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Boletín
nº 23 |
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MÁS ALLÁ DEL NILO. VIAJES Y EXPEDICIONES FARAÓNICAS EN EL ANTIGUO EGIPTO
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Las aventuras de los viajeros y exploradores egipcios son muy poco conocidas. Frente a las hazañas de sus herederos, los intrépidos navegantes fenicios y griegos, los egipcios han pasado a la historia como un pueblo anclado a su tierra y poco dado a salir de casa. Sin embargo, los habitantes del Nilo viajaron, y muy extensamente, por Siria, Fenicia, Creta, Chipre, Libia, Túnez, África oriental, el Sudán, el mar Rojo, la costa arábiga, Persia y posiblemente la India a través del océano Índico (al que llamaban “mar del Éufrates”). Sus expediciones fueron grandes empresas comerciales, que buscaban controlar políticamente los territorios vecinos. Fueron viajes muy costosos, en los que se desplazaban enormes contingentes de hombres: tres mil envió el faraón Mentuhotep III al “País de Punt” en África oriental y Mentuhotep IV mandó a unos diez mil al mismo destino, según constatan los documentos de la época, unos escritos en los que se adivinan apasionantes hazañas en territorios lejanos, en uno de los capítulos menos conocidos de la historia egipcia: el de sus viajeros.
La primera de las expediciones al llamado País del Punt fue también el principio de la exploración del interior del continente africano. Esta región era el origen del codiciado incienso que se comercializaba en todo Oriente y de ahí el interés de los faraones por hacerse con su control. Algunos identifican este lugar con Somalia y otros con Eritrea o con Saba y en los Anales del Reino Antiguo aparecía descrito como las “terrazas del incienso” (“khetiu anti”), y también el “país del dios” (“Ta-neter”). Con el tiempo la Tierra o País de Punt llegó a estar comunicada con Biblos por una ruta marítima regular y más rápida –que iba desde el mar Rojo, pasando por los canales del Nilo hasta llegar al Mediterráneo– con la ciudad fenicia de Biblos (Gubla), que era en aquella época uno de los más prósperos puertos comerciales del Mediterráneo oriental.
La primera referencia a una expedición al Punt lo encontramos en la famosa Piedra de Palermo –documento perteneciente a la V Dinastía (2450 A.C.)– que es también el primer testimonio que tenemos de una exploración protagonizada por egipcios. Una inscripción dejada ocasionalmente en Asuán por un antiguo viajero explica: “(…) Habiendo partido con mis amos, los príncipes y jefes del tesoro, Teti y Khui, a Biblos y Punt, viajé por estos países once veces”.
KERKHOUF, PRÍNCIPE DE ASUÁN Y EXPLORADOR DE ÁFRICA
Casi dos siglos más tarde, los reyes de la VI Dinastía (Pepi II, 2270 A.C.) decidieron colonizar Nubia, algo que tendría una trascendental importancia para el posterior desarrollo económico de Egipto. En el primer nomo (región administrativa) del Alto Egipto situado por encima de la primera catarata, vivían los “nehesiu” o “nubios”, que en muchas ocasiones proporcionaron soldados al ejército egipcio y mano de obra para las minas de diorita y amatista que se obtenían del “País de Ibahet”, al norte de Abu Simbel.
El faraón Pepi I, impulsor de la colonización, envió como “nomarca” de Edfu al egipcio Merirenefer, con la misión de realizar la simbólica “apertura de la puerta de Elefantina”, es decir, explorar la entrada a los desfiladeros del desierto del sur. Su objetivo real era preparar la expansión de Egipto hacia el Sudán. Su sucesor continuó con el mismo plan, mandando a las tierras nubias al monarca de Elefantina (Iri) y a su hijo Herkhuf (o Kerkhouf) para explorar el “país” de Yam, “establecer una ruta comercial directa” y colonizar el lugar para afianzar su dominio comercial y político. Su sucesor Pepi II, que según la tradición, vivió hasta los cien años, de los cuales gobernó Egipto durante noventa y sei, era sólo un niño cuando accedió al trono pero prosiguió la exploración de África interior, lo que prueba que no se trataba de un capricho de un faraón concreto sino que obedecía a un interés estratégico, que sería mantenido durante mucho tiempo.
Por los documentos que han llegado hasta nosotros sabemos que el príncipe Herkhuf, como nomarca de Elefantina, era también jefe de caravanas e hizo muchos viajes, abriendo siempre nuevos caminos tal como se registra en las inscripciones de su tumba en Asuán. Las exploraciones de Herkhuf sirvieron sobre todo para controlar las rutas comerciales hacia el sur, pero también tuvieron el sabor de la aventura y la audacia de los más grandes exploradores de todos los tiempos. Al comenzar el relato de la primera expedición del príncipe junto a su padre Iri, ordenada por el faraón Merenra, se cuenta que: “… La Majestad de Merenra, mi Maestro, me ha enviado, juntamente con mi padre, el único amigo y sacerdote-lector, Iri, hacia el País de Yam para abrir la entrada hacia aquella región. Yo hice esto en siete meses; y me he llevado toda suerte de tributos, bellos y raros, y fui alabado muy grandemente por eso”.
El viaje de ida y vuelta del príncipe Herkhuf desde Elefantina a Yam duró siete meses, un dato muy valioso para que los arqueólogos e historiadores estudien cómo y a qué velocidad viajaban los egipcios. De esta campaña comercial pacífica los egipcios consiguieron un buen botín en forma de tributos de los pueblos locales. Con este viaje, Iri y Herkhuf consiguieron la fama y el favor
del faraón. Herkhuf realizó años después una segunda expedición, ya sin su padre Iri, y por una ruta diferente (“que abrió una nueva entrada a los países del sur”). Duró ocho meses y tuvo incluso más éxito que el primer viaje ya que consiguió establecer relaciones con varios “países” y llegar al País de Yam por el oeste, siguiendo un camino que él consideraba desconocido hasta entonces para los egipcios.
“… Su Majestad me envió una segunda vez, solo. Me puse en camino por la entrada de Elefantina, di la vuelta por el país de Irtje, Makher y Teres e Irtet, empleando ocho meses. Regresé llevando dones de aquella región en grandísima cantidad, como jamás se había llevado en aquel país. Al regresar atravesé el entorno del jefe de Zatu e Irtje. Yo había abierto la entrada a estos países. No hubo jamás ninguno de los amigos y de los superintendentes dragaminas que hubiera ido a Yam antes que yo, (que obtuviera tanto)”.
Herkhuf realizó una tercera expedición en la que llegó hasta uno de los oasis líbicos –quizás Selimah– con los cuales el príncipe de Yam se encontraba en lucha. Fue un viaje lleno de percances, debido a los conflictos que existían entre los pueblos de la zona por la posesión del agua. “… Su Majestad me envió una tercera vez. Partí del nomo de Tinis (Wehaat) por la ruta del oasis y encontré al jefe de Yam yendo a la tierra de Tjemeh, para golpear con violencia a Tjemeh, en la esquina occidental del cielo. Fui delante después de él a la tierra de Tjemeh y lo pacifiqué, hasta que hubo alabado a todos los dioses por causa del rey”.
Según se desprende de estos relatos, las tribus del desierto debían suponer un gran problema para los viajes de exploración de los egipcios, la ocupación de la zona costera y el desarrollo de los intercambios comerciales con Yam y con otros lugares del África oriental. Herkhuf describe su viaje: “Descendí con 300 asnos cargados con incienso, ébano, ‘heknu’, grano, panteras, marfil y todo buen producto. Ahora cuando el jefe de Irtjet, Setju, y Wawaat vio lo fuerte y numerosa que era la tropa (egipcia) que descendía de Yam conmigo (rumbo) a la Residencia real y los soldados que se había enviado conmigo, (entonces) este (jefe) rápidamente hizo negociaciones conmigo y me trajo y me dio bueyes y cabras; después me condujo a los caminos de las regiones montañosas de Irtjet, en gracia a la vigilancia que yo había ejercido más que cualquier otro amigo o inspector de caravanas que se hubiera enviado a Yam con anterioridad. Ahora, cuando este humilde servidor descendía el río para volver a la residencia, me fue enviado al único amigo y superintendente de los dos baños, Khuni, con naves cargadas con vino de palma, dulces, pan y cerveza. El príncipe Harkhuf, el guardián del dios, el ejecutor de las órdenes (reales)”.
