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Boletín
nº 22 |
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LOS CABALLEROS DEL PUNTO FIJO
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Todo había comenzado en el siglo XVII, mientras se trabajaba intensamente para definir, de una vez por todas, la esfericidad de la Tierra después de que Parménides, a finales del siglo VI a.C., fuera el primero en describir la redondez del planeta, fundado en su sombra con ocasión de los eclipses lunares. El matemático, físico, astrónomo y filósofo inglés, Isaac Newton, presidente de la Royal Society, con su obra “Philosophiae naturalis principia matemática”, publicada en 1687, llegó a la conclusión de que la Tierra era una esfera achatada por los polos pero que no resultaba perfecta, como se creía hasta entonces.
Por su parte, los miembros de la familia Cassini, Jean Dominique, astrónomo italiano que llegó a dirigir el Observatorio de París, Jacques, César-François y su hijo Jacques-Dominique, alentados por Jean-Baptiste Colbert, fundador del Observatorio Astronómico de París y de la Real Academia de Ciencias, estimaron, tras nuevas mediciones, que la forma esférica de la Tierra debía ser un tanto alargada hacia los polos y no chata (tesis consagrada en su famoso libro “De la grandeur et de la figure de la Terre”, París, 1738), a pesar de que para el planeta Júpiter sí habían comprobado experimentalmente su achatamiento en los polos.
En España, el erudito benedictino Benito Jerónimo Feijóo, en el tomo III de su “Teatro Crítico Universal”, se apresuró a hacer suyas estas teorías aunque, años después, no dudaría en reconocerse “newtoniano”.
A partir de ahí, comenzó una intensa polémica que enfrentó la astronomía práctica con la mecánica celeste, la ciencia inglesa y la francesa, las Academias de media Europa frente a las otras: la Tierra estaba achatada, sí, pero ¿por el ecuador o por los polos?, ¿se asemejaba más a un melón o a una sandía?, ¿tenía razón Newton, que era partidario de señalar que Júpiter y la Tierra podían ser tratados en forma similar en cuanto a su forma, o los Cassini, que diferenciaban entre un planeta y otro? Y la pregunta clave: en función de su forma, ¿cuáles eran las dimensiones reales del planeta, conocimientos imprescindibles para su circunnavegación?
El caso es que durante el primer tercio del siglo XVIII todavía se ignoraba la forma exacta de nuestro globo terráqueo. Y no era ésta una cuestión vana ya que resultaba fundamental para el desarrollo de la navegación, única manera de viajar entre continentes. Al utilizar los marinos el críptico lenguaje para los no iniciados de arcos, grados, longitudes, latitudes, meridianos, paralelos, cualquier error en sus cálculos podía llevar, como así sucedía frecuente desgraciadamente, a desviaciones de rumbo que concluían irremisiblemente en forma fatal. Especialmente en una época en la que ni siquiera existía una medida patrón estable y común a todos los países.
BUSCANDO LA FORMA DE LA TIERRA
En el año 1735, el monarca francés Luis XV decidió acabar con la incertidumbre de una vez por todas y, de acuerdo con su secretario de Estado para Marina, conde de Maurepas, autorizó a la Academia de París a llevar a cabo una misión fundamental para el conocimiento del globo y su utilización práctica para la navegación midiendo, de una vez por todas, varios grados de la línea equinoccial y del círculo polar. Dos comisiones de académicos llevarían a cabo tan importante medición: una en la Laponia sueca y otra en la peruana Quito.
Una expedición dirigida por el astrónomo y matemático Pierre Louis Moreau de Maupertuis, y en la que figuraban ilustres científicos como Clairaut, Le Monnier o el profesor de Astronomía de la universidad sueca de Upsala, Celsius, se dirigió a Laponia para calcular la longitud de un grado de meridiano, medición que debería efectuarse lo más cerca posible del Círculo Polar Ártico. Una segunda expedición habría de acometer la medición de una parte del mismo meridiano en la provincia de Quito, entonces Virreinato del Perú, y bajo dominio español. La comparación de los grados de meridiano boreal y ecuatorial deberían
zanjar, de una vez por todas, la célebre polémica sobre la figura real de la Tierra, como así ocurrió cuando se comprobó, finalmente, que los grados medidos en el Ecuador eran mayores que los tomados en el Polo.
Esta expedición americana estaba dirigida por el científico francés Louis Godin, que, a pesar de ser el más joven en edad de los franceses, resultaba el académico más antiguo de los expedicionarios y autor, además, de la propuesta del viaje. En el grupo figuraban, también, entre sus miembros, eminentes figuras de la ciencia gala, como Pierre Bouguer, Couplet, fallecido en 1738 en plena misión, Godin des Odonais, Charles de la Condamine, o el facultativo de la Sorbona Joseph Jussieu; incorporándose, además, cirujanos como Seniergues, muerto en la actual
nieros como Verguin o relojeros como Hugo. El nominado como director de la expedición, el académico Louis Godin, era un matemático notable, discípulo del astrónomo Delisle, que se había familiarizado con las observaciones astronómicas y había realizado publicaciones científicas de enorme relevancia.
Cuando finalizara la misión, al analizar los resultados de las mediciones se sabría si la distancia terrestre de un grado en el Polo Norte era o no diferente a la de un grado en el Ecuador y se podría determinar la verdadera forma del planeta: de ser completamente redonda, para un mismo grado de ángulo había de corresponder la misma longitud del arco terrestre en uno y otro lugar; claro está que, de no serlo, a un mismo grado angular habría de corresponder distinta longitud. Ahí estribaba el decisivo empeño en medirlos y compararlos.
LA EXPEDICIÓN A QUITO
En los últimos días del mes de mayo de 1735, los flamantes tenientes de navío y reputados marinos, el alicantino Jorge Juan y Santacilia, con apenas veintiún años, y el sevillano Antonio de Ulloa y de la Torre-Guiral, de tan sólo diecinueve, partieron desde Cádiz hacia Cartagena de Indias, primera etapa de su destino en el Perú, con cuyo nuevo virrey, Antonio José de Mendoza Caamaño y Soto-mayor, compartieron travesía.
La parte española de la expedición –Juan y Ulloa– había comenzado a concretarse cuando el 20 de marzo de 1734 el embajador francés en Madrid entregó formalmente la solicitud de la Academia de Ciencias de París demandando permiso para pasar al virreinato del Perú, donde los expedicionarios galos elegirían “una porción del ecuador y un meridiano que fácilmente puedan medir”. Aunque en un principio el lugar elegido no era en la serranía situada en las cercanías de Quito, como donde posteriormente ocurrieron las mediciones, sino en la costa, cerca del cabo Pasado, desde donde continuarían los trabajos a lo largo del Ecuador, “según la comodidad del país lo permita”, la Academia francesa ofrecía a cambio la posibilidad de determinar la longitud y latitud exacta de los territorios que deberían atravesar, punto fundamental para establecer la correcta situación cartográfica de los mismos. Al mismo tiempo, Francia se comprometía a que si se hallaban plantas medicinales, se emplearían todos los esfuerzos para combatir las temibles plagas que azotaban a la población de la zona. También, la Academia gala prometía que los científicos no introducirían durante su trayecto ningún tipo de mercancías de contrabando; aunque posteriormente algunos de ellos sí se vieran involucrados en la venta de mercancías prohibidas por España en aquellos territorios.
