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Boletín nº 24
 

EL PRIMER DESCENSO DEL NILO AZUL

 
   

A comienzos del siglo XXI, pocas exploraciones geográficas quedan ya por realizar en nuestro planeta, y una de las últimas en llevarse a cabo fue la que se organizó en el año 2004 con motivo de la realización de la película documental “El misterio del Nilo”. Fue una expedición que recorrió el río a lo largo de su principal tributario, el Nilo Azul, que transporta las aguas provenientes de las lluvias monzónicas en las altas montañas de Etiopía. Esta ha sido la primera expedición completa y documentada del Nilo Azul de la historia, realizada a bordo de barcas ligeras que tuvieron que sortear toda clase de rápidos y accidentes geográficos.

Para muchos aventureros, el Nilo es un referente épico de aventuras exóticas y descubrimientos, y el Nilo Azul, el misterioso tributario al que el Nilo Blanco desposeyó injustificadamente la gloria de su nacimiento. Y es que el Nilo, el río más famoso y fecundo para la civilización, ha despertado una gran fascinación desde la antigüedad, reconocida ya por las crónicas del viajero griego Herodoto, que en el siglo IV a.C. escribió acerca del enigma de su procedencia. Mucho más tarde, en el siglo XVIII, el ansia de fama y fortuna de los exploradores europeos situó el descubrimiento de sus fuentes como uno de los mayores retos de todos los tiempos. Sin duda, la visión eurocéntrica de la época victoriana tuvo mucho que ver con encumbrar tal reto a la categoría de gesta universal, menospreciando el vínculo de quienes, generación tras generación, vivían apegados a la historia y a la realidad de un río que sustentaba su existencia: los propios africanos.

En 2006, el río más largo del mundo sigue surcando la misma ruta de hace ciento cincuenta años, cuando Richard Burton y John Hanning Speke se abrían paso a golpe de machete por el lago Tanganika y las Montañas de la Luna hacia el lago Victoria, pero el entorno humano y medioambiental por el que discurren sus aguas ha cambiado tremendamente: sobrepoblación, carreteras, diques, presas hidroeléctricas, lagos artificiales, segmentos desviados, cruceros, barcas motoras, bombas extractoras para irrigar los campos, puentes, canales ciegos contaminados, vertederos, etc. Ni Burton ni Speke podrían haber imaginado tal transformación desde los tiempos de la enconada competición que mantuvieron para presentarse ante la sociedad británica y al mundo como los primeros descubridores de las fuentes del Nilo. Tampoco podrían haber imaginado semejante transformación los mismos nativos de la región, que hoy ven con asombro como el caudal del gran río empieza a ser insuficiente para cubrir sus necesidades y expectativas de desarrollo. Cerca de doscientos millones de personas dependen hoy de las aguas del Nilo Azul, y la población va camino de doblarse en los próximos veinticinco años. Tal expectativa obliga a los gobiernos de Etiopía, Sudán y Egipto a plantearse cómo asegurar el caudal y la calidad del agua del río en el futuro.

Desde hace unos diez mil años, desde que el Nilo alimentó una floreciente sociedad agraria neolítica emergente, las continuas crecidas del río constituyeron el reloj de una civilización cada vez más sofisticada que, leyendo los astros e interpretando la naturaleza, crearía el primer calendario anual de 365 dias de la historia de la humanidad. La civilización egipcia es, con rotundidad, la gran civilización del río y sobre sus orillas han quedado los testigos de varias dinastías de reyes que, desde el 2900 a.C hasta el siglo I de nuestra era han dejado como legado sus pirámides, sus templos, sus tumbas y sus ajuares para encontrarse en la vida del más allá. A mi entender, no hay obra de ingeniería y arte capaz de igualar las pirámides de Keops, Kefrén i Micerinos, las tumbas de Sethi I, Tutmosis III y Nefertari o los templos de Luxor, Karnak y Abu Simbel.

EL MISTERIO DEL NILO

En los años noventa, diversos viajes al Nordeste de Africa para la realización de una serie documental de televisión sobre la conservación del Patrimonio Cultural de la Humanidad me acercó al patrimonio cultural y natural de tres países unidos por las aguas del Nilo Azul: Etiopía, Sudán y Egipto, y más que sentirme cautivado por las grandes expediciones victorianas, me sentí cautivado por la realidad de una región que mantiene vivo un legado histórico, cultural y natural impresionante. Egipto, por más que acceda a la modernidad y al progreso, conserva el aura de belleza y misterio en cada piedra de sus templos; Sudán, aunque despierta de su letargo y abandono, sigue conservando la mayor variedad de paisajes desiérticos y pueblos olvidados del mundo; y Etiopía, a pesar de convertirse en un destino turístico ofensivo para la miseria de su población, guarda el resplandor de tres herencias dentro de un sólo Estado: la herencia judeocristiana del Norte, la islámica del Este y la africana tribal del Sur. El mosaico de pueblos, razas, culturas y paisajes a lo largo de estos tres paises, conectados por la costa del Mar Rojo al Este y por el río al Norte –el Nilo Azul– constituye uno de los puzzles geográficos y antropológicos más interesantes del planeta. No era de extrañar, por tanto, que tras trotar cámara en mano por estos paises para mis anteriores documentales de televisión, decidiera por fin llevar a cabo un proyecto cinematográfico de la magnitud de “El Misterio del Nilo”, una película en Gran Formato IMAX que recorrería los tres paises, llevado por la corriente de las aguas del Nilo Azul: cerca de cinco mil kilómetros, navegando río abajo desde las inmediaciones del Lago Tana en Etiopía hasta la costa mediterranea en Egipto, un reto no apto para ningún productor de cine que no resista los desquiciantes problemas logísticos, de aduanas, de permisos y de mobilidad que comporta proyecto semejante.