En su viaje de vuelta a casa, los jefes de las tribus de Irtet y de Setiu intentaron obstruirle el paso con el fin de robar el cargamento. Pero “cuando vieron la importancia de las tropas egipcias” las tribus terminaron sometiéndose y ofrecieron a Herkhuf ricos tributos para aplacar su ira.
La cuarta exploración al país de Yam, y posiblemente más allá, tuvo lugar ya bajo el reinado de Pepi II. En su tumba, Harkhuf hizo registrar una carta dirigida al joven rey en la que le informaba sobre el hallazgo de un pigmeo bailarín, algo que interesó mucho al monarca: “Sello real, año dos, mes tercero de la primera estación, día 15. Decreto real al Único Compañero, el Sacerdote del Ritual e Inspector de Caravanas, Herkhuf. He sido notificado del asunto de tu carta, la cual enviaste al rey, al palacio, por lo que pude saber que has descendido con seguridad a Yam junto con el ejército. Dices en esta carta que has traído grandes y hermosos presentes, que Hathor, señora de Yam, ha dado al ka del rey del Alto y Bajo Egipto Nefer-ka-re (Pepi II), quien vive para siempre. Has dicho que tú traes un enano danzarín del dios de la tierra de los espíritus, como el enano que el Tesorero del dios Bawer-djed, trajo desde Punt en el tiempo de rey Isesi. Tú has dicho a mi majestad: “Nunca antes algo así se ha traído por cualquier otro que haya visitado Yam.”
El explorador relata también al faraón que lleva asnos cargados de terebinto (arbusto de corteza resinosa), un producto indispensable para el culto religioso, así como marfil, ébano, bueyes y ganado menor. Y sobre todo, al bailarín pigmeo “deng”. El faraón, que sólo tenía ocho años de edad, respondió rápidamente mandándole instrucciones para que volviera a la Corte con el pigmeo. Esta correspondencia entre el faraón y el explorador nos permite conocer cómo eran las misiones político-comerciales emprendidas por los egipcios. Es muy posible que esta cuarta excursión llegara mucho más al sur que las anteriores, cerca de donde vivían los pigmeos. En el relato, el rey ordena: “¡Ven a la corte inmediatamente!. Trae a este enano contigo, vivo, próspero y saludable desde la tierra de los espíritus, para los bailes del dios, (para) regocijar y alegrar el corazón del rey del Alto y Bajo Egipto, Nefer-ka-re quien vive para siempre. Cuando baje contigo del barco, asigna a los mejores cuidadores, quienes estén a cada lado de él con vasijas; ¡toma precauciones para que no se caiga al agua! Cuando él duerma por la noche asigna personas confiables para que duerman a su lado en la tienda; ¡inspecciónalo diez veces por noche! ¡Mi majestad desea ver este enano más que todos los regalos de Sinaí y de Punt! ¡Si al llegar tú a la corte, este enano está contigo vivo, próspero y saludable, mi majestad hará por ti una cosa más grande que la que se hizo por el Tesorero del dios, Bawer-djed, en el tiempo del Rey Isesi, según el deseo del corazón de mi majestad de ver este enano! Se ha enviado órdenes a los jefes de los nuevos pueblos, para que la compañía y el profeta superior tomen su sustento de los almacenes de cada ciudad y cada templo, sin escatimar nada”.
Hacia el final del largo reinado de Pepi II, Egipto había consolidado su posición en Nubia y los viajes de Biblos a Punt se habían convertido en una ruta regular para el intercambio comercial de maderas, incienso, piedras semipreciosas y productos de lujo, un comercio que alcanzó un extraordinario desarrollo, y puso en contacto a Oriente y Europa con África.
HENENU EN EL PAÍS DEL PUNT
Otro de los más notables exploradores egipcios fue Henenu, un comerciante que durante la XI Dinastía (210-1899), en tiempos del faraón Mentuhotep III, se dedicaba a transportar en barco materiales de construcción a través del mar Rojo. Sus viajes indican la potencia del estado egipcio en aquella época. Cada viaje atravesaba zonas desiertas en las que resultaba realmente complicado aprovisionar al gran ejército que acompañaba la expedición. Era necesario abrir pozos en el camino, tal y como explican los textos encontrados: “A cada hombre di sus raciones, una botella, dos jarros de agua, veinte barras de pan. Los asnos llevaron los frascos. Cuando uno de ellos se cansaba, otro lo sustituía. Excavé doce agujeros en el wadi, dos agujeros en Idahet, de veinte cúbitos de ancho y treinta de profundidad. De otro agujero en Idahet de diez cúbitos en cada dirección, brotó agua”. Una vez en la costa, navegaron hacia el sur a lo largo de la península arábiga.
Gracias a los datos que aportaron las expediciones de Henenu, el segundo hijo del faraón Mentuhotep II construyó fortalezas para consolidar las fronteras de Egipto y prevenir el avance de los pueblos asiáticos. Para ello erigió edificaciones en Abidos, Armant, Elefantina y el oeste de Tebas y comenzó la construcción de su tumba en Deir Bahri (cerca de la tumba de su padre). Su sucesor,
Mentuhotep III decidió enviar una expedición con tres mil hombres a la ya entonces legendaria tierra de Punt, en el octavo año de su reinado. Una inscripción en las canteras a Wadi Hammamat conserva un recuerdo de la salida la expedición bajo las órdenes del mayordomo Henenu: “Los soldados que tenía conmigo vinieron del sur. Todos los oficiales reales, los hombres de la ciudad y el pueblo, marchaban detrás de mí. Los exploradores se abrieron camino ante la repulsa de los enemigos del rey. Los oficiales me obedecieron”.
LA GRAN EXPEDICIÓN DE LA REINA HATSHEPSUT
El relieve funerario que se conserva en el templo de la reina Hatshepsut en Deir el-Bahari nos relata la mayor de las expediciones realizadas al País del Punt: la organizada bajo su reinado (1492 A.C., XVIII Dinastía). Este viaje y su relato es también el primer ejemplo conocido de cierto “estudio antropológico” sobre una cultura extranjera, ya que detalla con bastante detalle la flora y fauna de las regiones, los hombres e incluso sus viviendas.
El jefe de la doble expedición por tierra y mar fue el egipcio Nehesi. La flota de navíos estaba compuesta por los llamados “kebenit”, o barcos largos con un espolón en la proa y un adorno en forma de papiro en la popa, que podían navegar a vela o remo. En el texto le dice Amón a la reina: “Exploraré las rutas hacia Punt, descubriré los caminos hacia las terrazas de mirra, tras guiar la tropa por agua y por tierra…”. Y después en otra escena: “(…) Navegando por el mar. Tomando la ruta correcta hacia la Tierra del dios (…)”.
El relato de la expedición nos cuenta un viaje muy tranquilo que tenía como objetivo obtener “las maravillas de todos los países”, los productos más exóticos y caros, muy demandados por los egipcios de la época. “Navegando por el mar, comenzando el buen camino hacia la Tierra del Dios, navegando en paz hacia el país de Punt, por el ejército del señor de las Dos Tierras, de acuerdo con la orden del señor de los dioses, Amón, señor de los tronos de las Dos Tierras, que está al frente de Karnak, para traerle las maravillas de todos los países porque él ama grandemente al rey del Alto y Bajo Egipto”.