Una vez que José Patiño, Secretario de Marina e Indias de la época, recibió la solicitud francesa, remitió el documento al Consejo de Indias, órgano que debía deliberar sobre el asunto, en fecha del 6 de mayo de 1734. La respuesta afirmativa del Consejo no se hizo esperar demasiado, aunque incluía una recomendación muy especial: “que asistan con ellos a todas las observaciones que hicieren uno o dos sujetos inteligentes en la matemática y astronomía, a elección de Vuestra Majestad, y apunten éstos aparte todas las que se fueren ejecutando, dando unos y otros cuenta al gobernador del distrito donde se hallaren para que éste la dé a esta Corte en todas las ocasiones que ocurran”.
El monarca español Felipe V, informado de los deseos de su pariente Luis XV y de las sabias recomendaciones del Consejo de Indias, acogió la petición gala para realizar tareas científicas en tierras de la corona española. No obstante, ni al gobierno ni al Consejo de Indias se le pasó por la cabeza permitir que la gloria de esa expedición recayese totalmente en manos extranjeras y la respuesta afirmativa de Felipe V a Luis XV llevaba aparejada alguna sorpresa: “…que a este fin quería destinar dos de sus más hábiles oficiales, que acompañasen y ayudasen a los Académicos Franceses en todas las operaciones de la Medida, no sólo para que así pudiese hacerse con mayor facilidad y brevedad, sino también para que pudiesen suplir la falta de cualquier Académico…”
Curiosamente, la astuta contestación no andaba desencaminada en cuanto a las dificultades de viajar por aquellos territorios americanos. Así como los científicos que marcharon a Laponia finalizaron de forma rápida sus experimentos y en el año 1738 Maupertuis ya había publicado sus resultados, no ocurrió lo mismo con la estancia americana de algunos de los miembros de la expedición ecuatoriana; ésta osciló entre los nueve años que permaneció Bouguer, los once de Juan y Ulloa, o los veintisiete del naturalista Joseph Jussieu.
La misión de ambos matemáticos españoles en la ambiciosa empresa sería, pues, la de colaborar en los trabajos científicos con los franceses y continuarlos por su cuenta en caso necesario, aparte de informar al gobierno sobre la situación política y social de aquellos lejanos países. También deberían ejercer un cierto aspecto policial sobre los científicos extranjeros y que les llevó a separarse siempre que podían para estar presentes en cada uno de los dos grupos que se formaron habitualmente durante la compleja misión. Jorge Juan y Antonio de Ulloa fueron, pues, asignados, por Cédula de mayo de 1735, para asistir y cooperar en los trabajos de medición. Julio Guillén, uno de los más apasionados biógrafos de ambos guardiamarinas, señala que la designación del sevillano Ulloa vino motivada por el retraso en incorporarse al proyecto del oficial elegido en primera instancia, Juan García del Postigo, que, en palabras de quien más tarde sería el secretario personal de Jorge Juan, Miguel Sanz, “a la sazón se
Madrid del año 1748, en las “Observaciones astronómicas y físicas hechas de orden de S.M. en los reinos del Perú”, también publicado en 1748 en primera edición, en la “Disertación histórica y geográfica sobre el meridiano de demarcación entre los dominios de España y Portugal”, editado en el Madrid de 1749, o en la célebre “Noticias secretas de América”, relación pormenorizada de los carencias y problemas que sufrían el virreinato del Perú y que los dos científicos españoles escribieron en forma de informe confidencial para los gobernantes españoles bajo el nombre de “Discurso y reflexiones políticas sobre el estado presente de los reinos del Perú”. Curiosamente, las “Noticias secretas…” fueron publicados en castellano por el editor inglés David Barry en el Londres de 1826 con motivos claramente políticos y dirigidos a un público hispanoamericano que acababa de independizarse de España. Pero volvamos ahora a la misión científica.
El prestigio de los académicos franceses con que se encontraron Juan y Ulloa era impresionante: el astrónomo Louis Godin, el geómetra Pierre Bouguer y el químico y naturalista Charles Marie de la Condamine, amigo éste de Voltaire, uno de los más firmes defensores de esta aventura científica y partidario a ultranza de la teoría newtoniana. Curiosamente, La Condamine fue el que acaparó mayor notoriedad al finalizar su misión en el Ecuador. Godin, poco interesado en dar a conocer sus interesantes trabajos, tal vez por su carácter autoritario y celoso, descuidó sobremanera su llegada a Francia ya que, agobiado por múltiples deudas se vio obligado a aceptar el cargo de profesor de matemáticas en Lima, con el pomposo título de Primer Cosmógrafo de Su Majestad Católica, retardando su vuelta a Europa hasta el año 1747.
Por su parte, los científicos galos, al contrario que los españoles, publicaron por separado sus conclusiones de aquella importante expedición, y, además, estableciendo una lamentable competencia entre ellos. Así, Pierre Bouguer y Charles de la Condamine se enzarzaron en Francia en una ruidosa polémica sobre el resultado de sus mediciones en Quito, que duraría más de un lustro. Bouguer, concentrado y serio en su carácter, había publicado en 1749 “La figure de la terre”, fruto de sus trabajos americanos pero el enfrentamiento con un La Condamine más expansivo y jovial que el bretón estallaría con la publicación de dos obras fundamentales del químico
parisino: “Mesure des trois premiers dégrés du Meridien”, que vio la luz en 1751, y la “Introduction Historique”, en las que La Condamine trataba con un detenimiento muy superior al de Bouguer las primeras observaciones de amplitud que habían sido desechadas por ambos de mutuo acuerdo al considerarlas erróneas. Bouguer, creyendo que La Condamine trataba de desautorizarlo científicamente, se
apresuró a publicar un año después la “Justification des Memoires de l’Academie Royale des Sciences”.
En cambio los españoles, en la expedición, establecierón una estrecha compenetración entre ellos, según ratifica Julio F. Guillén, encargándose el marino alicantino de todos los estudios matemáticos e hidrográficos en los trabajos y obras firmados conjuntamente, y el sevillano de la parte histórica, geográfica y naturalista. Viaje y tarea, con las consiguiente anotaciones complementarias, que realizaron estrechamente en la mayor parte del tiempo que permanecieron en América. Y todo ello con independencia de quien fuera el último redactor de unas obras espléndidas que se vieron forzados a sacar a la luz acuciados por el momento histórico que estaban viviendo.
Por otro lado, el aprecio y la consideración que ambos guardias marinas se profesaban queda manifestada por Julio F. Guillén, quien reseña una curiosa anécdota que demuestra claramente la profunda identificación que sufrieron en su tiempo ambos marinos: “Como el primer apellido de Jorge (Juan) parece segundo nombre de pila, muchos los reputaron como hermanos, los hermanos Jorge Juan y Antonio … de Ulloa; hasta el punto de que un autor de comienzos del siglo XX, Cejador, creyera oportuno aclararlo en su obra “Historia de la lengua y literatura castellana”.
