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El "Precioso Verde": El Té.
Ante mí, la diminuta tetera de arcilla
vertía sobre un vaso de cristal
aún más pequeño un chorro de
agua fangosa. El líquido, junto al
calor que desprendía, creaba un
arco de vapor en la atmósfera brumosa
y sofocante del lugar. El té, de
color cobrizo claro y sabor acre y terroso,
pero dulce al mismo tiempo,
desapareció en dos rápidos tragos,
tras los cuales mi vaso fue llenado
de nuevo con el térreo té Puer. Mi
recia “anfitriona del té” vestía una
túnica empedrada de tonos rojos
brillantes, prenda común en su tribu,
los Lahu, y manejaba con soltura
las tazas y teteras. La preparación,
el consumo y el atractivo de
este té han cambiado muy poco en
el transcurso de los siglos. Todo lo que bastaba eran hojas de té, agua y sed. A
mi alrededor, la espesa niebla atravesaba el verde intenso del denso bosque de
bambú. Aquí, en los bosques situados justo en la frontera del Himalaya, tribus
como los Dai, Lahu, Pulang, Wa, Hani y Bai llevan más de doscientos años
cultivando, cosechando y bebiendo té. Desde este lugar, precisamente, el té
se cargaba a espaldas de los mulos y se enviaba en viajes que lo transportarían
a los cuatro puntos cardinales. Entre las nieblas protectoras de este rincón de
Yunnan, hasta donde llegaba la memoria de sus gentes, el té siempre había
crecido salvaje en su estado natural y se había tratado con una reverencia reservada
normalmente a dioses y deidades.
Al suroeste del imponente río Mekong, en la parte meridional de la provincia
china de Yunnan, me encontraba en el mismísimo corazón de la tierra del
té; un paisaje verde y ondulante de selvas tropicales, calor y brumas. La luz
del sol apenas alcanzaba a penetrar en estas gruesas fortalezas de humedad,
convirtiéndolas en un hábitat perfecto para los “árboles” del té, que exhibían
varios metros de altura y tenían cientos de años.
La sinuosa frontera con Myanmar se hallaba próxima, al oeste, y el sur se
abría hacia Tailandia. Me había desplazado justo a las afueras del pueblo de
Menghai, cerca de una de las “seis famosas montañas del té” de Yunnan –el
Monte Nano–, para explorar el origen geográfico de un té que durante más
de mil años viajó por algunos de los paisajes más variados e intimidantes del
planeta.
El té Puer, que se llamó así por la ciudad-mercado del sur de la provincia de
Yunnan donde se compactaba formando tartas y ladrillos, puede presumir de
ser uno de los auténticos “viajeros” de Asia. Envuelto en hojas y corteza de
bambú, el té viajaba no sólo como mercancía sino también como tributo al
sureste asiático y al noreste, hasta las antiguas capitales de China, aunque ningún
viaje era más osado y espectacular que la travesía que transportaba el té a
bordo de caravanas de mulas hasta los imperios tibetanos del Himalaya. Entre
las feroces tribus nómadas de los Kham (Tíbet oriental), al té de esta región
se le conocía cariñosamente (y aún hoy día es así) como Jia Kamo (té fuerte o
amargo).
Durante más de mil trescientos años, el té se desplazaba casi 5000 kilómetros
hacia el noroeste siguiendo una intrépida y peligrosa ruta, enfrentando tormentas
de nieve, tierras plagadas de bandoleros, aludes y una de las orografías
más remotas del planeta para llevar el té a los altiplanos más elevados del
mundo y a uno de los pueblos de Asia más obsesionados con este brebaje: los tibetanos. Conocida por los chinos como “Cha Ma Dao” (la Ruta Ecuestre del
Té), para los tibetanos como “Gyalam” (la Carretera Ancha) y para muchos
de los comerciantes como la “Carretera Eterna”, esta ruta llegaría a su fin a
mediados de la década de los cincuenta con la llegada de las carreteras pavimentadas.
La popularidad y la fama del té se extendían a las tierras más desoladas a través
de esta ruta, y su importancia nunca remitió. Una de las leyendas de la introducción
del té en el Tíbet cuenta que la planta llegó como parte de una magnífica
dote ofrecida al rey Songtsen Gambo del Tíbet para su desposorio con la princesa
Wencheng de la antigua dinastía china de los T’ang en el año 641 d.C. Aunque
el té de Asia se convertiría en algo crucial para Occidente, la Ruta Ecuestre
del Té seguiría siendo un misterio salvo para las tribus y los comerciantes que
estaban directamente relacionados con ella. La Ruta de la Seda se conocía en
todo el mundo gracias a sus enormes dimensiones y el contacto con los imperios
occidentales, mientras que la Ruta Ecuestre del Té se mantenía oculta entre los
pliegues y las cumbres de la montaña que la protegían, ofreciendo un suministro
inagotable de té. Con el tiempo,
a cambio de un aumento de la cantidad
de té se ofrecerían fuertes caballos
de guerra del interior del Tíbet,
iniciándose un intercambio de bienes
que duraría un millar de años.
Esta ruta legendaria, que consiguió
mantenerse en secreto a Occidente
durante un milenio, me había atraído
hasta este lugar y era el camino
que iba a recorrer a pie, a caballo,
en coche, escalando y al que me iba
a enfrentar durante siete meses y
medio.