Al llegar, la expedición acampó “junto a la terraza de mirra de Punt, al lado del mar”, una referencia que ha servido para intentar ubicar a Punt: parece que estaba situado junto a lomas de montañas, muy cercanas al mar. Los navegantes de Hatshepsut encontraron en el País del Punt chozas cónicas levantadas sobre pilotes entre las palmeras, que fueron dibujadas por los pintores egipcios de la reina que viajaban como parte de la expedición para poder reflejar lo que encontraban. Nada más llegar, acudieron al encuentro de los visitantes los grandes personajes del País del Punt, encabezados por su reina –a la que representaron con ciertas deformidades físicas, probablemente elefantiasis–, su hija y un grupo de hombres destacados, con quienes intercambiaron saludos y regalos, los mejores productos de cada país. El documento cuenta que la expedición regresó a Egipto con “barcos pesadamente cargados”, con oro, mirra, ébano, marfil, maderas, incienso, pintura de ojos, monos, perros, pieles y siervos: “Llegada de los Grandes del Punt, inclinándose con la cabeza gacha, para recibir a este ejército del rey. Entonan alabanzas al señor de los dioses Amón-Re (…) Ellos dicen, solicitando la paz: ‘¿Por qué habéis llegado hasta aquí, hasta este país que la gente desconoce?, ¿habéis venido por los caminos del cielo?, ¿habéis navegado sobre las aguas, por la tierra y el mar de la Tierra del dios? ¿Habéis marchado (por el camino) de Re? (Con respecto) al rey de Egipto, no hay ruta hacia su majestad, para que nosotros (podamos) vivir por el aire que da? (…) Cargando los barcos pesadamente con las maravillas del País de Punt: todas las buenas maderas aromáticas de mirra, ébano, marfil puro, oro verde de Amu, madera
Expedición de la reina Hatshepsut cargando sus barcos con productos de Punt.
de cinamomo, madera-hesyt, incienso ihemut, incienso, pintura de ojos, monos, babuinos, perros, pieles de pantera del sur, y siervos y sus hijos. Jamás se trajo nada igual a esto para ningún (otro) rey desde el principio del tiempo”.
El relato sobre la expedición no sólo cuenta muchos detalles del país, sino que también dice mucho del proyecto de expansión política y comercial de Hatshepsut que justifica su expedición como un acto de voluntad divina, pero también como un buen negocio para los mercaderes y para el estado egipcio. Pero ¿por qué se conmemoró esta expedición de forma tan notoria en el templo funerario de Deir el-Bahari, si no era el primer viaje a Punt. Probablemente porque significaba la legitimación de una reina faraón. El relato nos narra con todo detalle los preparativos, la partida de los expedicionarios, su llegada, nos describe a los aborígenes, los artículos obtenidos y el triunfante regreso.
LA CIRCUNVALACIÓN DE ÁFRICA DE NECAO
En tiempos de Tutmosis III y Ramsés III, continuaron las relaciones y los viajes al País del Punt. Hay muchos informes que hacen referencia a flotas de grandes navíos denominados “menesh”, construidos por carpinteros y artesanos mesopotámicos, y botados al mar desde el Éufrates hacia el Muqed, o “mar del Éufrates” (el actual golfo Pérsico).
Pero sin duda, el más famoso viaje de exploración de los egipcios es el que relató el historiador griego Herodoto sobre la circunnavegación fenicia con escalas, “financiada” por el faraón Necó (o Necao, Dinastía XVIII). Este viaje en torno a Libia (nombre con el que los griegos llamaban al África) fue toda una hazaña de exploración y descubrimiento. Herodoto (485-425 A.C.) atribuye a Necao el descubrimiento de que África estaba rodeada por el mar. En su Historia –libro 4, 42– cuenta cómo se organizó la gran exploración: “La Libia se presenta a los ojos en verdad como rodeada de mar, menos por aquel trecho por donde linda con el Asia. Este descubrimiento se debe a Neco, rey de Egipto, que fue el primero, a lo que yo sepa, en mandar hacer la averiguación, pues habiendo alzado mano de aquel canal que empezó a abrirse desde el Nilo hasta el seno arábigo, despachó en unas naves a ciertos Fenicios, dándoles orden que volviesen por las columnas de Hércules al mar Boreal o Mediterráneo hasta llegar al Egipto. Saliendo, pues, los Fenicios del mar Eritreo, iban navegando por el mar del Noto: durante el tiempo de su navegación, así que venía el otoño, salían a tierra en cualquier costa de Libia que les cogiese, y allí hacían sus sementeras y esperaban hasta la siega. Recogida su cosecha, navegaban otra vez; de suerte que, pasados así dos años, al tercero, doblando por las columnas de Hércules, llegaron al Egipto, y referían lo que a mí no se me hará creíble, aunque acaso lo sea para alguno.”
Según Herodoto, este primer viaje de circunnavegación de África fue realizado casi dos mil años antes de que los portugueses doblasen el cabo de Buena Esperanza. No se sabe si el relato es verídico o no, pero es importante que en él se describa la posición del sol a la derecha cuando éste era contemplado desde el hemisferio austral.
Pero ¿qué llevó al faraón Necao a organizar este viaje? Tal vez fuera un paso previo antes de emprender un proyecto de mayor amplitud: la reparación del antiguo canal de Tumilat para continuar con la expansión de sus rutas comerciales estableciendo contactos con otros pueblos con el fin de construir un circuito económico basado en la navegación marítima. Otra posible razón sería sencillamente el deseo de explorar nuevas riquezas en beneficio de Egipto.
LA NAVEGACIÓN EN TIEMPOS DE DARÍO
Con la llegada de los persas, Egipto entró en una época de expansión económica y prosperidad basada en la producción interna, parte de la cual se dedicaba a la exportación, y en el dominio del mar, que mantenía al país en contacto con el extranjero. En Egipto, Darío no haría más que continuar con los proyectos de Necao. Por eso mismo, envió a Escilax desde la desembocadura del Indo al mar Rojo con el objetivo de reestablecer relaciones directas entre la India y Egipto, ya que el intercambio estos dos “países” parece haber existido desde hacía muchos siglos. Esta ruta llegaría a convertirse en una de las vías esenciales del imperio Persa. Darío también hizo reconstruir el canal de Necao y, en el cuarto año de su reinado (518) viajó a Egipto para encontrarse con la expedición de veinticuatro navíos confiada a Escilax, en la inauguración del canal, con una grandiosa ceremonia. La hazaña fue conmemorada con tres grandes estelas de granito rosa con inscripciones en egipcio, arameo, persa antiguo, elamita y acadio, erigidas como marca del canal, en Tell el-Maskhutah, el-Kabrit y Suez.
Con esta obra realizada por un rey persa culminaba un largo proceso histórico de exploración del continente africano que había convertido a Egipto en el mayor centro del comercio internacional en la Antigüedad.
Elena Nichol |
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LA GRAN AVENTURA DE LOS NAVEGANTES FENICIOS |
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Paraunos, los fenicios fueron grandes comerciantes que jugaron un papel clave como intermediarios entre el mundo oriental y el mundo mediterráneo, mientras que para otros no fueron más que astutos comerciantes que aprovechaban cualquier oportunidad para enriquecerse, incluso practicando la piratería. Sea como fuere, en su afán por descubrir nuevas fuentes de aprovisionamiento de materias primas, los fenicios recorrieron enormes distancias, abriendo rutas de navegación cuyo alcance todavía sorprende hoy en día.
El termino “fenicios” (Phoinikes) parece haber sido utilizado primero por los griegos desde tiempos Homero para denominar a los habitantes de las ciudades cananitas de la costa sirio-palestina, que eran famosas por la producción del tinte rojo o púrpura (phoinix). Sin embargo estas ciudades ya poseían una larga tradición marítima y comercial antes de comenzar a dirigir su atención hacia Occidente durante el comienzo de la Edad del Hierro, 1200 años antes de Cristo.
