una visión
global de la zona entre los siglos III a.C. y III d.C. El objetivo principal del trabajo
del equipo del CSIC ha sido la investigación –con una finalidad clara de valoración
y explotación racional– de Las Médulas como un paisaje cultural, entendido
como manifestación visible y presente de la interacción que se produjo entre unas
determinadas comunidades y el medio natural que éstas ocuparon y explotaron.
Por ello el estudio de Las Médulas exige una colaboración interdisciplinar entre
investigadores y profesionales dedicados a campos científicamente diversos – la
arqueología y las ciencias de la tierra – pero con intereses convergentes. Una buena
muestra del trabajo desarrollado en la ZAM es el centenar de yacimientos
inventariados hasta ahora, las áreas descubiertas en dos castros prerromanos (El
Castrelín de San Juan de Paluezas y el Castro
de Borrenes) y en dos poblados romanos
(Las Pedreiras de Lago y Orellán); o los
novedosos resultados sobre el proceso antiguo
de prospección y evaluación de los yacimientos
auríferos, obtenidos a través de una
serie de muestreos a la batea.
La investigación de Las Médulas cobra sentido
si contribuye a su valoración y a su desarrollo,
no sólo científico, sino también
social. Por eso, todo el trabajo llevado a cabo
por este equipo de investigación se ha realizado
desde una perspectiva científica y patrimonial
a la par, que valora Las Médulas como un paisaje cultural, es decir, como
resultado de un proceso histórico. Esto es especialmente importante en un área en
la que el patrimonio arqueológico es uno de los recursos más importantes. La labor
del equipo del CSIC pretende que este patrimonio sea tenido en cuenta en cualquier
decisión relativa a la gestión de la zona; por ello sus esfuerzos se dirigen a que
las iniciativas sociales, económicas y culturales sean cada vez más efectivas para el
desarrollo de la zona, a la vez que se protege este paisaje cultural.
Telefónica Móviles
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