Mi deseo era la culminación de una
obsesión que me había rondado la
cabeza durante tres años consistente
no sólo en trazar la ruta entera
sino también en encontrar y documentar
aquellos valiosos hombres
y mujeres que habían viajado y comerciado
por la Ruta Ecuestre del Té antes de su decadencia. Eran los recuerdos y las lenguas de estas sociedades
las que conservaban y transmitían el conocimiento. Posados sobre picos y
escondidos valles, sólo quedaban unos pocos ancianos que conocían la historia
y los peligros de una ruta comercial que en su tiempo había dado (y quitado)
tanta vida.
Mi propia adicción al té ya era un hecho demostrado, pues durante la mayor
parte de la última década había vivido en Asia y en este continente no hay líquido
más social y aceptado que el té.
Varias semanas después, me dirigía rumbo al norte, saliendo poco a poco de
las húmedas nieblas y los santuarios tropicales del té del sur, pasando por la
ciudad-mercado de Puer y adentrándome en los soleados valles de Nanjian y
Dali. Aún más al norte, las tierras de las minorías étnicas de los Bai, Naxi y
Lisu daban paso al territorio no oficial de los Khampas (tibetanos orientales)
y a mi patria de adopción: Shangrila. En este lugar las caravanas de té pasaban
de manos para proseguir el viaje hasta Lhasa o más allá. Los mulos y los
muleros se “sustituían” por equipos especialistas en la “alta montaña” y los
intrépidos “lados” tibetanos se encargaban de continuar el viaje hasta Lhasa.
Los lados recibían con razón este sobrenombre, pues en el dialecto khampa
oriental el término “lado” significa “manos de hierro”. Esta descripción no
dejaba dudas de las cualidades que debían de poseer aquellos que conseguían
transportar las caravanas por la parte más ruda y peligrosa del camino: la ruta
que atraviesa el Himalaya.
Occidente se hace piedra: El Himalaya.
Mi viaje hacia el oeste desde Shangrila, en el noroeste de Yunnan, hacia Lhasa
contaría con la ayuda de un equipo de otros cinco montañeros tibetanos nacidos
y criados en el lugar. Dos de ellos eran viejos amigos míos y los otros tres
acudían con un pedigrí de montaña que garantizaba la confianza. La penosa
caminata de dos meses hasta Lhasa a lo largo de la parte físicamente más exigente
de la Ruta Ecuestre del Té requería almas fuertes y fiables. Menos de
eso podía suponer la muerte.
Amplios trechos de soledad, la impredecibilidad de la Madre Naturaleza y los
pasos y picos cubiertos perennemente de nieve pedían preparación, paciencia
y voluntad. Transcurrido menos de un mes desde el inicio de nuestro viaje, el
equipo se había reducido de seis a cuatro: la deshidratación y el agotamiento
habían comenzado a hacer mella. En la antigua capital-mercado del Tíbet
oriental, Chamdo los cuatro que quedábamos del equipo cortamos hacia el
suroeste pasando por la gran cordillera Nyanqen Tanglha que separa el río
Salween, una zona muy poco conocida y explorada de majestuosa soledad.
Desplazándonos hacia el oeste por trechos de valles y por pasos de montaña
por los que nadie había pasado durante décadas, dejamos la fortaleza de los
Khampas para introducirnos en las tierras ocultas de las reservadas tribus nómadas
de los Abohors.
Encontramos refugio en antiguas aldeas y entre comunidades de nómadas y
cuando no había ni un alma a la vista nuestro cavilado sistema de tiendas a
prueba de viento nos mantenía al amparo de los vendavales que inexorablemente
nos golpeaban. Cada uno de nosotros transportaba un equipaje de 30
kilogramos rebosante de todas las revisiones que pudimos acopiar y, cuando
podíamos, adquiríamos mantequilla, carne seca de yak, sal y pan de cebada de
las tribus nómadas. Durante días seguidos, estuvimos desprovistos de mulas y
guías, y dependíamos únicamente de las indicaciones de los lugareños. Viajar
por encima de los 4000 metros durante semanas exigía racionar los víveres y
las energías y, sin embargo, cuanto más avanzábamos, más reconocíamos los
esfuerzos de las caravanas en el pasado. Algunas partes de la ruta eran meras
lenguas de tierra que apenas medían un metro de ancho a lo más y a escasos
centímetros de nuestros pies se extendían profundas gargantas de centenares
de metros.
Muchos de los lugareños hablan incluso hoy en día de los “valles de huesos”
que existen a lo largo de la ruta, repletos de los restos de mulas y hombres
que pagaron con su vida el precio por atravesar este corredor comercial. En
estas tierras remotas, los nómadas no habían perdido un ápice de su rudeza y
comunicación directa y su hospitalidad
fue completamente incuestionable,
ya que abrieron las puertas
de sus hogares a nuestra áspera y
descarnada tropa. En las montañas,
la lucha contra los elementos con
frecuencia provocaba una empatía
natural entre todos los seres vivos.
Encontrar a los antiguos comerciantes
demostró ser una ardua tarea
pues muchos de ellos se encontraban
literalmente en su lecho de
muerte durante nuestro viaje. Sus
conocimientos, como muchas otras
cosas en las montañas, se basaban
en una experiencia real y, por tanto,
eran fundamentales para comprender
la vida a lo largo de esta
ruta comercial. Esos eran los conocimientos
que yo buscaba adquirir y
transmitir de algún modo antes de
que desaparecieran para siempre.
