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Boletín
nº33 |
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EL RÍO DE LOS COCODRILOS |
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El istmo de Panamá en una de sus partes mas
estrechas, a la altura de la capital, mide unos ochenta kilómetros. Allí es
donde Lesseps, el creador del Canal de Suez, intentó hacer su segunda gran
obra, el Canal de Panamá, y se arruinó en el intento. El proyecto lo terminaron los americanos y lo
convirtieron en el éxito que conocemos. Ahora mismo los
panameños lo están ampliando y añadiendo un tercer juego de exclusas.
Siglos antes de su construcción, los españoles tenían que transportar a través del istmo, del Pacífico al
Atlántico, el oro y la plata del Perú y de otros lugares de América, así como otras muchas valiosas mercancías que, una vez en los puertos del
Atlántico, se embarcaban rumbo a España. Lo hacían por el llamado Camino
Real, que cruzaba el Darién, como
se denominaba entonces a gran parte del país, nombre reservado ahora para
una intransitable jungla que aísla a Panamá de Colombia y, por tanto, a
Centroámerica de Suramérica. El Darién actúa así como una barrera a las migraciones por
tierra de América del Sur a la del Norte, y este hecho, que tal vez sea
conveniente para alguien, probablemente es la causa de que nunca se haya
completado este tramo relativamente corto de la carretera, ni garantizado
la seguridad en esa ruta que daría un vuelco a las comunicaciones y al
desarrollo de las Américas.
Volviendo al Camino de Real, en su tiempo y por otras razones, era también
una
ruta peligrosa: un camino penoso, insalubre y no exento de riesgo, a través
de selva y pantanos plagados de amenazas, fiebres (malaria, dengue,
cólera...) serpientes, caimanes y cocodrilos (los mayores de América),
por no hablar del resto
de los animales salvajes y de los insectos. No es sorprendente que a
alguien se le ocurriera cambiar el arrastrar la carga y las caballerías por
aquellos parajes por un procedimiento mas cómodo: el transporte fluvial,
embarcarse en el río Chagres (al que los españoles llamaban el Río de los
Lagartos por razones obvias) hasta llegar
al mar en la Bahía de San Lorenzo, aún hoy custodiada por el fuerte del
mismo nombre, repetida y exitosamente atacada en otras épocas por piratas
y almirantes ingleses. Esta nueva vía constituyó el llamado Camino de
Cruces. Remontando el Chagres desde el mar, se atraviesa la mayor parte del
istmo hasta que, cerca de lo que ahora es Balboa, hace una gran curva y se
adentra en las montañas por una espesa selva. En esa curva, estaba también
Cruces y desde allí ya había que continuar por tierra hasta Panamá la
Vieja.
Las dos vías tenían ventajas e inconvenientes. La fluvial era más lenta. El
río no siempre llevaba suficiente agua, los porteos podían ser inevitables
y los bajos resultar agotadores para los que manejaban las pértigas. El
riesgo de naufragio también era real. De hecho, tras el hundimiento en 1586
de un barco cargado de plata se prohibió transportar metales preciosos por
río. El camino a lomos de caballería era mucho más rápido: de Panamá la
Vieja a Nombre de Dios primero y luego
a Portobelo, también en el Caribe, se tardaba unos cuatro días. El problema
era que resultaba carísimo: las mulas tenían una capacidad de carga
limitada y morían muchas en cada viaje. Reemplazarlas en grandes cantidades era muy difícil
porque era necesario importarlas (seguramente ocurría algo parecido con los
arrieros, pero estos eran más fácilmente reemplazables). A esto se unía
que el transporte era estacional y tenían que estar listas en fechas
determinadas cuando llegaban o partían los convoyes que cruzaban el
Atlántico. Las ferias de Portobelo (decían que eran las mayores del mundo)
eran un espectáculo y sólo duraban unos días en los que comercio,
bullicio y riquezas fabulosas inundaban la ciudad. La gestión de la
logística de todo aquello era muy compleja y un verdadero quebradero de cabeza.
Con el tiempo, las rutas se especializaron y la terrestre quedó para la
plata y mercancías preciosas y la fluvial para el resto, es decir para
grandes cargas y volúmenes, con menor valor unitario. Si bajar el Chagres
y navegar por mar de San Lorenzo a Portobelo, junto con las
correspondientes cargas y descargas, podía llevar varias semanas,
remontarlo era aún mas lento y penoso. De hecho, salvar así el istmo duraba igual o más que la travesía por mar de Perú a Panamá.
