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Boletín
nº 29 |
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VIAJE A LOS CONFINES DE LA ANTÁRTIDA |
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Cuando escribí el relato publicado recientemente
bajo el título “Alcanzar la cumbre de
cristal” la Antártida era un poco más blanca, un poco más pura. Cuando mecanografié
aquellas páginas, folio a folio, con una vieja máquina de escribir, apenas
había ordenadores y yo tenía aún recientes las congelaciones en todos los dedos
de las manos y los pies tras mi odisea en el Aconcagua y la dura travesía por los
hielos de la Antártida hasta lograr la cima del Mount Vinson. Este libro, editado
por National Geographic, con un afectuoso prólogo de mi buen amigo Sir Edmund
Hillary es, en cierto modo, un homenaje a su liderazgo moral.
Hasta aquel momento de la victoria en la cima suprema de la Antártida, tan sólo
una expedición española había realizado esa ascensión, aunque por otra ruta, en
el marco de una misión científica y alpinística (Jerónimo López y Pedro Nicolás).
Así pues, en aquel lejano invierno de 1991 se añadía una nueva primera
ascensión nacional por la vía del glaciar Branscomb y pionera para Cataluña,
tierra de montañeros. Posteriormente,
diversas –y escasas– expediciones
de compatriotas nuestros, civiles y
militares, han gozado del momento
mágico de coronar ese emblemático
y remoto pico de hielo diamantino.
Escribir sobre la propia aventura
vivida es un género literario
antiguo, intemporal. Numerosos
investigadores creen que Homero
no es más que un seudónimo
(significa “ciego”) de alguno de
los testigos directos que vivieron
la guerra de Troya y narró la epopeya
de la Ilíada y las andanzas de
Ulises en la Odisea. Es este, por
tanto, un libro a corazón abierto,
donde el autor se desnuda y cuenta
sus logros y sus miedos; sus momentos
de gloria y sus fracasos con
lenguaje directo. Este libro fue
distinguido con el segundo premio
literario de la Asociación Española
de Médicos Escritores. Y vista la
historia descrita con perspectiva,
más importante que la aventura y
el logro, nada desdeñable, de alcanzar la cumbre, es la realidad del continente
helado, vulnerable ante el cambio climático a nivel planetario.
Es cierto que el relato narrado en el libro fue escrito en 1992, el siglo pasado,
al regresar de la expedición polar. Evidentemente, a la luz de los tiempos
que corren, su lectura destila dulces anacronismos en descripciones ingenuas
de algunas situaciones que actualmente, con el paso de los años, se han
dramatizado. Hace casi dos décadas no era nada fácil viajar a determinadas
zonas del planeta ni existían tantas infraestructuras ni tecnologías para la comunicación.
El mero hecho de que no se usara aún el teléfono móvil como
en la actualidad, complicaba extraordinariamente el contacto con el mundo
exterior cuando se exploraba un territorio remoto y aislado, incrementando
los riesgos y la percepción objetiva del peligro real. Aventurarse era desconectarse
de veras.
Muchas cosas han cambiado en la Antártida. Algunas circunstancias esbozadas
en el texto, intuidas como futuribles, se han confirmado. Otras sospechas,
aunque ya parecieran probables, han precipitado su evolución. Hoy
la Antártida se halla gravemente afectada por el calentamiento global de la
Tierra, quizá a causa del efecto invernadero, y esa elevación paulatina de la
temperatura del planeta amenaza todo un universo precioso, un ecosistema
delicado y frágil, y las reservas de agua dulce del planeta concentradas en
sus millones de toneladas de hielo. Grandes masas heladas se desprenden
del casquete polar, enormes icebergs, como islas que van a la deriva hasta
que al acercarse a latitudes menos frías inician su proceso de fusión, convirtiéndose
finalmente en témpanos flotantes y luego en agua salada que
se disuelve en la del océano, elevando progresivamente el nivel del mar
en las costas. Tal vez imperceptiblemente hace unos lustros, pero de modo
inquietante en los últimos años. También preocupa y mucho el agujero de
la capa de ozono sobre la Antártida, que impide el filtro atmosférico para
determinadas radiaciones cósmicas que pueden ser nocivas, no sólo para los
ecosistemas autóctonos sino para el conjunto de especies del globo y para la
siempre vulnerable humanidad.
Hoy se sabe que la Antártida está formada en un noventa y ocho por ciento de hielo y
en un dos por ciento por rocas estériles, y que contiene el noventa por ciento de agua
de todo el planeta, y al menos el setenta por ciento del líquido vital es agua potable,
una estratégica reserva para la supervivencia en el futuro; esos catorce millones de kilómetros
cuadrados de superficie (mayor que Estados Unidos), ganan veinte millones
más cuando la periferia oceánica que la rodea se congela en el invierno austral y la
convierte en el tercer continente más grande del globo. Si la capa de hielo se derritiera
en su totalidad, el nivel del mar subiría, en promedio, 69 metros...
Es, sin duda, el continente más frío, ventoso y seco de la Tierra. La capa de hielo
con base terrestre que cubre el continente blanco, el permafrost, se ha ido
incrementando debido a siglos de nevadas. Su grosor promedio es de 2.200 metros,
y el punto culminante es precisamente el monte Vinson, en la cordillera
Ellsworth, alcanzando su cumbre los 5.140 m. de altitud, aunque en algunos
documentos se estima en 5.620 m. sobre el nivel del mar. Una escalada de altura
considerable, máxime en las rigurosas condiciones polares...En la Antártida el
frío es permanente; el récord es de 90 grados centígrados bajo cero. Inspirar una
bocanada de ese aire helado podría
causar un broncoespasmo agudo o
desencadenar un un infarto fulminante.