Las principales ciudades fenicias: –Arados, Biblos, Beirut, Sidón, Sarepta o Tiro– no estaban agrupadas en un único estado sino que cada una estaba organizada independientemente bajo la autoridad de un rey que controlaba un cierto territorio en el interior. A pesar de rivalizar entre sí, todas estas ciudades compartían una misma cultura y una lengua, el fenicio, y de la misma manera se vieron sometidas a las interferencias políticas y militares de los grandes reinos e imperios vecinos como Asiria o Egipto. Fue especialmente el intervencionismo asirio lo que más dificultó el comercio terrestre fenicio, forzando gradualmente a este pueblo a centrase en el mar. De este modo,s se comenzó a definir la proyección marítima que todos identificamos como cosa típica de las ciudades fenicias y que hace de su historia un fenómeno no sólo del Oriente Próximo sino también del Mediterráneo.
Según la evidencia disponible hasta la fecha, los fenicios fueron los primeros en explorar a fondo las costas del mar Mediterráneo hasta la Península Ibérica y los primeros también en atravesar las míticas columnas de Hércules para penetrar en el Océano Atlántico, llevando consigo una sofisticada cultura oriental que ya había madurado durante milenios.
NAVEGANDO POR EL MEDITERRÁNEO
Durante sus viajes de exploración en busca de metales preciosos y mercancías exóticas para los mercados del Oriente, los fenicios fundaron colonias como Cádiz en el sur de la Península Ibérica, Mogador y Lixus en la costa de
Marruecos, Útica y Cartago en Túnez o Mozia en Sicilia, por mencionar sólo algunas. Estos asentamientos fueron construidos siguiendo el modelo de las ciudades orientales fenicias, estableciéndose sobre promontorios
o en islotes situados delante de la costa, espaciadas a intervalos bastante regulares, que permitían a las naves fenicias estar siempre cerca de un puerto donde poder anclar, reabastecerse de comida o de agua fresca, reparar daños y comerciar con la población local.
En un pasaje del historiador romano Diodoro Sículo referido a la Península Ibérica leemos: “…el país posee las más numerosas y las más hermosas minas de plata… los indígenas ignoran su uso, pero los fenicios, que son tan expertos en el comercio, compraban esta plata con el trueque de otras mercancías; por consiguiente llevando la plata a Grecia, a Asia y a todos los restantes pueblos, los fenicios obtenían grandes ganancias. Así ejerciendo dicho comercio durante tanto tiempo se enriquecieron y fundaron muchas colonias…”.
Además de plata, sabemos que los fenicios también obtenían bronce y estaño de la Península Ibérica, de minas situadas en la región noroeste del país.
LAS EMBARCACIONES Y LA NAVEGACIÓN
El barco fenicio más antiguo se conoce gracias a los frisos de bronce de las puertas de Balawat (siglo IX A.C.). Son pequeñas embarcaciones de transporte provistas de uno o dos remeros, con los extremos redondeados, y mascarón de proa en forma de cabeza de caballo. Se trata de los mismos barcos que transportan troncos de madera en un relieve de Khorsabad. El “gaulós” es considerado como el prototipo de barco mercante fenicio y el medio principal de las expediciones fenicias hacia Occidente.
En un relieve asirio del palacio de Nínive donde se representa la huida del rey Luli de Tiro acosado por el ejercito Asirio, aparecen estos panzudos cargueros escoltados por una flotilla de naves de guerra. Se trata de barcos con la proa y la popa levantadas, cuya fuerza motriz depende casi enteramente de la vela. No obstante, llevan remos de posición que, a juzgar por el relieve asirio, pudieron alcanzar un número de hasta dieciocho ó veinte, que servían exclusivamente para maniobrar, ya que convenía reservar todo el espacio restante para el cargamento. Ignoramos la capacidad máxima que pudo alcanzar una nave mercante fenicia aunque es posible que oscilase entre las cien y las quinientas toneladas.
Siempre que fuera posible, los marinos fenicios navegaban a lo largo de la costa, de día y sin perder de vista la tierra firme aunque también eran capaces de cruzar estrechos de mar abierto y de navegar de noche orientándose por la constelación de la Osa Mayor, conocida en el mundo antiguo con el nombre de “estrella fenicia”. La navegación comercial tenía lugar casi exclusivamente entre los meses de marzo y octubre, durante el buen tiempo aunque la inconstancia de los vientos mediterráneos y su orientación variable obligasen a hacer paradas que podían llegar a durar semanas. Para viajar a Occidente, una nave procedente de la costa siro-palestina tenía dos posibilidades: seguir la ruta meridional a través de Egipto-Libia-Túnez hacia el noroeste de África, que implicaba navegar contra la corriente general casi todo el trayecto, o bien la ruta septentrional de Chipre-Asia Menor-Mar Jónico-Sicilia-Levante español con corrientes mucho más favorables. Según los cálculos de Herodoto con un viento propicio la distancia entre Cartago y Cádiz se podía cubrir en siete días.
Para viajes de largo recorrido de una punta a la otra del Mediterráneo, para un barco cargado con mercancías que fuera parando de puerto en puerto, lo normal eran unos sesenta días, para cubrir una distancia de dos mil millas.
FENICIOS EN EL MAR ROJO
Sin embargo, las actividades de los navegantes fenicios no se limitaron al Mediterráneo. Bajo el reinado del rey Hiram de Tiro, que subió al trono entre el 969 y el 936 A.C., esta ciudad mantuvo una estrecha relación con los soberanos de Jerusalén David y Salomón, a los cuales el rey de Tiro suministró materias primas y mano de obra especializada para la construcción del palacio real y del templo de Jerusalén. Estas buenas relaciones dieron lugar a expediciones
marítimas conjuntas entre Tiro e Israel tal y como podemos leer en el Antiguo Testamento (Reyes 9-10, Crónicas 8-9) donde se menciona como Hiram aporta marinos experimentados para varias expediciones que tienen su origen en el puerto de Ezion Geber, cerca de Eliat, y su destino en un lugar denominado Ofir que el texto bíblico sitúa en el país de Edom, en Arabia, desde donde se traía oro, madera de sándalo, piedras preciosas, monos y pavos reales. Sin duda estas expediciones no parecen haber sido concebidas como aventuras esporádicas debido al gasto tan considerable que habría supuesto el acondicionar un puerto en el Mar Rojo y la construcción o el transporte de una flota desde el Mediterráneo.
Los traductores griegos de la Biblia asociaron erróneamente el nombre de Ofir (Ophir en hebreo) con Sophir, el nombre Copto de la India, situando Ofir en diferentes lugares lejanos como en la tierra de Abhira, al este del río Indo, en Sri Lanka o incluso en la Península de Malaya. El Génesis sin embargo claramente menciona Ofir en una lista de nombres entre Seba y Havila (Génesis 10) y si aceptamos la identificación de Seba con el antiguo reino yemenita de Saba podemos concluir que Ofir se encontraba en algún lugar de la costa oeste de Arabia o en la vecina Etiopía.
Vinculada a las expediciones de Ofir podemos mencionar la famosa visita realizada por la reina de Saba a Salomón que también describe el Antiguo Testamento y que pudo haber tenido lugar como resultado de los contactos establecidos por la flota fenicio-hebrea con puertos sabeos del Mar Rojo y que provocaron el desarrollo de relaciones diplomáticas entre los diferentes monarcas.
El acceso a Ofir y las actividades fenicias en el Mar Rojo parecen haberse extinguido después de la campaña militar egipcia liderada por el faraón Sheshonq, que
invadió Palestina y saqueó Jerusalén alrededor del año 930 A.C. cortando el acceso a las rutas del Sinaí y del Golfo de Eliat.
