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Boletín
nº 20 |
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EXPEDICIONES ESPAÑOLAS. UN SUEÑO EFÍMERO
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Para no confundir ciencia con aventura, paralelamente a la creación
de la Sociedad Geográfica de Madrid se creó la sucursal española
de la mencionada Asociación Internacional para la Exploración y Civilización
del África Central, dirigida por un grupo selecto de personas, entre
los que se encontraban igualmente miembros de la realeza, nobles y acaudalados
burgueses. Esta Asociación, de efímera existencia, apoyó los reconocimientos
internacionales llevados a cabo por la matriz internacional, pero no
dudó en plantear sus propias expediciones que, siguiendo el consejo de la Sociedad
Geográfica, se dirigieron a dos puntos concretos del continente africano:
el norte-noroeste de Marruecos y el mar Rojo.
Así, entre 1876 y 1886 la Sociedad emprendió cuatro expediciones de reconocimiento
y ocupación, más una quinta de carácter eminentemente naturalista, a
lugares distantes de África, concretando así los puntos de intereses posibles de
España por el vecino continente. Todas ellas estuvieron impregnadas de una
cierta fatalidad; fatalidad que acompañaría al africanismo español hasta el final
de su aventura colonial.
EN BUSCA DE SANTA CRUZ DE MAR PEQUEÑA
La primera de las expediciones emprendidas por la Asociación Española para la
Exploración del África, filial de la Internacional, y bajo la tutela de la Sociedad
Geográfica de Madrid, como ya quedó indicado, fue la realizada en busca de
Santa Cruz de Mar Pequeña, enclave situado en la costa occidental sahariana, al sur de Marruecos y no muy lejos de las islas Canarias. Se pretendía, con su localización,
tomar posesión efectiva de este enclave, incluido en el tratado posterior
a la denominada guerra de África de 1859 y que había sido utilizado por los
pescadores canarios desde los Reyes Católicos. Pero de su situación real sólo se
tenía noticias por vagos escritos de la época.
Esta indefinición para su localización motivó que una comisión hispano-marroquí
recorriera en 1878 la costa en el vapor de guerra Blasco de Garay. La expedición,
capitaneada por Cesáreo Fernández Duro uno de los fundadores de la
Sociedad Geográfica y uno de sus más convencidos africanistas, decidió que, a
falta de restos de la fortaleza, fuese la rada de Ifni la ocupada, por ser la mejor
embocadura litoral, y por sus ventajas en la penetración hacia el interior. La Sociedad
quiso asegurar el éxito de su primera iniciativa exploradora enviando,
con suma discreción, a un explorador que hiciese el viaje por el litoral continental,
recopilando noticias para dicho fin, para lo cual contactó con la única persona
de la que se tenía noticias de que había visitado previamente aquellos parajes:
el explorador Joaquín Gatell.
Gatell había recorrido Argelia en 1859 y tras la guerra con Marruecos hizo el
trayecto de Tánger a Fez fingiéndose un soldado renegado, por lo que pudo
integrarse en el ejército del Sultán. Allí alcanzaría el grado de capitán y más
tarde el de comandante de artillería de la Guardia Real. Enterado el Ministerio
de Estado español, le propuso en 1864 una misión secreta, que se vio inicialmente
obstaculizada por la imposibilidad de dejar el ejército marroquí.
Gatell decidió entonces huir atravesando el Atlas, internándose en los terrenos
del Sus, donde ya se diluía la autoridad del Sultán. Allí, contando con la
amistad de los jeques locales, se dedicó a explorar el territorio del litoral desde
el Oued Dráa hasta Cabo Juby, dándose a conocer como un Xerif, o descendiente
del profeta, al que denominaron el Caid Ismail. Descubierto su
origen cristiano, tuvo que huir regresando a España en 1865. De sus exploraciones
dejaría en el Ministerio de Estado una memoria con los itinerarios
realizados, en la que ya indicaba su opinión desfavorable a la ocupación de
Santa Cruz de Mar Pequeña. No obstante, una parte del viaje, los recorridos
por el Sus y el Tezna, serían publicados en breves reseñas en el "Bulletin de
la Société de Géographie de Paris".
Pero los documentos entregados al Ministerio se extraviaron misteriosamente,
dejando como único recuerdo un índice de contenidos. Teniendo noticias
la Sociedad Geográfica de dicho índice, comenzó la búsqueda del viajero, logrando
que regresara a Madrid, con la intención de que, en vista de sus borradores,
apuntes y recuerdos, redactase de nuevo y con mayores detalles la reseña y el itinerario del viaje. Se le ofreció, igualmente,
secundar con un reconocimiento interior la
exploración marítima en busca de Santa Cruz de Mar
Pequeña, para lo que partiría poco después de que lo
hiciese aquella. Gatell tuvo que vencer nuevamente
grandes dificultades, viajando desde Mogador (Essauira)
hasta Agadir y Tarudant, hasta llegar a los orígenes
del río Sus, si bien con la desgracia de ser apresado
por las autoridades de Marruecos y conducido otra vez
a Mogador. Las autoridades españolas, contradiciendo
los acuerdos pactados tiempo atrás con el Sultán, pusieron
en movimiento todos los resortes diplomáticos a su alcance para
lograr poner en libertad a Gatell ante los temores de un fatal desenlace.
Finalmente, en libertad y nuevamente en Cádiz, tras organizar sus apuntes y
restablecer su maltrecha salud, Gatell se propuso cumplir de nuevo el encargo
variando el recorrido, pero la muerte le sorprendería a las puertas del Estrecho.
Su desaparición y las eruditas e interminables discusiones sobre la
veracidad del emplazamiento en la rada de Ifni elegido por la Comisión de
Exploración, trajo consigo la paralización de la ocupación efectiva del lugar
hasta bien entrado el presente siglo.
UN ENCLAVE PORTUARIO EN LA COSTA DE ABISINIA
En la segunda expedición también se tuvieron en cuenta antiguas pretensiones
españolas en el norte de África. Esta vez en la costa este africana, en el macizo de
Abisinia, junto al mar Rojo, donde un vacío de ocupación europea, una organización
particular entorno a un rey de reyes o "negus negesti", su situación de islote
hamítico en medio de otros pueblos y el ser un reducto del cristianismo coptonestoriano
en medio de un mundo musulmán y animista, posibilitaba en aquellos
momentos la instalación de un enclave para el aprovisionamiento naviero y, llegado
el caso, un protectorado. La viabilidad del enclave había sido igualmente recomendada
al Gobierno, tras la apertura del Canal de Suez en 1868, por otro de
los fundadores de la Sociedad, el arabista e ingeniero Eduardo Saavedra.
Para esta empresa, la Sociedad contaría con el ofrecimiento de Juan Víctor Abargues
de Sostén, otro de los viajeros españoles del momento del que apenas se conocen
más que algunos detalles de su biografía, como su nacimiento en 1845, y
que pasó su juventud en el África Central y posteriormente en Egipto, desde
donde propuso la empresa que le sería encomendada por la Sociedad. Abargues de Sostén partiría para Abisinia en 1880, compatibilizando la misión de adquirir
un enclave portuario en la zona con la exploración de los territorios del interior,
desconocidos por aquel entonces. Su viaje fue ciertamente épico, recorriendo
zonas donde ningún europeo había puesto nunca el pie, auxiliando a otros viajeros
europeos que recorrían terrenos más al sur, e incluso halló el lugar en que se
encontraba la tumba del hijo de Vasco de Gama. Su vida corrió igualmente peligro
en algunas ocasiones, teniendo que abandonar en una huida gran parte del
material, incluido el fotográfico. No obstante, pese a las buenas relaciones que
logró mantener con el Negus, no conseguiría su principal objetivo. La necesidad
que tenía España de disponer de un enclave portuario en aquella región le llevaría,
años después, a una negociación sumamente desventajosa con Italia.