Los vientos que barren sus
inmensas llanuras, dunas y montes,
soplan hasta a 330 kilómetros por
hora. Los temporales son sordos, sin
truenos ni relámpagos, y arrastran la
nieve endurecida; especialmente el
blizzard, la ventisca de las tormentas
con huracanados vientos catabáticos
que hacen muy difícil la progresión
del explorador, del científico o del
montañero, sometido a un desgaste
brutal a merced de los elementos
cuando se halla a la intemperie. Pero,
eso sí, el aire es el más puro y nítido
del planeta, facilitando la visión
clara a larga distancia; es aséptico y
estéril, carente de la mayoría de gérmenes.
Parece ser que no prosperan
los virus pero sí algunas bacterias,
hongos y levaduras.
En la Antártida ocurren fenómenos
ópticos únicos, como la aurora austral,
por encima de los cien kilómetros
de altura, por efecto de los vientos solares y las partículas heladas en suspensión,
con sus luces celestes de las más variadas formas y colores. O el llamado blanqueo,
durante el cual no se proyectan sombras; o los clásicos espejismos, cuando los rayos
de luz refractan en la superposición de capas de aire de diferentes temperaturas. Tal
vez uno de los efectos más llamativos sean el amanecer y el anochecer tan solo dos
veces al año en el Polo Sur. Es de día durante seis meses y de noche el otro medio
año, con diferentes intensidades, como se destaca en mi narración.
En la época en que transcurrió la expedición relatada en este libro era impensable
hablar de turismo en la Antártida, aunque había rumores de proyectos para
multimillonarios. Desde hace unos diez o doce años el continente inmaculado
va recibiendo visitas sin otro propósito que poder ver paisajes imponentes, avistar
pingüinos, fotografiar, tocar in situ y decir que se ha estado allí, aunque se
limiten a la costa, sin penetrar en la hostilidad y dureza del interior del hielo
perpetuo y el clima inhóspito. La organización Mundial del Turismo ya ha tomado
medidas para racionalizar la afluencia de visitantes y la Asociación Internacional
de Operadores Turísticos Antárticos regula la actividad en ese continente
y agrupa a las compañías que operan en la zona.
La ONU declaró que el Año Polar Internacional se celebre entre marzo de 2007
y marzo de 2008. Este evento reunirá a unos diez mil investigadores de una cincuentena
de países y dispondrá de unos mil millones de dólares para conducir
unos mil proyectos de investigación. El objetivo es estudiar a fondo la realidad
en ciernes a fin de poder contribuir científica y tecnológicamente a evitar un deterioro
irreversible en los desastres ecológicos que la actividad humana está causando
en las zonas polares del planeta. El cambio climático
está acelerando una metamorfosis de final incierto.
Los datos citados en el libro “Alcanzar la cumbre de cristal”
–que fue el primero en España de estas características–
tanto geográficos, topográficos, científicos e históricos,
sirvieron de inspiración a otros exploradores y fueron
la base literaria motivadora para emprender nuevas expediciones
polares en la Antártida. Esta obra pionera en su
género conserva el vetusto aroma que destila todo relato
pretérito, ya clásico, al ser contemplado a la luz de la nostalgia
propia del tiempo transcurrido.
Pero, sin duda, el prólogo es la más valiosa documentación
contenida en todo el libro. Las palabras de Sir Edmund
Hillary, ahora ya leyenda tras su reciente fallecimiento,
constituyen para mí el mejor testamento moral, junto a las más de treinta cartas
que me envió en los últimos diecisiete años, en un intercambio epistolar entrañable.
Ese recuerdo imborrable de un amigo querido adquiere hoy categoría
documental, además de su carga sentimental. Por esa razón, merece la pena
reproducir el prólogo como homenaje al héroe del Everest que fue, por encima
de todo un hombre generoso y solidario, que dedicó su vida a ayudar a la población
sherpa del Himalaya, construyendo hospitales, escuelas, puentes colgantes
y canalizaciones de agua potable. Lo esencial para el desarrollo y la vida. Descanse
en paz el caballero que nunca dejó de ser campechano.
José Antonio
Pujante
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EL LIBRO PARA NAVEGANTES DE PIRÎ REIS |
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Remontémonos a los siglos XV y XVI adentrándonos en un mar Mediterráneo, convulso y activo
escenario de intercambios, para conocer la vida de uno de sus protagonistas.
Pîri Reis fue un corsario, cartógrafo y almirante turco a las órdenes del sultán
Otomano en los tiempos en que la cruz y la media luna se enfrentaban en
los mares. Reis dibujó mapas y confeccionó derroteros que fueron herramientas
fundamentales para la navegación y sirvieron para descubrir el mundo a sus
contemporáneos.
En 1929, unos obreros que trabajaban en la rehabilitación del palacio de Topkapi
descubrieron un mapa entre los escombros. El mapa, policromado, de unas
medidas aproximadas de 85 x 60 cm. y realizado sobre piel de gacela, mostraba
el océano Atlántico. Las costas de Europa, África y también las de América estaban
dibujadas con sorprendente precisión, con un conocimiento de trigonometría
esférica propio de siglos muy posteriores. La carta estaba firmada por un
navegante turco en 1513. Su nombre, Pîri Reis.
Durante mucho tiempo, el mapa de Pîri Reis ha sido un misterio. ¿Cómo pudo
cartografiar las costas americanas, recién descubiertas, hasta la Antártida? ¿En
qué fuentes se basó? ¿Qué contactos tuvo con Colón?