Un viejo comerciante desgastado,
que respondía al nombre de Jamba,
nos profirió una advertencia sobre los peligros del viaje por la ruta que más tarde se demostrarían proféticos. El
consejo que nos dio al iniciar la travesía de “vigilar dónde colocábamos los
pies y la tracción en las traicioneras laderas de Shar Gong La (un paso nevado
del Tíbet oriental)”, resonó en nuestros oídos cuando uno de los miembros
de nuestro equipo perdió el apoyo sobre la nieve surcada por el viento en ese
mismo paso, cayó y resbaló casi un kilómetro por la pendiente de 50 grados de
la montaña antes de detener milagrosamente su caída (y salvar su vida) a escasos
metros de precipitarse hacia una muerte segura por una garganta rocosa.
Al llegar a Lhasa dos meses después de haber salido de Shangrila (un periodo
de tiempo inferior a un tercio de todo el que pasaría en la ruta completa), los
cuatro lo celebramos brevemente, reconociendo los grandes esfuerzos que
habíamos realizado durante la ruta. Sin embargo, a los dos días estábamos
inquietos por escapar de la gente y las estructuras cuadriculadas y regresar a
la serenidad de los picos y a los incansables vientos y volver a formar parte de
esos enormes paisajes que nos habían amenazado, pero que en última instancia
nos habían guiado sanos y salvos a nuestro destino.
Más allá de Lhasa, la Ruta Ecuestre del Té se ramificaba en varios caminos
que seguían al norte y al oeste para unirse a otras rutas comerciales que provenían
de India y el Próximo Oriente. Un episodio concreto de nuestro viaje
quizás resuma la esencia de la Ruta Ecuestre del Té mejor que ningún otro.
Al llegar a un campamento nómada azotado por el viento semanas después de
iniciar la expedición, le pregunté a nuestra anfitriona, de tez quemada por el
sol, sobre sus ricos pendientes. Ella apuntó instantáneamente hacia el oeste
por la Ruta Ecuestre del Té, contándome que hace generaciones una caravana
llegó del este portando baratijas exóticas y que uno de sus antepasados hizo
un trueque por los pendientes para regalarlos a su esposa. Desde entonces
estos zarcillos habían pasado de generación a generación de una matriarca a
otra hasta llegar a ella. A continuación, nuestra anfitriona me contó que la ruta
era algo más que un simple camino comercial, que era un punto de unión con
otros lugares, otras gentes y, por ende, otras ideas. Este elemento infravalorado
de la Ruta Ecuestre del Té es el que ha perdurado: una ruta que unía y
atraía a distintas gentes. Quizás, como muchos ancianos habían sugerido, era
una “ruta eterna”. otras ideas. Este es el elemento de trasfondo del Camino a
Caballo que todavía perdura: una ruta de acercamiento y unión. Quizá era, como
muchos ancianos sugirieron, un “camino eterno”.
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Isabella Frances
Romer
En el siglo XIX, España era un mundo desconocido, costumbrista y
fascinante para los europeos. Algunas viajeras, sobre todo británicas, se
dejaron seducir por este extremo sur del continente y se arriesgaron a
recorrer sus inciertos y nada cómodos caminos. Pilar Tejera nos traza el
retrato de una de estas intrépidas viajeras victorianas, Isabella Frances
Romer, que dejó por escrito sus impresiones sobre nuestro país.
Leyendo las historias sobre los grandes viajeros
victorianos, cuando se descubre a aquellas
damas de largas y embarradas faldas que también desfilaron por el mundo, uno no
puede evitar preguntarse: ¿Fueron reales esas mujeres?, ¿Existieron de verdad...?.
Son tantos los componentes que hacen de ellas seres extraordinarios, tan peculiar su
visión de las cosas, de la realidad que les tocó vivir, tal su fuerza y a la vez su sencillez,
tan deslumbrante su personalidad, que la lectura de sus relatos incorpora un nuevo
componente emocional en la percepción de la era colonial que imaginamos, de ese
precioso pedacito de la historia cuyo complejo rompecabezas vamos recomponiendo
gracias a retratos como los dejados por señoras lúcidas y sutiles como ellas.
Con el siglo aún haciendo rozaduras
por falta de uso, es difícil situar
a aquellas viajeras que sabían mucho
de relámpagos en las noches de
tormenta y nada de los viajes relámpago.
Viajes tormentosos a lomos
de mula o en tísicos barcos a vapor.
Viajes donde un descuido repentino
conducía a menudo a una muerte rápida
y segura. Aún así, ellas, cogidas
de la mano de sus ambiciones, sus
anhelos o esperanzas, siguieron saliendo
para tomar el sol y el aire en
el anonimato de los países lejanos,
respirando a pleno pulmón la libertad
recién estrenada o simplemente
estrenando la sensación de saberse
pasajeras de sí mismas, aun a riesgo
de dejar unos pocos huesos
adicionales en algún punto
remoto del planeta.