A LA SOCIEDAD GEOGRÁFICA TOCA PONERSE
A LA CABEZA DEL PUEBLO ESPAÑOL.
Una nueva expedición que habría de comenzar en el golfo de la Guinea Ecuatorial
para alcanzar el río Congo por medio del Ogoué, ya no pudo realizarse. Muy
poco se había conseguido y la Asociación para la exploración del África comenzó
a languidecer en sus iniciativas. Coello se hacía cargo en 1882 de la situación con
estas amargas palabras: "El país recibió con indiferencia la creación de un centro
tan interesante: muchas personas importantes que habían solicitado con afán el
ser invitadas a la reunión que se dignó presidir S. M. el Rey en su palacio, se retrajeron
desde el momento que fue
preciso contribuir con algún sacrificio
pecuniario. Muy pocos fueron
los que pagaron las primeras cuotas
y aparte de las correspondientes a la
Familia Real, al citado Marqués de
Urquijo, el de Monistrol y el Duque
de Bailén y algún otro, las demás
fueron pocas e insignificantes. Así
los esfuerzos y desembolsos que han
hecho unos, como nuestro dignísimo
consocio el Sr. Gayangos y el que
ahora habla para representar a su
costa a la Asociación en la conferencia
de Bruselas, y los trabajos de
otros varios, han resultado casi perdidos
y hoy cargan con responsabilidades
ajenas teniendo que contestar
a ataques inmerecidos".
Todo parecía estar acabado cuando irrumpió en la marcha de la Sociedad un
joven africanista, gran admirador de Gatell, al que había querido acompañar en
sus incursiones africanas. Pero Joaquín Costa tenía algo más que sueños, contaba
con un vasto programa, con un complejo ideario regeneracionista a la altura
de su gran capacidad intelectual y de su incesante dedicación al trabajo. Aunque
autodidacta y polifacético, su origen campesino y las personas de las que se
rodeo, básicamente del círculo institucionista, le hicieron tomar plena conciencia
de la situación en la que se encontraba el país. Entró en la Sociedad en
1882 dispuesto a
cambiarlo todo. Con
estas palabras, recogidas
en el Boletín,
se dirigiría a la corporación:
"La Sociedad
Geográfica debe
dar por terminado
ya, con los siete años
que lleva de existencia,
su periodo de
iniciación y de propaganda
teórica, y
entrar en un nuevo
periodo de vida menos
especulativo y
más en armonía con
las exigencias de la opinión, ya despierta, por fortuna, para los problemas de
exploración y de colonización del vecino continente. A la Sociedad Geográfica
toca ponerse a la cabeza del pueblo español, prestarle su brazo y su inteligencia,
y suplir la falta de iniciativa de las asociaciones mercantiles y de los poderes
oficiales".
Desde ese momento la Sociedad se dedicó con preferencia a las cuestiones africanas.
Pero la empresa volvería a fracasar si se mantenía en la esfera restringida
de la corporación geográfica. Había, pues, que interesar a otros estamentos y
clases sociales para poder llevar a cabo una amplia política geográfica. Si la
aventura en la consecución de nuevos territorios no suscitaba interés, quizá el
miedo a perder lo que se tenía "despertaría" al país. La palabra era el vehículo.
Palabras llenas de evocaciones a los errores y aciertos de la historia, a las cualidades
de los españoles, a un incierto porvenir. Analogías que equiparaban a la
sociedad con un cuerpo, en un estado crítico, enfermo, postrado o dormido, sin
pulso vital, con los ojos vendados impidiéndole ver su futuro.
CONQUISTANDO ADHESIONES
Para mover a las Asociaciones mercantiles y al mundo de las finanzas les fue enviada
una extensa "Circular" en los siguientes términos: "Los tropiezos que en los
últimos años ha sufrido la política colonial de España -enumerados uno a uno,
desde la pérdida de Borneo hasta el eclipse de la diplomacia en el Mar Rojo.- la
rapidez con que la raza sajona se dilata por el planeta, ocupando a toda prisa o
preparando la ocupación inmediata de los últimos territorios que todavía quedan
libres en África, en Asia y en Oceanía, y comprometiendo el porvenir, y hasta la
existencia de la raza española. han hecho pensar a la Sociedad Geográfica si no
sería preciso, y aún urgente, celebrar una
reunión de todas las asociaciones que representan
las fuerzas vivas de la nación.". El
resultado fue la celebración en 1883 de un
Congreso de Geografía Comercial donde se
establecerían las bases de la política colonial
y comercial que más convenía al país.
Para ganarse el concurso de las clases más
cultas, se convocaría un gran mitin en Madrid
donde Costa expuso, junto a Coello y
otros oradores, el interés que en España despertaba
el vecino continente, especialmente
Marruecos, mostrando las consecuencias de
que otra nación ocupase el norte de África:
"El menor ataque -se dirá- a la independencia
de Marruecos es un ataque hecho a nuestra
nación". El plan era aproximarse a Marruecos
"pero no con las armas, no para
convertir a sus habitantes en siervos o vasallos
descontentos, sino por medio de la civilización,
para hacer de ellos ciudadanos dignos
de una nación grande".
Finalmente, se buscó el apoyo decidido hasta de las clases menos favorecidas,
moviendo los institutos más irreflexivos con ocasión de un incidente territorial
con Alemania en las islas Carolinas, que perteneciendo a España estaban siendo
utilizadas por comerciantes alemanes. La defensa encendida de los derechos
de España en la prensa y la convocatoria de manifestaciones en las principales
ciudades españolas, se saldaron con una petición popular de confrontación contra
Bismarck, y una gran suscripción para la compra de barcos de guerra en cada una
de las regiones.
Evidentemente, el conflicto no tuvo lugar, pero sí se creó el clima adecuado
para la fundación de una nueva y más activa Asociación de Africanistas y Colonistas
asociada a la Sociedad Geográfica de Madrid. Con el corpus doctrinal
de la política colonial y comercial que convenía seguir al país y la opinión
a favor, sólo restaba presionar al Gobierno para que adoptase una actitud
más activa en estas cuestiones, abandonando la política de "recogimiento"
seguida por Cánovas del Castillo. Una nueva circular, enviada a más de un
centenar de personas y corporaciones españolas sería esta vez el sistema elegido
pidiéndoles que consignasen, en un mensaje dirigido a las Cortes, sus
aspiraciones en estas cuestiones y solicitando recursos económicos para la
realización de una expedición al África central. Se consiguió así una nueva
suscripción pecuniaria y posteriormente de las Cortes una partida de dinero
con cargo al "fondo de gastos patrióticos", lo que posibilitaría a la nueva
Asociación Colonial emprender dos viajes de exploración. Uno al Golfo de
Guinea con objeto de tomar posesión de una extensa franja de territorio hacia
el norte y al interior de los ríos Muni y San Benito, encargando su realización
a Manuel Iradier y Amado Ossorio. El otro al Sáhara, con objeto de
ocupar los territorios comprendidos entre Cabo Bojador y Cabo Blanco, para
acceder desde allí a las pesquerías atlánticas y por el interior a la ruta a
través del desierto que comunicaba con Tombuctú, expedición encargada a
Emilio Bonelli.