Cuando Panamá, que había sido bautizada oficialmente y con gran sentido del
marketing como la “Castilla de Oro”, agotó lo que había sido una
abundante y soñada fuente del precioso metal, encontró en la logística lo
que ahora llamarían un nuevo modelo productivo, gracias a la explotación de
su situación geográfica estratégica. Siglos más tarde, llegaría la tercera
bonanza económica gracias al paso de los buscadores de oro de California,
que daría paso a la cuarta y actual, la del Canal.
Mi amigo Juan M. Feliz es una persona notable. Es socio de la Sociedad
Geográfica Española, ha recorrido en piragua los ríos más perdidos de todos
los continentes y ha sido Campeón de España de kayaks y ganador del
Descenso del Sella, donde tiene una empresa de turismo aventura y alquiler de piraguas (www.fronteraverde. com). Es un viajero bastante duro y
experimentado, siempre en busca de nuevos retos. Su propuesta del año
pasado fue que nos hiciéramos el Canal remando. Él lo hizo, pero yo afor
tunadamente, en el último momento
y por razones de trabajo, me libré. El
plan de este año era bajar el río Chagres desde la cabecera hasta el mar y
esta vez no se me ocurrió ninguna excusa para evitarlo, así que allí estábamos. Para Juan, el mayor atractivo del Chagres, aparte de estar
cargado de historia y haberse hecho famoso por sus cocodrilos, es que es el único río del mundo que, al fluir al Canal de Panamá, vierte sus aguas a
dos océanos.
A la vista de que desde España no habíamos conseguido apenas información,
una vez terminados los asuntos que nos llevaban a Panamá dedicamos un día
entero a preparar la expedición con un resultado bastante decepcionante. A
ninguna de las agencias de turismo o “aventura” parecía interesarles lo más
mínimo ayudarnos con el transporte o la infraestructura. Como mucho, nos
apoyaban en una etapa y
a unos precios que los mismísimos suizos habrían envidiado. Después de
muchas negociaciones, todo quedó en el aire y decidimos adaptarnos a los
métodos locales
e ir improvisando día a día. Nuestros contactos en el mundo del piragüismo,
a la hora de la verdad, estuvieron también especialmente ocupados cuidando
abuelitas enfermas o asuntos similares y tampoco fueron una gran ayuda.
Solo Javier y Marta se volcaron y nos pasearon muchísimo y ella, en
especial, nos resolvió muchas cosas y fue nombrada “Madrina de la
expedición”.
El primer día lo pasamos desentumeciéndonos y adaptándonos al clima. Alquilamos una “pickup”, pasamos el aeropuerto de Tocumen y nos dirigimos hacia
el Norte, a la sierra. Allí, los panameños que pueden tienen casas donde se
refugian en la altura de los calores de la capital. Pasamos ante las
entradas de las fincas de importantes personajes, incluido algún
ex-presidente de países vecinos, hasta bordear la urbanización Cerro Azul
y, por la linde del Parque Nacional del Chagres, llegamos al Cerro Pelón que contrasta con la lujuriosa vegetación
que le rodea. Todo Panamá nos había asegurado que para llegar hasta allí necesitaríamos unos permisos especiales que no teníamos y que nadie nos
pidió. Por allí cerca dejamos la pickup para subir al Cerro Jefe y caminar un par de horas a modo de aclimatación. La gracia de Cerro Jefe, aparte
de estar en la cabecera del río Chagres, es que es el pico más alto de esa
zona y en los días claros, desde sus 1.007 metros, se pueden contemplar los
dos océanos. Nuestro día no era claro y parece que, en la misma cumbre, la
mayoría tampoco lo son.
Al día siguiente tocaba meterse en el valle del
Chagres y para ello levantarse a las cuatro. De lo que no nos habíamos dado
cuenta es de que el camino desde Panamá pasa pegado al Cerro Jefe y nos podíamos haber ahorrado
la repetición del recorrido. Tras veinticuatro horas de llovizna, la pista
se había vuelto
la más resbaladiza que he visto en mi vida y cuando ya todo parecía
suficientemente complicado, en medio de una fuerte bajada, nos encontramos
de frente con seis todoterrenos atascados y bloqueándonos el camino. El
barro era tan resbaladizo que cuando nos bajamos del vehículo, apenas
podíamos caminar sin caernos. Aquellos coches estaban allí desde el día
anterior, atascados, atravesados, quemando embragues y motores,
empujándose y remolcándose, todo sin que se apreciara demasiado progreso.