Conteniendo la respiración,
leemos sus andanzas por algunas
regiones de España, a
caballo entre una novela de
aventuras y un cuento infantil
por tierras encantadas. Sus
palabras, como sus pasos, tamborilean
en rincones insólitos donde el ingrediente más insólito fueron siempre ellas. Quizás, las suyas no fueron
aventuras épicas y han de conformarse con el papel de una “nota a pie de página”
en los anales de las grandes exploraciones de la época. Sin embargo cuandoproyectamos una luz sobre sus vidas, y descubrimos lo mucho que encierran,
pensamos en aquellas grandes damas con un respeto casi reverente. Sus voces,
sus cuentos, sus pinturas y su aliento, aún perduran como un reflejo de cómo
era España hace ciento cincuenta o doscientos años. Seguimos sus pasos casi
con admiración, observando sus huellas, casi siempre silenciosas, a través de ese
gran tumulto de la era victoriana y, conforme avanzan las páginas, el lector se
desorienta porque las palabras, que arrancan tan intensamente llevadas por su
afán descriptivo, felizmente van dejando lugar al espíritu de las cosas y el relato
de sus viajes acaba siendo un reflejo no tanto de lo que vieron, como de lo que
sintieron, que a la postre es lo que siempre merece ser consignado. Las suyas
son ese tipo de voces para ser oídas por quienes deseen dejarse conducir por el
territorio de las sensaciones, no por el de las simples descripciones.
Rescatamos del olvido a damas elegantes y serenas, como la fotógrafa y viajera
Margaret D’Esté, para quien las Islas Canarias simbolizaron una fuente
de constante inspiración artística y una inagotable despensa de experiencias
gratificantes. Sorprendemos a Frances Latimer, guiada por la
brújula de sus emociones, en la Semana Santa de Sevilla, en Toledo,
Burgos, Córdoba, Madrid y en las Islas Canarias. Descubrimos esposas
sorprendidas por lo que prometía ser un infierno de calor y resultó
un paraíso de estampas imperecederas, como fue el caso de Dora
Quillinan, que en 1845 viajó con su esposo por España para mitigar su
mala salud: “Nos cruzamos con muchas mujeres, pero ninguna a pie.
Iban generalmente cabalgando a lomos de una mula, y detrás
de su hombre, agarradas a un pañuelo anudado bajo de la
cola del caballo como había visto por primera vez cerca
de Gibraltar”.
Damas de otro tiempo, que surcaron el vasto océano
de Castilla, los aventurados caminos de Sierra Morena,
la misteriosa Alhambra o las somnolientas aldeas del
Mediterráneo, armadas con su caballete y sus pinceles
para fotografiar en acuarela un tiempo que se ha
eclipsado para siempre. Viajeras extasiadas, descubriendo,
vagando... Viajeras para quienes nuestras geografías
y costumbres, fueron musa y fuente de inspiración, como
la escritora Edith Wharton que emociona con uno de las
descripciones mas bellas que se hayan escrito sobre nuestra cultura: “Un revoltijo de excitadas
impresiones, escuálidas posadas,
mendigos deformes, y toda clase de
gentes charlatanas y desconcertantes,
de fantásticas visiones entre el
caos y la fatiga. Y por doquier, sombríos
pasadizos ondeantes de incienso
y procesiones”.
Nos topamos también con las amantes
de la aventura; trotamundos
consagradas como Fanny Workman, –recorriendo el país en bicicleta
(cerca de 5000 km.), y causando
gran revuelo entre los periodistas
que salían al encuentro de esta dama
de aspecto sufragista, ataviada en
impecable falda larga y gorrito, que
con cada pedaleo hacía tintinear su
hervidor de té colgado del manillar.
Nos topamos con la pintora Marianne
North, que plasmó en sus lienzos
y en el papel la belleza de Canarias:
“los hombres con botas altas, mantas
fruncidas en torno al cuello y
grandes sombreros tipo Rubens. Las
mujeres un rebozo de colores vivos
colocado graciosamente sobre la cabeza
y espalda, con enaguas rojas y
negras”,– o con Margaret Fontaine,
la viajera que recorrió el mundo en
busca de mariposas y que nos visitó
a finales de siglo: “el agua era de dudosa calidad y se bebía mezclada con el
fuerte vino tinto, pero era agradable irse a la cama con el cerebro un poco confuso”.
En su caso, disfrutó de aquel viaje como si se tratase del último: “Una de
aquellas tardes mientras esperaba el tren, sorprendí a un hombre tocando una
guitarra y a petición de los allí reunidos bailé con el jefe de estación, a pesar del
limitado espacio y los zapatos de montaña”.
Damas siempre al límite de su resistencia, “al filo de lo imposible”; que jamás
incluyeron la palabra “mediocridad” en el diccionario de sus vidas por que mantenerse en movimiento fue
para ellas sinónimo de sentirse vivas.
Mujeres educadas en la rigidez
victoriana pero para quienes la vida
se resumía en una sucesión de retos
que había que superar. Mujeres que
siempre estuvieron a la altura de sus
propias metas, aunque estas alcanzaran
alturas improbables para el común
de los mortales. Damas siempre
dispuestas a dar rienda suelta a
sus genes ambulantes, como W.A.
