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Boletín
nº 25 |
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TRAS LA ESTELA DE LOS ÁRABES DEL MAR
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De niño, cuando todos dormían, me encaramaba a la biblioteca para alcanzar los atlas y los tomos de geografía ilustrada. Viajaba con los mapas y estudiaba las fotografías de los viejos libros. Los pescadores de perlas de Bahrein, los faluchos atracados en Mombasa o las casitas blancas de Mascate que cercaban una bahía rocosa en forma de herradura rematada por dos grandes farallones sobre los que descansaban castillos que parecían de juguete. Un agosto, los zíngaros acudieron al pueblo de veraneo portando grandes rollos de celuloide para proyectar sobre una sábana Las aventuras de Simbad. Aquellas eran mis fotografías en movimiento y entonces me prometí que algún día me embarcaría en una nave como la de la película para escapar, muy, muy lejos, tras la estela de Simbad.
Lejos de disminuir con los años, mi interés por los árabes del mar fue en aumento y pronto supe que fueron los primeros grandes navegantes. Mucho antes del advenimiento del islam, los árabes del sur, verdaderos herederos de Saba, surcaban el Índico. En sus naves transportaban incienso, mirra y otras resinas aromáticas, salazones de tiburón, dátiles y limas secas. Viajaban a la India en busca de especias, sedas, gemas y maderas preciosas. Del África Oriental traían ámbar gris, concha de tortuga, pieles, marfiles y esclavos. Habían descubierto el secreto de los monzones que les permitía desplazarse a voluntad en sus frágiles veleros, y habían establecido colonias en las islas del África oriental. No, no se trataba de fantasías. A principios de nuestra era, los principales puertos de aquel océano, fueron visitados por un marino alejandrino que escribió el Periplo del mar eritreo, un valioso documento donde se constata que diversas islas de la costa africana se hallaban bajo la soberanía del reino de Hymiar, en el Yemen actual, y que eran frecuentadas por los capitanes y mercaderes árabes.
El comercio proporcionó tanta prosperidad a la Arabia del sur (los actuales Yemen y Omán), que los romanos la denominaron Arabia Félix en contraposición a las Arabia Pétrea y Arabia Deserta, del norte. Los romanos, celosos del dominio árabe del comercio del Índico, intentaron en vano la conquista. Más tarde quisieron arrebatarles su supremacía naval. Pretendían navegar directamente a la India pero todos sus intentos fracasaron. Estaban acostumbrados a un Mediterráneo de vientos pasajeros que soplaban en distintas direcciones. Un mar sin arrecifes y con muchos refugios naturales. Una gran ventaja para la navegación, pues en caso de tempestad no resultaba difícil guarecerse a esperar que la galerna amainara y los aires cambiaran de signo. En cambio, al llegar al Índico se enfrentaron a un océano furioso y a unos vientos que soplaban sin descanso en la misma dirección durante meses y meses. Pero su constancia acabaría siendo recompensada y se dice que fue Hípalo, un griego al servicio de Roma, quien descubrió el secreto de los monzones, tan celosamente guardado por los árabes, y consiguió viajar a la India en una nave romana. A partir de entonces los romanos comerciaron directamente con los puertos de aquel inmenso subcontinente donde obtenían sin intermediarios las especias y las mercancías fabulosas. Perdido el monopolio, la Arabia del sur inició una lenta pero imparable decadencia. La falta de recursos hizo que se descuidara el mantenimiento de la ingeniería hidráulica que arrancaba la vida al desierto. Como consecuencia, las acequias se cegaban y las presas comenzaron a resquebrajarse. Desde el Yemen, comenzó una lenta pero imparable emigración hacia Omán y al Golfo Pérsico, acelerada por el colapso definitivo de la presa de Mareb, que desde los tiempos de Saba irrigaba centenares de hectáreas de terreno yermo.
Con el islam, quinientos años antes de que los afamados marinos portugueses doblaran el cabo de Buena Esperanza y penetraran en el Índico en busca de sus especias, los árabes ya habían establecido la ruta marítima más larga y lucrativa del mundo, que se extendía del África Oriental a la mismísima China, pasando por las costas de Arabia, la India e Indonesia. Los árabes volvieron a dominar el océano Índico. Ya en el siglo IX navegaban directamente a Cantón en China. Dominaban las artes de la navegación: poseían grandes conocimientos de astronomía; construyeron observatorios y enriquecieron la enciclopedia matemática y astronómica de Ptolomeo. Estaban familiarizados con la brújula y utilizaban el astrolabio para calcular la posición por medio de los cuerpos celestes. Los capitanes tenían rahmanis (tratados náuticos) y suwar (cartas de navegación), y llegaron a poseer un conocimiento tan avanzado de los monzones que, utilizando almanaques especiales, podían predecir de manera precisa las fechas de llegada de sus veleros, por alejados que estuvieran los puertos desde los que zarpaban. El conocimiento del mar era algo que guardaban celosamente y la sabiduría la transmitían de generación en generación a través de poemas y canciones.