Hoy conocemos nuestro mundo al detalle. Además de poder viajar a
donde queramos, las noticias nos llegan de cualquier lugar de la Tierra
prácticamente en tiempo real, podemos ver el mundo en nuestra propia
pantalla gracias a las imágenes de satélite… pero en tiempos pasados,
descubrir y describir el mundo conocido fue tarea de viajeros, navegantes
y cartógrafos, una labor científica que tuvo su época de oro en el Renacimiento.
Los simbólicos mapas de la Edad Media dejaron de ser útiles a los comerciantes,
corsarios y militares del comienzo de la Edad Moderna. Se hacían necesarios
mapas actualizados de las costas que permitieran a los navegantes avanzar
y proseguir el descubrimiento de nuevas tierras que poco a poco estaban ampliando
el universo conocido. Europa se expandía por el Atlántico y los árabes
recorrían los mares de Oriente; era sin duda necesario dibujar unos nuevos mapas
menos místicos, más prácticos y científicos. Llegaba la era del desarrollo de
la cartografía.
NAVEGANTE Y CORSARIO
Pîri Reis fue uno de esos nuevos cartógrafos. Nació en Galípoli, ciudad costera
turca y gran puerto de la flota otomana, entre 1465 y 1470, la fecha no
está clara. Fue un niño criado en la mar: “El niño de Galípoli creció en el
agua como un caimán, su cuna fueron los barcos”. Desde muy joven embarcó
con su tío, el famoso almirante Kemal Reis, curtiéndose en largas navegaciones
y pasó a formar parte de la armada oficial otomana en la época de
Selím I.
Durante estos primero años navegó por el Mediterráneo Occidental combatiendo
y saqueando numerosos barcos e intereses españoles, portugueses e italianos.
Y fue precisamente en esta época de principios del siglo XVI cuando, junto
con su tío, colaboraría en la emigración de musulmanes y judíos expulsados por
los Reyes Católicos.
En 1501, el barco de Kemal Reis se enfrentó a la flota española en las costas de
levante. Tras una batalla, Reis capturó un navío español con objetos provenientes
de América. A bordo iba un marinero que había hecho los tres viajes con
Colón y por el que Pîri tuvo conocimiento del misterioso mapa de Colón, que
jamás se ha encontrado y que sería la base de su obra…
Además por esta época apareció la figura de Abrahán Zacuto, matemático y astrónomo
judío español que acabó expulsado de España y posteriormente de
Portugal para acabar en Estambul. Zacuto había tenido acceso a todas las informaciones
de los viajes de Colón y los descubrimientos portugueses y pudo conocer
a Pîri Reis al trasladarse a la capital otomana.
Algo más de diez años después, en 1513, Pîri Reis dibujó su famoso mapa de
América, que él confesó dibujar a partir de muchas fuentes, ya que el nunca estuvo
en el nuevo continente. Menciona al “infiel llamado Colón” que descubrió
tierras en el mar de occidente y habla de sus fuentes, donde encontramos el primero
de los misterios de sus mapas: “En nuestro siglo, no hay otro mapa como
este. Vuestro servidor lo ha dibujado y ahora está completo… A partir de veinte
cartas y mapas mundi de los tiempos de Alejandro”.
EL MISTERIO DE LAS FUENTES
Pîri Reis pudo tener acceso a la Biblioteca Imperial de Constantinopla, la cual a
su vez contenía entre sus volúmenes los pocos escritos que quedaban de la Biblioteca
de Alejandría. De estas antiguas fuentes y de las recabadas a lo largo de
sus viajes obtuvo los datos cartográficos volcados en sus mapas. Además declara
en su obra que sus fuentes cartográficas se desvanecieron con el tiempo, así como
la mayor parte de los registros escritos.
El mapa de América de Pîri Reis es un fragmento, una sexta parte de un mapa
mayor que en proporción podría contener todo el planeta, es decir un atlas
mundial del que nunca se han encontrado las otras partes salvo otro mapa de
1528 que contiene parte del Atlántico Norte.
Siempre se ha sabido que en la antigüedad hubo culturas marineras que pudieron
recorrer los océanos sin que nos hayan llegado datos comprobables hasta
nuestros días. Se tiene como un hecho aceptado que los viajes de Colón y de los
portugueses del siglo XV y principios del XVI, fueron los primeros que abrieron
los océanos a Occidente. Pero estos mapas de Pîri Reis son una incógnita histórica
que tal vez nos están diciendo que mucho antes ya se habían recorrido estos
mares. Aunque el uso del método científico no explica del todo la perfección del
fragmento de su mapamundi… incluso sabiendo cómo lo hizo, sigue planteando
dudas: “se sabe que un libro cayó en manos del citado Colón y que encontró en
él que decía que al final del mar Océano, en su lado occidental, había costas e islas
y toda clase de metales y también piedras preciosas”. ¿En qué fuentes bebió
Colón? ¿Es cierto que Pîri Reis conocía esos enigmáticos mapas que impulsaron
al genovés hacia América?
UN MAPA CON PRECISIÓN FOTOGRÁFICA
En 1963 el científico Arlington H. Mallery, trabajando con el Instituto Hidrográfico
de la Marina estadounidense, estudió el mapa con modernas técnicas y
afirmó que las costas que dibujaba Pîri Reis coincidían con una precisión sorprendente
a las costas reales. Más tarde ayudado de las Fuerzas Aéreas con
mapas de infrarrojos llegó a la conclusión que el mapa de América de Pîri Reis
contenía el contorno de la Antártida de hace 11.000 años, una Antártida sin hielos.