Nuestro conductor local, en cambio, no era un dominguero: puso unas
remendadas cadenas sujetas con cordeles y otros procedimientos precarios y,
en no mucho más de una hora, sorteó los seis aullantes y humeantes
vehículos y milagrosamente nos sacó de allí. La lluvia continuaba y los
seis coches nos habían destrozado la pista pero aún avanzamos unos
kilómetros hasta cerca del río San Cristóbal. En un recodo del camino donde
ya era imposible continuar, nos esperaba el mulero con las caballerías.
Sobre ellas cargamos la balsa, las provisiones y el resto del equipo.
Continuamos a pie unas horas por la selva profunda que aún alberga
invisibles pumas y jaguares. Estábamos en el corazón del valle del Chagres.
A Juan le gustaba recordar los versos de Stanley (el otro, James, conocido
como el poeta del istmo):
Mas allá del Río Chagres
existen senderos que conducen a la muerte,
a los mortíferos vapores de la fiebre, al letal soplo de la malaria.
Stanley me pareció un exagerado, pero luego me enteré de que en 1906, al
año de escribir estos versos, murió de malaria en Panamá. Llegamos al punto
sin retorno: cuando el río se hizo navegable, inflamos la balsa, la
cargamos y seguimos en ella, río Piedras abajo, hasta que entramos en el
alto Chagres que también bajamos hasta que se terminaron los rápidos y el
río se hizo manso.
Allí nos esperaba un paisano con un cayuco al que pasamos nuestras cosas y
la balsa tras desinflarla. Volvíamos a estar en territorio algo habitado,
el de los indios Mberá, cuyas cabañas se veían a veces desde el río. Esta
tribu es oriunda del Darién, pero hace unos decenios se estableció aquí y
es frecuentemente visitada por turistas. El cayuco nos llevó hasta Puerto
Corotú en el lago Alajuela, un pantano que regula el aporte de agua del
canal, imprescindible para su funcionamiento, como lo es que se mantengan
la vegetación y la pluviometría del Parque Nacional del Chagres.
Al amanecer cruzamos el lago en otro cayuco hasta la presa Madden. Allí
Luis Iván
Jr. nos esperaba con su furgoneta y nos depositó aguas abajo del embalse.
Descargamos los kayaks del remolque, incluida una serpiente camuflada y
muy enfadada,
y por un río ancho y perezoso con impenetrable vegetación en las orillas,
que hacía imposible cualquier desembarque, paleamos hasta Gamboa y el Canal
de Panamá. Hacia el final del día, en una orilla entre dos palmeras, Juan
vio una abertura en la selva. Nos metimos y resultó ser el emplazamiento de
la Venta de Cruces que dio su nombre al mencionado Camino y era el puerto
donde viajeros y carga embarcaban. Nos encantó “descubrir” las ruinas de
las antiguas edificaciones.
En Gamboa, Marta nos había reservado un bote fueraborda metálico y canijo,
que contra todo pronóstico no se hundió, tal vez porque lo pilotaba
“Nelson”, y con el que, rebotando sobre el oleaje, hicimos el mar interior,
la parte del Canal que es el embalsado Lago Gatún, a 25 m. sobre el nivel
del mar. Unas veces navegamos entre petroleros, otros grandes barcos y
preciosos veleros y otras, por atajos, entre islas cubiertas de selva
retratando pájaros, tortugas y demás fauna salvaje. Desembarcamos
en las esclusas donde nos detuvimos a ver las maniobras de las
embarcaciones en las compuertas. Bajo ellas, en el coche de Benito, un
asturiano que lleva toda su larga vi-
da en Colón, volvimos de nuevo al Chagres donde, al no tener kayaks y no
encontrar cayucos, nos resignamos a alquilar un lanchón para hacer el
último tramo del río, de nuevo entre selva virgen y deshabitada. Allí Juan
cumplió el otro objetivo de su viaje:
el hermanamiento del Chagres con el Río Sella, el rito de verter una
botella de agua
de ese río que traía desde España y tomar otra para hacer lo recíproco a su
vuelta, momento que inmortalicé, bastante mal, por cierto.
La vuelta a la capital la hicimos en un vagón abierto de la legendaria
Panama
Railways. Gracias a la imaginación de Juan, desde la cabecera del Chagres
en las montañas, hasta el Caribe habíamos pasado cuatro días fascinantes a
pocos kilómetros de la ciudad y al mismo tiempo en sitios maravillosos, a
menudo aislados o poco accesibles y fuera del tiempo y del alcance del
turismo de masas.