LA CIRCUNNAVEGACIÓN DE ÁFRICA
Según Herodoto fueron navegantes fenicios, por encargo del faraón egipcio Necao, hacia finales del siglo séptimo A.C., los primeros en circunna
vegar el continente africano de oriente a occidente, casi dos mil años antes de que los portugueses doblasen el cabo de Buena Esperanza.
“…Es evidente que Libia (África) está rodeada de agua por todas partes, salvo por el lado en que confina con Asia; que nosotros sepamos, el rey de Egipto Neco fue el primero que lo demostró, ya que, tras interrumpir la excavación del canal que, desde el Nilo, se dirigía al golfo arábigo, envió en unos navíos a ciertos fenicios, con la orden de que, a su regreso, atravesaran las Columnas de Heracles hasta alcanzar el mar del norte y llegar de esta manera a Egipto. Los fenicios, pues, partieron del mar Eritreo (Mar Rojo) y navegaron por el Mar del Sur. Y cuando llegaba el final del otoño, atracaban en el lugar de Libia en que, en el curso de su travesía, a la sazón se encontraran, sembraban la tierra y aguardaban hasta la siega. Y, una vez recogida la cosecha, reemprendían la navegación, de manera que, cuando habían transcurrido dos años, en el tercer año de travesía, doblaron las Columnas de Heracles y arribaron a Egipto. Y contaban cosa que, a mi juicio, no es digna de crédito, aunque puede que lo sea para alguna otra persona que, al contornear Libia, habían tenido el sol a mano derecha. Así fue como se conoció por vez primera el contorno de Libia; y posteriormente han sido los cartagineses quienes lo han confirmado”.
ASOMÁNDOSE AL ATLÁNTICO
En su libro Historia Natural el escritor romano Plinio el Viejo hace referencia a dos viajeros cartagineses del siglo V A.C.: El primero, Himilcón, realizó un viaje a lo largo de la costa Atlántica de Europa hasta alcanzar la Bretaña y quizás incluso las islas Casitérides (Gran Bretaña e Irlanda) en busca de estaño, un mineral muy apreciado ya que era clave, junto con el cobre, para la fabricación de bronce. El segundo, Hannón, también es conocido a través de un manuscrito fechado en el siglo X D.C. que pudiera ser la traducción de una inscripción original cartaginesa realizada por el propio Hannón y que éste habría depositado en un templo de Cartago.
Según Plinio, Hannón, rey de los cartagineses, se embarcó desde Cartago rumbo al oeste con sesenta barcos y treinta mil personas incluyendo hombres y mujeres, con la intención de fundar nuevas colonias. Después de atravesar las columnas de Hércules la expedición fundó varias ciudades a lo largo de la costa africana incluyendo un santuario dedicado a Poseidón. Hannón, que escribe su relato en primera persona, describe el paisaje de la costa y sus impresiones sobre la fauna y la población local. Más adelante en el texto, relata con sorpresa lo que parece tratarse de una erupción volcánica, y la describe con detalle. Después de varias semanas de navegación a lo largo de la costa Africana la expedición se dio media vuelta debido a la falta de suministros, no sin que antes desembarcaran para un último reconocimiento del terreno durante el cual se produjo un curioso encuentro con los gorilas, cuyas pieles transportaron a Cartago.
LOS FENICIOS ¿DESCUBRIDORES DE AMÉRICA?
En el año 1874 se publicó una copia de una inscripción fenicia cuyo original aparentemente se había encontrado cerca de Parahyba (Joao Pessoa), en Brasil, cerca de la costa del Atlántico. Esta copia había sido enviada al Instituto Histórico Brasileño con una carta adjunta cuyo remitente nunca se llegó a identificar y al no encontrarse ningún resto de la inscripción original esta fue rápidamente tachada de falsa por los principales especialistas de la época. De nuevo, en 1968, Cyrus C. Gordon, un estudioso de las lenguas semíticas, publicó una nueva copia del documento reafirmando su autenticidad, lo que sigue a continuación en una traducción del texto de Gordon: “Nosotros somos hijos de Canaan, de Sidón, la ciudad del rey. El comercio nos ha lanzado a esta tierra lejana, un país de montañas. Hemos sacrificado un joven a los dioses altísimos y a las diosas altísimas, el año 19 de Hiram, nuestro poderoso rey. Nos embarcamos en Ezion Geber, en el Mar Rojo y hemos viajado con diez naves. Estuvimos juntos en el mar, durante dos años, alrededor del país de Cam (África), pero fuimos separados por la tempestad de la mano de Baal y ya no estuvimos con nuestros compañeros. Así hemos llegado aquí, doce hombres y tres mujeres en esta costa… que yo, el almirante, controlo. ¡Puedan los dioses altísimos y las diosas altísimas favorecernos!”.
En la actualidad existe un consenso casi unánime entre los especialistas dedicados al mundo fenicio sobre la falsedad de esta supuesta inscripción cuyo original nunca ha sido hallado. Entre las razones que sustentan esta decisión está el hecho de que la información que se nos ofrece es simplemente demasiado obvia y concuerda perfectamente con los conocimientos que se tenían de los fenicios en el siglo XIX y que en parte contrasta con lo que sabemos ahora. Por aquellas fechas, reinaba en Brasil el emperador Pedro II, un personaje bien educado y aficionado especialmente a las lenguas semíticas. Su afición al mundo antiguo es muy posible que motivara a algún erudito de su corte para organizar un montaje que de haber tenido éxito hubiera alargado las raíces históricas del entonces imperio brasileño, uniéndolas directamente nada menos que con el antiguo mundo oriental que refleja la Biblia y que resultaba tan atractivo para el movimiento romántico de la época.
Aunque técnicamente sería posible el hecho de que un barco pudiera alcanzar la costa brasileña desde el continente africano arrastrado por las corrientes y los vientos es improbable que una tripulación resistiera semanas o incluso meses en alta mar sin haber tenido la oportunidad de prepararse para tan larga travesía. Sin embargo, lo interesante del caso es la elección de los fenicios como vínculo entre el nuevo y el viejo mundo explotando su imagen como “portadores de civilización” y demostrando así la reputación alcanzada por estos intrépidos comerciantes del mundo antiguo.
David Álvarez-Mon
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LOS HEREDEROS DE ULISES. NAVEGACIÓN Y COLONIZACIÓN GRIEGA EN EL MEDITERRÁNEO ANTIGUO |
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Sin caer en el determinismo geográfico, se puede afirmar que en la geografía y los agentes naturales pueden buscarse muchas de las razones que hicieron evolucionar a los pueblos del mundo antiguo de una forma y no de otra. Así, lejos de intentar manipular el medio, como hizo posteriormente hizo el mundo romano, los pueblos de la Grecia antigua, incomunicados en muchos casos por tierra, se caracterizaron por una acusada atomización, cuyo ejemplo más conocido son, sin duda, las ciudades-estado (poleis) de la etapa clásica. Del mismo modo, las abruptas y accidentadas tierras del interior, aún hoy en día casi inexpugnables en algunos casos, favorecieron su apertura al mar y su profunda identificación con él. Esto les llevó a cuajar el Mediterráneo de colonias costeras, que eran hitos comerciales pero también bases para la explotación agrícola de los nuevos territorios.
En un principio, hacerse a la mar fue todo un reto; pocos de los que se aventuraron regresaron para contarlo y, a los que lo hicieron, apenas los creyeron, como se adivina del escepticismo de algunos de los autores que dieron cuenta
escrita de estos primeros viajes. No obstante, la experiencia –propia y ajena, fundamentalmente de los intrépidos fenicios– hizo que, ya avanzado el siglo VII a.C., el Mediterráneo fuera un mar bien conocido por los navegantes griegos. A pesar de ello y, como en tantas esferas de la vida cotidiana de las sociedades del mundo antiguo –y no tan antiguo–, lo incierto del destino y lo imprevisible de las condiciones de navegación hizo que las expediciones tuvieran una elevada carga religiosa y de superstición.