Es decir, el mapa de Pîri Reis coincidía sorprendentemente con la línea de
costa rocosa que lleva miles de años bajo el hielo.
Cabe recordar que desde tiempos anteriores a Colón, se creía en la existencia
de un continente en el extremo sur del mundo, y en muchos mapas figura una
masa sin forma específica. Se dice normalmente que se situaban tierras allí por
el solo hecho de equilibrar la distribución de tierras del mundo. Este argumento
fue muy exitoso en explicar la aparición de continentes no conocidos en los mapas
del siglo XVI, pero no puede explicar la precisión en las siluetas de los mapas
de Pîri Reis.
El imperio otomano como cultura puente ente el Oriente más lejano y la Europa
occidental fue durante siglos el filtro de muchos conocimientos. Los navegantes
fenicios, los griegos y romanos, los propios árabes y hasta los navegantes
chinos fueron dejando un legado que nunca llegó a Europa, pero que Pîri Reis
si pudo utilizar. “La región se conoce con el nombre de Antilia. Está del lado por
donde se pone el sol. Dicen que hay cuatro tipos de loros: blancos, rojos, verdes
y negros. La gente se los come y luego se hacen tocados con las plumas de loro.
Hay una piedra, parece pedernal. Es muy dura”.
EL LIBRO DEL MAR
En años sucesivos, Pîri Reis seguiría trabajando en la que iba a ser su obra menos
conocida, pero la más importante: El Libro del mar (Kitab i Bahriye). Una
recopilación de 430 páginas y más de 200 mapas del mediterráneo que tristemente
han estado en la sombra del misterio de sus mapas de América pero que
ocupan un papel primordial en la historia Otomana y en la cartografía náutica
mundial.
En él se resumen los conocimientos, tanto cristianos como otomanos sobre el
Mediterráneo medieval, así como los primeros logros de la navegación astronómica,
como pone de manifiesto en la referencia a las estrellas y al uso del astrolabio
y otros instrumentos del siglo XVI.
Realizado entre 1511 y 1521, el Kitab Bahriye contiene información detallada
sobre los puertos, bahías, penínsulas, islas, estrechos, vientos y corrientes del
Mediterráneo. Pero también nos habla de las ciudades y sus habitantes, así como
de las culturas que se encuentran en sus costas.
Pîri Reis era el piloto de la Galera que llevó a un visir de Solimán en un viaje a
El Cairo en 1524. En ese viaje tuvo la oportunidad de enseñárselo, quedándose
éste impresionado y prometiéndole mostrarlo al Sultán si realizaba una edición
más perfecta y mejorada. Como consecuencia, el Bahriye fue regalado al
Sultán en 1524 y hoy se conserva en el museo Topkapi de Estambul. Los mapas
que contiene son obras maestras de la miniatura Turca, están realizados con un
estilo perfecto e iluminados con panes de oro y plata. Se incluyen comentarios
del tipo: “la ciudad de Venecia tiene un área de 12 millas…consiste en partes de
tierra y “an ear” de mar. El agua es en algunas zonas poco profunda y en otras,
mucho. Los venecianos construyeron su ciudad sobre pilones en las zonas poco
profundas…”
El hombre que se había atrevido a dibujar todo el mundo conocido con afán
enciclopédico, para pintar su mar, dibujaba ahora en este trabajo pequeños
mapas complementados por textos informativos sobre las costas, los puertos
y las gentes del Mediterráneo. “El Libro del mar” está considerado el
primer Derrotero por la envergadura y el concepto. Se convertía así en una
herramienta de navegación imprescindible para los marinos ya que, aunque
esa obra más ornamentada y
mejorada, estuviera en manos
del Sultán, circulaban copias
más sencillas, en cuanto a su
decoración, que eran el instrumento
de cualquier barco
otomano que navegase por el
Mediterráneo.
Pîri Reis quiso dar un herramienta
útil a sus contemporáneos
para navegar con seguridad
por el mar y comienza su obra
con una sencilla pero contundente
frase: “Las palabras vuelan
y los escritos permanecen” y
ciertamente con su magna obra
consiguió perdurar a través del
tiempo hasta nuestros días.
Pîri Reis utilizaba un método
científico para dibujar sus mapas
y si no los podía dibujar y
relatar de su propia experiencia
solo admitía las informaciones
comprobadas y fidedignas
de cómo podía ser una costa y
lo que se encontraba en ella. Y
aún así diferenciaba claramente lo que extraía de otras fuentes y lo que había visto
en el momento de redactar los textos que luego serían leídos por los marinos.
Dice Pîri: “El trabajo realizado en este libro revela que no puede hacerse ninguna
exposición si no está basada en hechos…”
La Fundación Fomar publica en estos días una traducción inédita del otomano
medieval al castellano de esta obra, un trabajo de traducción muy costoso
que comenzó hace más de quince años y que hoy ve la luz en una edición de
lujo que puede servir tanto para maravillarse como para la investigación de los
historiadores, ya que reproduce la totalidad de los mapas y textos y además incluye
una edición facsímil de la obra original.
EL FINAL DE PÎRI REIS
Pîri Reis siguió navegando y entre
1528 y 1540 permanecería
destinado en el arsenal de Estambul
hasta que en 1547 fue
nombrado almirante de la flota
de Egipto, Mar Rojo y la India
con la misión principal de controlar
las incursiones y la expansión
portuguesa por el norte del
Indico.