AL INTERIOR DE LOS RÍOS MUNI Y SAN BENITO
Manuel de Iradier era ya conocido porque siendo aún muy joven había fundado,
con un grupo de amigos, una Sociedad Geográfica en Vitoria a la que dio el
nombre de La Exploradora, con la que soñó y planificó una y mil veces convertirse
en el Stanley español. Un buen día se presentó delante de su joven esposa
y le comunicó que había llegado el momento y que en nombre de La Exploradora
partiría sólo y de inmediato hacia el río Muni, para desde allí abrirse camino
hacia el centro del continente africano; tal y como le había recomendado el
propio Stanley mientras cubría como periodista el frente de Vitoria en la guerra
carlista. Su esposa sólo aceptó su marcha tras ser incluida ella y su hermana en
la expedición. Sin más preámbulos se encaminaron al país del Muni persiguiendo
un romántico proyecto que duraría dos años y que se desharía, entre otras
cosas, ante la comprobación de que el río el Muni no era otro de los grandes ríos
africanos como su gran embocadura parecía anunciar, sino una amplia ría con
escaso curso superior navegable. Las enfermedades, y especialmente la malaria,
transformarían la realidad de nuevo en un sueño, pero ahora en forma de terrible
pesadilla, que acabaría minando la salud de los tres y con la vida de la hija
que les nació en la isla de Elobey.
Iradier era, pues, la persona más adecuada para emprender la nueva expedición,
aunque sería acompañado esta vez por Amado Ossorio, un joven médico
que había cedido su pequeña fortuna y se había ofrecido como médico a la Sociedad
tras un revés del destino. Junto a ellos iría un notario
encargado de certificar los convenios de sumisión a
España de las tribus que encontrasen en su trayecto,
para así documentar los derechos de posesión adquiridos
ante otras naciones. Pero desde que salieron
del puerto de Barcelona hasta su llegada
al Ecuador africano pasaron dos meses, en los
cuales los alemanes e ingleses habían ocupado
la costa desde las bocas del Níger a la costa
Malabar. Ciertamente llegaron al mismo tiempo
que una expedición francesa que estaba tomando
actas de sumisión en la zona en la que
ya España poseía territorios. Toda una carrera
de despropósitos que culminaron con una recaída
muy grave en la enfermedad contraída por Iradier
que tuvo que regresar a la Península, realizando
los restantes recorridos Amado Ossorio que
permanecería en la región durante dos años más. En definitiva,
los expedicionarios apenas pudieron anexionarse
muchas más tierras de las que ya poseía España, y lo que fue casi
peor, las conclusiones continuadas por Iradier sobre las características óseas y
sanguíneas de los africanos, provocaron una agria y en ocasiones pública polémica
entre la Sociedad y el viajero.
A TRAVÉS DEL DESIERTO HACIA TOMBUCTÚ
En el Sáhara occidental, el Gobierno de Cánovas se había negado reiteradamente
a declarar la soberanía española. Por ello la Sociedad enviaría a aquella
zona a Emilio Bonelli con objeto de conseguir contratos comerciales con las
tribus del Sáhara occidental; documentos que fueron presentados al Gobierno,
con los que éste declararía el protectorado español sobre la zona ante las
potencias extranjeras. Sucesivos viajes por aquellos parajes para extender los
acuerdos comerciales dieron pie a Bonelli a publicar, al igual que lo hiciera
Iradier, un libro sobre la región que mereció también una respuesta airada de
Costa: "¿Que necesidad tenía de exhibir tan ostentosamente su falta de estudios,
y de poner al extranjero en el caso de que se forme de nuestros escasos
geógrafos y naturalistas un concepto equívoco y mortificante para el amor
propio nacional?"
En parte para remediar el desaguisado,
la Sociedad enviaría en 1886 una
nueva expedición a la zona, pero esta
vez con un carácter eminentemente
científico, encargando su realización
al ingeniero militar Julio Cervera y al
geólogo y profesor de la Institución
Libre de Enseñanza Francisco Quiroga,
acompañados por el arabista y
antiguo cónsul español en África Felipe
Rizzo, como intérprete, y de dos
tiradores del Riff. La expedición
atravesó oblicuamente el trópico de
Cáncer hasta alcanzar, tras 426 kilómetros,
la depresión granítica del Iyil
y del Adrar, la primera con su fondo
de capas de sal de la que se surten
los nómadas del desierto en su comercio
con Tombuctú, y la segunda
rellena de arenas en las que se conserva
la humedad de las ocasionales
lluvias manteniendo extensos palmerales, lo que convertía estos enclaves en los
más valiosos de esta parte del Sáhara, motivo por el cual estas zonas pasaron a
formar parte de las posesiones francesas tras el tratado de 1912, dando lugar a
una inusual curva entre las líneas meridianas que enmarcan la frontera del Sáhara
Occidental. Esta fue, sin duda, la expedición más interesante desde el punto
de vista geográfico. Su ejemplo impulsaría otras nuevas, al tiempo que revitalizaría
la vertiente práctica de los estudios naturalistas en España.
José Antonio Rodríguez Esteban |
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LA HERENCIA DE HUMBOLDT |
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La Sociedad Geográfica de Berlín (Gesellschaft für Erdkunde zu Berlin)
fue fundada en abril de 1828. Era la segunda después de la de París
que lo había sido en 1821 y anterior a la Royal Geographical Society de Londres
que no se fundó hasta 1830. La geografía alemana inauguraba así un siglo de esplendor.
Sin duda la geografía del siglo XIX debe ser considerada ante todo
ciencia alemana; sólo las consecuencias de la Primera Guerra Mundial y el relevo
en el protagonismo por parte de la geografía francesa, la llevaron a un segundo
plano.
NACIMIENTO Y ETAPA EXPEDICIONARIA Y COLONIAL
Nada hacía presagiar que el Berlín de la época fuera capaz de acoger una institución
de este tipo. Al menos esa es la opinión del gran geógrafo y expedicionario
por Asia, Ferdinand von Richthofen (1833-1905), que había de presidir
la Sociedad a finales del siglo XIX: "Berlín era una ciudad pequeña, que ofrecía
pocas perspectivas vitales y muy estrechos horizontes intelectuales. Los
berlineses ilustrados tenían poca ocasión de intercambiar ideas". Pero el hecho
de que Alexander von Humboldt pronunciara en Berlín en 1827 y 1828
sus famosas conferencias sobre el cosmos suministró el impulso necesario para
la creación de la Sociedad. Un amigo de Humboldt, el cartógrafo Heinrich
Berghaus, aprovechó la ocasión para hacer un llamamiento en pro de la creación
de una Sociedad Geográfica (Lenz, 1978 a y b). La otra circunstancia que
ayudó a la creación fue que Carl Ritter, considerado, junto con Humboldt,
creador de la geografía moderna, ocupara la primera cátedra de geografía en la
Universidad de Berlín y en la Academia Militar: fue elegido primer presidente
de la Sociedad, y como tal se mantuvo hasta su muerte en 1859, el mismo año
que Humboldt.
Aunque tuvo desde el principio socios importantes, la Sociedad de Berlín no
consiguió en los primeros decenios el reconocimiento público suficiente y careció
de solvencia financiera para sufragar expediciones y proyectos de envergadura.
De ello se quejó el propio Ritter.