Para construir sus veleros, o dhows, importaban teca de la India, que era muy resistente al agua y a los parásitos que devoran las maderas. Las velas, al igual que hoy en día, eran las triangulares o latinas, que a pesar del nombre, no eran de origen romano. En realidad, la llamada vela latina fue introducida en el Mediterráneo por los árabes y resultaba mucho más aerodinámica y adecuada para aprovechar los monzones. Hasta entonces, en el Mediterráneo se utilizaba la vela cuadrangular, como habían venido haciendo los romanos, los griegos, los feniEn los veleros árabes no viajaban tan sólo las fabulosas mercancías sino también las ideas. El islam. Sin derramar una gota de sangre, los mercaderes difundieron el mensaje del Profeta por todo el Índico, llegando a los rincones más remotos. De las costas orientales de África Oriental, donde surgieron sultanatos importantes como Quiloa o Pate, a Malasia e Indonesia, el estado musulmán más poblado del mundo, pasando por Bengala o la costa de Malabar. Se produjo una lenta pero imparable emigración árabe. No sólo mercaderes: pequeños comerciantes, músicos y poetas. También los exiliados de las persecuciones políticas y de las guerras civiles, incluso jerifes o descendientes del Profeta, se establecieron en puertos remotos y sultanatos, sobre todo del África Oriental.
De hecho, el monopolio árabe del comercio de las especias, indispensables para el adobo y conservación de las viandas en una era sin frigoríficos, provocó la era de los grandes descubrimientos. En el siglo XIV, Enrique el Navegante lanzó sus naves a la búsqueda de una ruta que les condujera directamente a la India, saltándose así a los intermediarios árabes. Colón intentaría lo mismo por una ruta alternativa, con el pequeño inconveniente de que se tropezó con América. Pero aquellos invasores, al igual que les había sucedido a los romanos varios siglos atrás, penetraban en un océano extraño cuyos vientos les desconcertaban y en el que resultaba imposible desplazarse sin un profundo conocimiento de los mismos. Vasco de Gama supo explotar a su favor las rencillas entre los sultanes del África Oriental. Con su astucia, acabó por conseguir que el sultán de Malindi les proporcionara a Ibn Majid, el piloto omaní que le guió hasta Calicut en la India a finales del siglo XV. Con este hecho comenzaría el declive de los árabes en el Índico ya que perdieron el monopolio de las especias del Índico a manos de los portugueses y de los europeos que vinieron a continuación: holandeses, británicos, franceses. La paradoja es que el más grande de los navegantes árabes, contribuyó de facto a su decadencia como navegantes al revelar a los portugueses los secretos del Índico.
Los lusos se hicieron con Pate, Malindi, Mombasa, Quiloa, Zanzíbar y tantos otros sultanatos del África Oriental y conquistaron los principales puertos de Arabia. Pero un siglo y medio después, los omaníes los expulsaron de sus costas y acudieron a la llamada de sus “hermanos” de Mombasa. Como resultado, Omán creó un imperio que se extendía desde el sur de Mogadiscio hasta el cabo Delgado en el actual Mozambique. Zanzíbar era la perla del nuevo sultanato y su riqueza debido al cultivo de las especias, sobretodo del clavo, y al tráfico de esclavos, fue tal, que el sultán decidió trasladar la capital de Mascate en Arabia a la isla del Índico a varios miles de kilómetros. Más tarde el sultanato se dividiría entre dos hermanos mal avenidos y aunque bajo la misma bandera y dinastía, Omán y el sultanato de Zanzíbar que comprendía las posesiones africanas, siguieron cada uno su rumbo.
Con la irrupción de los europeos en el Índico, los árabes perdieron la supremacía comercial en aquel océano, pero jamás cesó el flujo de los veleros árabes que unían y cohesionaban un mundo único. A mediados de los años sesenta del siglo XX, los veleros árabes dejaron de cruzar el Índico, siguiendo las rutas que apenas habían variado desde los tiempos de Simbad. Ya no eran rentables, fueron arrinconados por los barcos modernos y también por la aparición de jóvenes naciones independientes que con sus aduanas, impuestos y fronteras, acabaron con aquel mundo basado en el libre comercio. Los puertos del Índico no sólo perdieron el contacto con los de Arabia sino también entre sí.