En la idea original del proyecto se barajaban dos alternativas: remontar el río o bien descenderlo; dos opciones que marcaban perspectivas diferentes.

La de remontar el río suponía poner el acento en conseguir realizar una gesta expedicionaria al estilo de los viejos héroes Burton, Bruce, Speke o Livingstone, y la segunda dar mayor relevancia al discurrir del mismo río antes que a la aventura expedicionaria. Finalmente, tras darnos cuenta de que el verdadero protagonista era el río y no nuestra pasión aventurera y de que podríamos realizar la navegación en botes ligeros hasta el Mediterráneo, nos decidimos por la segunda opción.

A primeros de noviembre de 2003, un equipo de cuarenta profesionales de rodaje, logistas y expedicionarios llegábamos a Bahir Dar, a orillas del Lago Tana, para empezar una aventura que nadie sabía como acabaría. Los protagonistas del viaje y de la película eran seis voluntarios que se habían prestado a participar hasta donde llegaran sus fuerzas. Además del geofísico, aventurero y líder de la expedición Pasquale Scaturro, contamos con el kayakista Gordon Brown, la arqueóloga española Myriam Seco, el fotógrafo chileno Michel L’Huillier, la periodista Saskia Lange y el hidrólogo egipcio Mohamed Megahed. Los primeros días de rodaje se destinaron a asegurar escenas y secuencias en varias localizaciones y a mediados de diciembre se filmaba el descenso de las barcas por las famosas cataratas Tisisat, el desagüe del Lago Tana a partir del cual las aguas empiezan a discurrir por un larguísimo y accidentado cañón. A partir de ahí, los protagonistas eran libres de seguir, abandonar o evitar los tramos que consideraran más arriesgados, pero la mayoría decidió seguir en la balsa y dos de ellos, Scaturro y Brown, culminarían todo el trayecto hasta Alejandría sin dejar el bote ni un solo día.
Aún a pesar de los grandes riesgos, la decisión de llevar a cabo la aventura fue un acierto: durante 115 días, un equipo de exploradores conducidos principalmente por Scaturro superó con éxito toda clase de dificultades, como cataratas, rápidos mortales, ataques de cocodrilos e hipopótamos, disparos de bandidos, brotes de malaria, accidentes de navegación, etc. Entre los recuerdos de Gordon Brown figura el milagroso remo que se interpuso entre su cuerpo –enfundado en el frágil Kayak– y un enorme cocodrilo de seis metros que saltó a comérselo; entre las de Michel se cuenta un peligroso vuelco en los rápidos que le tuvo a muy poco de ahogarse; y entre las de Mohammed hay que destacar el agotamiento y los mareos que sufrió mientras ayunaba por el Ramadán. Entre las mías se encuentra la avería del helicóptero de rodaje en uno de tantos despegues y que a punto estuvo de cobrarse la vida del pasaje.

Como máximo responsable de la producción de la película, mis mayores temores se centraban siempre en la integridad física de todo el equipo de rodaje y de expedición, especialmente durante los tramos más complicados del viaje, situados a lo largo de las gargantas Negra y Norte, en el angosto cañón por el que discurre el Nilo Azul entre el lago Tana y la frontera con  Sudán. Este cañón, marcado por la enorme cicatriz geológica del valle del Rift, hundido en un manto de lava volcánica de hace veinte mil años, es uno de los lugares más abandonados y remotos del mundo, sin una sola casa, carretera de acceso o luz eléctrica a lo largo de sus ochocientos kilómetros.

Salvado el Gran Cañón de Africa, a finales de enero, lo que vendría a continuación sería más tranquilo, aunque no menos complicado. Cruzar una frontera en Africa, por el lugar más insólito y remoto, siempre trae sus complicaciones. Llevó varios dias convencer a un puñado de soldados sudaneses encargados de proteger la frontera de que nuestras dos balsas de goma y el Kayak no sólo disfrutaban del permiso y de los visados oportunos expedidos en Addis Abeba y Jartum sino que no formaban parte de ninguna estrategia invasora. En muchas ocasiones anteriores, nuestra expedición había sido blanco de los disparos de bandidos etíopes –shifta– que pretendían asaltarnos y, en todas esas ocasiones, la ayuda brindada por los soldados etíopes que nos acompañaban nos ayudó a repeler la agresión y a seguir nuestro camino río abajo. Sin embargo esta vez, ante un destacamento fronterizo sudanés abandonado a su suerte en medio de la nada, la desconfianza y el impertinente abuso de autoridad consiguieron retener el viaje por unos cuantos dias.

LA LARGA TRAVESÍA DE SUDÁN

Ya en Sudán, y superada la presa de Roseires, la expedición se abrió paso entre aguas mucho más calmadas, dando tiempo a disfrutar del contacto con los habitantes de algunos pueblos levantados con el barro de las orillas del río. Si en Etiopía habíamos vivido nuestra lucha más intensa contra los rápidos y contra toda clase de agresiones y accidentes, en Sudán el ritmo cansino de las aguas nos llevó hasta paisajes y gentes mucho más apacibles. Más tarde, el desagradable “hamzin” nos cubrió de arena y polvo durante diez eternos días, hasta llegar a Jartum, donde el Nilo Azul y el Nilo Blanco convergen dividiendo una extensa metrópolis de cerca de cuatro millones de habitantes. El Nilo Azul, cuyas aguas llegan a Jartum con un color más oscuro, aporta más del ochenta por ciento del total del caudal del gran Nilo, y arrastra mayor cantidad de nutrientes que el Nilo Blanco. Cuando los agricultores egipcios esperaban con ansia la crecida del río para fecundar sus campos, poco imaginaban que la mayor riqueza provenía de las altas montañas de Etiopía.