Tollemache, quien opinaba que España
era probablemente el único
país europeo preservado del turismo
masivo (claro que de darse un
paseo ahora, seguramente se habría
retractado de tal afirmación). Mujeres
adelantadas a su tiempo, como
la francesa Josephine de Brinckmann,
que definió España como una “clásica
tierra del sentido común”, y que a pesar
de dejar muy claras sus reservas sobre la gastronomía española, y apuntar
la falta de higiene de la mayoría de las ciudades que recorrió, quedó prendada
de la caballerosidad del hombre español.
Y por último damas para las que sencillamente la arquitectura árabe, el olor del
azahar o la luz cegadora del sur, actuaron como un poderoso imán, como les
ocurrió a Lady Herbert, a Isabella Frances Romer, a Elizabeth Holland, –que
durante tres años recorrió la geografía española y decidió repetir la experienciapor caminos minados de belleza y también de sorpresas:“Las posadas están regentadas
principalmente por franceses o gitanos, ya que las gentes de este país
ven la hostelería como una ocupación degradante”–, o a Luisa Tenison, que
desfiló por el país en busca de vivencias insólitas, aunque en mas de una ocasión
estuviera a punto de dar media vuelta y regresar al confort de su país: “La pensión
no resultó demasiado mala ya que tuvimos camas limpias, pero la comida
fue, como era de esperar, poco recomendable”. Todas ellas, damas que pese a sus
tropiezos, su sorpresa o desconcierto por lo que hallaron, lejos de refugiarse en
fáciles prejuicios, tuvieron la inteligencia de escribir a su regreso páginas objetivas
y cargadas de belleza.
Las suyas, son historias con acentos diversos, con edades y personalidades distintas,
pero que conservan el sabor de un mundo ya desaparecido. Historias
universales, que dejan una extraña sensación de “dejá vú”. Historias que merecerían
ser llevadas a la Gran Pantalla, que están conectadas geográficamente y
a la vez ligadas a una misma fuente de energía que nunca deja de impresionar.
Historias, que deberían ser escritas “con letra mayúscula”, pues aunque hablan
en un murmullo de voz, siempre maravillan por la simplicidad con la que son
contadas. Y a pesar de la dificultad de ubicar en el papel la situación real de tales
historias, a pesar de que los ríos y aldeas confunden con demasiada frecuencia
sus perfiles en las rectilíneas plantaciones de los valles y el mapa se obstina en
mezclar el nombre de los pueblos y aldeas, al final todas esas damas consiguen
infundir a ese jeroglífico de historias aparentemente inconexas la dignidad de
una obra única y universal... Llega un momento, en que la lectura avanza entre
la niebla que oculta la Alhambra, las imponentes cumbres del Valle de la Orotava,
el revoloteo de los niños andaluces en torno a las extrañas viajeras, mezclando
en la imaginación todos esos relatos que dormitan en los libros a la espera de
ser despertados para unirse de nuevo.
Hace ciento cincuenta años, el atractivo del bandolero era
casi tan irresistible para algunos viajeros europeos como
el que ejercían las pirámides de Egipto, o las ruinas de Palmira. Su estampa
tenía connotaciones casi épicas, como ocurría con el beduino del desierto árabe.
Se trataba de figuras legendarias, tocadas por la leyenda y rodeadas de un halo
romántico, algo que nada tiene de extraño habida cuenta de los rasgos árabes
que para algunos viajeros mostraban los habitantes del sur de España. “Quizás
el contrabandista sea el más pintoresco de todos estos viajeros, con su enorme
y bonita manta, tejida de muchos colores, liada con tanta gracia alrededor de
su varonil figura”, escribió Dora Quillinan cuando anduvo por aquí. El color
cetrino de su piel, sus ojos oscuros, sus ademanes floridos, sus prendas de vestir
con la capa de ancho vuelo, la faja ceñida a la cintura y el pañuelo anudado en la
cabeza al estilo de un turbante, contribuyeron a extender el mito de la España
del esplendor árabe en ciudades como Granada y Córdoba, el mito de la voluptuosidad
y el pintoresquismo.
Todo ello supuso un nuevo aliciente por lanzarse al descubrimiento de ese mundo
desconocido, costumbrista y fascinante, descolgado en el extremo sur del continente al que el viajero europeo, siempre ávido de escenarios nuevos, se
mostró tan adepto a lo largo del siglo XIX. Pero lo cierto es que la aventura
requería no pocas dosis de arrojo y un considerable entusiasmo, pues perderse por algunas regiones del sur hace siglo y medio, si bien encajaba en la imagen
de “destino exótico”, era considerado también un viaje de “alto riesgo”. A las
pésimas comunicaciones, la falta de infraestructuras, la dureza de los caminos
y el clima, se sumaba el no desdeñable riesgo de caer en una emboscada a manos
de aquellos forajidos de leyenda como “El Bizco”, “Luis Candelas” o “José
María el Tempranillo” que tuvieron en jaque a mas de un viajero en la época en
que Washington Irving ponía de moda Granada y el trabuco era el símbolo por
excelencia de un viaje por las sierras de Andalucía.
Lo bello y lo sublime del paisaje en las serranías del sur, unido a la voluptuosidad
de las ciudades y al mito del bandolero, llegaron a oídos de la inglesa
Isabella Frances Romer; pero para recrearse con las aventuras de damas como
esta sería recomendable tomarse un pequeño respiro; recrear uno de esos ambientes
literarios de luz indirecta, cómoda butaca donde sentarse plácidamente
y, deseablemente, reservar una tarde de completa soledad. La suya, es una de
esas historias para ser digerida a cámara lenta. Una de esas historias que tienen
la cualidad de trasportarnos, como cualquier buena historia de viajes.