A mediados del siglo XIX, se iniciaba una nueva etapa de la Sociedad de Berlín,
la fase más expedicionaria. Uno de los socios distinguidos, Heinrich Barth,
que la acabó presidiendo de 1863 hasta 1865, año de su muerte, había participado
en varias expediciones a África Central: de ellas dio cuenta en la Sociedad
y, con su mediación, la Sociedad Geográfica de Berlín se convirtió en un
centro neurálgico de la tradición expedicionaria alemana. Los exploradores
Gustav Nachtigal y Hermann von Wissman dieron cuenta de sus viajes en ella;
la Sociedad patrocinó las expediciones polares alemanas (1901-1903) y desempeñó
un papel importante en la expansión de las colonias e intereses alemanes
en África. Momentos estelares en la vida de la Sociedad fueron las conferencias
que en ella pronunciaron grandes exploradores como Sven Hedin (1903),
Roal Amundsen (1907 y 1912), Sir Ernest Shackleton (1910), Robert E. Peary
(1910) y Alfred Wegener (1929),
entre los más relevantes. La Sociedad
de Berlín editaba desde 1868
una revista Die Erde que se sigue
publicando en la actualidad.
Otras veinticuatro sociedades geográficas
se crearon en Alemania y
Austria en el siglo XIX, y ya sólo
otras cinco antes de la Segunda
Guerra Mundial. Las más tempranas
fueron la de Francfort en 1836
y la de Darmstadt de 1845, seguidas
de las de Leipzig, Dresde y
Münich en los años sesenta, 1861,
1863 y 1869 respectivamente. De
los años setenta son las de Dresde,
Halle, Hamburgo, Friburgo, Hannover
y Karlsruhe y de los ochenta,
las de Jena, Lübeck. Königsberg,
Stuttgart, Greisswald, Kassel (todas
de 1882) seguidas de la de Colonia
en 1887. Es el momento de mayor
impulso creador.
Todas ellas tenían objetivos similares a los de la de Berlín pero ninguna alcanzó
su dimensión (ésta llegó a tener más de 1.300 socios) y esplendor. En todo caso,
la mayor parte de las Sociedades enunciadas se mantienen.
LA FASE ACADÉMICA Y CIENTÍFICA DE LA SOCIEDAD DE BERLÍN
En el año 1899 von Richthofen se había hecho cargo de la cátedra de geografía
de Berlín, culminando un momento de expansión de la geografía universitaria
en Alemania. Se habían creado cátedras de geografía en Leipzig y en
Halle en 1871 y 1873 respectivamente (nótese la coincidencia con la fecha
de fundación de las Sociedades), y un año después, en 1874, el gobierno prusiano
decidía establecer cátedras de geografía en todas las universidades del
Estado. Esta iniciativa dio apoyo institucional a los geógrafos y situó en primera
línea a Friedrich Ratzel (1844-1904) que había viajado mucho como
periodista por Estados Unidos y que ocupó la cátedra de Munich en 1875;
también a Ferdinand von Richthofen, conocido por su expedición por el interior
de Asia y sus estudios de geomorfología china, lo que le había llevado,
a su vuelta a Alemania en 1872, a defender ardientemente la presencia de
Prusia en este país asiático. Ocupó la cátedra de Bonn en 1877, luego la de
Leipzig y finalmente la de Berlín. En 1914 había veintitrés cátedras universitarias
en Alemania, algo sin parangón en los demás países europeos donde o
no había o sólo había una universidad con enseñanza independiente de geografía.
La institucionalización universitaria de la geografía alemana la había convertido
en un modelo para las Sociedades francesas e inglesas. En el caso francés, la
derrota ante Prusia de 1871 había hecho que Alemania fuera considerada el
ejemplo que había que seguir. La idea repetida era que "la responsabilidad de
la derrota de Sedan correspondía más al profesor de geografía e historia que al
militar", en la medida en que no habría sabido inculcar el suficiente conocimiento
del territorio patrio y, por ende, amor patrio. Se citaba en muchos cenáculos
la supuesta frase de Goethe sobre que los franceses no sabían geografía.
Al prestigio académico de la geografía alemana, en el Gymnasium y en la
Universidad, se sumaba el editorial y cartográfico. El caso más conocido es el
del Instituto Geográfico de Justus Perthes en Gotha, de donde salieron entre
otros los célebres atlas Stieler Handatlas, además de anuarios estadísticos,
mapas murales y revistas como la célebre Petermans Mitteilungen. Todo ello
contribuyó a convertir en el último tercio del siglo XIX a la geografía alemana en modélica. En 1899 se había celebrado
en Berlín el Congreso Internacional
de Sociedades Geográficas.
Sin duda esta reputación estuvo en
el origen del acercamiento de las
Sociedades hacia la geografía científica
y de la discusión metodológica
que se produjo. Junto a las conferencias
vespertinas dedicadas al
gran público, se fueron introduciendo
en la de Berlín, sesiones y
seminarios dirigidos a un público
más reducido y especialista. Como
otras veces, en esta inflexión de la
Sociedad de Berlín tuvo bastante
que ver la influencia de una figura
de peso, en esta ocasión la de Albrecht
Penck (1858-1945) geomorfólogo
de prestigio internacional,
catedrático (profesor Ordinarius)
del Instituto de Geografía de Berlín, miembro de la Junta de la Sociedad entre
1907 y 1930 y durante bastantes años su presidente. Atrajo a personalidades relevantes
pero también a sus estudiantes y discípulos que fueron acudiendo a la
Sociedad y tomando protagonismo. De modo que en este derrotero, la conmemoración
del centenario de la sociedad en 1928 fue también la ocasión de su
consagración científica.
LAS SOCIEDADES ALEMANAS EN EL CONTEXTO INTERNACIONAL
Y LA CREACIÓN DE LA UNIÓN GEOGRÁFICA INTERNACIONAL
El primer congreso internacional de geografía se celebró en Amberes entre el
14 y el 22 de agosto de 1871.A partir de entonces fueron las Sociedades de
Geografía las que se hicieron cargo de la organización de los sucesivos congresos.
Era la edad de oro de las Sociedades. De este modo se suceden el Congreso
de París de 1875, a instancias de la Sociedad de París, el de Venecia, por
invitación de los geógrafos de esta ciudad y aceptación de la Sociedad de París
que actúa en todo momento de primun interpares. En agosto de 1889, la serie
de conferencias que tuvo lugar con motivo de la Exposición Universal es
igualmente reconocida por la Sociedad de Geografía de París como Cuarto Congreso Internacional. A partir de entonces se fue estableciendo la tradición
de relevo de las Sociedades y de las sedes para la organización de los
congresos, que no pasaban de ser, como ocurría entonces con multitud de
otros congresos, asambleas efímeras que no dejaban la huella de una estructura
permanente, pese a los votos que se solían hacer para que así fuera. En
este sentido en el Congreso de Venecia ya mencionado se había afirmado que
era necesario crear una "Oficina Central" que se ocupara de la difusión de las
resoluciones del Congreso y de la comunicación entre sociedades. Las siguientes
convocatorias fueron las de Berna en 1891, Londres 1895, y bajo la
responsabilidad de la Sociedad de Berlín, la de esta ciudad en 1899. En este
último congreso del siglo, la oficina central puso de manifiesto la falta de resultados
en la toma de contactos intentada con los gobiernos y las sociedades
geográficas del mundo. Pese a ese fracaso relativo la organización central se
mantuvo, y así se celebraron los congresos de Washington (1904), Ginebra
(1908) y Roma (1913).