La primera de sus obras conjuntas, más tarde firmarían muchas por separado, las “Observaciones…”, les llevó también a tener serios problemas con la Inquisición ya que alguno de los miembros encargados de juzgar la pertinencia o no de su publicación, se mostraban en desacuerdo con las teorías copernicanas defendidas por los dos científicos españoles, el Sol era el centro del universo, frente a la doctrina oficial de la Iglesia, que afirmaba que era la Tierra el eje del sistema planetario. La segunda de sus grandes obras firmadas conjuntamente, la “Relación histórica del viaje a la América meridional…” es un fiel reflejo sobre las accidentadas peripecias científicas y políticas que les ocurrieron en América durante los años de su estancia allí. Y, por último, las ya citadas “Noticias secretas de América”, una de las obras más importantes para los trabajos sobre el siglo XVIII en la América colonial española, refleja la redacción del informe realizado por los dos jóvenes guardias marinas a su regreso a España y en el que denunciaban el mísero estado en que se encontraban los indígenas americanos, sometidos a una continua explotación por los hombres blancos, tanto civiles, militares como religiosos. Y resaltaban, especialmente, la lamentable incuria en que se encontraban las defensas de las plazas fuertes de la costa del Pacífico.
Esta última obra, que estuvo durante casi un siglo sepultada en los archivos de la Secretaría de Estado, fue, incomprensiblemente robada de allí en alguna de sus versiones y dada a la publicación en Londres, dirigida su edición a los países hispanoamericanos que estaban consiguiendo su independencia de España. El pesimista informe realizado por Juan y Ulloa había corrido, hasta su publicación, la misma suerte que sufrirían, años después, los mismos críticos papeles elaborados por el marino español Alejandro
Malaspina en la expedición realizada entre 1789 y 1794. En ellos, condenados al olvido tras la detención y condena del brigadier de la Real Armada, Malaspina lanzaba al gobierno una pregunta que sintetizaba tres siglos de olvido e incomprensión para con las colonias españolas del nuevo mundo: “Sin conocer América, ¿cómo es posible gobernarla?”. Las “Noticias secretas de América” de Jorge Juan y Antonio de Ulloa, que presentaban una realidad
que no agradaba a los gobiernos de la metrópoli, fueron, de la misma forma, ignoradas y olvidadas.
Penosas fueron las circunstancias por las que pasaron ambos marinos en América, pero, tras múltiples vicisitudes, y después de haber finalizado los trabajos de medición del grado de meridiano y haber organizado las defensas del virreinato peruano ante el inminente ataque de una flotilla inglesa al mando del comodoro Anson, en el año 1744, ambos marinos se embarcarían para España, no sin haber tenido que cambiar la inscripción que los franceses, dirigidos por La Condamine, colocaron en las pirámides conmemorativas del evento y en las que habían “olvidado” la contribución española. Juan y Ulloa, una vez resuelto el asunto, volvieron a España por separado, tras haber hecho copia de sus anotaciones americanas, ya que en caso de que uno de los dos fuese capturado el otro podría traer los importantes papeles de la expedición sanos y salvos a la Corte.
EL RETORNO A ESPAÑA
Durante su regreso a la península, tras casi once años de estancia americana, mientras Ulloa caía preso por los ingleses, Juan llegaba a España después de superar penosas adversidades en su travesía del Atlántico. Muy pronto, fue recibido por el nuevo y todopoderoso primer Secretario de Estado, el marqués de la Ensenada, llamado a regir durante muchos años los destinos españoles con el nuevo monarca recién entronizado, Fernando VI, hijo del anterior, Felipe
V. Ensenada vio en Jorge Juan una persona de enorme capacidad intelectual y plena de entusiasmo desbordante. Sus planes de modernizar España y, especialmente, de renovar la flota española, recibieron rápidamente una excelente acogida en el marino de Novelda. Juan fue ascendido a capitán de corbeta y recibió el apoyo de Ensenada para burlar las pesquisas inquisitoriales que se
oponían a la publicación de sus “Observaciones Astronómicas y Phisicas…”, primera de las obras que se editaron en Europa sobre la misión científica del Ecuador y que le dio un gran renombre ante las Academias científicas de varios países que inmediatamente les nombraron miembros de las mismas.
En el año 1749, Ulloa, que se había convertido en uno de los principales asesores del reformista marqués de la Ensenada y que años después llegaría a disfrutar de cargos tan importantes como gobernador de la Luisiana o jefe de la flota de Nueva España, partía en dirección a varios países europeos para seguir las directrices políticas del gobernante español en cuanto al espionaje industrial que se le había encomendado, misión que compartió con la dirección de las obras de los Canales de Castilla. Mientras tanto Juan fue enviado en misión secreta a Londres, suceso digno de las mejores narraciones de espionaje, para conocer e informar sobre el estado de la moderna construcción naval que practicaba la armada británica en sus astilleros, procurando, “con la maña y secreto posible adquirir noticias de los constructores de más fama de navíos de guerra de aquella Corona…”. Debería contactar y contratar a los mejores especialistas en construcción de navíos y a maestros de lona y jarcia para que, trabajando en los astilleros españoles, pudieran colocar a la flota española a la altura de la inglesa. La economía y la integridad territorial de la España americana dependían del éxito o fracaso de su misión. Pero, como diría Rudyard Kipling, esa es ya otra historia.
Emilio Soler |
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ALEJANDRO MALAESPINA. UN VIAJE ALREDEDOR DEL GLOBO (1789-1794) |
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El año pasado se celebró el 250 aniversario del nacimiento del marino Alejandro Malaspina (1754-1810), protagonista de una de las grandes expediciones científicas españolas de todos los tiempos, fue una ocasión única para conocer a fondo más detalles sobre un viaje por América y las islas del Pacífico que duró más de cinco años (de 1789 a 1794) a bordo de las corbetas “Descubierta” y “Atrevida”, al mando de Alejandro Malaspina y José de Bustamante, a América y las islas del Pacífico.
¿Quién era Malaspina? Hoy en día casi todos conocen la expedición que lleva su nombre, gracias a exposiciones, congresos y publicaciones de historiadores y escritores, que han rescatado del olvido su nombre y el de los marinos y científicos que le acompañaron. También ha contribuido enormemente a ello Televisión Española, que realizó la serie “Tras las huellas de Malaspina”, un proyecto de José de la Sota, que contribuyó a popularizar la expedición a finales del siglo XX.
CONOCIENDO A MALASPINA
En los últimos veinte años, Malaspina y su viaje han despertado el interés general de estudiantes, escritores y viajeros. Actualmente, los libros y artículos sobre Malaspina y la Expedición pasan de los dos mil. La edición más reciente se debe a la Hakluyt Society de Londres, publicada con el patrocinio del Ministerio de Asuntos Exteriores de España, “The Malaspina Expedition, 1789-1794. Journal of the Voyage by Alejandro Malaspina…” (London-Madrid, 2001-2004, 3 vols.), y en este año, la Universidad Carolina de Praga acaba de publicar las Actas del Simposio “La Expedición de Alejandro Malaspina y Tadeo Haenke” (Praga, 2005), realizado como complemento de la exposición inaugurada en la Librería Deviaje y ampliada en Praga con originales de Haenke.
Si, como decía Barceló en 1984, Malaspina era un perfecto desconocido y se preguntaba qué le faltaba aún para entrar en nuestra historia común, hoy, transcurridos más de veinte años podemos decir que Malaspina ya ha entrado en nuestra historia. En 2004 se celebró el 250 aniversario del nacimiento de Malaspina y en 2005 y 2006 el Ministerio de Cultura patrocinará la exposición “Ciencia y Música en América y el Pacífico” y la ópera “Malaspina” con el patrocinio también de una “rama” de la familia Malaspina, de Atlanta y Luxemburgo.