Como almirante, mantuvo constantes
los enfrentamientos con
la armada lusitana hasta que en
el año 1553, debido a sus continuas
derrotas en Ormuz contra
unas embarcaciones, las portuguesas,
mucho mejor preparadas
que los barcos mediterráneos
que él manejaba, fue
sometido a un juicio lleno de
intrigas en El Cairo y mandado
decapitar. Tras una larga vida
consagrada a la armada otomana
moría a los 88 años.
Durante aun largo tiempo, las copias de su Bahriye seguirían iluminando las travesías
de los marineros turcos por el Mediterráneo a la vez que se perdían sus
famosos mapas de América.
La historia de la náutica es la historia del descubrimiento, de la comunicación
entre los pueblos. Pîri Reis se convierte en un modelo, enseñándonos
que en una época de conflicto como la suya, como la nuestra, es posible
ser un científico, un humanista y trabajar para ampliar el mundo conocido,
para favorecer la comunicación y el intercambio entre culturas y civilizaciones.
Este año de 2008 es el 225 aniversario del comienzo de las relaciones diplomáticas
entre Turquía y España. Fue en enero de 1788 cuando Federico Gravina al
mando de la fragata Santa Rosa trasladaba a Estambul al embajador de la corte
Otomana, el primero que con tal carácter vino a la Corte de Madrid después de
la paz con Turquía, firmadas por nuestro rey Carlos III y Mustafá III, gran señor
de la Sublime Puerta.
Han sido más de doscientos años en los que los dos países han encontrado un
marco de intercambio y conocimiento como el que pretendía Pîri Reis con
su obra: acercar y dar a conocer para mejorar las relaciones entre los que se
aventuraban en este mar Mediterráneo, un eterno escenario de encuentro
que necesita figuras como la de Pîri Reis: observadores tolerantes, científicos,
capaces de transmitir conocimientos, de tender puentes que favorezcan la comunicación.
Su legado es su obra y su método. Recoger información, unificar escalas de los
distintos mapas, proyectar y dibujar honestamente y con precisión, mapas que
difundan el conocimiento. Así, sus dibujos convierten a Pîri Reis en un magnífico
cosmógrafo y cronista, un humanista que investigaba dando fe de los avances
de su tiempo.
Alberto Flechoso
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VIAJES DE PAPEL. La Biblioteca Histórica de la Complutense y su colección de libros de viajes |
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En el corazón del Madrid antiguo, junto a la antigua Universidad
Central de la calle San Bernardo, se encuentra un edificio que
pasa casi desapercibido, pero que guarda la segunda colección de libros anteriores
a 1830 más importante de nuestro país después de la Biblioteca Nacional.
Una de sus colecciones más singulares y ricas es la de los libros de viajes, con
más de 1.200 obras en ediciones desde el siglo XV al XIX. En esta colección
destaca, sin duda, el conjunto procedente de la biblioteca personal legada por el
médico y bibliófilo Francisco Guerra.
Ser lector y coleccionista de libros de viajes supone, en primera instancia, tener
curiosidad por el conocimiento que sobre el mundo se ha ido produciendo a lo
largo de los siglos. La construcción de la imagen del mundo es una de las hazañas
más apasionantes que el hombre puede vivir. Y acompañar, a través de los
libros que escribieron, a aquellos viajeros que quisieron romper los límites del
espacio conocido se convierte, sin duda, en una de las mayores aventuras intelectuales
que puede emprender el hombre moderno.
No es fácil hacer, en una primera aproximación como la que aquí se presenta,
una valoración rigurosa del conjunto de libros de viajes que posee la Biblioteca
Histórica. Todas las épocas, desde el siglo XV, están representadas: los primeros
descubrimientos de los portugueses en África y en las Indias, la llegada de
los españoles a América, la entrada de los ingleses en el panorama colonial, la
penetración de los jesuitas en el Oriente Lejano, la búsqueda del Preste Juan
en Etiopía, los grandes viajes científicos de la Ilustración, la llegada a los Polos,
el interior de África o los relatos de peregrinación a Tierra Santa. Y cualquier
destino imaginable tiene un hueco en sus estanterías: China, Angola, Australia,
Filipinas, California, el Tibet, Egipto, Senegal, la Conchinchina, el Orinoco,
Japón, Paraguay, Rusia, el Amazonas, España, Persia, etc. A todos estos lugares
viajamos con exploradores, piratas, misioneros, peregrinos, científicos, colonizadores,
espías, mártires, militares, reyes, bucaneros, y muchos más personajes
que a través de sus relatos nos abren los ojos a experiencias de conocimiento
muy vivas y llenas de enseñanzas para el hombre moderno.
Pero, además, este conocimiento se nos ofrece en libros contemporáneos de las
aventuras descritas, primeras ediciones, ejemplares únicos en España, obras de
gran rareza, libros llenos de magníficos grabados con vistas de paisajes y mapas,
bellamente encuadernados, con antiguos poseedores ilustres, publicados en las
principales imprentas europeas, en muchos casos de difícil acceso para el investigador
español y, en definitiva, de una importancia singular para el bibliógrafo
y el historiador de la ciencia. Porque si de algo hablan los libros de viajes es de
ciencia en sentido amplio. Una ciencia en la que se conjugan sin fracturas los
conocimientos científicos con el desarrollo del pensamiento humanístico y la
reflexión desde la perspectiva social con la aventura tecnológica.