Es precisamente en Roma en donde surge la iniciativa de instituir una Unión
Internacional de Sociedades de Geografía, resolución que firmaron entonces
las de Roma, Madrid, Lisboa, Ginebra, Londres, Berlín, Viena, Nueva York, París,
San Petersburgo y Copenhague a las que se habían de unir las de Bruselas,
Amsterdam, Cristiana, Estocolmo y Budapest. El estallido de la guerra impidió
que se llevara a la práctica la resolución y deparó un destino segregado a las sociedades
alemanas y más en concreto a la de Berlín. En el proceso de internacionalización de la geografía llama la atención pues,
en comparación con otras ciencias, el papel relevante que habían tenido las
Sociedades nacionales o regionales, para difundir la información, actuar como
grupo de presión respecto de los gobiernos, consultar sobre las cuestiones
que se les plantearan y sintetizar el estado de los conocimientos en los distintos
campos.
El modelo de internacionalización que se plantea a partir de la guerra va a cambiar,
al restar protagonismo y responsabilidad a las Sociedades y al establecer
un boicot de hecho a Alemania y a las Sociedades alemanas (Robic, 1996). La
forma definitiva de la Unión Geográfica Internacional (UGI), cuya existencia se
planteó ya en el Consejo Internacional de Investigaciones de 1919 (Conseil International
de Recherches, CIR) y se ejecutó el 27 de julio de 1922, ratificaba el
apartamiento de las Sociedades, aunque los comités nacionales ante la UGI se
mantenían con carácter estatal, con lo que en muchos de ellos la presencia de
las principales Sociedades estaba garantizada porque esa venía siendo la tradición.
El CIR y la UGI son de hecho creación de los Aliados y mantenían la marginación de las potencias centroeuropeas, mostrando la ruptura producida por
la guerra entre las comunidades científicas y culturales. En el caso de la geografía,
la intención de no abrir las puertas a Alemania, al menos al principio, fue
evidente. La voluntad de normalización política que significó el Tratado de Locarno
de 1925, con la entrada de Alemania en 1926 en la Sociedad de Naciones,
se retrasó en el caso científico: las Sociedades científicas alemanas prefirieron
proceder a un contraboicot y en ningún momento admitieron negociar con el
CIR. De hecho la situación no se normalizó en el caso de la mayor parte de las
ciencias hasta después de la Segunda Guerra Mundial. Así ocurrió con la geografía
con el hecho sobreañadido de la peculiar situación vivida por los geógrafos
y sus organizaciones durante el régimen nazi.
LAS SOCIEDADES ALEMANAS DURANTE EL NACIONAL SOCIALISMO
La geografía responde muy bien a la situación descrita. Primero la geografía alemana
fue excluida por los Aliados y, luego, algunos de sus responsables vinculados
al Nacional Socialismo se opusieron en los años treinta a todo intento de
conciliación.
A decir de Carl Lenz (1978), presidente en los años setenta de la Sociedad de
Berlín y "biógrafo" de la misma, la Sociedad de Berlín pasó por considerables
dificultades durante el periodo nazi. El que se pudieran proseguir las publicaciones
se debió en buena medida al último ministro prusiano de Cultura, Friedrich
Schmidt-Ott, y al geógrafo Carl Troll (1899-1975), discípulo de Penck y
llamado a ser la cabeza visible de la geografía alemana de postguerra y de la reconciliación.
En los años treinta Troll era objeto sin embargo de la inquina (por
razones desde luego profesionales, probablemente también científicas) de otro
gran geógrafo y teórico del paisaje, Siegfried Passarge (1867-1958), este con clara
obediencia política hasta el punto de haber sido nombrado Reichsobmann für
Geographie (jefe nazi para la geografía). Passarge se opuso frontalmente a la demanda
que le hizo Emmanuel de Martonne, presidente de la UGI en 1933 de
incorporación a la misma. Troll prefirió refugiar a la Sociedad de Berlín en el
trabajo y organizó en 1938 el Congreso sobre Exploración geográfica y fotografía
aérea, de reducida trascendencia por las razones comentadas, pero con
acierto temático evidente.
En plena guerra mundial se celebró una llamada reunión de geógrafos europeos
en Würzburg, a instancias de Schmieder de Kiel y Krebs de Berlín, que se presentaba
como alternativa a la UGI, pero que por razones obvias se convirtió de
hecho en una reunión germano-italiana a la que asistieron por parte española,
Juan Dantín Cereceda y José Gavira.
Es difícil medir la influencia del Nacional Socialismo en la geografía del
momento. Se ha dicho que se habría sobrevalorado el papel de la geopolítica
sobre el ideario nazi pero sin duda la insistencia sobre el lebensraum (espacio
vital), el Volk (el pueblo) y la raza como conceptos centrales de la geografía
humana marcaron la continuidad de la época nazi con los fundadores
de la geopolítica, Ratzel y Haushofer. La geografía del Nacional Socialismo
evitaba la neutralidad científica y se dedicaba a un mundo germanocéntrico.
"La geografía nacional es para nosotros la geografía total, mirar con ojos
alemanes y desde el punto de vista alemán a Alemania en el mundo", insistiendo
sobre el papel creativo del pueblo alemán en el paisaje cultural de
Europa. (Elkins, 1989).
Hubo censura, autocensura, persecución y diáspora. Carl Troll, una de la figuras
más relevantes de la Sociedad de Berlín y de la geografía alemana y
mundial, que se había opuesto al Nacional Socialismo antes de la llegada de
éste al poder y que no había hecho
gestos de aceptación del régimen,
aunque tampoco había tenido que
salir de Alemania, se encargó de
reivindicar la geografía de su país
en la inmediata postguerra en un
célebre artículo de 1948 sobre la
"La ciencia geográfica en Alemania
durante el periodo 1933-1945. Crítica
y justificación", publicado por
los Annales de la Asociación de Geógrafos
Americanos. Se trataba de
expurgar la literatura del periodo
nazi de falsificaciones y tergiversaciones
incompatibles con la verdadera
ciencia (Troll, 1948; Gómez
Mendoza, 1994). Se trataba de separar
en el pasado lo "bueno" de lo
"malo", siendo lo malo lo comprometido
con el régimen nacionalsocialista.
Depurar, por ejemplo, la
verdadera geografía política y los
elementos respetables de Ratzel y
Haushofer del mal uso que se había hecho de ellos. En la interpretación de
Troll, la geografía física se habría mantenido más resguardada de la contaminación
política que la humana.
El texto de Troll, muy difundido en el mundo de habla inglesa, que estaba tomando
el relevo de Francia en la iniciativa y protagonismo geográficos, supuso
la vuelta de Alemania y de sus sociedades e instituciones al concierto internacional.
Pero la sociedad de Berlín había perdido sus bienes, el edificio
en el que se albergaba, sus equipos, su biblioteca y su colección de mapas, de
los que sólo una parte había podido ser evacuada a Turingia. Las conferencias
y la revista tuvieron que ser abandonadas. Sólo en 1948 Walter Behrmann
pudo obtener el permiso para reemprender las actividades de la Sociedad. Se
adquirió una nueva sede que se construyó en 1967 con el apoyo de la empresa
Volkswagen.
LAS SOCIEDADES DE GEOGRAFÍA EN EL CONTEXTO DE LA
SOCIEDAD ALEMANA DE GEOGRAFÍA
En el momento actual, la geografía alemana disfruta de una considerable coordinación.