Poco se conoce de esta dama victoriana, aparte del hecho de que nació en Londres,
de sus instintos ambulantes y de la seguridad de que pasó a mejor vida
en 1852. También se sabe que se casó en París, en la residencia del embajador
británico, con un adinerado y notable hombre de negocios irlandés, William
Meadows Hamerton, del que tuvo una hija. Parece ser que las cosas
entre el matrimonio no marcharon del todo bien, pues tiempo
después se separaron, cuando aún vivían en Versalles. El caso
es que tras recuperar la libertad en 1827, Isabella volvió a tomar
su nombre de soltera y se dedicó principalmente a viajar. En
su caso, lo que empezó siendo un juego por escapar de la vida
sedentaria, se convirtió en una casi perpetua aventura. Abierta al
mundo, a las corrientes y gustos de la época, viajar fue para esta
inglesa aficionada a la escritura un antídoto contra la soledad, y
su verdadera escuela.
Durante un tiempo anduvo recorriendo Europa y, animada
por el ejemplo de otras viajeras,
empezó a sentirse cada vez mas
cómoda desplazándose sola. En
1841, esta dama de costumbres
migratorias sintió la llamada de
España. Parece ser que la influyó
profundamente la lectura de la obra de Washington Irving “Cuentos de
la Alhambra”, y entre otras pertenencias
prácticas, introdujo en su pesado equipaje
la misma guía empleada por el escritor
inglés cuando anduvo por aquí: una obra
de un tal Mateo Jiménez, muy en boga entre
los viajeros ingleses de la época. Tras
haberse enfrascado en la lectura de algunos
relatos que hablaban de las ciudades árabes, las haciendas, el vino y los bandoleros,
Isabella atisbó las infinitas posibilidades
que ofrecía la patria del Quijote, la
enormidad de sorprendentes rincones que
esperaban, y España adquirió el significado
de un exótico mapamundi, o de un tesoro,
que se propuso descubrir.
Ataviada con su pesado vestido victoriano
y su inseparable sombrero de paja para
protegerse del sol y las miradas, Isabella
se enfrascó en su aventura española en
un extenso periplo que la llevó a conocer
Barcelona, Valencia, Alicante, Cartagena
y Tetuán, Málaga, Granada, Cádiz, Sevilla
y Gibraltar. Siendo una de esas personas que piensan que se disfruta mas de
una situación pintoresca que persiguiendo grandes aventuras en destinos remotos,
durante aquellos meses siempre estuvo dispuesta a conocer gente al pie del
camino, a compartir un trago de vino o una buena historia:
“Yo escuchaba esas historias con la misma ansiedad temblorosa
de los niños cuando se les cuenta algún cuento de miedo,
que mientras les asusta, les fascina tanto que son incapaces de
perderse una sola palabra del relato, por lo que esperaba el
momento de la salida hacia Granada con esa especie de valentía
con la que los niños esperan la hora de irse a la cama. ¡Que
impresión tan agradable con la que comenzar un viaje”.
Es compresible que para una viajera, que huía de la fría y triste lluvia londinense,
de la ordenada y previsible vida victoriana, la luz del Mediterráneo,
los pequeños pueblos pesqueros, la aventura de las diligencias españolas, el
exotismo de las gentes y la belleza de Andalucía obraran como un hechizo y fueran una inagotable fuente de motivación. Cada día, se sentía deslizándose
entre la sensación de permanente aventura y de continuo descubrimiento.
Mientras que para otras inglesas que nos visitaron, como Annie Harvey,
(autora de “Cositas Españolas por Every Day Life in Spain”), viajar en una
diligencia española equivalía a lo que hoy representaría una experiencia en “Port Aventura”: –“Horribles sacudidas, espantoso el ruido cada vez que giramos.
Bajamos la montaña por pronunciadas curvas a veces con prácticamente
sólo una rueda tocando el suelo”– para nuestra protagonista aquellos largos
trayectos bordeando las verticales y blancas paredes de los acantilados de la
costa catalana, los valles con naranjos en la zona de Levante y los boscosos parajes
de Sierra Morena, constituían el sedimento de su motivación por seguir
descubriendo España, a pesar de la incomodidad o el peligro de caer en una
emboscada:
“En los últimos años la civilización ha dado un paso hacia delante,
ya que se ha establecido una diligencia para hacer el viaje
entre Granada y Málaga y en lo que se refiere a los ladrones,
hay más seguridad viajando en diligencia que con el sistema de
los muleros, aunque sin duda, está afectada de igual modo por
un tributo similar que se paga a los bandidos”.
A su manera, compartió con las otras viajeras de la época esa forma de inmunidad
que solo se adquiere tras largos periodos en regiones remotas. Leemos sus
opiniones sobre lo que vio y vivió, descubriendo algún que otro reproche por los
inconvenientes del viaje: “El estado del país es tal y la administración de su política
interior tan deficiente que prácticamente no hay ninguna carretera y hasta hace
muy pocos años a Granada sólo podían acceder viajeros ecuestres”, pero de su mano,
comprendemos, mejor dicho, revisamos, nuestra opinión sobre cómo debieron
ser nuestros pueblos, haciendas y caminos.