UNA VUELTA AL MUNDO DESDE EL SILLÓN
Los lectores que quieran darse una vuelta al mundo desde un cómodo sillón de
nuestra biblioteca pueden elegir entre una escogida selección de relatos y comenzar,
por ejemplo, por formar parte del séquito del embajador del rey castellano Enrique
III, Ruy González de Clavijo, recorriendo Asia hasta llegar a Samarcanda para
conocer la corte del Gran Khan, a través de la primera edición de la obra publicada
en Sevilla por Andrea Pescioni en 1582, o de la segunda, la madrileña de Sancha de
1782. O, quizás, prefieran viajar con los jesuitas Mateo Ricci o Martino Martín hasta
China a recoger información para levantar los magníficos mapas que luego editó la
casa Blaeu en 1655. Gabriel de San Antonio nos puede llevar a Camboya (Valladolid,
Pedro Lasso, 1604), el padre Tachard a Siam (Paris, Daniel Tóemeles,
1689), John Chardin a Persia (London, Christopher Bateman,
1691) y Jean Baptiste Tavernier a Turquía, Persia
y la India (Paris, Gervais Clouzier et Claude
Barbin, 1676).
Otras visiones del Oriente nos las proporcionan
las relaciones y peregrinaciones llevadas
a cabo por distintos peregrinos como
Bernardo de Breydenbach en su Viaje a
Tierra Santa, uno de los incunables más
bellos de la imprenta española, lleno de grabados
de ciudades y trajes (Zaragoza, Pablo
Hurus, 1498); Antonio del Castillo en El Devoto
peregrino (Madrid, Imprenta Real, 1654);
Pedro Cubero Sebastián con la Breve relacion de
la peregrinacion que ha hecho a la mayor parte
del mundo don Pedro Cubero Sebastián (Madrid,
Iuan Garcia Infanzon, 1680); o las aventuras
y desventuras del portugués Fernao Méndes Pinto (Lisboa, Pedro Crasbeeck,
1614). El Oriente Próximo está también representado por el magnífico Viaje a
Constantinopla de José Moreno (Madrid, Imprenta Real, 1790) o la espléndida
obra de Volney a Egipto, Siria y Tierra Santa (Paris, Volland, Desenne 1789). El
siglo XVIII podría terminar, por ejemplo, con la visión que el embajador británico
Lord Maccarty nos proporciona de China, en el relato escrito por Eneas Anderson
(Madrid, en la imprenta de los señores Torres y Brugada, 1798).
Si, por el contrario, nuestros intereses se dirigen a África, podemos entonces ir de
la mano de la Descripción de Africa de Luis Mármol y Carvajal, historiador de Carlos
V (Granada y Málaga, Rene Rabut y Iuan Rene, 1573-1599); o sumergirnos en
la búsqueda de las fuentes del Nilo con el explorador James Bruce (Edinburgh,
1790). A pesar del poco aprecio que hizo a la aventura anterior de Pedro Páez, al
inicio de la obra de Bruce podemos leer una interesante y poco conocida noticia
de su viaje por España lo que le incluiría por derecho propio en la ya larga nómina
de viajeros británicos por nuestro país. Pero, sin duda, una de las joyas del viaje
a África es la obra del franciscano Francisco Alvares, Ho Preste Joam das Indias
(Lisboa, Luis Rodriguez, 1540), que
recoge la primera información que a
Europa llega de tierras de Etiopía.
América podemos recorrerla a través
de los ojos de los jesuitas que fueron
allí a dedicar su vida. Juan Patricio
Fernández nos lleva a Paraguay con
su Relacion historial de las missiones
de los Indios, que llaman Chiquitos,
que estàn à cargo de los padres de la
Compañia de Jesus de la provincia del
Paraguay (Madrid, Manuel Fernandez,
1726); Alonso de Ovalle a Chile
en su Historica relacion del Reyno
de Chile (Roma, Francisco Cauallo,
1648); Miguel de Venegas a California,
Noticia de la California (Madrid,
en la imprenta de la Viuda de Manuel
Fernandez y del Supremo Consejo
de la Inquisicion, 1757). Con el Viage
al Estrecho de Magallanes de Pedro
Sarmiento de Gamboa nos embarcamos
en los peligros de las tormentas y
los arrecifes para cruzar el Estrecho de
Magallanes (Madrid, Imprenta Real de
la Gazeta, 1768). Y con los entonces jovencísimos Jorge Juan y Antonio de Ulloa
penetramos en la selva del Amazonas para realizar experimentos científicos y
poder medir el arco del meridiano para contribuir al descubrimiento de que la
Tierra estaba achatada por los Polos y no por el Ecuador. También la América
del Norte tiene cabida en la colección con ejemplos tan representativos como
la obra de John Smith, The generall historie of Virginia (London, Edgard Blackmore,
1632), primer asentamiento británico en las colonias y que describe,
entre otras, la ahora famosa aventura de Pocahontas; o la extraordinaria aventura
de Lewis y Clark atravesando todo el continente de océano a océano y
relatada en The travels of Capts. Lewis and Clarke (London, Longman, 1809).
Aunque, sin duda, una de las estrellas de la colección son las obras de Humboldt
entre las que destaca Vue des cordilleras et monuments des peuples indigenes
de l’Amerique, una de las más hermosas aventuras de la imprenta europea, publicada
a costa del autor y con grabados a todo color como la atractiva lámina de
la vista del Chimborazo desde la plataforma de Tapia (Paris, F. Schoell, 1810).
Si nuestro espíritu nos pide más aventura y decidimos dar la vuelta al mundo
allí están, para guiarnos, las obras de “El Gran Filibustero” William Dampier, A
new voyage round the world (London, James Knapton, 1697) o del aristócrata
francés Louis Antoine de Bouganville (Paris, 1771). También podemos conocer
la historia de los piratas de la mano de uno de los más famosos libros del siglo
XVII, Histoire des avanturiers de Alexander Olivier Exquemelin (Paris, Jacques
Le Febure, 1688). Además, en la Biblioteca Histórica de la UCM está uno de
los conjuntos más completos que existen en España de la amplia bibliografía
relativa a los viajes del capitán Cook y del almirante Anson.