A finales de los años setenta, se me presentó por fin la oportunidad de asomarme a aquel mundo de los árabes del mar fabulado en la infancia. Sucedió tras un viaje al sur del Sudán para fotografiar a la tribu de los dinkas, cuando a punto estaba de regresar a Europa. Paseaba por la ciudad de Omdurman y de pronto la magia de un nombre trastocó completamente mis planes. “¡Sauakin!”, vociferaba un conductor de camión. En aquella época, estoy hablando de finales de los setenta del siglo XX, las comunicaciones eran muy difíciles en aquel país africano y el transporte se hacía en la caja de camiones, sobre sacas de cemento o arroz. En la época lluviosa en que me encontraba, los viajes solían durar días, ya que una lluvia imprevista podía convertir en pocos minutos la pista arenosa en un lodazal, debiendo esperar varios días a que el sol la secara de nuevo. “¡Sauakin!”, clamaba el camionero “¡Sauakin!”. Aunque se hallaba en el Mar Rojo, aquél era uno de los antiguos puertos de los árabes del mar al que arribaban los veleros procedentes del Índico. Como si hablara otra persona, me sorprendí a mí mismo apalabrando un lugar para la próxima salida que se efectuaría de madrugada. No, no podía, no debía regresar a Europa sin antes visitar aquel lugar mítico. Ver que quedaba de aquel mundo de los árabes del mar. Pero Sauakin había sido abandonado y de las antiguas casas palaciegas de los mercaderes apenas quedaba algún muro en pie. Contemplando aquel amasijo de cascotes que a la luz de la luna asemejaba un termitero lamido por el olvido, me decidí a buscar a los árabes del mar en los puertos de
Arabia. Quería viajar a Moca, Adén Mukala y de allí proseguir hacia Omán. No era aquel el momento. La difícil situación geopolítica con un Yemen dividido en dos naciones de signo político opuesto o la lucha de guerrillas en el Zufar en Omán, hicieron imposible mi deseo.
Veinticinco años después, a principios de este siglo, decidí retomar mi viejo y querido proyecto. Sin embargo a punto ya de aterrizar en Omán, me asaltó la inquietud: Si veinticinco años atrás, apenas había podido vislumbrar a un mundo que acababa de desaparecer, ¿qué estaba buscando ahora? ¿No estaría aquel mundo sepultado bajo las autopistas y los centros comerciales que la lluvia de petrodólares había precipitado”
Recorriendo los puertos de Sohar, Mascate o Sur, conocí por fin a viejos árabes del mar. Poco a poco, fui venciendo las naturales reticencias de unas gentes hospitalarias aunque retraídas y gané su confianza. Los viejos marinos me contaron sus experiencias: sentados en el suelo, sobre una alfombra, frente a una taza de fuerte café perfumado al cardamomo, me hablaron de travesías difíciles y de estrellas que presagiaban naufragios, de olas grandes como montañas y de la presencia de djins o genios a los que había que contentar. Me acogieron en sus casas, compartí con ellos asados de cordero y estofados de tiburón. Un capitán me llevaba a otro escribiendo una carta para algún compañero de aventuras de la infancia del que nunca más había sabido. Me sentía un poco como los viajeros de antaño que lograban lo que se proponían tras hacerse con una carta que era esgrimida una y otra vez ante los personajes adecuados. Cartas que, como varitas mágicas, permitían obtener otras nuevas para proseguir el periplo. Sí, un personaje me había llevado a otro y si en algún momento pareció interrumpirse la cadena, el azar se había encargado de engarzar un nuevo anillo.
No. No pude embarcarme en un velero como el de mis viejas fotografías. El mundo de los árabes del mar había casi desaparecido pero quedaba la memoria, y la había encontrado. En el avión que me conducía a Europa, mientras los primeros rayos de sol teñían de rojo el mar de Arabia, me estremecí recordando las vivencias y la emoción de los capitanes y antiguos mercaderes que había conocido. Su islam popular nada tenía que ver con el que se empeñaban en difundir los medios de comunicación. Hospitalarios, abiertos, generosos con sus vidas y recuerdos, ellos habían puesto rostro real a mi viejo sueño.
No puedo olvidar la emoción del capitán Abdala Cherif del puerto omaní de Sur quien me contó que cada noche soñaba con Zanzíbar. Antes de que, con su vuelo, las aves marinas delataran la presencia de tierra, incluso antes de que los veleros divisaran la silueta de la isla en el horizonte, ya sabían que se acercaban a Zanzíbar porque el viento llegaba perfumado con la fragancia del clavo. El capitán me dijo que cuando abandonaban la isla se cubría la vista para no ver como la silueta blanca de sus casas se desvanecía en el horizonte.