Ante la larga travesía de Sudán, con mucho el país más grande de Africa, las reticencias de algunos miembros de la expedición por pisar un país crispado por el fanatismo religioso resultaron ser completamente absurdas. Los sudaneses, especialmente en las zonas rurales, son gente muy amable, dispuesta a ayudar y a compartir todo lo que tienen, seguramente como han sido siempre con las únicas excepciones del conflicto colonial con los británicos o las guerras de supervivencia con sus vecinos. El río pace aquí con una enorme calma, ahogado por temperaturas que alcanzan fácilmente los cuarenta y cinco grados centígrados y un entorno llano, pedregoso y desértico sobre el que brillan los testigos del esplendor “kushita” , la civilización que prosperó entre el siglo VII y el siglo I a C, en ocasiones rivalizando con los egipcios y en otras asumiendo un intercambio político y cultural muy productivo para ambos. Fruto de sus años de esplendor, se conservan las pirámides de Meroe o Napata, así como numerosas ciudades y templos de tantas otras épocas. En cualquier caso, el viaje hasta la frontera con Egipto estuvo salpicado por largas horas de navegación ante intensos amaneceres y puestas de sol, animadas charlas ante un te recalentado y excursiones a templos, ciudades y pirámides de la antiguedad, abandonadas en medio del desierto.

Al entrar en Egipto, la expedición tuvo que cruzar el lago Nasser, el lago artificial más largo del mundo, bajo una fuerte tormenta que amenazó los botes con naufragar en más de una ocasión; pero una vez sorteada la gran presa de Asuán, el río, completamente manso, se fue poblando de falucas, barcos mercantes y cruceros turísticos hasta cubrir la vista de los innumerables templos y de las cada vez más escasas aldeas tradicionales. De Luxor a Cairo, el Nilo se ha convertido en una autopista de servicios que conecta una sucesión de villas y ciudades cada vez más pobladas. Y del Cairo a Alejandría, destino final de la expedición, constatamos como el agua del río se vuelve cada vez más densa y oscura, contaminada por los miles de desagües urbanos y puertos industriales. Incluso los innumerables brazos del delta, antaño el vergel de Egipto, se han convertido en cloacas fétidas que piden desembocar rápidamente al mar.

MÁS QUE UNA AVENTURA

Al fin y al cabo, han sido cinco mil kilómetros de contrastes donde, para la expedición, lo realmente duro no ha consistido en sortear peligros y accidentes geográficos sino más bien en resistir a la soledad y a la conflictiva convivencia que obliga una balsa de goma de menos de tres metros. Todo ello ha concluido con una bella película de aventuras que combina la experiencia emocional de seis protagonistas que sienten con entusiasmo y respeto la historia, la cultura y el paisaje del Nilo como algo propio. En contra de lo que podria haber sucedido, la expedición de “El misterio del Nilo” no ha consistido en una aventura “egoísta”, fabricada para cobrar fama personal a costa de una gesta que olvida las gentes, la cultura y la realidad social de los paises por los cuales viaja, sino todo lo contrario: una aventura organizada para transmitir lo más fielmente posible la realidad de Etiopía, Sudán y Egipto a través del cordón umbilical del Nilo, propósito y visión ciertamente muy diferentes de los que movieron a personajes como James Bruce, el explorador escocés que en 1770 tuvo la osadía de proclamar que había descubierto las fuentes del Nilo Azul, obviando que los etíopes conocían muy bien desde tiempos inmemoriales donde se hallaban las fuentes.

Para realizar nuestra película nos hemos guiado más por el ejemplo del padre Páez, un valiente misionero español enviado a Etiopía a principios del siglo XVII para convertir al catolicismo a la Iglesia Ortodoxa etíope, que entabló una gran amistad con el emperador Susinios y recorrió el país embarcándose en numerosas expediciones de elevado riesgo. El padre Páez asimiló la cultura y tradiciones etíopes y, en uno de sus tantos viajes, se convirtió en el primer occidental en “descubrir” y describir el nacimiento del Nilo Azul. Páez vio la fuente del Nilo Azul el 21 de abril de 1618 y escribió: “confieso que me siento afortunado y feliz al contemplar lo que Alejandro Magno, Julio César y los reyes Ciro y Cambeses añoraron pero jamás consiguieron”. El padre Páez fue una persona muy humilde que nunca consideró su logro como un “descubrimiento”. Siempre explicó y reflejó en sus notas que “vio” la fuente del Nilo, puesto que los etíopes ya sabían de su existencia y veneraban sus aguas sagradas.

Hoy día las aguas del Nilo Azul siguen siendo veneradas por los etíopes, conscientes de que constituye su principal fuente de subsistencia. En el mismo nacimiento –Guish Abbay– siguen celebrándose ritos de veneración donde el rito cristiano ortodoxo se mezcla con costumbres ancestrales. De hecho, el altiplano etíope y especialmente el lago Tana, que recoge las aguas de los torrentes de las montañas circundantes, representa para la civilización etíope un enorme santuario histórico-religioso poblado de decenas de pequeñas iglesias que actuaron durante siglos como reducto de la dinastía de reyes cristianos que, durante la época medieval, se recluyeron a protegerse de las tropas musulmanas de Ahmed Gragn. Los musulmanes etíopes de la región de Harar, impulsados por el vendaval islamizador que recorría ambos lados del Mar Rojo, persiguieron a los cristianos y estuvieron a punto de imponer el Islam en toda Etiopía en el siglo XVI.