El viaje, en muchas ocasiones sugerido incluso por un oráculo, se ponía en manos de los dioses y no faltaban los indicios que, durante la travesía, fueran leídos como señales de buen o mal augurio para la consecución de la empresa. Recordemos, por ejemplo, al bíblico Jonás, célebre por haber sido engullido por una ballena: allí pasó tres días y tres noches tras ser arrojado al mar por sus compañeros de viaje, quienes veían en él el origen de la tempestad que amenazaba con provocar el naufragio de la nave. Así también, la superstición hacía que, a bordo, rigieran toda una serie de normas, como las que prohibían cortarse las uñas o el pelo, o mantener relaciones sexuales. Además de los rituales propiciatorios que tenían lugar antes de zarpar, no faltaban ulteriores sacrificios en los diferentes santuarios que se encontraban en ruta1, así como en honor de las divinidades tutelares de las ciudades en las que se atracaba, más aún, si se temía peligro o amenaza. Y, por supuesto, una vez llegada a su destino, se celebraba con nuevas festividades el éxito de toda expedición.
NAVEGANDO POR EL MEDITERRÁNEO
Tal y como se observa en los mapas realizados a partir de la información de la época, como pueda ser el del mundo conocido de Heródoto, historiador y viajero que vivió en torno al 450 a.C., el Mediterráneo, –luego Mare internum de los romanos–, era tenido por un espacio marítimo bastante favorable para la navegación. Es más: salvo en un sector de la cuenca oriental, desde cualquier punto era posible avistar tierra firme o insular. No obstante, las distancias a salvar por los griegos en el Mediterráneo eran relativamente largas, más aún considerando que debían mantenerse próximos a la costa, debido a las obligadas servidumbres de navegación. Era preciso detener las naves al llegar la noche, por lo que no se adentraban en alta mar a no ser que contaran con garantías de llegar a tierra antes de la puesta del sol.
Las iniciativas griegas de navegación en la antigüedad pudieron tener diferentes objetivos que es preciso distinguir, si bien en la práctica, en buena parte de las ocasiones, unos y otros se entremezclaban con límites más difusos. Por un lado, partieron misiones de exploración en busca de materias primas deficitarias o, aún más arriesgadas, en un intento de hallar nuevas vías de acceso, más favorables y rápidas, a determinados territorios, como puede ser el caso de las circunnavegaciones del continente africano. Vinculado con lo anterior, aunque ya teniendo como destino territorios mejor conocidos, se establecieron rutas comerciales, por medio de las que dar salida a los excedentes y hacerse con otros productos de los que se carecía. Pero, sin duda, las primeras empresas marítimas helenas de cierto alcance y entidad deben ser enmarcadas en el contexto del fenómeno colonial –la griega apoikia– que implicó la emigración y el establecimiento de comunidades de forma definitiva en lugares diferentes a aquéllos de origen.
LOS EXPLORADORES
Ya en la Edad de Bronce, en tiempos micénicos, parecen haberse llevado a cabo ciertas iniciativas exploratorias y comerciales, propiciadas, financiadas y reguladas por el estricto control estatal de los palacios. Así parecen sugerirlo algunos hallazgos cerámicos en el Mediterráneo central o, incluso, aunque de mucho más controvertida interpretación, en tierras tan alejadas como la Península ibérica2. Con la caída del sistema palacial se desmorona también su entramado político y económico asociado, que pasa así a ser fragmentario y mucho menos potente, con consecuencias también sobre las condiciones de navegación.
De la fase posterior, la denominada por la historiografía edad oscura o siglos oscuros (1200-800 a.C. aprox.), poseemos datos de excepción en las narraciones de Homero –no entraremos aquí en el carácter histórico de este autor– y Hesíodo. En este momento el mundo conocido se limita a la Grecia continental, el occidente de Asia Menor, Chipre, las costas fenicias, Egipto y Libia. Según la tradición, los supervivientes de la guerra de Troya, tras el fin de la contienda, habrían vagado por el Mediterráneo de regreso a sus hogares, cuando no en búsqueda de nuevos territorios propicios en los que asentarse, como hiciera el célebre Eneas. El propio
Ulises fue también protagonista de uno de estos viajes conocidos como nostoi, que lo llevó hasta las costas hispanas.
Estas navegaciones de exploración de tiempos homéricos parecen haberse podido realizar a bordo de las
célebres pentecónteras, naves de cincuenta remeros que no solamente aparecen citadas en los poe
mas épicos, sino que también pueden ser reconoci
das en las representaciones sobre algunos de los
vasos de estilo geométrico coetáneos a los hechos que
narran. En una pentecóntera habría realizado asimismo
su viaje, en torno al 630 a.C., el samio Kolaios, que regresó
de su periplo a Occidente cargado de plata tartésica para el
santuario de su ciudad. Como tantos otros, llegó por error hasta la Península arrastrado por las corrientes, por lo que su viaje no puede ser considerado una exploración en sentido estricto. De hecho, muchos fueron probablemente viajes sin retorno que, por tanto, carecieron de trascendencia para sus contemporáneos y los conocimientos geográficos de la época.
El camino mejor conocido por los griegos en sus expediciones por el Mediterráneo era el septentrional, que les conducía hasta la Magna Grecia, plagada de colonias y, por tanto, un territorio ya experimentado y favorable. Desde allí era fácil alcanzar el sur de la Galia y la costa levantina hispana. De vuelta, podía seguirse la ruta de las islas o la tirrena por el Estrecho de Mesina. Sin embargo, hubo también empresas más arriesgadas: contamos con toda una serie de narraciones sobre aventuras y exploraciones que, aunque muy probablemente inventadas, no dejan de ser un seguro testimonio de estos tentativos que, ya desde momentos antiguos, fueron realizados por algunos navegantes helenos. No obstante, es preciso tener en cuenta que, en buena medida, habrían aprovechado los amplios conocimientos geográficos y de navegación de sus aventajados vecinos fenicios. Éstos, en su búsqueda de materias primas, fundamentalmente metales, protagonizaron expediciones casi inverosímiles para la época como la que los llevó a circunnavegar el continente africano, siguiendo las órdenes del faraón egipcio Necao (610-595 a.C.) o a ascender por aguas atlánticas siguiendo la célebre ruta de las islas Casitérides en busca de estaño.
Por estas latitudes, sin duda, la más célebre de todas las empresas fue la de Piteas, quien se aventuró por ellas en algún momento de la segunda mitad del siglo IV a.C. quizá, como mantienen algunos, por encargo del propio Alejandro. A pesar de ser oriundo de Massalia (Marsella), la expedición partió del puerto de Gadir (Cádiz); de allí ascendió en paralelo a las costas atlánticas de la Península ibérica y Francia para cruzar posteriormente a las británicas y recorrer su costa occidental hasta el confín norte de las islas. Alcanzó un territorio al que llamó Tule, sin que se pueda precisarse su identificación con las islas Shetland, la costa meridional de Escandinavia o, menos probablemente, Islandia o Groenlandia. A continuación las corrientes lo llevaron hasta las costas escandinavas propiamente dichas penetrando por el Báltico hasta llegar a algún punto en el entorno de la desembocadura del Vístula desde donde procedió al viaje de regreso.