Pero volvamos al Museo de América, a la época en la que buscaba información para catalogar la colección Bauzá. Allí encontré un enorme volumen titulado “Viaje político-científico alrededor del mundo por la corbetas “Descubierta” y “Atrevida”, al mando de los capitanes de navío Don Alejandro Malaspina y don José de Bustamante y Guerra, desde 1789 a 1794, publicado con una introducción por Don Pedro de Novo y Colsón, …” (Madrid, 1885). Pues bien, me sumergí en su lectura y estuve a punto de “naufragar”, mejor dicho, naufragué muchas veces. Algo parecido le ocurrió a Jiménez de la Espada cuando, al regresar de su viaje a América con la Comisión Científica del Pacífico (1862-1865) emprendió la tarea de la publicación del viaje de la expedición Malaspina y que no pudo llevar a cabo por su enorme coste. Sin embargo no renunció a investigar sobre la causa por la que Malaspina fue a parar con sus huesos a la cárcel y tuvo un final tan injusto y desgraciado. Jiménez de la España publicó “Una causa de Estado” (Madrid. 1881) en la que refiere la caída en desgracia de Malaspina, las intrigas de la Corte y su proceso y prisión, un libro que Novo y Colsón incluye en su obra y en cuya fuente han “bebido” los estudiosos del tema.
Eric Beerman en su documentado estudio “El Diario del proceso y encarcelamiento de Alejandro Malaspina, 1794-1803” (Madrid, 1992), sigue paso a paso la vida de Malaspina desde su regreso a Cádiz (1794) hasta su encarcelamiento
en el castillo de San Antón de La Coruña, (1796), con la publicación de las cartas de Malaspina a su amigo Paolo Greppi, los documentos del Archivo del Palacio Real, del Archivo Histórico Nacional y las Actas del Consejo.
Y es que cuando Malaspina regresa a España, en 1794, la Revolución Francesa había enfriado el reformismo de muchos ilustrados, revitalizando la acción clerical y provocando una situación política sin precedentes, plasmada en la ascensión al poder del joven guardia de Corps Manuel Godoy y la caída del duque de Aranda, en 1792. Era una España bien distinta de la que habían dejado, en julio de 1789, el mismo año de la toma de la Bastilla.
En la hermosa bahía de Cádiz, el 20 de septiembre daban fondo las corbetas “Descubierta” y “Atrevida” y de ella desembarcaban Malaspina y sus hombres. Malaspina, dice la historia, fue bastante celebrado en Cádiz y, “la Nación, se vanagloriaba de tener en él a un nuevo Cook…”, pero a él, el retorno le inspiró un grito de dolor: “¡Qué desagradable es, después de cinco años ocupado en el bienestar de la humanidad, convertirse, tras breve intervalo, en un instrumento de destrucción o en una víctima de la loca ambición del hombre…” escribe a Paolo Greppi. Y en otra, (7 de octubre), después de su triunfal llegada: “… En este momento la vida es un puro juego al que no hay que dar demasiada importancia. En América, en la Corte y en esta opulenta ciudad, mi nombre es bastante conocido, no ya por adulación e intrigas, sino por únicamente un verdadero amor a mis semejantes, al trabajo y a los deberes morales. Cuanto más me abandonan las pasiones, más fuerza y raíz toman las virtudes. Y si no me engañan las experiencias de cuatro largos años, quizás pueda arriesgarme a decir, que he reunido esos pocos cabos con los que se ha de restablecer la prosperidad, o diré mejor, la regeneración de la Monarquía…”.
En diciembre los dos comandantes, Malaspina y Bustamante son llamados a la Corte para ser presentados a los Reyes. El día 3 llegan a Madrid, el 4 a San Lorenzo del Escorial y el 7 “fueron presentados a sus SS. MM. por el Excmo. Sr. Don Antonio Valdés, Secretario de Estado y del Despacho Universal de Marina…” (Gazeta de Madrid del 12 de diciembre). Como dice Beerman, este
día la Corte se vistió de gala. Asistieron representantes de la nobleza ministros y embajadores, ante los que Malaspina, en breves palabras, expuso el viaje y la labor llevada a cabo por todo su equipo durante los cinco años de navegación. El Secretario de Estado concluyó con estas palabras: “Los resultados del viaje y el prospecto (sic) de la obra, en todas sus partes, no tardará en presentarse al público por orden de S.M.”. Valdés se equivocaba: tendrían que pasar casi cien años para su publicación porque, tan sólo un año después, en ese mismo lugar y ante los mismos reyes y personas, Malaspina sería declarado “reo de Estado”, procesado y encarcelado. Como decía el profesor Alcina, “la Madre Patria premia así a sus mejores hombres”. Malaspina, italiano en España, español en Italia, expresaba libremente sus ideas, ideas que necesariamente chocaban con el “poder” establecido, el del poderoso Godoy.
Pero sigamos la “historia”: Malaspina y sus oficiales regresaron a Madrid al día siguiente de la recepción en El Escorial. Malaspina estaba alojado en casa de su amigo el príncipe de Monforte y alternaba sus días en Madrid con breves desplazamientos a Aranjuez y a El Escorial. En Aranjuez, una comisión preparaba la publicación del viaje. La obra debía comprender tres partes: I. América Meridional. desde el Cabo de Hornos a Panamá; II. América Septentrional. Desde Panamá hasta el Norte y III. Oceanía: Islas Marianas y Filipinas. Cada una de estas tres partes, comprendería a su vez tres libros. El primero describiría el viaje incluyendo los diarios de navegación; el segundo, los países visitados y sus habitantes y el tercer libro trataría de política. En un tomo aparte se incluirían otros viajes impulsados por la expedición; el viaje
de las goletas “Sutil” y “Mexicana” para reconocer el estrecho de Juan de Fuca con un extracto de los viajes anteriores hechos por los españoles a la costa noroeste de América. En el mismo tomo se incluirían los resultados del viaje del capitán de fragata, José Meléndez a las costas de Tehuantepec y Soconusco (México y Guatemala); el de los pilotos Juan Maqueda y Jerónimo Delgado a las islas Filipinas y, por último, el de don Juan Gutiérrez de la Concha al golfo de San Jorge, en la Patagonia. Toda la obra será ilustrada con 70 grabados.
Para la redacción final, Malaspina propuso al Padre Manuel Gil, que había conocido en Cádiz. Malaspina y el Padre Gil estaban de acuerdo en que algunos escritos debían considerarse “materia reservada”. Godoy intervino, ya que la publicación de la obra “le infundía serios temores por el interés general del Estado”. Godoy y Gil se pusieron de acuerdo a espaldas de Malaspina. Empezaban las intrigas en torno al marino… pero Malaspina, ajeno al peligro que sus ideas despertaban, escribe:
` “(…) Es necesario conocer bien América para navegar con seguridad y aprovechamiento por sus dilatadísimas costas y para gobernarla con equidad, utilidad y métodos sencillos y uniformes. (…) es preciso fijarse en la naturaleza de las posesiones de la Corona de España, en las condiciones sociales que la unen entre si, (…) es necesario conocer la población indígena y la población emigrante, respetar sus costumbres (…). Hay que conocer los productos naturales, minerales, tintes, industrias, plantas medicinales, agricultura, pesca y, en fin, todo lo que tributa o puede tributar…”.