El Lago Tana, aunque sin los densos bosques que lo rodeaban por la tala indiscriminada, guarda algunos rincones selváticos donde aún se conservan testigos de esa resistencia cristiana. En los bordes del lago y en algunas islas resisten vetustas iglesias de piedra y madera o bien las de planta redonda y techo de paja –Istafanos, Beta Georgis, Ura Kidane Mehret–. En todas ellas, un tabernáculo cerrado, decorado con pinturas murales sobre tela o madera de incalculable valor artístico, guardan sus réplicas del Arca de Alianza con las Tablas de la Ley que Dios entregó a Moisés. En el centro del universo místico y de las leyendas populares etíopes siempre figura en lugar destacado la fábula de la unión del Rey Salomón y la Reina de Saba y la osadía de su progenitor, Menelik, por llevarse de Jerusalén a Axum la famosa Arca de Alianza. Según reza la leyenda, Menelik pudo salvarse de la cólera de su padre, el rey Salomón, gracias a la ayuda de los ángeles, que llevaron su comitiva en volandas hasta Etiopía. No hay evidencias sobre el camino que recorrió Menelik de vuelta a casa con el arca pero son muchos los que sostienen que debió hacerlo remontando el Nilo Azul ya que de hacerlo por la costa del Mar Rojo, la vía más fácil y tradicional, le hubieran dado caza fácilmente. Igualmente, no hay evidencia que corrobore que los judíos etíopes –falasha– sean descendientes de la famosa tribu perdida de Israel. Para los etíopes, creer en las leyendas que enaltecen su tradición judeo-cristiana y en la existencia misma del Arca, es una cuestión de fe absolutamente innegable, y toda la simbología político-religiosa, incluida la supuesta legitimidad del “negus” Haile Selassie, derrocado por un cruento golpe de estado en 1974, se basa en ella.

Sean ciertas o no las bellas historias que nutren la tradición etíope, yo mismo quedé sorprendido hace ya unos años cuando comprobé que en las ceremonias religiosas los etíopes usaban sistros –tsentsatil– y cadencias musicales del Egipto antiguo mezcladas con danzas antiguas judías. ¿Cómo se inició y mantuvo esa conexión entre las tierras de Etiopía y de Egipto, a través de las planicies que hoy conforman el Sudán?. ¿Qué papel jugó el Nilo Azul y otros tributarios etíopes en el desarrollo de todos los pueblos que se alimentaban en sus orillas?. El Nilo Azul guarda una gran cantidad de secretos sobre cada uno de los millares de hombres y mujeres que construyeron su propia historia, de generación en generación, gracias al sustento del gran río. Todos los miembors del equipo de producción y de la expedición organizada con motivo de la realización de “El misterio del Nilo” ha pretendido leer y comprender algunos de estos pequeños y grandes secretos escritos a lo largo de los casi cinco mil kilómetros del Nilo Azul.

Después de dos años de intenso trabajo, de los 115 dias de navegación y de un buen número de aventuras y anécdotas de viaje, el río nos ha enseñado el enorme poder de la naturaleza y la huella de su fuerza espiritual sobre las generaciones que se han servido de él. Esa fuerza nos ha contagiado también a nosotros. Para todos nosotros, este viaje por el Nilo Azul ha sido mucho más que una travesía. Nos ha cambiado por completo. Hemos vuelto a sentir lo que siente un niño en su infancia ante lo desconocido, el fluir de la sangre en las venas ante una emoción incontenible.

Jordi Llompart

 
   
  EXPEDICIÓN "RÍO DE ORO" AL SÁHARA OCCIDENTAL  
 

Se cumplen ciento veinte años de la expedición de los españoles Cervera, Quiroga y Rizzo al Sáhara Occidental, entonces denominado Río de Oro, que está considerada como la primera expedición científica a esa zona del Sáhara. Su importancia radica tanto en los datos topográficos, geológicos, botánicos y meteorológicos recogidos, como en los tratados firmados con las cabilas del lugar. Estos tratados permitieron a España extender su influencia hacia el interior y a las Sociedades Geográficas de la época idear planes para captar la actividad comercial de las caravanas que se comunicaban con la franja subsahariana desde las salinas del Iyil, punto culminante de la expedición. Se afianzaba así, por otra parte, la protección de los caladeros costeros, considerados de una gran riqueza, donde faenaban pescadores canarios.

Para la conmemoración se van a realizar diferentes eventos, el más importante de todos la repetición de aquella histórica expedición, el próximo mes de noviembre. Para la organización de los actos se ha constituido un Comité, gracias a la iniciativa de Jorge Pina, miembro de la SGE, que ha aglutinado a un conjunto de instituciones que, en algunos casos, participarán directamente en la expedición. Entre ellos está Real Sociedad Geográfica, de cuyos miembros partió en 1886 la idea de la expedición, la Real Sociedad Española de Historia Natural y el Museo Nacional de Ciencias Naturales, que atesoraron y estudiaron las colecciones traídas por los expedicionarios. Y junto a estas, el Instituto Geológico y Minero de España, el Ilustre Oficial Colegio de Geólogos, la Fundación Giner de los Ríos y el Club Alpino-Montañeros Madrileño. No podía faltar la Sociedad Geográfica Española, heredera de aquella curiosidad geográfica que impulsó las expediciones históricas y a la que no le es ajeno nada relativo a los viajes de exploración realizados por españoles, como demuestran las muchas páginas dedicadas en su Boletín y en sus publicaciones a los viajeros de diversas épocas, dado que todo lo relativo a los viajes y la investigación historica de los viajeros españoles constituye una de sus más poderosas razones de ser.

Varios son los actos previstos por el Comité: la realización de un ciclo de conferencias en el Museo de Ciencias Naturales y en la Fundación Giner de los Ríos en los meses de septiembre y octubre acompañadas de una exposición con mapas, textos y objetos diversos; la publicación de un libro conmemorativo con materiales de interés y artículos de investigadores de diversas disciplinas relacionadas con el evento; la edición de un video sobre la ruta seguida por los expedicionarios; y la realización, en noviembre de 2006, de un viaje a la zona.