A su vez, un mundo tan desconocido y, por ello, tan misterioso y atrayente, no es de extrañar que generara todo tipo de relatos que pasaran a engrosar la épica y la tradición oral –luego escrita– de los griegos. Así, por ejemplo, a las narraciones homéricas, más conocidas, cabe sumar otras como la transmitida en verso por Aristeas de Proconeso, quien, en el siglo V, llevó a cabo un viaje hasta tierras de Asia Central. Ya antes, en torno al 518 a.C., Esquilas de Carianda habría tardado treinta meses en circunnavegar la Península arábiga en el curso de una expedición comisionada por el rey persa Darío. Otro intrépido, en este caso el masaliota Eutímenes, en un momento indeterminado del siglo VI a.C., se aventuró por tierras del occidente africano, contando en su relato su llegada a un río infestado de cocodrilos, quizá el Senegal, en la actual Mauritania. Mucho después, ya en tiempos romanos, otro griego, Diógenes, desviado en su ruta hacia la India, se adentró en el corazón de África llegando a las míticas fuentes del Nilo, tan buscadas en la antigüedad, los lagos Alberto y Victoria. Al margen de que estos relatos de viajes y exploraciones transmitidos por las fuentes fueran realidad o
no, nos transmiten en una muy particular sensibilidad en el acercamiento del hombre a su entorno y en la percepción de lo desconocido. Son episodios en los que se entrelazan de forma magistral datos objetivos con otros imaginarios; todos ellos resultan de gran valor para el historiador en su acercamiento a las premisas culturales de las sociedades que los crearon.
LOS EMIGRADOS
A diferencia de las expediciones analizadas más arriba y las iniciativas comerciales que se verán más adelante, la colonización griega fue una verdadera diáspora, institucionalizada y organizada desde las ciudades de origen. Muchas comunidades griegas vieron la necesidad de emigrar a otras tierras del Mediterráneo como resultado de las transformaciones sociales que se estaban produciendo en la Grecia del siglo VIII a.C.: a un acusado crecimiento de la población se unirá el afianzamiento de la aristocracia en torno a los centros urbanos, produciendo una mayor presión sobre los pequeños propietarios que apenas podrán mantenerse con lo que obtienen del cultivo de sus reducidas tierras. La emigración como solución a estas presiones –un aspecto tan actual en nuestros días– se dio desde momentos tempranos, quizá ya desde comienzos del siglo VIII a.C. Así parecen demostrarlo los asentamientos más o menos estables, fundamentalmente de
gentes procedentes de la isla de Eubea, en las costas si
rio-palestinas. También ya entonces en la isla de Pithecusa
(Isquia) parece haber existido una población permanente, quizá acompañada de asentamientos menores, probablemente en núcleos indígenas, en diferentes puntos del sur de Italia y Sicilia.
Pero, sin duda, la colonización propiamente dicha, entendida ésta como un intento de reproducir las formas de vida y los esquemas de las ‘’poleis’ griegas de origen en otros territorios, con una voluntad y una finalidad política expresas, comenzará en torno al 750 a.C., con la fundación de Cumas, en el entorno del actual golfo de Nápoles. No obstante, no todas las emigraciones implicaban colonización; de esta forma, en diferentes puntos del Mediterráneo se produjeron asentamientos más o menos estables, si bien con meros intereses comerciales, por lo que no se constituyeron como verdaderas ciudades de modelo griego.
La empresa colonial precisaba de una organización previa desde la propia ciudad de origen, la metrópolis. Ésta se encargaba no solamente de designar al oikistes, individuo al frente de la operación –generalmente cercano a los círculos de poder metropolitanos– y al resto de miembros de la expedición, sino también de facilitar los medios económicos para su prosecución, así como de otorgarle la sanción político-religiosa necesaria. Todo parece indicar, tal y como se advierte de algunos curiosos episodios a los que aludiremos a continuación, que estas generosas facilidades por parte de la metrópolis no tenían otro interés que librarse cuanto antes
de la población causante del desequilibrio político-social, de la que, una vez que había partido, casi podría decirse que se desentendía. De hecho, entre los motivos más frecuentes que llevaron a establecer ciudades fuera de la patria de origen se encontraban el hambre y los conflictos políticos internos. Así, consta en repetidas ocasiones que miembros de expediciones coloniales infructuosas, en la pretensión de regresar a su patria, fueron rechazados a pedradas por sus antiguos conciudadanos4. Frente a ello, podían no obstante mantenerse estrechos lazos entre la metrópolis y las nuevas colonias: lo demuestra el hecho de que, con motivo de la ulterior fundación de una colonia por otra, es decir, lo que podríamos llamar “colonias de segunda generación”, también la antigua metrópolis de origen incluyera su propio oikistes en la expedición.
El oikistes era el responsable de la elección del lugar en el que establecer la nueva ciudad. Los tanteos “precoloniales” previos, de la primera mitad del siglo VIII, debieron de dotar de un importante montante de información y de un buen conocimiento de los territorios, lo que favoreció la selección de los lugares destinados a futuras colonias. Estos primeros contactos habrían permitido conocer tanto las posibilidades agrícolas y de explotación del terreno como la actitud de las poblaciones indígenas ante la eventual presencia de colonos. Estas relaciones mutuas de convivencia eran fundamentales: la población autóctona era experta conocedora del territorio al que llegaba la nueva comunidad griega; del mismo modo, aquélla era también necesaria para
completarla demográficamente, ya que ésta no solía ser muy numerosa y, eminentemente masculina. A pesar de todo lo anterior, según la tradición, el lugar más propicio debía ser transmitido al fundador por el oráculo délfico. Al margen del carácter mítico de éste no es desdeñable el hecho de que, con el tiempo, favorecido por el trasiego de navegantes y colonos agradecidos, el santuario de Apolo en Delfos se convirtiera en un verdadero centro acumulador de conocimientos geográficos.
No será fácil en ocasiones establecer una clara especialización de las diferentes colonias; es decir, incluso las que parecen haber tenido una clara función comercial, como Masalia, contaron, en tierras del interior, con una amplia chora para la explotación agrícola. También es importante tener en cuenta que, en un momento en el que ya se habían multiplicado las ciudades griegas por todo el Mediterráneo, entendidas éstas como entidades políticas autónomas, todavía funcionaban de forma coetánea emporia, factorías o puntos de intercambio sin
pretensión política alguna, como eran algunos de los antiguos centros de la costa sirio-palestina o la egipcia Náucratis.
La colonización no se limitó, sin embargo, a las bien conocidas tierras de Asia Menor y del Mediterráneo central (Sicilia y Magna Grecia). Otro de los destinos prioritarios de la empresa colonial del siglo VII a.C. será el Mar Negro y sus accesos, si bien parte de éstos últimos podían ser considerados parte del ámbito heleno ya desde momentos muy tempranos. Además de la búsqueda de nuevos territorios con potencial agrícola –el Ponto se convirtió, de hecho, en el granero de Grecia–, en la zona no faltaban las posibilidades de pesca y de obtención de metales. No obstante, a diferencia de otras áreas, las ciudades griegas del Mar Negro vivían abiertas al mar, ejerciendo un muy limitado control sobre los territorios interiores de su entorno, más allá de los cuales se extendía un territorio desconocido, inexplorado e inabarcable. Por último, también en esta centuria se fundó en el norte de África la ciudad de Cirene, estratégico enclave al que llegaban las rutas caravaneras del alto Nilo.
Durante largo tiempo, ya desde época homérica, la nave más capacitada para realizar viajes de largo recorrido fue, sin duda, la ya citada pentecóntera, que podía alcanzar una velocidad de siete nudos con viento favorable. En este momento se tratará, en su mayor parte, de embarcaciones de una única fila de remeros por banda, ya que la birreme no se difundirá hasta época arcaica. De hecho, será este tipo de barco el principal protagonista de la empresa colonizadora griega. Así, por ejemplo, los focenses, fundamentales agentes de la colonización del Mediterráneo occidental, partieron de su patria, forzados por la presión persa, cargados con todas sus pertenencias a bordo de una flota de pentecónteras. Por su parte, las trirremes, de ciento setenta remeros, comenzarán a ser empleadas en tiempos arcaicos, si bien habrá que esperar a época clásica para encontrar las primeras representaciones de ellas sobre soportes cerámicos, convirtiéndose en todo un símbolo del poder de la Atenas del siglo V a.C. En cualquier caso, pentecónteras y trirremes fueron naves complementarias sin que, en ámbito griego, las segundas llegaran a sustituir por completo a las primeras.