Recuerdo en especial al capitán Jafaar, enfermo de alzheimer que vivía en una cabaña en las costas de la Tihama en el Yemen. Compartía su vida con la anciana Aziza, que traficaba con espíritus y encantamientos, y dos jóvenes bellísimas a quienes apodé erróneamente “lunas entre estrellas”, porque como supe años más tarde en árabe la luna es masculina y el sol femenino. En un momento de lucidez, junto a la carcasa podrida de su viejo velero, el capitán Jafaar me reveló lo que significaba el mar, para los navegantes árabes. “¡Pilotando el Naim pasé mis mejores años!” confesó el anciano marino. “La vida era muy dura entonces, pero fui feliz. Era maravilloso, nos topábamos con las gentes más extrañas; nos relacionábamos con otros capitanes, con los marineros de todas partes de Arabia, de la India, de las Comores… Hablábamos árabe y suahili. En nuestro mundo, no existían ni los países ni las fronteras; todos éramos árabes, estuviéramos aquí, en Basora, Zanzíbar o Mombasa. Nuestra casa era cualquier puerto donde llegaran nuestros veleros. Pero la vida era difícil y los barcos modernos nos hacían la competencia. Un buen día los mercaderes que nos contrataban dejaron de hacer negocio, vendieron los viejos veleros y los sustituyeron por nuevos barcos con motores. Cuando los “negros” nos expulsaron de Zanzíbar, tras la revolución, supe que la navegación de altura, en nuestros veleros, había acabado. Ya no daba un rial.”
Jafaar miró al horizonte y suspiró: “Durante mi último viaje, mientras navegábamos de Yibuti a Asmara, en Eritrea, estalló una gran tormenta. El Naim hacía aguas y ordené echar la mercancía por la borda; por dos días estuvimos a merced del viento. Luego, al hamdulilá –gracias a Dios–, el mar se tornó una balsa de aceite y la marea nos arrastró hasta esta costa, pero con tan mala fortuna que chocamos contra unas rocas que abrieron un gran boquete. Finalmente varamos en esta playa de donde ya no me quise mover. ¿Para qué? Lo había perdido todo: algunos hombres, mercancías…”
“Capitán Jafaar, ¿qué es para usted el mar?”, pregunté.
Y entonces, en vez de hacer lo que hubiera hecho el común de los mortales, es decir: desplegar los brazos en redondo como para dar a entender lo inabarcable, unió las palmas de ambas manos y trazó con ellas una línea perfecta y recta desde la arena hacia el horizonte.
“El mar es el camino” afirmó rotundo. “El camino que nos comunica con los otros árabes de los puertos del Índico. Los árabes del mar”.
Jordi Esteva |
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CRISTÓBAL COLÓN Y EL MITO COLOMBINO |
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La exposición recientemente celebrada en el Museo Naval de Madrid ha conmemorado los quinientos años de la muerte de Colón en Valladolid el 20 de mayo de 1506. Su título, “Cristóbal Colón y el mito colombino” respondía a su intención de examinar la figura y los hechos de Cristóbal Colón a la luz de las distintas acepciones que tiene la palabra mito. Para ello se han expuesto exclusivamente los abundantes fondos que sobre el tema posee el Museo Naval y sus museos periféricos.
No cabe duda de que el proyecto presentado por Colón a los reyes Católicos era, de forma deliberada o no, un mito, es decir, un relato o noticia que desfigura la realidad, y le da la apariencia de ser más valiosa o más atractiva. Iluminado por este mito, el marino genovés intentaba llevar a cabo su plan de llegar a Oriente por Occidente, a las tierras de Cipango, y visitar los lugares gobernados por el gran Khan de Marco Polo. Mientras los turcos cerraban a los venecianos y genoveses la ruta mediterránea de las especias, y los portugueses descubrían otra ruta mucho más larga para llegar a Asia, Colón aseguraba que, aceptando la esfericidad de la Tierra y la existencia de alguna isla que pudiera servir de escala, era posible al
canzar la India por una ruta occidental que evitaría el peligro de los turcos y no colisionaría con los intereses portugueses, establecidos en los tratados firmados entre las dos monarquías ibéricas.
A pesar de lo erróneo de sus cálculos, los descubrimientos científico-técnicos aplicados al desarrollo de la navegación y el apoyo económico-político de la nomarquía de los reyes Católicos, hicieron posible comprobar que sus teorías, contaminadas por ficciones tardo medievales y religiosas, eran erradas, pero resultaron tan afortunadas que cambiaron el futuro de la Humanidad.
Si el plan de Colón estaba inmerso en el mito, también su figura fue mitificada a lo largo de los siglos y especialmente en el XIX, auspiciada por el movimiento romántico europeo, una de cuyas manifestaciones fue el auge de la novela y la pintura histórica. Efectivamente, la revitalización romántica de la figura de Colón en la literatura fue iniciada por Walter Scott, seguido por Washington Irving, Fenimore Cooper, Angelo Sanguinetti, Alphonse de Lamartine y un largo etcétera. En los mismos años en que Washington Irving estaba en España trabajando en sus obras, “Vida y viajes de Cristóbal Colón”,publicada en 1827 y “Viajes y descubrimientos de los compañeros de Colón”, publicada en 1831, el marino y académico
de la Historia Martín Fernán
dez de Navarrete es
taba inmerso en la
publicación de su
inmensa obra, “Co
lección de los viajes
y descubrimientos que
primer tomo apareció en 1825.