Las conferencias se celebrarán en el Museo Nacional de Ciencias Naturales y abordarán diversos aspectos relacionados con la expedición histórica de Cervera, Quiroga y Rizzo, como son: el contexto histórico nacional e internacional de aquellos años y la importancia de la Conferencia de Berlín, los aspectos biográficos de los expedicionarios (Francisco Cervera, que llegaría a ser el primer catedrático de Cristalografía en Europa, Julio Cercera, militar ilustrado y Felipe Rizzo, arabista que fue cónsul en diversas plazas marroquíes), el relato de la propia expedición, jalonada de acontecimientos, o el marco geográfico del Sahara Occidental.

OBJETIVO: LA SEBJA DE IYIL

En cuanto a la expedición que tendrá lugar en noviembre y en la que participarán representantes de las diferentes instituciones científicas que intervienen, su objetivo es alcanzar la sebja del Iyil, lugar en que se montó el campamento de la expedición de Cervera y Quiroga, donde se firmarían los tratados con los chiuj del adrar Tmarr. Se visitarán algunos lugares de interés, como el macizo de Aussert, con sus montañas negras y sus pinturas rupestres, las ciudades almorávides de Xingueti y Ouäne y, entre otros enclaves, las interesantes minas de hierro y el ferrocarril que lleva el mineral hasta Nouadhibou (antiguo Port Etienne), el más largo del mundo con esta finalidad.

Esta es una excelente oportunidad para recordar los hechos y el contexto en que se produjeron, y también un buen momento para preguntarse por el sentido de los acontecimientos históricos que motivaron el proceso de colonización decimonónico, así como por las causas que han llevado a un general desconocimiento de nuestros viajeros y científicos.

Adelantando algunas de las cuestiones que abordará la conmemoración, podemos retomar algunas notas incluidas en este Boletín hace algunos números, sobre el viaje de Cervera, Quiroga y Rizzo:

«La expedición partiría de Río de Oro el 16 de junio de 1886 con 14 dromedarios y una perra, siguiendo transversalmente el trópico de Cáncer hasta adentrarse 400 kilómetros en el interior del Sáhara y alcanzar, treinta días después, la Sebja o depresión en donde se depositan las salinas del Iyil, hasta entonces no visitadas por ningún cristiano. Los expedicionarios cruzaron por la Hamada de areniscas dunares fósiles del Guerguer, con sus clásicos guelbet (corazones), formas que adquieren, como explicaría Quiroga, por su constitución caliza en su parte media y arenisca incoherente en la parte superior e inferior. Finalmente, atraviesan el macizo precámbrico del Tiris, en grandes extensiones formadas por granitos, llegando a la cubeta de Arauan, donde se encontraron las salinas. A Quiroga (1853-1894) le llamó poderosamente la atención el yeso eflorecido, cocido, en superficie, producto de las altas temperaturas, así como la rapidísima volatilización que sufrían los líquidos, lo que le ocasionaba la desecación de la cornea del ojo por evaporación de las lágrimas.

Los problemas con la temperatura y la sequedad apenas se podían comparar con los que les causaron los guías locales y las tribus que habitaban las zonas por las que atravesaban. En uno de los primeros paseos desde la Península de Río de Oro sufrieron el primer ataque. Luego vendrían más, los peores:
“Ya al tercer día de marcha por el desierto –comenta Cervera–, nuestros mismos acompañantes intentaron asesinarnos”. En la travesía fueron recibidos por la tribu de los Uled-Delim, lo que no mejoró mucho las cosas “…llegaron otros a pié, y todos formaron un apiñado grupo con nuestros acompañantes, deliberando largo rato y dirigiéndonos constantemente miradas siniestras. Se trataba de la forma en que nos atacarían para apoderarse de los géneros y víveres que llevábamos… poco a poco fueron incorporándose al grupo otros árabes que llegaban de un duar vecino, y la situación se complicaba por momentos. Los Uled-Delim exigían fuerte tributo por atravesar su territorio… fue preciso ensayar en su presencia nuestras carabinas Winchester…” (Cervera, 1886, 3).

Es evidente que no habían acertado con la compañía, pues atravesando la llanura de Ar-Rak “…después de un altercado ruidoso, nos cerramos a la banda, empuñando enérgicamente las armas, y les negamos cuanto pedían, incluso víveres para su alimentación. Acostáronse sin cenar y al siguiente día se mostraron más razonables…. Pero su venganza llegó pronto. No emprendieron la marcha hasta la ocho de la mañana… era el 20 de junio, marchábamos siguiendo el mismo trópico, y el sol, por consiguiente, a las doce del mediodía lo teníamos en la vertical del lugar; no podíamos recibir más perpendicularmente sus abrasadores rayos. A las tres de la tarde el termómetro marcaba 62º centígrados; la lengua pegada al paladar; los labios, secos y cortados no se movían; con terrones de ácido cítrico procurábamos refrescar la boca; la perra, jadeante y loca, escarbó desesperadamente las ardientes arenas buscando una capa inferior menos caliente y se tendió en el hoyo moribunda, lanzando lastimeros aullidos. Y para mayor mérito, a lo lejos, hermosos fenómenos de espejismo nos hacían admirar grandes lagunas de cristalinas aguas” (Cervera, 1886, 4). las montañas que sirven de frontera al Adrar-Tmarr. Al día siguiente, enarbolamos la bandera española en nuestro campamento y en nombre de la Sociedad Española de Geografía Comercial tomamos posesión de todo el territorio ocupado por los jefes de las tribus allí presentes, levantando acta de dicha toma de posesión” (Cervera, 1886, 6). Pinturas rupestres del Ouadi Quenta. Bou Dheir.