COMERCIANTES
Muy diferentes factores propiciaron la navegación griega con fines comerciales. Así, por ejemplo, el éxito de la agricultura y su creciente especialización justificaría estas empresas, en la medida en la que aquélla proporcionaba excedentes para el intercambio de otros productos de los que se era deficitario. De hecho, solamente las garantías de este abastecimiento externo habrían permitido a agricultores y artesanos concentrarse en determinadas actividades y productos, seguros de recibir el resto de bienes de subsistencia a través del intercambio.
En las embarcaciones que habitualmente se empleaban para el comercio y el transporte de mercancías, las conocidas como strongyla ploia, primaba la capacidad por encima de la velocidad o la maniobrabilidad. De hecho, en una búsqueda de reducir los costes y rentabilizar así al máximo el cargamento, las tripulaciones eran poco numerosas, limitándose a la vela la fuerza motora de estos barcos, que tan sólo se servían de los remos en las maniobras. Tanto el reducido número de individuos a bordo, como su escasa velocidad –unos cinco nudos con viento favorable y una carga media de 250 toneladas– y la falta de otros elementos de defensa como el espolón, hacían de ellas unas embarcaciones muy vulnerables que, con el tiempo y más aún en el caso de cargamentos de cierto valor, fueron sustituidas por naves de guerra.
Sin duda, el análisis de la actividad comercial plantea toda una serie de cuestiones y a la vez da respuestas a interrogantes al respecto de la composición de la sociedad griega en diferentes momentos de su evolución. En buena parte de los casos
las misiones comerciales eran financiadas por aristoi o ricos terratenientes absentistas que se desentendían de los peligros y riesgos de la empresa, obteniendo los beneficios de la misma. No faltarían las iniciativas por cuenta propia, si bien es preciso preguntarse de dónde obtendrían estos comerciantes, al margen del proceso productivo, los medios económicos que les permitieran armar y cargar una nave. Constan también asociaciones de pequeños propietarios que, con capacidad económica individual limitada, se unían a fin de dar salida por mar a sus excedentes agrícolas, garantizándose así un cierto bienestar para el resto del año. Estas empresas conjuntas, de acuerdo a su éxito, pudieron eventualmente consolidarse en iniciativas más estables y regulares. En esta dinámica comercial contamos incluso con proyectos de mayor alcance, como el del faraón egipcio Amasis. Éste decidió “institucionalizar”, con la creación de la ciudad de Náucratis, en el brazo occidental del delta del Nilo, la actividad que venían ejerciendo ya con anterioridad en la zona comerciantes griegos de diferentes procedencias.
De naturaleza muy diversa serían los cargamentos que viajaban por aguas mediterráneas a bordo de las embarcaciones griegas. Tradicionalmente los que más han llamado la atención de especialistas y profanos –entre otras cosas por formar parte de ese escaso porcentaje de elementos conservados en el registro arqueológico– han sido, sin duda, los bienes de prestigio que aparecen en contextos muy alejados de sus lugares de producción, tales como objetos metálicos, marfiles, cerámicas finas, perfumes, tejidos, etc. Sin duda, estos elementos exóticos o al menos escasos entre quienes los recibían, habrían sido muy valorados y empleados como fundamental instrumento de cambio por los comerciantes griegos. Del comercio de bienes de lujo se obtendrían pingües beneficios, estando, generalmente, su valor muy por encima de su volumen. Para su transporte se habría recurrido muy frecuentemente a barcos de guerra, más rápidos y de mayor potencia bélica tanto por sus características morfológicas como por la composición de su tripulación que, en caso necesario, podían velar de forma activa por su defensa. No obstante, el comercio suntuario habría supuesto tan sólo un pequeño porcentaje del grueso que circulaba por mar, fundamentalmente constituido por productos agrícolas y sus derivados, a bordo de grandes naves onearias.
Si bien no se poseen demasiados datos sobre la composición de las tripulaciones de los barcos mercantes, por otro lado poco numerosas a fin de reducir costes, es de esperar que sus condiciones laborales no fueran demasiado extremas; de lo contrario, el rapto y la apropiación de naves y cargamentos habría estado a la orden del día. Lo que sí parece haber sido un peligro más que frecuente en las aguas mediterráneas fueron los piratas. Éstos, en la época que nos ocupa, navegaban a bordo de unas rápidas naves conocidas como hemolia, que se caracterizaban por una fila y media de remeros por banda. Eran, por ello, mucho más veloces y maniobrables
que las pesadas embarcaciones de carga, las ya citadas strongyla ploia. Éstas, para la defensa de sus cargamentos podían organizarse eventualmente en flotillas, a su vez, custodiadas por naves de guerra, si bien para ello era preciso un importante esfuerzo inversor que no todos los empresarios podían permitirse.
MEDIOS Y POSIBILIDADES.
Al margen del control estatal o la iniciativa privada, una navegación fluida con diferentes fines implica una obligada organización y especialización de la sociedad. Sólo en una comunidad capaz de producir excedentes será posible la existencia de un colectivo apartado de la producción agrícola, especializado, ya sea en las diferentes actividades asociadas a la construcción de las embarcaciones, o en las habilidades propias de su tripulación.
En el mundo antiguo no todo el año era propicio para la navegación: se reducía a los meses de clima más benigno, si bien, los avances tecnológicos, no obstante limitados, permitieron ampliar considerablemente este período. A pesar de ello, de la duración total de los viajes a larga distancia, solamente una cuarta parte del tiempo trascurría con la nave en desplazamiento, mientras que el resto se encontraba detenida a causa de reparaciones, abastecimiento de alimentos y agua o malas condiciones climatológicas. Los tiempos empleados en las expediciones eran, por tanto, prolongados, lo que hacía que, especialmente en las largas misiones a Occidente, fuera necesario invernar lejos de casa pudiendo hacerse de nuevo a la mar tan sólo a la primavera siguiente. Esto, sin duda, tendrá consecuencias culturales de gran trascendencia, al obligar a los comerciantes griegos a permanecer largas temporadas en contacto con las poblaciones de estos territorios. Estas relaciones bilaterales de aculturación se verían reforzadas en caso de la creación de emporio permanentes o de comunidades griegas estables en asentamientos indígenas.
La navegación progresó asimismo de manos de un mejor conocimiento del medio: de las corrientes, los vientos, así como de los astros encargados de auxiliar en la orientación nocturna; ésta última era especialmente útil para las pesadas naves mercantes, que continuaban bogando durante la noche. Entre los instrumentos de orientación no faltó la observación del vuelo de las aves migratorias –de las que se sirvieron el propio Ulises o los Argonautas–, e incluso, en ocasiones se recurría a la liberación de pájaros desde las propias embarcaciones, a fin de seguir su vuelo y trayectoria. Con estas mejoras en la circulación marítima también se observa una mayor inversión en las infraestructuras portuarias de las ciudades, factor que, en último término, también redundaría, a su vez, en el refuerzo de las propias condiciones de navegación así como en unos más favorables y seguros escenarios para el intercambio. Estos puertos, de mayor o menor entidad, jugaron un papel fundamental en la navegación por el Mediterráneo antiguo, en la medida en la que ésta se encontraba sujeta a las limitaciones que imponía la obligada dependencia de la costa, tanto para el atraque nocturno como para el abastecimiento. La construcción de barcos más rápidos y potentes, no obstante, permitió también mayor autonomía que, ya a partir del siglo V a.C., favoreció la realización de periplos más largos y, por ende, la adquisición de nuevos conocimientos geográficos.
Oliva Rodríguez
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