LOS ORÍGENES DE MALASPINA
Pero volvamos al pasado, ¿quién era este atrevido marino? Caballero de la Orden de Malta, brigadier de la Armada Española, ilustrado, visionario –¿francmasón?–. Uno de sus mejores biógrafos, Darío Manfredi, cuenta sus años en Italia, su
formación intelectual y científica y su llegada a España, la expedición bajo su mando y los últimos años, primero en la prisión de la Coruña (1796-1802), su destierro a Italia y su muerte en la ciudad de Pontremoli (1810), próxima a Mulazzo, un bellísimo pueblecito de la Lunigiana, donde había nacido el 5 de noviembre de 1754. De noble familia el virrey de Sicilia, lo tomó bajo su protección y lo llevó a la corte de Carlos de Borbón, –el futuro Carlos III de España–, primero en Palermo y después a Nápoles. Estudió en el colegio Clementino de Roma, donde se preparaban los jóvenes de la nobleza destinados a distinguirse en “el arte militar, en el gobierno, en la iglesia, en las artes y en las ciencias”.
Inició sus prácticas navales en 1774, bajo la bandera de la Orden de Malta y en ese mismo año, llegó a España acompañando a su tío, Fogliani Sforza. Tras una breve estancia en Cartagena, ingresó en la escuela de Guardia Marinas de San Fernando (Cádiz). De 1775 a 1782 participó en numerosas batallas y misiones científicas. Fue muy importante para su formación y experiencia como marino el viaje realizado a Filipinas en la fragata “Astrea”. Una epidemia de escorbuto les hizo regresar a los tres meses de la salida de Cádiz, pero fue probablemente en este viaje cuando Malaspina se dio cuenta de la importancia de la sanidad a bordo. Un nuevo viaje a Filipinas a bordo de la “Asunción”, como segundo comandante, se realizó felizmente.
De nuevo en España, en 1784 y a las ordenes de Vicente Tofiño, completó su formación cartográfica y astronómica. En ese tiempo, la Real Compañía de Filipinas proyectaba reorganizar su tráfico marítimo, abandonando el sistema tradicional Manila-Acapulco-Manila, por el de una circunvalación del globo, en la que transportarían mercancías de España y América a la ida y de Oriente al regreso. La Compañía solicitó que fuese Malaspina quien guiase la nave en ese viaje experimental. Malaspina eligió la fragata “Astrea”, que conocía bien. El 5 de septiembre de 1786, la “Astrea” salía de la bahía de Cádiz rumbo a las costas de América del Sur. En Perú, Malaspina cambió la ruta acostumbrada hacia Filipinas, evitando las bonanzas de las Galápagos y consiguió llegar a las islas en tan sólo setenta y cinco días de navegación. Regresó a la Península por el mar de la China, después de una breve escala en Batavia, dobló el cabo de Buena Esperanza y fondeó en Cádiz. A pesar de que el escorbuto hizo presa en varios marinos, en el plano comercial y marítimo fue un éxito. Recordemos que hasta esa fecha, 1788, sólo doce navegantes habían podido realizar, sanos y salvos, la vuelta al mundo.
PREPARANDO LA GRAN VUELTA AL MUNDO
En este año (1788), Malaspina y otro experto marino, José de Bustamante y Guerra, presentaron al secretario de Indias y ministro de Marina, Antonio Valdés, la propuesta para realizar un viaje de exploración semejante a los viajes anteriores de Davis, Cook, Bougainville, La Perouse y otros. El objetivo principal era trazar la “Carta Hidrográfica del Pacífico” señalando los derroteros más fáciles y más cortos para la navegación, investigar la situación política de América, el comercio, los productos naturales, los habitantes, sus costumbres y lenguas, reconocer los establecimientos rusos al norte de California y de los ingleses en el Pacífico y en Australia e informar al gobierno sobre la conveniencia o no de retener para la Corona unas lejanas tierras que no producían ningún beneficio. Proponían también la formación de colecciones botánicas, zoológicas y mineralógicas y la adquisición de toda clase de objetos representativos de las más diversas culturas de los nativos, con destino al Real Gabinete de Historia Natural y al Jardín Botánico.
En el plan inicial del viaje –modificado después en parte– preveían tres años y medio de
algunos lugares del interior de América y Filipinas. En 1791 saldrían del puerto mexicano de Acapulco en dirección a las islas Sandwich (actuales islas Hawai), después, costeando la península de California se dirigirían a Kamtchatka, harían escala en Cantón, pasarían por el cabo Bojador y Engaño, en la contracosta de la isla de Luzón y se dirigirían a Filipinas por el estrecho de San Bernardino. Después de una estancia en la capital de Filipinas, Manila, se dirigirían a las islas Célebes y Molucas y harían una corta escala en el puerto australiano de Sydney, y hacia marzo del 92 pondrían rumbo a las islas de los Amigos y de la Sociedad. En octubre o noviembre llegarían a la costa de Nueva Zelanda, desde donde, en dirección y remontando la costa australiana; “entrar en derrota por el cabo de Buena Esperanza y de allí regresar a España en abril o mayo del 93”.
El plan fue presentado al Rey por Valdés que recibió la aprobación del Rey y destinó todos los recursos al proyecto. Se construyen dos corbetas iguales que fueron bautizadas con los nombres de “Santa Justa” y “Santa Rufina”, alias la “Descubierta” y la “Atrevida”. Toda la tripulación debería estar formada por voluntarios, incluso los marineros, preferibles los del norte a los del sur por estar más habituados a las bajas temperaturas. Astrónomos, cartógrafos, botánicos, naturalistas, médicos, cirujanos, capellanes, dibujantes, oficiales de mar, artilleros, marineros, grumetes y criados completaban la dotación de 102 personas en cada buque.
Nada se dejó al azar o a la improvisación. Se buscaron y recopilaron libros, mapas, documentos y toda clase de datos que sirvieran para llevar a cabo todas las comisiones asignadas durante el viaje. Fueron consultadas las Academias Científicas de Londres, París, Turín, Módena y Ferrara, y los hombres más sabios conocidos: en Italia, al abate Spallanzani y al marqués Gerardo Rangone sobre materias de historia natural; el conde de Greppi, sobre comercio; Joseph Banks y Alexander Dalrymple, en Londres y Joseph-Jerome de Lalande en Francia, entre otros.
LA GRAN EXPEDICIÓN
Las corbetas salieron de Cádiz el 30 de julio de 1789. Tras una travesía por el Atlántico, llegaron al estuario del río de la Plata. Fondearon primero en Montevideo y después en Buenos Aires, la capital del Virreinato. El virrey, marqués de Loreto, les entregó 28.000 pesos fuertes y les abrió los archivos de la ciudad. Visitaron Maldonado y la colonia del Sacramento y reconocieron
todos los alrededores. El plan de trabajo en el río de la Plata se repitió en las sucesivas escalas. Se organizaron las operaciones geodésicas y trigonométricas, las observaciones astronómicas y los trabajos cartográficos. Los naturalistas y botánicos examinaban los suelos y formaban sus herbarios y colecciones de especies vivas. Examinaron la calidad de los minerales, la salubridad de las aguas, el magnetismo terrestre y las condiciones barométricas. Se recogieron objetos de todas clases. Se dibujaron hombres, animales y plantas y las ciudades visitadas. En realidad, como dice Juan Pimentel, sería más fácil decir “lo que no hicieron”. Varios oficiales investigaron en los archivos de gobierno, eclesiásticos y de los jesuitas expulsados (1762).