Bajo estas circunstancias, advierte Cervera, “las observaciones astronómicas, topográficas, científicas de todo género, se hacen con dificultad en países de árabes. Es preciso ocultar los instrumentos, la cartera de apuntes, el lapicero: todo les infunde recelo y desconfianza”. No obstante, la expedición fue un éxito desde el punto de vista científico. Los materiales botánicos y zoológicos aportados por Quiroga fueron clasificados y estudiados por distintos especialistas del Museo de Ciencias Naturales y la Universidad de Madrid, como Blas Lázaro e Ignacio Bolivar. Quiroga tardaría un tiempo en ordenar sus notas, contrastar sus criterios y publicar sus observaciones. Varias décadas después se le seguía citando en trabajos científicos sobre el desierto. Por primera vez se tenía una adecuada visión de la topografía y la constitución geológica del Sáhara Occidental, desterrándose así la idea de que el interior era una zona deprimida bajo el nivel del mar sin posibilidad de inundación para la creación de un mar interior, como se venía especulando. Quiroga corregiría también las erróneas apreciaciones de Lenz en su travesía hacia Tombuctú, extendiendo las características geológicas de la fosa del Tinduf a toda la zona occidental (BSGE, n. XXX, 2005)»


José Antonio Rodríguez Esteban

 
     
  IBN JALDÚN. EL MEDITERRÁNEO EN EL SIGLO XIV  
   

Con presencia de los reyes de España y de los máximos mandatarios de los países del Mediterráneo, se inauguró el pasado mes de mayo una de las mayores exposiciones del año. El bello palacio mudéjar del Real Alcázar de Sevilla, testigo de una histórica entrevista entre Ibn Jaldún y Pedro I El Cruel, es la sede escogida para esta muestra que pretende, no solo presentar la vida y obra de Ibn Jaldún, sino también el entramado político, económico y social del siglo XIV entre Oriente y Occidente, entre el mundo europeo y el mundo árabe-margrebí, unidos por el Mediterráneo.

El hilo conductor de la exposición es la obra y figura de Ibn Jaldún, viajero y pensador árabe de origen andaluz, y su itinerario viajero desde Al Andalus hasta Damasco y la Meca, por el norte de África. Se trata de una exposición abierta a los países árabo-musulmanes, y muy especialmente, a aquellos donde vivió o estuvo este histórico personaje: Túnez, España, Argelia, Marruecos, Egipto y Siria.

LA FIGURA DE IBN JALDÚN

Ibn Jaldún (1332-1406) fue uno de los más importantes pensadores musulmanes de todos los tiempos y un incansable viajero. Es también el historiador musulmán más conocido y reconocido en el mundo. Pertenecía a una familia árabe establecida en la provincia de Sevilla que jugó un papel importante en la historia de la Sevilla árabe. El propio Ibn Jaldún presumía de sus orígenes sevillanos: “Mi familia tiene su origen en Sevilla. A su llegada al-Andalus, Khaldun Ibn Uthman, mi antepasado se estableció en Carmona, con un pequeño grupo de gentes de su país. Fue en aquella ciudad donde fundó la casa de sus descendientes, que se instalaron luego en Sevilla. Mis antepasados emigraron a Túnez, a mediados del siglo VII –corresponde al XIII cristiano–, como consecuencia del éxodo tras la victoria del hijo de Alfonso, rey de Galicia (se refiere a Fernando III)”.

Así comienza la autobiografía de este personaje que con el tiempo se convertiría en uno de los más grandes pensadores de todos los tiempos. De él dice el eminente antropólogo E. Gellner: “El Magreb ha dado al mundo uno de los científicos más importantes… En este asombroso pensador del siglo XIV, encontramos ecos y sugerencias de los temas que dominan hoy el pensamiento social europeo”. Ibn Jaldún es autor de una obra de Historia Universal que se compone de tres libros, una introducción y una autobiografía, que en el mundo occidental se suele dividir en tres grandes partes. La Historia Universal se conoce como La Muqaddima o Prolegómenos (en árabe se denomina Kitab al Ibar) y fue redactada a lo largo de unos cuatro años.

Ibn Jaldún nació en Túnez en 1332 y murió en 1406 en El Cairo. Su vida y andanzas son las de un intelectual de una época en la que se podía pasar, en corto espacio de tiempo, de la gloria al infierno. Se sentía orgulloso de su ascendencia árabe, agradecido a su lugar de nacimiento, África del norte, y se consideraba hijo espiritual de al-Andalus, cuyo nivel cultural admiraba y de donde provenía su familia.

Fue práctica corriente en aquella época que numerosas familias de elevado nivel político e intelectual, abandonaran al-Andalus ante el avance cristiano y se instalaran en el Magreb, donde llegaron a formar una especie de “patriciado” al servicio de los gobernantes locales, que demandaban sus servicios. Su vida oscilaba entre el estudio, la enseñanza y la política, y su destino solía estar sometido a los vaivenes de sus protectores. Fue el caso de Ibn Jaldún: su familia había ocupado puestos de relevancia en al-Andalus y participado en las ambiciones, intrigas y luchas de la corte sevillana. También en Túnez su bisabuelo y abuelo habían intervenido en política aunque su padre se había retirado a una vida más contemplativa.

Recibió una esmerada educación y él mismo nos cuenta las materias que estudió: el Corán, los “dichos” del Profeta, la jurisprudencia, la lengua árabe y ciencias racionales, como matemáticas, lógica y filosofía. Cita, en su Autobiografía, a quienes fueron sus maestros y como a casi todos se los llevó la terrible peste negra, la gran plaga que barrería la faz de la tierra en el siglo XIV, “tapiz con el que la muerte envolvería todas las cosas”. Llama la atención la calidad de sus maestros así como la variedad de sus procedencias, lo que nos habla de la movilidad geográfica y versatilidad de aquella elite intelectual. Raro era el que nacía, vivía y moría en el mismo lugar, dedicándose a las más variadas actividades.