LAS TRES FACETAS DE CRISTÓBAL COLÓN
La exposición celebrada en el Museo Naval dividió sus fondos en tres ámbitos para explicar tres facetas distintas del personaje. El primero, denominado, “El entorno cortesano de Cristóbal Colón”, daba una visión de Colón en la Corte de los Reyes Católicos y de su bagaje profesional como marino, tanto en el Mediterráneo como en el Atlántico, mostrando una serie de embarcaciones y artillería de la época junto con documentos y personajes con los que se relacionó.
En el segundo, dedicado a “Cristóbal Colón y el mito romántico”, se pretendía mostrar las distintas representaciones, conmemoraciones e interpretaciones de la figura de Colón, realizadas durante el siglo XIX bajo el prisma y las características del movimiento romántico, y que tuvieron su cenit en la celebración del IV centenario de su hazaña. En ella podemos destacar el expediente del traslado de los restos de Colón, de Santo Domingo a La Habana, con motivo de la cesión de una parte de la isla a Francia en 1777, y el expediente del segundo traslado desde La Habana a Sevilla en 1898 junto con un modelo del aviso Giralda que los remontó por el Guadalquivir hasta Sevilla. La importante colección de medallas conmemorativas de Colón que conserva el Museo Naval y de dibujos interpretando su vida, también fueron reunidas en esta segunda zona de la exposición.
Por último, bajo el título “Tiempo de descubrir”, se agruparon los fondos que conserva el Museo Naval sobre la materialización de su plan y su llegada a las que consideraba las Indias, error que nunca abandonó. En ella se expusieron los tres modelos de las carabelas en las que realizó su primer viaje, utensilios que conformaban la vida a bordo de las tripulaciones, artefactos similares a los que encontraron en sus intercambios con los indios, instrumentos náuticos, mapas y cartas náuticas que facilitaron su navegación y confirmaron sus ideas geográficas. Entre todas estas piezas, la carta de Juan de la Cosa de 1500 donde se describen gráficamente las tierras descubiertas, constituyó el eje central de la exposición, ya que muestra un posible mundus novus en abierta discrepancia con el mito geográfico que movió a Colón.
La exposición del Museo Naval forma parte de los numerosos actos que se han venido realizando con motivo del V Centenario de la muerte del Cristóbal Colón. Al estar formada por piezas pertenecientes a los fondos del Museo, y a sus museos periféricos, permitirá a quienes se interesen por el tema, acercarse al tema del mito colombino en otro momento, una vez finalizada la exposición. Un amplio catálogo recoge las principales piezas expuestas, así como un interesante trabajo de Anunciada Colón de Carvajal sobre la peripecia vital del descubridor y otro de la bibliotecaria del Museo Naval, Nieves Rodríguez Amunátegui sobre los fondos bibliográficos colombinos conservados en este centro. Además, se añade como apéndice una relación de los fondos documentales sobre el tema, tanto bibliográficos como manuscritos e iconográficos que posee el Museo Naval, hasta 1900.
Maria Luisa Martín Merás
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COLÓN, UN MISTERIO SIN RESOLVER |
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La muerte de Cristóbal Colón en Valladolid, en mayo de 1506 ponía fin a una vida llena de misterios que continúan sin descifrar plenamente cinco siglos después. El protagonista del hecho más trascendental de la historia moderna se rodeó toda su vida de una aureola de misterio que le ha convertido en un personaje polémico, confuso y controvertido. A Colón se le ha tachado de visionario, genio, místico, héroe, cruel y ambicioso, pero también hay quien le ha calificado de mal administrador y empresario sin experiencia. A pesar de todo, es indiscutible que Colón realizó una hazaña extraordinaria y prestó a la Corona un servicio que puso a España a la cabeza del mundo.
Colón murió en Valladolid, el miércoles 20 de mayo de 1506, víspera de la Ascensión, rodeado de sus hijos Diego y Hernando. Con él se llevó la clave para conocer algunos de los secretos que guardó celosamente toda su vida, desde su verdadero origen hasta sus conocimientos de la existencia de América previos al famoso viaje de 1492. Como apunta Anunciada Colón de Carvajal en el prólogo del Catálogo de la Exposición recientemente celebrada en el Museo Naval de Madrid, la documentación que hoy se conserva sobre su nacimiento, infancia y vida antes de 1492 es escasa y los historiadores han trabajado siempre sobre hipótesis y sobre documentos “de autores que conocieron al Almirante, fueron contemporáneos suyos o tuvieron contacto y relación con sus hijos o con sus hermanos, Bartolomé y Diego. Sin embargo, en algunos casos, estos testimonios llegan a ser no coincidentes o contradictorios. Por el contrario, las fuentes documentales posteriores al viaje del descubrimiento nos permiten conocer multitud de detalles sobre la trayectoria colombina, sus intenciones e, incluso, sobre su vida íntima y sentimientos personales. Especialmente valiosa es la documentación privada, abundantísima, si la comparamos con la que se conserva de otros personajes históricos; no en vano sus contemporáneos decían “escribes más que Colón”.