Por supuesto, los viajes por España están ampliamente representados y al ser
más conocidos no nos vamos a detener pero queden, al menos, algunos nombres:
Estrabón, Al Idrisi, Pedro de Medina, Ambrosio de Morales, Calvete de
Estrella, Juan Álvares de Colmenar, Antonio de Ubilla o Antonio Ponz.
Para terminar este breve recorrido, si queremos
tener una idea global de cómo se ha
desarrollado el mundo del viaje a
través de la historia, debemos
destacar las grandes obras
de referencia. En primer
lugar Delle navegazione e viaggi de Gian Battista Ramusio, considerado el texto
fundacional de la literatura de viajes en el que con el objetivo de redescubrir
los viajes del pasado y al estudio de las exploraciones de sus contemporáneos
selecciona los textos más importantes del siglo XVI, rescatando muchos de la
antigüedad (Venecia, Lucantonio Giunti, 1550). Recordamos, por ejemplo, que
fue el verdadero creador del mito de Marco Polo. Al mismo nivel se encuentra
Richard Hakluyt cuya obra, The principall navigations (London, George Bishop
and Ralph Newberie, 1589), es una de las fuentes de información más exhaustivas
de todos los tiempos sobre la historia de la exploración, el comercio y la
navegación, desde la perspectiva inglesa del siglo XVI, evidentemente. Incluye,
además, relatos sobre la Armada Invencible o los ataques ingleses a las costas
de la Coruña y Cádiz. Muy interesante, tanto desde el punto de vista histórico
como bibliográfico es la inclusión en el ejemplar de la Biblioteca Histórica, único
conocido en bibliotecas españolas y procedente de
la colección Francisco Guerra, entre las páginas 643 y
644, de las doce páginas sin numerar que contienen el
primer relato de la circunnavegación de Drake y que no
estaba previsto publicar en el plan original de la obra.
La obra también incluye un mapa del mundo conocido,
Typus Orbis Terrarum, copia del que grabó Franciscus
Hogenberg para el Theatrum Orbis Terrarum que publicó
Abraham Ortelius en 1570. No quiero dejar en el
tintero otros nombres como John Harris, el abate Prevost,
Terracina, o las Cartas edificantes y curiosas de la
Compañía de Jesús.
Y con los jesuitas terminamos esta breve presentación
de la colección de libros de viajes de la Biblioteca Histórica
de la Universidad Complutense de Madrid. Sin
embargo, el viaje no ha hecho sino empezar. Cientos de
ejemplares de obras maestras de la literatura de viajes
escritas hace varios siglos esperan el momento de ser
descubiertas, leídas y disfrutadas por los investigadores
del siglo veintiuno. Y con cada descubrimiento, el
mundo se hará más grande y se abrirá a más espacios
de conocimiento. La literatura de viajes es, desde hace tiempo, una de las líneas
de investigación más activas entre los interesados en la historia de la ciencia y
de las humanidades en España. Pero esta línea de trabajo necesita fuentes primarias
sobre las que construir hipótesis, desfacer entuertos, y ampliar nuestro
sentido de la realidad histórica. La herencia que los siglos han querido legar a
la Biblioteca Histórica de la Universidad Complutense de Madrid, nos anima
y motiva, desde el más profundo agradecimiento, a ponerla a disposición del
público interesado, a la vez que nos compromete, como institución varias veces
centenaria, a conservarla y difundirla para las generaciones venideras.
LA BIBLIOTECA “MARQUÉS DE VALDECILLA”
La Biblioteca Histórica “Marqués de Valdecilla” de la Universidad Complutense
de Madrid contiene mucho más que libros de viaje. Fue creada en el año 2001
en la céntrica calle del Noviciado 3, con el fin de reunir las colecciones de libros
antiguos, anteriores a 1830, de aquellas instituciones de enseñanza que, a lo largo
de su historia, han conformado la actual Universidad Complutense. El edificio,
completamente rehabilitado en la actualidad, fue construido en 1928 bajo el
mecenazgo de D. Ramón Pelayo de la Torriente, Marqués de Valdecilla, y está
dotado de modernas instalaciones y las mejores condiciones de conservación y
preservación del fondo.
La Biblioteca Histórica de la Universidad Complutense de Madrid es la segunda
biblioteca de Madrid en cuanto a volumen de libros anteriores al siglo XIX,
después de la Biblioteca Nacional y ocupa un lugar esencial entre las principales
bibliotecas de España y de Europa. La colección bibliográfica está compuesta
por más de 6.000 manuscritos, 728 incunables, y un volumen de impresos de los
siglos XVI al XVIII que se aproxima a los 100.000. Posee también una pequeña
colección de grabados sueltos y libros de estampas.
UNA HISTORIA DE CINCO SIGLOS
La Universidad Complutense de Madrid es la heredera de las diversas instituciones
y establecimientos educativos que conformaron la enseñanza universitaria
madrileña en los últimos cinco siglos y su historia explica la procedencia y
características de las colecciones bibliográficas que la integran.
El Colegio Mayor San Ildefonso, fundado por el Cardenal Cisneros en Alcalá
de Henares a finales del siglo XV, tuvo una importante biblioteca que el propio
Cardenal se preocupó de dotar de acuerdo a las enseñanzas impartidas y a la necesidad
de fuentes para la edición de la Biblia Políglota Complutense. En torno
al Colegio Mayor pronto empezaron a fundarse nuevos colegios menores con
surtidas bibliotecas y todas ellas fueron transferidas a la Universidad de Madrid
cuando se llevó a cabo su creación en 1836.