Entró al servicio de los regentes de Ifriqiya, su país natal, y decidió emigrar a Al-Andalus, tierra de sus antepasados, cuando perdió el favor de los gobernantes locales. Se trasladó al Reino de Granada, donde fue acogido con agrado por Ibn Ahmar y su visir, el famoso polígrafo y político, Ibn al-Jatib, otra de las grandes personalidades de la época. Llegó a Granada a finales de diciembre del año 764/1362, después de pasar por Ceuta donde había tenido una calurosa acogida y desembarcar en Gibraltar, que por entonces estaba bajo el dominio del soberano merinida de Marruecos. El sultán nazarí puso a su disposición algunas dependencias equipadas y amuebladas, acogiéndolo con todo tipo de deferencias.

Al año siguiente fui enviado como embajador a negociar un Tratado de Paz, en Sevilla con Pedro I el Cruel. Llevaba el encargo –dice él mismo en su autobiografía– de hacer ratificar el Tratado de Paz que ese rey cristiano había concertado con los príncipes de la España musulmana y era portador de presentes, magníficas telas de seda y caballos de pura raza, cuyas bridas estaban ricamente bordadas de oro. Llegado a Sevilla pude observar varios monumentos que atestiguaban el poderío de mis antepasados. Fui presentado al rey cristiano que me recibió con todos los honores. El ya sabía por su médico, el judío Ibrahim Ibn Zarzar, el rango que habían tenido mis ancestros en Sevilla, y le había oído elogiarme. Ibn Zarzar, médico y astrónomo de primer orden, me había visto en la corte de Abu Inan, quién habiendo Alcázar de Sevilla, sede de la Exposición.tenido necesidades y servicios lo había mandado a buscar al palacio de Ibn Amar. Después de la muerte de Reduan, primer Ministro de la corte de Granada, dicho médico ingresó al servicio del rey cristiano, quién lo puso a la cabeza de sus médicos”.

La trayectoria de este médico nos ilustra, a su vez, cómo vivían las elites judías. Dado que no eran ciudadanos de ningún estado, siendo tolerados pero no pudiendo estar nunca seguros, llegaron a jugar un importante papel como inter aquellos príncipes, pasando de un lugar a otro según las posibilidades –y sobre todo la protección– que pudieran encontrar.

Pedro I le propuso que entrara a su servicio, ofreciéndole incluso restituirle los bienes de sus antepasados. Ibn Jaldun rechazó amablemente la oferta y volvió a Granada, donde se le había concedido una villa en la zona de El-vira, cerca de Pinos Puente, en una “tierra irrigada de la vega de Granada”. Su vida imprimirá en ese monumento su impronta y su particular visión del mundo del poder. Sevilla condicionará la historia de España debido a su actividad económica, su importancia estratégica y también tanto Alfonso X como Alfonso XI y Pedro I fueron de todos los reyes medievales los más afectos a esta ciudad.

Ibn Jaldún dice que fue introducido en la corte del sultán nazarí por su visir Ibn Jatib con quién tenía lazos de amistad por haberle hecho algún favor (prestado algunos servicios) cuando el sultán nazarí se encontraba en Fez. La vida de estos intelectuales andaba a caballo entre su dedicación al estudio, su intervención en política y los vaivenes para mantenerse en aquellas procelosas aguas.

No duraría demasiado su tranquilidad. Las intrigas de la corte y los celos que despertaba su posición le granjearon la enemistad de I. Jatib. “Los favores que recibía del sultán –dice– consiguieron excitar contra mi los demonios de su envidia”. Una vez más decidió cambiar de aires. Dos años después de su llegada a Granada partió de nuevo por el norte de África.

Volvió de nuevo al Magreb donde estuvo al servicio de algunos señores locales, en una época en la que todo el territorio vivía una situación insegura y anárquica y eran múltiples los cambios en el poder, lo que afectaba directamente en los altos servidores. Tuvo que ejercer diferentes cargos, entre ellos los de conseguir alianzas entre las tribus bereberes de la zona para que prestaran fidelidad a algunos gobernantes para los que trabajaba, lo que cumplió a la perfección gracias a su inteligencia y dotes diplomáticas. No obstante, los problemas que tuvo en Granada volvieron a repetirse en aquellas cortes que debían dejar pálidas a las castellanas de las que los cronistas decían “que las esperanzas cortesanas son prisiones donde el ambicioso muere y al más astuto nacen canas”. En 1374 volvió a pasar a al-Andalus, al parecer con la idea de aplicarse definitivamente. Tuvo que desistir de la idea, pues el clima que encontró estaba muy enrarecido. Fueron muchas las presiones que recibió, siendo incluso acusado de haber contribuido a la evasión de Ibn Jatib que por entonces había abandonado el Reino Nazarí y exiliado en Marruecos. A pesar de las diferencias que habían existido entre ellos, debieron respetarse y admirarse mutuamente, ya que se mantuvieron en contacto y son varios los escritos que se enviaron en los que comentan los hechos más relevantes y las situaciones políticas en los diferentes reinos. Ibn Jatib no escapó a las acechanzas de aquellas turbulentas aguas políticas y moriría asesinado en Fez. Ibn Jaldun, a su vuelta al norte de África, cansado de tantos avatares, se retiró a un castillo, Qalat Ibn Salam, en Argelia donde comenzó a escribir su gran obra.

No deja de ser sorprendente cómo escribían muchos intelectuales de la época: era frecuente que lo hicieran dictando páginas y más páginas, una detrás de otra. Debían tener una memoria prodigiosa, ejercitada a lo largo de los años hasta extremos difíciles de comprender hoy día. Quién lea los Prolegómenos, difícilmente puede comprender lo que el propio Ibn Jaldún cuenta. “Durante la larga permanencia en el castillo, unos cuatro años, me olvidé enteramente de los reinos del Magreb y de Tlemcen, para ocuparme exclusivamente de mi obra. Tuve grandes deseos de consultar varios libros y recopilaciones que se encontraban únicamente en las grandes ciudades. Corregí y puse en limpio un trabajo casi enteramente dictado de memoria” (tenía cuarenta y tres años por aquel entonces).