Del río de la Plata pusieron rumbo al sur. Tocaron Puerto Deseado, en la Patagonia, y se dirigieron a las islas Malvinas, fondeando en el puerto de La Soledad. A finales del año doblaron el “tempestuoso” cabo de Hornos, pero preferible al estrecho de Magallanes. Ascendieron por la vertiente occidental haciendo escala en San Carlos de Chiloe, en febrero de 1790. Prosiguieron viaje hasta Concepción Valparaíso y Coquimbo. En Valparaíso, el puerto más cercano a Santiago de Chile, se incorporó el naturalista Tadeo Haenke, quien, desde Buenos Aires a Santiago, había reunido más de 2.000 especies botánicas desconocidas en Europa.
La corbetas continuaron su singladura. Hicieron escala en el puerto peruano de El Callao y el virrey Taboada y Lemus les prestó toda su ayuda. Malaspina y sus hombres elaboraron cuestionarios sobre el tráfico y las industrias locales, los bosques y las minas, el estudio de las ciencias y el estado de la educación. En Lima desembarcó el pintor sevillano, José del Pozo y para suplirlo se destinó al marinero José Cardero, excelente dibujante. Los naturalistas Neé y Haenke, acompañados del botánico Tafalla –discípulo de Ruiz y Pavón– y el dibujante Pulgar se dirigieron a Huanuco, en la desembocadura del Marañón.
Los oficiales Quintano, Vernacci y Galiano
dibujaron las derrotas de las corbetas y el
cartógrafo Bauza y el piloto Maqueda,
las cartas marinas. Los astrónomos Con
cha y Galiano, el catálogo de las estrellas,
observadas desde Valparaíso. Cayetano
Valdés fue el encargado de examinar y
extraer la documentación del Archivo de
Temporalidades. El 20 de noviembre
abandonan El Callao, rumbo a las costas
de Ecuador. A primeros de octubre fon
dean en Guayaquil, el mejor astillero
americano después del de La Habana.
Naturalistas y marinos continuaron sus
trabajos. Antes de finalizar octubre se
dirigieron al golfo de Panamá y fondea
ron cerca de la ciudad, fundada por Pe
drarias Dávila en 1518, después de que
Núñez de Balboa, descubridor de “la
Mar del Sur” conquistara toda la región.
Vernacci navegó por el río Chagres hasta
el océano Pacífico y el Atlántico y estudiar la posibilidad de abrir un canal intraoceánico, uno de los grandes sueños americanos.
En Panamá se separaron las corbetas: la “Atrevida”, se dirigió a Acapulco y de allí a San Blas, mientras la “Descubierta”, al mando de Malaspina, el 13 de enero de 1791 se encontraba cerca del puerto de Realejo (Nicaragua). La corbeta “Atrevida” fondeó en Acapulco el 1 de febrero y el 20 la “Descubierta”. Malaspina considera este puerto como unos de los mejores de América y el más apropiado para la navegación. Humboldt, que desembarcó en Acapulco en 1803 decía: “es el más bello de todos los que se encuentran en la costa del Pacífico (…) hoyo tallado en montañas de granito (…) sitio de inigualable aspecto salvaje, lúgubre y romántico…”. El lugar fue elegido por Andrés de Urdaneta, en 1565, como punto de partida y llegada del galeón de Manila y fue, hasta mediados del siglo XVIII, uno de los primeros puertos comerciales del mundo. Desde allí, Malas-pina y varios oficiales se dirigieron a la capital para entrevistarse con el virrey Revillagigedo e iniciar los trabajos previstos de reunir la documentación para preparar la campaña del noroeste en busca del paso entre el Atlántico y el Pacífico, que se suponía situado hacia los 60º de latitud norte. Finalmente, navegaron
hasta Alaska, fondearon en la bahía de Mulgrave (Yakutat) y descendieron por los archipiélagos de Príncipe Guillermo y de la Reina Carlota. El 15 de agosto fondearon en la bahía de Nootka, establecimiento español disputado por los ingleses desde 1789.
EL FINAL DEL VIAJE
En 1792 iniciaban la última parte del viaje que aún duraría dos años más. Desde Acapulco se dirigieron a la isla de Guam y fondearon en la rada de Umatac, en las Marianas descubiertas por Magallanes, y de allí se dirigieron a las Islas Filipinas. La estancia se prolongó durante seis meses. En los diarios de los oficiales se describen los reconocimientos de las costas e islas próximas, la confección de cartas y planos, el estudio de los habitantes y los trabajos de los botánicos y naturalistas, la muerte de Pineda y el viaje a Macao de la “Atrevida” para renovar las experiencias de la gravedad y la venta de pieles de la costa noroeste de América para beneficio de la marinería. Prosiguieron viaje rumbo a Nueva Zelanda y Australia. Fondearon en la actual bahía de Sydney, donde permanecieron 15 días y de allí se dirigieron a las islas de la Sociedad. Tras un breve descanso en Vavao, regresaron al continente americano.
En El Callao desembarcaron Bauza, Espinosa, Nee y Henke para reconocer el interior del continente y reunirse con las corbetas en Buenos Aires. Haenke se quedó para siempre en América, pero ésta es otra historia. Las corbetas prosiguieron viaje hacia el sur, doblaron el cabo de Hornos y de nuevo fondearon en las Malvinas. Desde allí a Montevideo para preparar el regreso a España escoltados por una flota para evitar que fuesen capturados por los franceses. Por fin llegaron felizmente a Cádiz.
Un año y dos meses después Malaspina era procesado y declarado “reo de Estado”. La comisión que preparaba la publicación del viaje, disuelta, los oficiales enviados a sus respectivos destinos y los “papeles” confiscados. Los complots para derribar a Godoy, entre ellos el de Malaspina, habían fracasado (Picornell, el conde de Teba, Jovellanos, etc.). Pero esta es también otra historia, demasiado larga y complicada para incluir aquí.
Malaspina continuó preso en San Antón hasta 1802, en que fue desterrado a su tierra natal, gracias a la intervención de Napoleón. En este año Jovellanos era declarado “reo de Estado” y enviado al castillo de Bellver, en Mallorca.
Malaspina en la prisión escribió un “Tratado sobre el valor de las monedas”, un tratado sobre “lo bello” y unos comentarios al “Quijote” que la Universidad de Alicante va a publicar próximamente. Harold Blume decía que “el caballero es la sutil crítica que Cervantes hace a un reino que le había pagado su patriotismo heróico en Lepanto, tratándolo con dureza (…) la violencia, la cautividad y la cárcel fueron los ingredientes básicos de la vida de Cervantes”. Para Unamuno, dice Blume, el objetivo de don Quijote es destruir la injusticia. Con seguridad Malaspina experimentaba estos los mismos sentimientos de injusticia e ingratitud que Cervantes.
Acabo citando a Pimentel de nuevo: “Clasificar especies, lenguas y pueblos, levantar un inventario razonado y sistemático de los recursos naturales y sociales del Imperio; trazar una imagen coherente y unificada de toda su diversidad geográfica y cultural: esa fue la tarea, verdaderamente hercúlea de la expedición, aquello a lo que Malaspina se refería cuando hablaba de formarse “una idea cabal de América”. La búsqueda de una legalidad natural y civil de la Monarquía la convierte, pues, en una expedición absolutamente singular en la larga historia de exploraciones y viajes de descubrimiento que pueblan la historia colonial iberoamericana. La envergadura intelectual de semejante proyecto científico evoca y prefigura el del propio Humboldt, con el que guarda tanta relación…”.