El Colegio Imperial de los Jesuitas, fundado en Madrid en 1609 fue, debido a
la ausencia de universidad en la capital, el centro más importante de enseñanza de la
nobleza madrileña hasta la expulsión de la Compañía de Jesús en 1767. Desde su fundación
se puso un especial interés por reunir una biblioteca bien dotada con tratados y
obras científicas de todas las materias lo que la convirtió en una de las bibliotecas más
importantes de Madrid en la época de los Austrias. Tras la expulsión de los Jesuitas, el
Colegio pasó a denominarse Reales Estudios de San Isidro el cual, en el año 1845 y
con la reforma del Plan Pidal, se incorporó a la Universidad Literaria de Madrid.
El Real Colegio de Medicina y Cirugía de San Carlos, fundado por Carlos III en
1785, fue el centro más importante de enseñanzas médicas en España hasta su
conversión en Facultad de Medicina en 1843. En 1799 se unió al Real Estudio
de Medicina Práctica y las bibliotecas
de ambas instituciones, de cuya formación
se había tenido siempre un especial
cuidado, se fusionaron formando
una riquísima biblioteca.
Junto a estas tres grandes instituciones
otros centros se unieron también a la
Universidad y junto a ellos sus bibliotecas:
el Real Colegio de Farmacia de
San Fernando, la Escuela de Veterinaria,
la Escuela Superior de Diplomática
o la Escuela Superior de Pintura,
Escultura y Grabado.
Sin embargo no han sido sólo las procedencias
institucionales las que han
enriquecido la actual colección de la Biblioteca
Histórica. Entre otras muchas
procedencias personales podemos destacar
las bibliotecas de la Condesa de
Campo de Alange, iniciada en el siglo
XVIII, Juan Francisco Camacho (1817-
1896), Anastasio Chinchilla (1801-1876),
Rafael Conde y Luque (1835-1922), Antonio
Hernández Morejón (1773-1836),
Pedro Sáinz de Baranda (1797-1853), Julian Sanz del Rio (1814-1869), Luis Simarro
y Lacabra (1851-1921), Rafael de Ureña y Smenjaud (1852-1930) José Simón Díaz,
etc. En el año 2006 ha ingresado en la Biblioteca Histórica la última de las grandes
colecciones privadas, la del médico bibliófilo Francisco Guerra, especialmente rica
en historia de la medicina, libros de viajes e imprenta mexicana.
UN DEPÓSITO DE TESOROS
Dentro de la colección de manuscritos, entre los que encontramos las obras de
mayor valor de la biblioteca, el más antiguo es el códice carolingio De laudibus
Crucis, de Rhabano Mauro, un bello poema caligráfico copiado en el siglo IX.
La Biblioteca Histórica posee el códice original de los Libros del Saber de Astronomía
de Alfonso X el Sabio, obra del escritorio alfonsí. Destacan, también,
los códices adquiridos por el Cardenal Cisneros para la edición de la Políglota
como la Biblia Hebrea realizada en Toledo en el siglo XIII. Códices latinos, manuscritos
de los siglos XVI y XVII y una gran cantidad de disertaciones y papeles
del siglo XVIII completan la colección
.Dentro de la colección de incunables podemos encontrar ejemplos representativos
de los primeros años de la imprenta hispana como algunas de las
obras impresas por Juan Parix entre las que destaca el Modus Confitendi
[1472-74], único ejemplar conocido en el mundo o el Fasciculus temporum
de Rolewinck impreso en 1480 y considerado el primer libro ilustrado impreso
en España.
Son igualmente significativos los impresos de los siglos XVI, XVII y XVIII entre
los que encontramos ejemplos de la mayoría de las tipografías españolas y
europeas. Aparece un elevado número de libros científicos editados fuera de
España como las bellas ediciones
venecianas salidas de los talleres
de Aldo Manuzio o de Cristóbal
Plantino en Amberes. Entre los
ejemplares impresos en España
aparecen obras sobre las materias
que se impartían en los colegios
alcalaínos, Teología, Medicina,
Artes, Filosofía Moral, Matemáticas,
Retórica, Gramática, Griego
y Hebreo. La biblioteca jesuítica
aporta un rico fondo de obras literarias
principalmente españolas:
ediciones de nuestros clásicos del
Siglo de Oro como Lope de Vega,
Quevedo, Tirso de Molina, junto
a obras de científicos españoles
(Cristóbal de Montemayor, Bartolomé
Hidalgo de Agüero, Juan
Sorapán de Rieros) y extranjeros
(Newton, Paracelso, Kepler, Descartes,
Athanasius Kircher). Del
Colegio de San Carlos destacan
ediciones de clásicos de la medicina
como Galeno, Hipócrates,
Dioscórides o Vesalio, junto a
obras de autores españoles como
Bartolomé Hidalgo de Agüero,
Cristóbal de Montemayor o Benito Daza Valdés. Arquitectura, arte militar,
alquimia, cosmografía y navegación o música son otras de las materias de las
que se poseen importantes ediciones.
La Biblioteca Histórica custodia, además, una selecta colección de grabados
compuesta por estampas sueltas de grabadores de la Real Calcografía como
Carnicero, Manuel Salvador Carmona, Fernando Selma, obras como los Monumentos
Arquitectónicos de España y libros de grabados entre los que destacan
la colección completa de las láminas de Giambattista y Francesco Piranesi o Los
Desastres de la Guerra de Francisco de Goya.
Marta Torres Santo Domingo
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