Pese a esta abundante documentación y después de cinco siglos de especulaciones y estudios, tanto su figura como sus hazañas continúan envueltos en la polémica. Su vida parece una colección de incógnitas sin respuesta: ¿de dónde procedía?, ¿si era genovés, por qué no hablaba italiano?, ¿nació realmente en 1451?, ¿era un simple tejedor?, ¿fue pirata?, ¿tuvo contacto con los templarios?, ¿cómo conocía los vientos alisios?, ¿y la leyenda de Eric el Rojo?, ¿murió realmente sabiendo que había descubierto un nuevo continente?, ¿le confesó el camino a América un piloto moribundo que falleció en sus brazos?, ¿era judío como sostuvo Wiesenthal?, ¿era converso?.
Ni siquiera sobre su muerte que este año se ha conmemorado, hay demasiadas certezas. Murió en Valladolid, de eso hay constancia, pero la historiografía discute si el 20 y 21 de mayo y se ignora el lugar exacto. Consuelo Varela una de sus mejores biógrafas y estudiosas, sostiene que “ni conocemos cuándo fue efectuada la exhumación del cadáver del convento de San Francisco de Valladolid, ni quién llevó el cuerpo hasta Sevilla”. Colón, después de muerto, tuvo también un quinto viaje a América. “Viajó más muerto que vivo”, apunta Eslava Galán, autor de “El enigma de Colón y los descubrimientos de América”, un libro en el que se resumen de forma muy amena todos los “misterios” en torno a Colón y al encuentro con el Nuevo Mundo.
Hay historiadores muy solventes, como Carlos Fernández Shaw, que aseguran que “hoy día contamos con una cantidad razonable de datos históricos y cuestiones colombinas resueltas –o, al menos, con un estado de la cuestión lo suficientemente definido para saber si se podrá o no llegar a saber más en el futuro–”. También es tajante en esta opinión otro de los biógrafos más autorizados de Colón, el anglo-español Felipe Fernández-Armesto, quien afirma que el personaje se ha convertido en uno de los preferidos por los amantes de lo esotérico y lo misterioso, que han ido tejiendo una aureola de fantasías, la mayor parte sin fundamento. “La atracción entre Colón y los chiflados ha sido mutua, y si una de las numerosas comisiones para conmemorar el quinto centenario del descubrimiento de América ofreciera un premio a la teoría más estúpida sobre Colón, el concurso sería muy reñido”, afirmaba en 1990.
Hay dos textos fundamentales para acercarse a Colón: la biografía conocida buscando su rastro.
Sus propios diarios, en los que relata sus cuatro viajes, sólo han sobrevivido parcialmente por copias que hizo el propio De las Casas. En ellos tampoco se pueden hallar certezas. Dicen los estudiosos que el propio Colón quiso ser confuso y no dejar rastro de sus rutas y de su trayectoria vital.
¿DÓNDE NACIÓ?
Se ha dicho que era genovés, gallego, catalán, valenciano, mallorquín, ibicenco, portugués, corso, alemán, inglés, griego, el escandinavo, suizo, vasco y alcarreño. De todas estas teorías, a día de hoy prevalece la tesis genovesa.
Lo que sabemos con certeza es que era un emigrante con aspiraciones de gran
deza y por tanto, no quería que se conociera su condición modesta. Consuelo
Varela intuye que “Colón se estará riendo y mucho. Porque, al fin y al cabo, lo
que quería es que se hablara de él. Era un gran megalómano, pero, a la vez, un
enfermo: pensaba que había hecho algo muy grande y le obsesionaba que no se le reconociera”. Al descubridor le cabe,
en tanto, un gran mérito: “Quiso y pudo disimular su
nombre y emborronar su biografía hasta el punto
de que no sabemos si era genovés, pirata, judío,
gallego, portugués o alcarreño”, expone
Urresti, autor de “Colón. El Almirante sin rostro” (Edaf).
Para la historiadora Anunciada Colón de Carvajal, hermana del Duque de Veragua y descendiente del Almirante, el origen está muy claro: “En la familia siempre se dijo que era genovés, porque así lo aseguró su hijo Hernando y porque hay documentos en los que se describe visitas a familiares al Piamonte”.