Mercedes Palau
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CIENCIA Y NACIÓN. LA COMISIÓN CIENTÍFICA DEL PACÍFICO |
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de medio siglo de inactividad en lo que se refiere a la exploración científica en el Nuevo Mundo, nos encontramos en el año de 1862 con la llamada Comisión Científica del Pacífico, última de las grandes expediciones enviadas a América. Si bien es cierto que alguno de los políticos que más activamente intervinieron en su organización, como el ministro de Fomento o incluso la reina Isabel II, consideraron que la nueva empresa sería la continuadora de las grandes expediciones ilustradas del siglo XVIII, ésta aparece ante nuestros ojos como una expedición esencialmente romántica y nacionalista.
Para entender el espíritu que guiaba el envío de una escuadra de guerra a las aguas del Pacífico con una comisión de profesores de ciencias naturales a bordo, hay que recordar el momento de euforia de la burguesía española en los años centrales del siglo XIX. La Unión Liberal, el grupo político que mejor representaba los intereses de esa burguesía, había conseguido una situación interna que favorecía sin duda el optimismo histórico de ocupar de nuevo un papel relevante en el conjunto de las naciones europeas, ya que había mejorado el comercio exterior, se consolidaba el sistema bancario, se desarrollaba la agricultura de exportación, la industria textil, el ferrocarril, el ejército y la marina.
Además, la política exterior española era especialmente intervencionista, como se había demostrado en Marruecos, México y Santo Domingo, lo que unido a su ideología panhispanista –obsesionada con estrechar los lazos políticos, económicos y culturales de España con sus antiguas colonias, siempre como potencia rectora– era realmente peligroso en una empresa como la que se preparaba con el envío de la escuadra a las aguas del Pacífico americano. Este panhispanismo se vio además favorecido por la política expansionista norteamericana que pretendía la comunicación entre el este y el oeste de la Unión a través de América Central, con el desmembramiento de Panamá de Colombia, la anexión de Cuba y la ocupación de las islas Galápagos; una política, por tanto, que impulsaba por reacción la aparición de movimientos de integración hispanoamericanos y del panhispanismo más integrista. El tono de la nueva aventura ultramarina española aparece reflejado en las páginas de “El Museo Universal”: “Mientras la España recobraba su puesto en Europa, y mientras cobraba la importancia militar y política que merece toda nación grande, rica y civilizada, era conveniente que su pabellón paseara por otros países, que los territorios que en otros tiempos habían pertenecido a su corona recordaran la dignidad e importancia de la madre patria, haciendo así más dignos de estimación y de respeto en todas partes a sus hijos.”
Aunque pueda parecer que el proyecto de la expedición al Pacífico fue apresurado y fruto de la improvisación de la política exterior de la Unión Liberal, lo
cierto es que hay antecedentes sobre la posibilidad de pasear la escuadra española por el Pacífico americano, al menos desde los años cincuenta. En 1860 el propio ministro de Estado –Saturnino Calderón Collantes– se hacía eco de los informes de algunos diplomáticos españoles y de las demandas de los súbditos españoles residentes en algunos países americanos exigiendo la presencia de buques españoles para la defensa de sus intereses. El ministro reforzaba el espíritu nacionalista en las instrucciones que finalmente dio al general Pinzón en 1862. Se reconocía la independencia de las jóvenes repúblicas americanas, con las que se deberían estrechar los lazos de amistad, pero ya se advertía de la posible hostilidad de algunas de ellas, especialmente de Perú, por lo que también se recomendaba una posible intervención de la escuadra en caso de que fuera necesario, es decir, si peligraban los intereses españoles. La prevención contra Perú era tal que las mismas instrucciones indicaban que en los puertos peruanos se ostentaran más las fuerzas españolas para hacer comprender a los peruanos que a pesar de la política moderada de España, ésta actuaría con firmeza si la situación lo requería.
En este sentido es muy interesante la interpretación de Francesc A. Martínez Gallego sobre el envío de la escuadra de guerra con el trasfondo de los intereses guaneros españoles frente al monopolio de la compañía londinense Anthony Gibbs and Sons, representada en España por Murrieta y Cía., ya que nos recuerda que además de la retórica política, algunos periódicos como “La España” habían llegado a reclamar la toma por la fuerza de las islas guaneras de Chincha y Lobos, los mayores depósitos guaneros de Perú y de cómo la propia revista del Ministerio de Fomento publicaba en 1864 diversos artículos sobre el guano chileno y peruano, sus yacimientos, calidades, rendimientos, etc, en vez de preocuparse por los posibles resultados científicos de la Comisión.
Las instrucciones dadas al general Pinzón, jefe de la expedición al mando de las fragatas “Resolución” y “Triunfo” y las goletas “Virgen de Covadonga” y “Vencedora”, señalaban un itinerario aproximado que recorría las islas Canarias, Cabo Verde, Brasil, río de la Plata, la costa patagónica, islas Malvinas, cabo de Hornos, Chiloé, costas chilenas y peruanas y California. En cuanto a los aspectos científicos de la expedición, las órdenes, sin duda recordando los buenos oficios de la marina ilustrada, encomendaban los estudios hidrográficos, físicos y meteorológicos a los oficiales de la Armada, para lo cual se les recomendaban las instrucciones dadas por la Academia de París, así como las hojas de clasificación de observaciones geográficas, hidrográficas, barométricas, marítimas, termométricas, ópticas y magnéticas efectuadas por los oficiales de la fragata “Venus” (1863-1839).
LA COMISIÓN CIENTÍFICA DEL PACÍFICO
La iniciativa de agregar una comisión de científicos a la expedición partió del ministerio de Fomento y, especialmente, del director general de Instrucción Pública, Pedro Sabau, quien en mayo de 1862 reunió a una comisión consultiva para nombrar a los integrantes de la futura comisión científica. Hay que destacar que en dicha comisión consultiva figuraron Mariano de la Paz Graells y Miguel Colmeiro, naturalistas que rigieron los destinos de las ciencias naturales en España durante gran parte del siglo XIX y autores materiales de las instrucciones científicas que llevó la comisión científica en su periplo americano. Después de diversas consultas, la Comisión Científica del Pacífico quedó formada por los siguientes personajes:
• Patricio M. Paz (1808-1874), marino retirado y coleccionista de especies malacológicas, fue nombrado presidente de la comisión científica. Por esta razón se encargó de la dirección científica y administrativa, hasta julio de 1863, fecha en la que decidió retirarse por las disensiones habidas con los jefes militares de la expedición y las tensiones creadas en el seno de la comisión científica.
• Fernando Amor y Mayor (18221863), catedrático del Instituto de Valladolid, se encargó, como “naturalista” de la expedición, de todo lo concerniente a la geología y la entomología, hasta su fallecimiento en San Francisco de California en 1863.
• Francisco de Paula Martínez y Sáez (1835-1908), ayudante de la Facultad de Ciencias de la Universidad Central, fue nombrado secretario de la Comisión y encargado –como “ayudante naturalista”– de los estudios sobre mamíferos y reptiles acuáticos, peces, crustáceos, anélidos, moluscos y zoófitos. Tras la renuncia de Paz y la muerte de Amor, fue el presidente interino de la comisión científica.
• Marcos Jiménez de la Espada (1831-1898), ayudante del Museo de Ciencias Naturales, fue –como segundo “ayudante naturalista”– el responsable de las investigaciones sobre aves, mamíferos y reptiles terrestres. Además se destacó en el transcurso de la expedición por sus trabajos en los volcanes andinos
y sus observaciones geográficas, antropológicas e históricas.