A efectos de presentación internacional se ha formado una Sociedad
Alemana de Geografía (Deutsche Gesellshaft für Geographiew, DGfG), de la
que forman parte los Institutos universitarios de geografía y otras instituciones,
además de las Sociedades Geográficas, reuniendo a unos 25.000 socios. Entre
sus responsabilidades está la elección del Comité Alemán ante la UGI, la representación
de los intereses de los geógrafos alemanes, la coordinación de los
Congresos de Geografía en Alemania, así como el otorgar Premios de Geografía
a los medios de comunicación. Tiene la sede en Berlín en el Geographisches
Institut der Humboldt-Universitat zu Berlin.
Al margen de las instituciones científicas, son veinticinco las Sociedades de
Geografía integradas en la DGfG: Berlín, Bochum, Bonn, Bremen, Colonia,
Darmstadt, Erlangen, Essen, Francfort, Friburgo, Halle,
Hamburgo, Hannover, Heidelberg, Jena,
Karlsruhe, Leipzig, Lübeck, Marburgo, Mainz,
Munich, Saarbrüecken, Stuttgart, Trier y
Würzburg. La gran mayoría están vinculadas
a los departamentos e institutos de geografía
universitarios. Todas ellas tienen por objeto
promover la geografía, sirviendo de
puente entre la geografía universitaria y la
gente interesada por la geografía, plantear
problemas espaciales y conflictos ambientales
en un contexto de desarrollo sostenible a escalas
local, regional, nacional y global, contribuir al
conocimiento sin prejuicios de los demás países.
Todas ellas se valen de reuniones y seminarios más o menos especializados y de
viajes de los socios y, eventualmente, de apoyo a expediciones. La de Berlín
mantiene sin duda la mayor iniciativa. Organiza viajes geográficos, cortos o largos,
bajo dirección experta; administra los fondos de subvención Carl Ritter,
Ferdinand von Richthofen y Albrecht Penck, creadas todas ellas en el año de la
muerte de los mencionados presidentes. En 1959 se creó una nueva línea de
subvención Von Humboldt-Ritter-Penck con el mismo objetivo de apoyar la investigación
de geógrafos alemanes.
Su última iniciativa ha sido convocar para octubre 2005 un congreso internacional
con motivo del Centenario de Richthofen, con el título "Hombre y medio
en Asia Central". En torno a la figura de Richthofen, uno de los primeros geomorfólogos
y estudiosos del Asia central, se convoca a expertos de todo el mundo
a debatir sobre geoecología, arqueología e historia cultural, historia, ciencias
sociales y cartografía asiáticas.
Josefina Gómez Mendoza
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ANDERSEN: EL VIAJE A ESPAÑA DEL REY DE LOS CUENTOS |
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El 14 de marzo de 1808 la española División del Norte, formada por quince
mil hombres, desembarcó en Odense (Dinamarca), enviada por el
rey Carlos IV a petición de Napoleón para fortalecer el bloqueo contra los ingleses,
en cumplimiento de lo acordado en el Tratado de San Ildefonso en 1796. Un
mes antes, Dinamarca, aliada de los franceses, había declarado la guerra a Suecia
por negarse aquella nación a secundar el bloqueo a Inglaterra; la división española
había sido destinada al país nórdico con un doble fin: prevenir una eventual
invasión sueca de Dinamarca y sacar tropas españolas de la península Ibérica que
podrían oponerse a la planeada invasión francesa. Las fuerzas de ocupación franco-
españolas, mandadas por el mariscal Bernadotte, fueron recibidas con hostilidad
por los daneses.
Pero mientras crecía día a día la desconfianza y el odio de la población hacia los
franceses por su arrogancia y despotismo, la cortesía y el buen humor de los españoles
ganaban la simpatía y el aprecio del pueblo danés. El recuerdo de la buena
impresión causada por los soldados españoles se conservó de padres a hijos tanto
tiempo en la isla de Fionia que, cien años después, el 14 de marzo de 1908, se
conmemoró solemnemente en Odense el Centenario de aquel desembarco, en
recuerdo y elogio de la conducta de los españoles durante su estancia en Dinamarca.
Pero ninguno de los discursos de la celebración de aquel Centenario logró
una carga emocional semejante a lo escrito unas décadas antes por el más universal
de los escritores daneses, que tenía tres años recién cumplidos cuando llegaron
los españoles a su ciudad natal.
"Un buen día, me alzó un soldado español en sus brazos y apretó contra mis labios
una medalla de plata que llevaba colgando sobre su pecho desnudo -escribió
Hans Christian Andersen en El cuento de mi vida-. Recuerdo que mi madre se
enfadó mucho y dijo que eso era católico; pero a mí me habían gustado la medalla
y el extranjero aquel, que bailara girando conmigo en brazos mientras lloraba;
por lo visto él tenía niños allá en España. Vi cómo llevaban a uno de sus compañeros
para ajusticiarlo. Muchos años más tarde, acordándome de aquello, escribí
mi poemita "El soldado" (Soldaten), que traducido al alemán por Chamisso, se
hizo popular en Alemania y ha sido incluido en las canciones militares alemanas
como algo original alemán".
España se convirtió en una obsesión que perduró durante la mayor parte de la vida
de Hans Christian Andersen, el autor inmortal de cuentos que han despertado la
ilusión en las mentes de generaciones y generaciones de niños de todo el mundo.
Además de este recuerdo infantil, que rememora también en su Viaje por España,
Andersen publicó varias obras relacionadas con la presencia de los españoles en Dinamarca, todas con anterioridad a su
visita a nuestro país en 1862. En 1983 salieron
de la imprenta Los españoles en Odense
y Veinticinco años más tarde, dos de sus sainetes
que sitúan la acción durante la estancia
de las tropas de la División del Norte en
Dinamarca. Entre 1835 y 1836 se representó
en tres ocasiones su comedia 'Separarse y
volverse a encontrar', en la que se recoge la
agitación que provocaron los soldados españoles
en los corazones de las enamoradizas
jovencitas danesas. Dos años después escribió
Lo hizo el zombi, un poema en verso
sobre un esclavo de origen africano del pintor
Bartolomé Murillo, llamado Sebastián
Gómez, que durante las noches se dedicaba
a retocar, y mejorar, la obra del maestro sevillano.
En 1840, cuando todavía no había
puesto los pies en España, publicó La Mora,
tragedia romántica muy a la moda, ambientada
en las guerras entre cristianos y musulmanes
durante la Reconquista.
La imagen que Andersen tenía de España en ese momento era tan pintoresca
que una escritora danesa amiga suya que sí había estado en nuestro país, Henriette
Wulff, criticó la obra recordándole elegantemente a Andersen en una carta
lo que éste había escrito años antes sobre España: "es algo que hay que ver, no
puede describirse". Más tarde, en otra misiva desde Portugal, Wulff le transmitió
el deseo de un amigo: "le ruega que venga a aquí y que vaya a España, porque
eso que usted escribe no es en absoluto España". Más tarde, la nostalgia de lo
todavía no visto llevaría a Andersen a escribir un cuento trágico que tiene como
protagonista un niño español que nace por casualidad en Dinamarca y muere en
aquel país sin conocer su procedencia: "Esta es una historia de las dunas de
Jutlandia, pero no empieza allá, sino mucho más lejos, hacia el sur, en España. El
mar es un camino entre los países; ¡imagínate, estar allí, en España!"Así empieza
el relato.