Uno de los principales atractivos de un viaje por España en el siglo XIX radicaba
en la permanente aventura de un escenario “poco domesticado”. A ello se
sumaba la picaresca tan extendida en nuestra cultura, una realidad
que había sido difundida en la literatura (la novela picaresca)
del siglo XVII, imagen que perduró a lo largo del siglo XVIII
y buena parte del XIX, no sólo en la imaginación del viajero
sino en la propia vida del país y que aún sigue arraigada en
los gestos de la vida cotidiana. Las cosas han cambiado desde
entonces, y los “hoteles con encanto” o “las posadas rurales”
de hoy, están a años luz de lo que los viajeros hallaban hace
150 años.
Leemos: “Guardias en los caminos”, “Escenas nocturnas en una posada española”,
“Las delicias de la diligencia”, títulos elegidos por Isabella para algunos
capítulos de su obra, o nos topamos con descripciones como esta: “Desde que
llegamos estuvimos pidiendo consejo a personas más expertas que nosotros sobre
la forma de realizar el viaje a Granada y tras varios interrogatorios llegamos a
la conclusión de que no había mas que dos modos factibles: escoger entre la alternativa
de la diligencia o cabalgar a lomos de mulos”, y casi de inmediato nos
hace recordar a los viajeros por Oriente esperando poder sumarse a una caravana
para alejar el peligro de los asaltos beduinos:
“Estas caravanas son conducidas por dos famosos guías, Lanza
y Zamora cuyo entendimiento con los grupos de ladrones que
frecuentan las carreteras es perfecto y francamente notorio, ya
que se sabe que en muchas ocasiones han dicho a algún viajero: ¿Ha visto usted a ese hombre?, señalando a algún personaje de
aspecto sospechoso con el que se hubieran cruzado en el camino
. Se trata de un ladrón acechando y si usted no hubiese venido
conmigo, hubiera caído en manos de la banda. (...) Al estar claramente
establecida su inmunidad a las desgracias que sufren
todos los otros viajeros, es razonable concluir que los citados
Lanza y Zamora pagan, aparte de los beneficios que reciben de
este tráfico, una especie de chantaje a sus aliados, los caballeros
de la carretera.”
A su regreso de España en 1842, Isabella volcó sus
impresiones en la obra “The Rhone, the Darro and the
Guadalquivir”, y aún con ganas de aventura siguió vagabundeando
durante los siguientes años. Entre 1845 y
1846 desplegó nuevamente las alas para sobrevolar los
paisajes de Oriente Medio, con todas las dificultades que
entrañaba semejante travesía a mediados del siglo XIX.
Al parecer, la fama de las ciudades de Tierra Santa, los
secretos del Antiguo Egipto, el desierto salpicado de leyendas
orientales y las ruinas de la antigüedad, capturaron
su imaginación en una época en que Occidente
miraba ya el mundo islámico con ojos nuevos. Sin
intención de quitar mérito a esta viajera, lo cierto es
que la inauguración del servicio de barco de vapor
entre Londres y Alejandría a mediados del siglo
XIX facilitó las cosas y lo que antes había sido una
discreta presencia de viajeras europeas en Oriente Medio, se convertiría en adelante en una casi imparable corriente.
Los peligros e incomodidades de un viaje por este nuevo y vasto
mundo desprovisto de calzadas, de vehículos, de mapas impresos
y que no ofrecía las mínimas condiciones de salubridad ni de infraestructuras,
no achantaron a Isabella, que a falta de hoteles,
halló alojamiento en viviendas locales y en posadas donde la
suciedad estaba a la orden del día y alimentarse constituía
ya de por sí, toda una aventura. Una viajera inglesa advertía
a sus lectores en un manual sobre Egipto, en 1850:
“El número de moscas era tan increíble que resultaba imposible
de describir. La mesa, las paredes, el techo y el suelo
estaban literalmente cubiertos por ellas. Me encontraba tremendamente
cansada y agotada por el viaje y me dejé caer
inmediatamente en el rincón mas limpio del diván, pero no
se me iba a permitir permanecer en paz. No había terminado
de adoptar la postura más cómoda, cuando me encontraba
cubierta de moscas desde la cabeza a los pies”.
Fuera como fuera, la experiencia debió merecer la pena y proporcionó a Isabella
un nuevo retrato del mundo cuyas fronteras había ido ensanchando a lo largo de
su vida. Los caminos polvorientos, las gentes, las ruinas enterradas en el desierto,
y hasta el ritmo de la vida, capturaron su imaginación y le abrieron abrieron
una renovada perspectiva de las cosas. A su regreso, plasmó sus aventuras en la
obra “A Pilgrimage to the Temples and Tombs of Egypt, Nubia and Palestine”,
que causó gran revuelo en Londres y alcanzó rápidamente varias ediciones. Tres
años después, realizó otro gran periplo por diversos destinos, fruto del cual publicó
la obra: “The Bird of Passage; or Flying Glimpses of Many Lands (1849).
Tres años después, en 1852, realizó su último viaje, ese del que no se regresa,
y seguro que en su caso, como en sus restantes periplos, también mereció la
pena. Pasajera del mundo y “objetora de conciencia” de los convencionalismos,
sin duda la vida de damas como Isabella Frances Romer nos enseña ante todo
que viajar y sentirse viva resultó siempre un ejercicio saludable para cualquier
adulto, incluida la mujer victoriana. |
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La desconocida
historia del
primer aviador
de la historia.