Ibn Jaldún contrajo entonces una enfermedad que le tuvo a las puertas de la muerte. En el año 1378/79 volvió a Túnez, su ciudad natal “morada de sus padres”, donde estableció bajo la protección del sultán “tiré el bastón de viaje”. “Habiendo mi familia venido a reunirse conmigo nos hallábamos por fin juntos en un ambiente de dicha”. En esta ciudad siguió trabajando en su obra, dedicado a la docencia, aclamado por la mayoría que ensalzaba sus conocimientos y odiado por algunos poderes locales.

EL VIAJE HACIA ORIENTE

Cansado de esta situación optó por hacer la peregrinación a la Meca y partió para Alejandría el año 1362 con la intención de alejarse y vivir en algún lugar que le permitiera dedicarse en paz y tranquilidad al estudio. Tardó algún tiempo en llegar y antes de continuar la peregrinación pasó por El Cairo, ciudad que le impresionó como ninguna otra y en la que se quedó a vivir. Realizaría la peregrinación algunos años más tarde. Extrañamente no ha dejado ninguna descripción de la Meca, ni de la impresión que le hiciera su visita.

Volvió a El Cairo, donde permanecería hasta su muerte. Describió esta ciudad con todo tipo de elogios y la llamó “metrópoli del mundo”, “jardín del universo”, “lugar de encuentro de las naciones”, “hormiguero humano” y “alta sede del Islam”. Por aquel entonces, Egipto estaba gobernado por los mamelucos que controlaban Siria.

Dedicó la mayor parte de su tiempo en esta ciudad al estudio y a terminar su obra. Ejerció funciones de gran cadi del rito malikita, puesto para el que fue nombrado por el sultán mameluco que le dispensó, una vez más todo tipo de favores y apoyo, incluso ante los ataques que una vez más se reprodujeron en los numerosos enemigos que se creó en el ejercicio de su cargo.

La descripción que hace Ibn Jaldún del funcionamiento y actuaciones de los cadíes no puede ser más deprimente y no se recata en sus críticas a las componendas y a la mani pulación que hacían de las jativas en beneficio de los poderosos. La estricta aplicación de la justicia, tal como honestamente entendía debía aplicarse, le generó todo tipo de enfrentamientos con el poderoso estamento judicial, por lo que tuvo que abandonar su puesto, aunque siguió gozando del apoyo del sultán.

En sus primeros años en Egipto hizo venir a su familia pero todos ellos murie ron como consecuencia del naufragio del barco que los transportaba. “Un golpe fuerte vino a herirme profundamente. Toda mi familia se había embarcado en el puerto del Magreb, para venir a mi lado; pero la nave zozobró en medio de la tempestad y todo el mundo pereció. Así, un solo revés me arrebató para siempre riqueza, dicha y esperanza”.

Cuando los tártaros invadieron Siria fue con el sultán a Damasco, donde tuvo la oportunidad de entrevistarse con Tamerlán que asediaba la ciudad. Aunque los ciudadanos de Damasco trataron de evitar la conquista de su ciudad y lograron pactar con su enemigo, éste, tras recibir una enorme cantidad de dinero, no hizo honor a su palabra y finalmente se apoderó de la ciudad, matando a gran número de sus habitantes a los que despojó de todas sus riquezas.

Ibn Jaldún pudo salvar la vida, gracias a la impresión que su persona, sus conocimientos y su elocuencia hicieron al caudillo tártaro quién le permitió mediante salvoconducto, regresar al Cairo. En el camino de vuelta, sería atacado por algunos bandidos, que lo despojaron de todo lo que poseía, aunque pudo salvar la vida. Volvería a ejercer funciones de cadi. Finalmente moriría poco después, a la edad de setenta y cuatro años.

La vida de Ibn Jaldún, dice Albert Hourani, en su “Historia de los Pueblos Árabes”, según la descripción que el mismo nos ha dejado, refleja el mundo al que perteneció: “Un mundo cargado de recordatorios de la fragilidad del esfuerzo humano. Su propia carrera demuestra la inestabilidad de las alianzas de intereses en las que confiaban las dinastías para conservar su poder, y el encuentro con Timur ante Damasco deja claro como puede afectar el surgimiento de un nuevo poder a la vida de las ciudades y los pueblos. Fuera de la ciudad, el orden era precario: un emisario del gobernante podía ser saqueado, un cortesano a quién se le retiraba el favor podía refugiarse fuera del alcance del control urbano. La muerte de los padres, víctimas de una epidemia, y de los hijos, en un naufragio, enseñan una lección sobre la impotencia humana en manos del destino. Sin embargo, se percibe algo estable o que, al menos, parecía serlo. Un mundo en el que una familia del sur de Arabia podía mudarse a España y regresar, al cabo de seis siglos, a su lugar de origen y hallarse en parajes aún familiares, poseía una unidad que trascendía las divisiones en el espacio y en el tiempo; la lengua árabe podía abrir la puerta a los altos cargos y a la influencia en cualquier parte de ese mundo; un conocimiento, transmitido durante siglos por una cadena conocida de maestro preservaba una comunidad moral incluso si cambiaban los gobernantes; los lugares de peregrinaje, la Meca y Jerusalén, constituían polos inmutables del mundo de los hombres, incluso si el poder trasladaba su sede de una ciudad a otra; y la creencia en un Dios que había creado y sostenido el mundo podía dar significado a los golpes del destino”.


Jerónimo Páez