El deseo insatisfecho de Hans Christian Andersen de visitar España, tantas veces
expresado por el escritor danés en sus obras y en su correspondencia, está ampliamente
documentado por la traductora Marisa Rey en el epílogo del Viaje por
España, publicado por Alianza Editorial (1988). "¡Oh!, quién estuviese en España, es como para ponerse verde de rabia por no poder estar allí!", escribe a su
protector y amigo Edward Collin en julio de 1842. Cuatro años más tarde, al término
de un viaje por Italia, llegó hasta Perpiñán y entrevió el país de sus sueños
desde la frontera: "Mi pensamiento voló de nuevo a España, de la que tan cerca
estaba, tan sólo a unas horas; dar un paseíto, nada más, lo di y al momento me
hallé como Moisés, frente a la tierra prometida", escribe en La aventura de mi
vida. La situación económica de Andersen fue, al parecer, responsable en gran
medida de la demora del viaje ansiado por el escritor. En aquella época era más
fácil conseguir ayuda financiera para recorrer Francia o Italia que la atrasada
España. La solución de los problemas económicos consumió mucho tiempo y
energía del escritor danés durante su permanencia en nuestro país. En su diario,
durante su estancia en Granada en octubre de 1862, anota cómo siempre se
había dicho que viajaría a España si ganaba la lotería y cómo había podido cumplir
su sueño al saber por su editor que la nueva edición de sus Cuentos Ilustrados
le iba a reportar unos buenos ingresos. "Fue como si el cielo me hubiese llovido
la beca para España", escribió.
POR FIN EN ESPAÑA
El 4 de septiembre de 1862 Hans Christian Andersen atravesó la frontera franco-
española por la Junquera. A sus cincuenta y ocho años, era uno de los escritores
más populares de Europa. Dieciocho años antes sus obras completas se
habían traducido a los principales idiomas. Entre 1844 y 1847 recorrió
Francia, Alemania, Italia e Inglaterra recibiendo alabanzas,
homenajes y condecoraciones de príncipes, aristócratas y artistas.
En Londres comenzó su amistad con Charles Dickens, que duraría
toda la vida. "Haga usted lo que haga, no deje nunca de escribir
-le recomendó Dickens en una carta-, porque no podemos
permitirnos el lujo de perdernos uno solo de sus pensamientos;
son demasiado puros y bellos como para dejarlos encerrados
dentro de su cabeza".
Cuando pisó el territorio español, acompañado por Jonas, el hijo
de su amigo Edward Collin, el éxito y la edad habían acentuado
las neurosis de Andersen. Se decía de él que viajaba con una cuerda
en el equipaje para escapar de un posible incendio y que tenía tanto
miedo a ser enterrado vivo que siempre dejaba una nota sobre la
mesita de noche en la que decía: "Sólo estoy aparentemente muerto".
Tenía muchos admiradores, pero ningún amigo íntimo. Se había
vuelto tan vanidoso que irritaba a sus interlocutores pavoneándose
de los honores que le habían concedido en todo el mundo. En su Viaje por España, Andersen expresa su decepción por la fría acogida de los notables
españoles, pero pasa por encima del escaso interés despertado por su persona,
del atraso y las incomodidades del país para manifestar la admiración que le
producen las gentes sencillas que encuentra en los caminos, los pueblos y las ciudades.
España, su idealizada España, se le aparece en Cataluña como una caja de sorpresas.
De su primera comida española escribe: "La mesa rebosaba manjares,
fuentes de carne de todas clases, pescado cocido y pescado frito. ¡Excelente mesa
de almuerzo en una España de la que se decía que no había comida que pudiera
tragarse!". En Barcelona, en la Fonda de Oriente de la Rambla de los Capuchinos,
le aguardaba una cena "excelente". A un viajero empedernido como él, la ciudad
le deslumbra, le impresionan los grandes y lujosos cafés con todas las mesas
ocupadas, que "parecían jactarse de su esplendor". Más adelante añade: "En ningún
otro país he visto cafés tan suntuosos como en España; el propio París se queda
atrás en cuanto a lujo y buen gusto".
En Barcelona tuvo su primer encuentro con la España tópica al asistir a un espectáculo
taurino, una novillada. Nada de lo que ocurrió en el ruedo le causó una
gran impresión -"ni un solo caballo murió; tan solo la sangre de dos toros había
sido derramada"- pero sí el colorido y el vocerío del público pues había sido testigo
de "cómo el regocijo popular se convertía en un frenesí". Semanas más tarde
asistió a un corrida en Málaga de doce toros, una carnicería que él abandonó en
el sexto, después de ver cómo diez caballos habían sido despanzurrados en la arena.
"Semejante espectáculo era ya casi imposible de aguantar; el sudor me corría
por la punta de los dedos. ¡Es una diversión popular sangrienta y cruel! -concluye-.
En esto coincidían muchos españoles. Aseguraban que no perviviría muchos
años y que recientemente se había dirigido una petición a las Cortes solicitando
su abolición.
De Barcelona, Andersen salió en barco para Valencia. Bajo un sol justiciero y un
calor insoportable, recorrió sus calles llenas de tipismo "sin descubrir nada nuevo
ni extraordinario", salvo el recuerdo de El Cid, uno de los notables personajes
españoles que, desde niño, poblaban su fantasía. Le llamaron más la atención
los puestos de caracolillos que halló en la puerta de la Lonja que el propio edificio,
cuya arquitectura le parece, simplemente, "extraña". Al tercer día de estancia
en Valencia, el escritor y su acompañante partieron en diligencia para Játiva y
Almansa, donde subieron al tren en dirección a Alicante, ciudad que describe
desapasionadamente. En el puerto alicantino había barcos daneses atracados y se
encontraron con compatriotas por las calles. En el momento de partir hacia Málaga
los viajeros se plantearon la disyuntiva de hacer el viaje por tierra o por mar.
El viaje en barco les obligaría a
renunciar a Murcia, "la cual
nos habían descrito como una
ciudad de lo más interesante,
donde encontraríamos vestigios
árabes, veríamos gitanos y también
los atuendos más pintorescos
de España". Finalmente,
hicieron el viaje por tierra,
"aunque había que admitir que
las historias más terribles sobre
atracos y desvalijos estaban
asociados con esa ruta". En
Murcia, bajo los últimos calores
del estío, Andersen se impresiona ante su magnífica catedral y presencia, por
primera y única vez en el viaje, una procesión, que era, más propiamente, un
entierro. En diligencia, los viajeros salieron al día siguiente hacia Cartagena para
coger el barco hacia Málaga: "Jamás vi un paisaje tan asolado y agreste como
aquel", cuenta el escritor. Allí subieron al Non plus ultra, "una auténtica basura
de embarcación española".
LA IMAGEN DE ANDALUCÍA
La llegada del escritor a Málaga cambió el humor del escritor. "En ninguna otra
ciudad española he llegado a sentirme tan dichoso y tan a gusto como en Málaga.
Un propio modo de vivir, la naturaleza, el mar abierto, todo cuanto para mí
es vital e imprescindible lo hallé aquí; y algo todavía más importante: gente amable".
Y en su diario anota "¡Aquí quiero que me entierren en caso de que muera
en España!", exclamé; pero el cónsul contestó acertadamente: "escriba antes
sobre este hermoso país, no deseo yo ser el que le entierre aquí". La ambigua
sexualidad de Andersen se remueve en la capital malagueña: "Bueno, la Inquisición
ya fue abolida en España. Mucho aquí ha sido abolido, y más que lo será;
pero no los ojos de los andaluces. eso sería pecado mortal. Sería como apagar
los luceros que en España brillan en el cielo y entre las pestañas de delicados párpados,
no solamente a través del encaje de una mantilla negra, sino también en el
niño mendigo y en la hermosa gitana que vimos vendiendo castañas. ¡Quién fuese
dueño de su retrato! Ser dueño de ella sería pedir demasiado".