Colón nació en torno a 1451 en Génova. Sus padres fueron Domenico Colombo, tejedor que al parecer también debió poner una taberna y vender quesos, y Susana Fontanarosa, hija de tejedores. Tuvo otros tres hermanos, dos de los cuales serían famosos. Sabemos también que estuvo casado primeramente con Felipa Perestrello, hija de un feudatario de la isla de Porto Santo (Madeira), hecho que lo ayudó mucho, ya que le permitió viajar mucho por esa área. Tenía un hijo, Diego, y vivía sin legalizar por la Iglesia con Beatriz Enríquez de Arana, a la que quiso pero con la que no se casó. Con ella tuvo un hijo natural, Hernando o Fernando, primer biógrafo del genovés.
¿CÓMO ERA SU ROSTRO?
El rostro de Colón es otra parte del enigma ya irresoluble. Los expertos han contabilizado al menos setenta cuadros, pintados entre el siglo XVI y XVIII, en los que aparentemente aparece el descubridor. No hay ninguno que se parezca entre sí. Con barba, sin barba, flaco, entrado en carnes, tímido, agresivo, rubio, moreno… No hay ninguna unanimidad. El más cercano a su época es el retrato Giovio, firmado por el pintor italiano Paolo Giovio en 1550: nada que ver con el Colón que imaginamos.
¿FUE EL PRIMERO EN LLEGAR A AMÉRICA?
Hoy se sabe con certeza que antes que él hubo otros, probablemente vikingos. Hay también centenares de teorías sobre los primeros “descubridores” de América, que van desde los fenicios (es fácil que llegasen a alcanzar estas costas en algún naufragio), hasta los templarios, pasando por supuesto por los marinos portugueses. Lo que está probado es la presencia de los vikingos en las costas de Terranova y parece muy probable que antes de 1492 llegasen arrastradas por las corrientes algunas embarcaciones que naufragaran en su rumbo hacia Canarias
o hacia la costa africana.
¿CÓMO SUPO QUE LA TIERRA ERA REDONDA?
En 1492, fecha del descubrimiento, los textos escritos por los filósofos griegos eran materia obligada en las universidades de toda Europa. Entre ellos se estudiaba a Ptolomeo de Alejandría, quien aseguraba que los planetas son esféricos y giran alrededor de un eje central en lo que llamó el “Universo Geocéntrico”. Esta teoría la explicaba a sus alumnos con un instrumento de varias esferas al que llamó “esfera amilar”, con el cual se demostraba la rotación de los cuerpos celestes y su forma esférica, incluyendo a la Tierra, la cual se consideraba como el centro del universo. Aristóteles, Eratóstenes o Aristarco eran también materia de estudio. Este último se hizo famoso en el año 240 antes de Cristo, al asegurar que la Tierra tenía forma redonda, gira sobre su propio eje y alrededor del Sol. Sus observaciones demostraron que el Sol se halla inmóvil y rodeado de planetas esféricos, que describen órbitas en un fondo de estrellas muy distantes de la Tierra y entre sí.
El astrolabio es un antiguo invento griego que permitía una reproducción tridimensional de la bóveda celeste para calcular la posición del sol y las estrellas, fue utilizado desde el año 180 por los astrónomos árabes, quienes lo hicieron muy popular en toda Europa durante la navegación. El instrumento basaba sus cálculos en el movimiento circular de los astros, tomando en cuenta la redondez de la Tierra.
El Atlas Farnesio, escultura fechada en Roma en el siglo II, representa al dios Atlas de la mitología griega del siglo VI antes de Cristo, sosteniendo el globo terráqueo… es la mejor evidencia para demostrar que 1.192 años antes del mal llamado “descubrimiento de América”, ya en toda Europa se conocía la redondez de la Tierra.
Por tanto, en contra de lo que se ha venido repitiendo durante siglos, antes del viaje de Colón ya se sabía que la Tierra era redonda y en toda Europa existían mapamundis redondos de madera y representaciones artísticas en las que aparece representada la Tierra como un globo.
¿POR QUÉ ESTABA TAN SEGURO DE LA EXISTENCIA DE LA RUTA A LAS INDIAS?
Cuando se le preguntaba a Colón sobre su seguridad en la existencia de otras tierras más allá del horizonte, lo resumía aludiendo a la Providencia Divina; y con ese argumento, convenció a los Reyes Católicos… Colón decía: “Me abrió Nuestro Señor el entendimiento para navegar de aquí a las Indias, y la voluntad para la ejecución de ello; y con este fuego vine a Vuestras Altezas”… Pero ¿cómo sabía realmente Colón la ruta a seguir…? Lo cierto es que antes del descubrimiento existían muchos mapas de rutas marítimas y Colón tenía como profesión la cartografía, lo que le hacía estar en contacto con muchos marinos aventureros. Un astrónomo florentino llamado Paolo del Pozzo Toscanelli, dieciocho años antes del viaje de Colón, comercializaba un mapa, donde aparece con lujo de detalles de América, incluyendo una región denominada “Antilia” . Está también el famoso mapa del almirante turco Piris Reis, descubierto en 1929, en el Museo Topkapi en Estambul, que parece anterior al descubrimiento de América. En él se muestran detalles geográficos del nuevo continente, con coordenadas casi idénticas a los mapas modernos. Estos mapas demuestran que América era conocida, así como la redondez de la Tierra.