En 1709, un jesuita portugués
lograba volar por primera vez en
la historia a bordo de un artefacto
similar a un globo. Su papel
como precursor de la aviación
quedó relegada al olvido. Jesús
González-Green pionero de los
vuelos en globo en nuestro país,
rescata su extraordinaria historia.
Uno de los primeros
hombres en despegar
sus pies de esta Tierra, fue
Santos Dumont, que llegó a recorrer
100 Km en globo, en 1898, y
tuvo su primer dirigible, Santos
Dumont-1, en 1901. Su amigoCartier
inventó el reloj de pulsera para
que pudiera consultar la hora en
plena maniobra.
Brasil hasido un país adelantado en
la historia de la aeronáutica, pionera
con la Viaçao Aerea Rio Grande
doSoul, Varig, primera línea aérea
en incorporar azafatas, tocadas con
elegantes pamelas, para asistira los
pasajeros.
El último, tristemente, célebre aeronauta
brasileño, ha sido el párroco
AdelirAntonio de Carli, de 43 años,
que se elevó en Paranaguá –sur de
Brasil- sentado en una sillacolgada de
un manojo de mil globos de fiesta y se
perdió en el cielo, seguramente en el
mar, esta primavera pasada.
Pero el personaje histórico más sobresaliente, fundador de la aeronáutica, total
e injustamente desconocido, fue Fray Bartolomé Lourenço de Gusmao, conocido
como el Padre Voador, sacerdote jesuita, el más sabio de todos ellos. Cuando
el Padre Voador le atizaba fuego a su ingenio, los famosos hermanos Montgolfier,
no habían nacido todavía.
Había nacido en Santos, estado de Sao Paulo, en 1685 y fue Capellán Real de
S.M. Joao V. El académico de la Naçao Portuguesa, Francisco Freire de Carvalho,
recoge en 1843 su “Petiçao sobre o instrumento que inventou para andar
pelo ar, e suas utilidades.-Lisboa Somao Thadeo Ferreira 1774”.
“He inventado una máquina con la cual se puede viajar por el aire mucho más
rápidamente que por la tierra o el mar. Se podrán recorrer con ella más de doscientas
leguas al día, llevar cartas para los ejércitos en los lugares más lejanos;
se podrán sacar de las plazas sitiadas, las personas que se quieran, sin que el
enemigo pueda impedirlo”.
No hay duda de que la experiencia se realizó el 8 de Agosto de 1709, en el patio
de la Casa da India, delante de S.M, de muchos miembros de la nobleza y del
pueblo, con un globo que subió suavemente a la altura de la Sala de Audiencias,
impulsado por cierto material que ardía y al que aplicaba fuego el mismo inventor,
para descender según se iba enfriando.
La maquina fue descrita como un gran cesto de mimbre bajo una envoltura de
papel, de la que colgaba un brasero encendido; es más, existe una crónica que
cuenta como, al bajar, el invento prendió un cortina del salón, con mucha alarma.
Gusmao tenía mucha fe en el aparato y previó la aerostación militar, que utilizaría,
por primera vez, España en la guerra de Marruecos y llegaría, como él
predijo, a las regiones más cercanas a los polos, -como consiguió el ingeniero
sueco Andree en 1901.
El éxito fue indudable; el rey lo premió con una prebenda
de 600.000 reales y el pueblo lo llamó, a partir de ese día, el
Padre Voador.
¿Cómo un asunto de tanta trascendencia, un invento que fue
el inicio de un cambio de una era nueva en la civilización, pasó
desapercibido y quedó en el más ignominioso anonimato?
Pues porque si asombró a Su Majestad y al pueblo de Lisboa,
más aún alarmó a la Santa Inquisición que, en cuanto tuvo
noticias de una máquina que volaba por arte del demonio -no
cabía otra explicación- puso en marcha a sus terribles agentes
mangas-verdes.
Pero nuestro Padre fue fraile antes que globero, y rápidamente
destruyó y quemó todos sus planos y cálculos,
borró todas las huellas que pudo y huyó a
Brasil. Desapareció.
Sólo quedó el recuerdo de las personas que lo habían contemplado, convertido
en leyenda con el paso del tiempo; y una especie de alegoría fantástica, carroza
aguileña voladora, con más aspecto de calabaza del cuento que de aeronave
pionera.
Y también queda una lápida en la Iglesia de San Román Mártir, de Toledo, colocada
en su memoria por el Rey Alfonso XIII con motivo del I Congreso Iberoamericano
de Aeronáutica, en el que los jefes de Estado de 21 países rinden
homenaje a Fray Bartolomé Lorenzo de Guzman, precursor de la aeronáutica
remontándose en globo en el año de 1709. Sus hermanos de raza visitaron su
tumba el 31 de Octubre de 1926.
Se pueden pasar unas horas deliciosas leyendo esta maravillosa historia en el
Memorial del Convento. Su autor, José de Saramago, me dijo que eran fantasías
populares, el muy descreído de él, pero yo he pasado parte de mi vida andando
pelo ar, y desde allí, dentro de esta magia, he sentido claramente que esta historia
era cierta.
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