Málaga figuraba en el itinerario de los dos viajeros como el punto de partida
hacia Granada, la ciudad que respondía mejor que cualquier otra a la imagen
tópica de la España exótica que se había forjado en su imaginación. Les recibió una Granada engalanada para la visita de la reina Isabel II, y a esa ciudad dedicó
Hans Christian Andersen más páginas que a cualquier otra en su libro Viaje
por España. Pero las tres semanas que Andersen pasó en la capital granadina le
dejaron un recuerdo agridulce, tal vez porque se sintió enfermo unos días, tal
vez porque surgieron diferencias con su acompañante Jonas Collin, insinuadas
en el relato de su viaje."Tres semanas duraría nuestra estancia en Granada
-escribe-, veintiún días de sol y de buena vida. Deseaba disfrutar de ellos, apreciar
este regalo de Dios; y, sin embargo, mis recuerdos de Granada encierran
más amargura que dulzor". Más adelante, en su relato confiesa: "Granada, al
igual que Roma, ha sido para mí una de las ciudades más interesantes del mundo;
un lugar donde creí poder echar raíces y, sin embargo, en ambas ciudades
me sumí en un estado de ánimo de esos que los afortunados menos sensibles llamarían
morboso".
El viaje continuó por Gibraltar y por Tánger, cuyo exotismo deslumbró tanto al
escritor danés que, de vuelta a la Península, apenas encuentra algo destacable en
Cádiz: "Me sorprendió por su extraordinaria limpieza, sus pintorescos edificios
blancos y sus muchas astas de bandera -escribió-; por lo demás, nada digno de
mención ofrecía al forastero".
Todo lo que es indiferencia en Cádiz se convierte en entusiasmo cuando Hans
Christian Andersen llega a Sevilla. Isleño él, exclama: "Aquí no falta más que el
mar; si lo hubiese, Sevilla sería perfecta; la reina de las ciudades". Al parecer,
Sevilla responde a la perfección a la imagen de que España se ha forjado en su mente. Encuentra en ella el embrujo de las ciudades moras, se imagina al descubridor
del álgebra, Al Geber, leyendo las estrellas subido a la Giralda, se
encuentra en sus calles el fantasma de Don Juan Tenorio, disfruta de los cuadros
de su admirado Murillo y él, que es un célibe viejo, desgarbado y sin ningún
atractivo físico, acusa las puñaladas de los ojos de las sevillanas: "Ojos negros y
bellos despedían centellas de poesía entre la multitud; las niñas eran preciosas.
En el norte decimos: 'los niños no deben jugar con fuego', pues las niñas andaluzas,
bien que juegan con él".
Córdoba, perdido su antiguo esplendor, es para Andersen una "mala ciudad de
provincia", triste, de la que sólo elogia la mezquita-catedral. "La ciudad parecía
sin vida, abandonada -escribe Andersen-. Tan sólo una dama, devocionario en
mano, pasó por las angostas calles, camino de la vetusta catedral, gloria y maravilla
única de Córdoba". El escritor invirtió luego veintitrés horas para ir de la
capital cordobesa a Santa Cruz de Mudela en una diligencia "tirada por diez
mulas que, sin consideración a lo accidentado del camino, corren a velocidad de
'vértigo". Hasta Santa Cruz llegaba entonces la vía férrea que iba a unir Madrid
con Andalucía, y en aquella localidad manchega Andersen y su acompañante
abordaron el tren que les llevó hasta Madrid. La capital de España les recibió con
una buena nevada.
El clima madrileño desconcertó a Andersen. "Soplaba un viento que yo mismo,
que procedo de uno de los puntos cardinales del viento, del norte, encontré diabólico".
La ciudad de Madrid no le gustó a Andersen, "no tiene carácter de ciudad
española, y mucho menos de capital de España". "Madrid es para mí un
camello derrumbado en el desierto -recuerda-; yo tomé asiento sobre una de sus
gibas y oteé los alrededores, pero me sentía incómodamente sentado y el asiento
salía muy caro". Sólo se salvan el Museo del Prado, "merece la pena venir a
Madrid sólo por eso", y los espectáculos de ópera italiana a los que asiste; "pero
habiendo señalado ésta y el museo, ya no hay nada más interesante o de mérito
que contar", escribe.
El frío madrileño que recibió a Hans
Christian Andersen no era sólo físico. La
presencia del escritor laureado y mimado
por las coronas y la nobleza de media
Europa, agasajado en París, Londres o
Roma por los más grandes escritores del
continente, pasó inadvertida en Madrid.
Sus libros no habían sido traducidos al
español y su nombre y su obra eran desconocidos
por los escritores y el público
madrileño. Después de varios intentos,
logró ser recibido por el anciano Duque
de Rivas y Juan Eugenio Hartzenbusch.
Éste último, que hablaba alemán y tenía
alguna referencia de Andersen, aunque
no había leído ninguna de sus obras, le
regaló sus Cuentos y fábulas en dos
pequeños tomos dedicados que se conservan
en la Biblioteca Real de Dinamarca.
Pero ni Rivas ni Hartzenbusch asistieron a
la cena homenaje organizada por el embajador
de Suecia en una fonda y a la que
asistieron algunos periodistas que no
escribieron ni una línea sobre la estancia
del afamado escritor danés. La vanidad de
Andersen sufrió un duro golpe en el país
de sus sueños, donde "nadie me conoce ni
desea hacerlo", escribió decepcionado en
su diario.
Un viaje relámpago a Toledo, "lugar que
de extraño modo despertó nuestra simpatía",
marca el punto de retorno del Viaje a
España. A finales de diciembre de 1862, en medio de una intensa ola de frío que
cubría de nieve la meseta y amenazaba con bloquear los caminos y la vía férrea,
Andersen y su acompañante partieron de Madrid hacia la frontera francesa. A su
paso por Burgos, los viajeros entraron en la catedral, pero la nieve y el frío les
impidieron visitar la tumba de El Cid, uno de los héroes españoles del escritor
danés. "¿Era esto estar en España? pensé. ¿Era esto estar en una país caliente?",
escribió de su cruce por la cordillera cantábrica. "El paisaje estaba envuelto en
silencio, tan abandonado y tan frío como si, en lugar de ir por el camino de España a Francia, estuviésemos atravesando el paso de las montañas entre Noruega y
Suecia" -cuenta más adelante. La costa del País Vasco, con el clima ya más templando,
le reserva una sorpresa: San Sebastián. "Nadie nos había mencionado
esta ciudad de modo especial, ni se nos había dicho que mereciese la pena de una
visita larga, la cual sin duda merece -escribe-. Es una ciudad genuinamente
española, con un paisaje maravilloso".
El 23 de diciembre, en el momento de cruzar el puente de Behobia, Hans Christian
Andersen se mostraba contento y satisfecho, "de tan buen humor como al volver de
una fiesta en la que me había sentido feliz y me lo había pasado estupendamente".
Había cumplido su sueño: "El mapa nos muestra a España como la cabeza de doña
Europa; yo vi su preciosa cara y no la olvidaré nunca", escribió meses más tarde.
Pero lo cierto es que, su pasión por nuestro país se enfrío súbitamente después
de conocerlo. Tras su libro Viaje por España, la misteriosa y poética España,
caudalosa fuente de su inspiración, apenas aparece mencionada en sus últimas
obras.
Pedro Páramo
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