También se dice que un marino portugués que había hecho previamente el viaje, le contó a Colón en Azores la existencia de estas tierras.
¿A QUÉ ISLA LLEGÓ COLÓN?
Colón llegó el 12 de octubre de 1492 a la isla Guanahaní que bautizó como San Salvador, hoy isla Watling en el archipiélago de las Bahamas. Colón nunca señaló en ningún plano la ubicación de esta isla; sólo se limitó a describirla, en base a lo cual, los historiadores han identificado como San Salvador… Colón: “es una isla baja sin montañas, cubierta de palmeras y con la peculiaridad de no tener agua dulce, lo que me impide abastecer las naves, por lo que me veo obligado a abandonarla prontamente”. Sin embargo, la isla Watling que señalan los textos no responde a la descripción de Colón, por poseer gran cantidad de colinas y además tiene abundante agua dulce.
¿ERA REALMENTE CARTÓGRAFO?
Otro de los grandes misterios de Colón es su profesión de cartógrafo, que le adjudica un conocimiento profundo y detallado de la geografía; sin embargo, a pesar de su profesión y la imperiosa necesidad de registrar esos supuestos territorios que se presentaban ante sí, Colón sólo dibujó un mapa sin mayores detalles de la isla de La Española. Tampoco se conoce el “Diario de Abordo” donde Colón debió anotar los acontecimientos de sus cuatro viajes al Nuevo Mundo, que supuestamente desapareció, para convertirse en un misterio más de todos los que se relacionan con el aventurero genovés.
LA FIRMA DE COLÓN
Es otro misterio sobre el que se ha especulado enormemente. Colón utilizaba como firma personal tres “S” en forma de pirámide con una “A” al centro, sobre las iniciales “XMY”. Una firma o anagrama que ha desatado todo tipo de interpretaciones. Muchos afirman que es muy extraño que Colón siendo un cartógrafo y escritor, no tuviera una firma que lo identificara ante la realeza y lo inmortalizara ante la historia. Un misterio más que se suma a los incontables enigmas del mítico Colón.
SOBRE SUS RESTOS MORTALES
El último de los misterios es el de sus restos mortales. Cuatro ciudades se disputan la posesión de las cenizas de Cristóbal Colón: Santo Domingo, Sevilla, La Habana y Valladolid… A pesar de esta disputa, los esfuerzos se concentran en sólo dos tumbas: la de Santo Domingo y la de Sevilla.
Se sabe poco seguro sobre ello. Cuando muere en Valladolid es enterrado en una capilla del convento de los franciscanos, donde permanecerá hasta 1509. Entonces se trasladan a la cartuja de Las Cuevas, en Sevilla. Sus restos permanecerán allí treinta y cinco años, hasta 1544. Siguiendo a Fernández Shaw es entonces cuando surge la primera duda. “La “hipótesis romántica” propone que la cartuja sevillana –que, como se sabe, está al lado del río Guadalquivir– sufrió inundaciones; en una de esas riadas, el río se llevó aguas abajo el ataúd y lo sepultó allí donde debe estar un almirante, es decir, en medio del océano. Sin embargo, lo más probable es que fuera llevado a Santo Domingo, en cuya catedral sería enterrado. La memoria se va perdiendo y nadie se acuerda del almirante. Por el tratado de Basilea de 1795 hay que trasladar a Cuba los restos de Colón. ¿Se llevan los verdaderos, engañan a los negociadores españoles o, sencillamente, ya nadie sabe dónde están los restos de Colón? Los huesos se trasladan a La Habana; y de ahí, a Sevilla, donde se construye el enorme mausoleo de la catedral”
“Sin embargo” –prosigue Fernández Shaw– “en 1877 se descubre una urna que parece decir lo siguiente: “CC I A”. ¿“Cristóbal Colón Primer Almirante”? ¿Son, por tanto, sus huesos? Los dominicanos han escrito palabras muy sensatas para demostrar que sí lo son. En los últimos años, un equipo integrado por antropólogos, físicos, biólogos e historiadores de la Universidad de Granada, han aplicado los modernos métodos de estudio a los ciento ochenta gramos de huesos que quedan de Colón en Sevilla. Según los resultados, sus huesos probablemente están repartidos entre Sevilla y Santo Domingo.
Dolores E. Pérez
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