• Manuel Almagro y Vega (1834-1895), médico militar cubano educado en París, fue el encargado de los estudios
etnológicos y antropológicos en la Comisión Científica
del Pacífico. Asimismo, fue el redactor de la memoria oficial sobre la expedición que se presentó al
ministro de Fomento en 1866, una vez finalizado
el viaje.
• Juan Isern y Batlló (1825-1866), ayudante colector del Real Jardín Botánico, fue el responsable de los estudios botánicos. Fue uno de los expedicionarios –junto a Martínez, Jiménez de la Espada y
Almagro– que hizo el “Gran Viaje” a través del Amazonas, aventura en la que contrajo una enfermedad incurable que le costó la vida.
• Bartolomé Puig y Galup (1826-?), médico y ayudante disecador del gabinete de Historia Natural de la Uni
versidad de Barcelona, fue el encargado de los trabajos de Cacique de Osorno. taxidermia y conservación.
• Rafael Castro Ordóñez (?-1865), pintor educado en la Real Academia de San Fernando, que fue nombrado dibujante y fotógrafo de la expedición. Su actividad en el campo de la fotografía, en la que se había formado junto a Charles Clifford –uno de los fotógrafos reales e introductor de técnicas avanzadas en nuestro país– fue intensa y muy valiosa, aunque se vio truncada por su muerte en 1865.
LA EXPEDICIÓN AL PACÍFICO
El 10 de agosto de 1862 zarparon desde Cádiz los buques que conducían a América a los miembros de la Comisión Científica del Pacífico, héroes románticos de la nueva ciencia que, aunque asombrados ante el esplendor de la naturaleza americana, se consideraban portadores de la cultura y la civilización que el Viejo Mundo aún podía aportar al Nuevo.
La escuadra llegó al puerto brasileño de Bahía el 9 de septiembre, después de realizar pequeñas escalas técnicas en Tenerife y en San Vicente de Cabo Verde. La posibilidad de explorar un territorio más amplio determinó que la comisión
científica se fragmentase en grupos que recorrieron Río de Janeiro, Desterro, Petrópolis, Santa Cruz y Río Grande do Sul en un período aproximado de tres meses.
Finalizada su estancia en Brasil, los naturalistas se embarcaron en la goleta “Covadonga”, que les condujo a la ciudad de Montevideo, desde donde se planeó un viaje para recorrer Argentina hasta alcanzar el territorio chileno, proyecto que culminaron los expedicionarios Paz, Almagro, Isern y Amor, en tanto que sus compañeros de comisión siguieron en los buques en dirección al estrecho de Magallanes. Asimismo, éstos últimos visitaron las islas Malvinas y Tierra de Fuego, antes de llegar a Valparaíso, lugar de encuentro de los dos grupos de la comisión científica.
En el verano de 1863 la comisión volvió a fragmentarse para lograr un horizonte más amplio de estudio. Almagro e Isern iniciaron una amplia excursión a los Andes, fruto de la cual fueron numerosos objetos antropológicos y un interesante herbario, en tanto que el resto de los científicos exploraban la costa chilena y el desierto de Atacama, antes de salir con rumbo a Centroamérica y San Francisco de California, ciudad en la que falleció Fernando Amor. En diciembre del mismo año llegó la fragata “Resolución” al puerto de El Callao y un mes más tarde fondeaba la “Triunfo” en las aguas del puerto chileno de Valparaíso. El primer buque, que debía embarcar a Almagro e Isern, permaneció cerca de tres meses en el puerto peruano a la espera de actuar militarmente, ya que al regresar del viaje a California se encontró Pinzón con la noticia de la agresión armada a la colonia española de Talambó. Finalmente se dirigió a Valparaíso, donde permanecería al acecho, en tanto que por fin se conseguía reunir a los integrantes de la comisión científica.
Iniciada la campaña del Pacífico, con la ocupación militar de las islas Chinchas por parte de la escuadra española, y tras la dimisión de Paz Membiela como presidente de la comisión, se ordenó la suspensión de la expedición científica. A pesar de esta orden Martínez –como presidente accidental–, Jiménez de la Espada, Almagro e Isern decidieron continuar la expedición sin contar ya con la dirección militar de Pinzón. Una vez autorizado este proyecto y reunidos en Guayaquil, en octubre de 1864, los cuatro científicos mencionados anteriormente (Puig y Castro también se habían retirado) decidieron realizar lo que ellos llamaron “El Gran Viaje” a través del Amazonas.
Después de varias exploraciones en los Andes ecuatorianos, se dirigieron a la ciudad de Baeza, ya en el oriente de Ecuador, desde donde iniciaron su periplo. Tras atravesar las regiones del Misagualli y del Tena, se dirigieron –en mayo de
1865– hacia el Napo. El antropólogo decidió hacer una pequeña excursión por la región de los jíbaros, en tanto que los demás dejaban Aguano para alcanzar la población de Loreto y proseguir hacia San Antonio de la Coca, en la confluencia de los ríos Coca y Napo.
Zarparon desde este lugar, el 17 de julio, en una pequeña “escuadra” integrada por dos balsas, cuatro canoas grandes y tres pequeñas, en compañía de indios aguanos y loretos. Después de realizar una visita al río Aguarico, se dirigieron a la desembocadura del Curaray, para llegar finalmente a Mazán el 4 de agosto. Acabada la travesía del Napo en Destacamento, se inició la del Amazonas propiamente dicha en condiciones tan adversas que propiciaron la enfermedad mortal del botánico Isern. Embarcados en el vapor “Icamiaba” el 20 de septiembre, coincidieron con una comisión científica norteamericana presidida por el sabio Agassiz, que les auxilió en todo lo posible, dado el deplorable estado en el que se encontraban los comisionados españoles. Una semana después llegaron a Manaus, ciudad brasileña en la que esperaron la llegada del vapor “Belem”, que les llevó hasta el Gran Pará, donde terminaron el viaje el 12 de octubre de 1865.
Un mes más tarde, Jiménez de la Espada, Almagro e Isern se embarcaron en Pernambuco con intención de regresar a España, en tanto que Almagro iniciaría su regreso desde La Habana, ciudad a la que se había dirigido nada más con
cluir la aventura amazónica. La expedición se dio por terminada el 18 de enero de 1866, después de una reunión en Madrid de los integrantes de la Comisión Científica del Pacífico.
En cuanto a los resultados de la expedición al Pacífico, cabe decir que, a pesar de que en un primer momento se hizo un esfuerzo notable por dar a conocer lo conseguido, con una magna exposición en el Real Jardín Botánico y la edición de una memoria oficial del viaje, redactada por Almagro, los acontecimientos políticos y la falta de institucionalización e implantación de la ciencia española condujeron –de nuevo– a la falta de estudio e investigación de los materiales recogidos. Volvía a observarse un desequilibrio, ya casi tradicional, entre el esfuerzo organizativo de nuestras expediciones y sus resultados científicos.
Aún así, hay que destacar la labor de los científicos que participaron en la expedición al Pacífico, parte de los cuales –Martínez y Jiménez de la Espada– dieron a conocer nuevas especies a la ciencia o suministraron los materiales –como en el caso de Isern, Almagro o Castro– para su posterior estudio.
Miguel Ángel Puig-Samper
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