Nuestra siguiente excursión panameña no nos salió tan bien. Queríamos
acercarnos en todoterreno al Volcán Barú (3.500 m. y el más alto de
Centroámerica) en
la provincia de Chiriquí, para subirlo a pie, pero un huracán cortaba las
carreteras, hacía volar árboles y vallas y, tras veinticuatro horas bajo el
volcán, lo dejamos para otra vez. Por doce euros dormimos bien en la
Pensión Mari Lus de Boquete y por un euro más nos sacó de de la comarca un
concurrido ex-school bus amarillo donado por los americanos y convertido en
guagua comercial.
Yo seguí viaje a Ecuador y Colombia, pero Juan se quedó un día más en
Panamá. Lo aprovechó para volver al río y hacerse, solo (todavía no se lo
he perdonado) por la selva, la última parte del perdido Camino de Cruces.
Desoyendo los consejos de los habitantes locales y, a pesar de ir sin
guía, consiguió no perderse.
El camino está ahí: en parte señalizado, en algunos tramos restaurado y en
otros a punto de ser devorado por la selva. Es una pena porque con su
historia, su atractivo entorno y la creciente búsqueda de objetivos del
“turismo activo”, con un mínimo de iniciativa y una inversión modesta,
podría convertirse en una alternativa corta del Camino del Inca o de las
muchas rutas similares que otros países han desarrollado como destino
turístico de propios y extraños.
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POR LOS CAMINOS DEL INCA. EL PROYECTO UKHUPACHA |
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khupacha quiere decir en quechua “el mundo de adentro” y es
el nombre de un original proyecto que pone la espeleología al servicio de
los arqueólogos y de otros científicos que necesitan investigar en lugares
inaccesibles.
Ukhupacha comenzó con una pasión y, lo que a veces es lo mismo, con un
sueño.
En 1997 Salvador Guinot, un bombero de Castellón apasionado por la
espeleología, decidió hacer junto a un grupo de compañeros el Camino Inca
hasta Machu Picchu. Le sorprendió la cantidad de cuevas y lugares que había
sin explorar porque los arqueólogos no podían acceder a ellos y se le
ocurrió que sus técnicas espeleológicas podrían ayudar a resolver el
problema. Su entusiasmo logró embarcar en el proyecto a la Universidad
Jaime I de Castellón y al Instituto de Cultura
de Perú. Doce años después, Ukhupacha, “el mundo de adentro”, de la
oscuridad,
ha sacado a la luz templos, tambos, puentes y enterramientos de ese Camino
Inca
y de los montes sagrados, los Apus, que rodean uno de los mayores enigmas
de nuestro mundo, la ciudad de Machu Picchu.
POR LOS CAMINOS DEL INCA
Wiñay Wayna, que en quechua quiere decir “siempre joven”, “eterno”, es el
último alto del Camino Inca antes de llegar a Machu Picchu. Es un lugar de
purificación, de culto al agua, edificado sobre una empinada ladera desde
la que se
ve el Vilcanota, el río que alimenta el Valle Sagrado de los incas. Aquí se
acampa para levantarse todavía en la oscuridad de la noche y llegar a
tiempo de contemplar el amanecer desde Inti Punko, la Puerta del Sol, la
más espectacular entrada
a la enigmática ciudad perdida de los incas. Desde esa puerta, Machu Picchu
corta el aliento. Es lo que Salvador Guinot sintió la primera vez que la
vio y que se dejó envolver por su magia. También sintió una gran paz, la
sensación de que se reencontraba
con algo que ya conocía de antes y que los Apus, los dioses de la montaña,
le estaban enredando en un sueño, tejido a lo largo del camino: ayudar
con sus conocimientos de espeleología a los arqueólogos a desvelar los
misterios de aquel mundo sobrecogedor.
El MontE ViEjo
Cincelada a golpes entre los montes sagrados que marcan sus cuatro puntos
cardinales y que la ocultaron de la codicia de los españoles, Machu
Picchu fue durante casi cinco siglos un mito. Una leyenda todavía llena
de enigmas. Incluso su verdadero nombre sigue siendo un secreto enterrado
junto a los huesos de sus moradores. Machu Picchu, “el Monte Viejo”, es
como la bautizó su descubridor, Hiram Bigham, porque así la llamaban los
indígenas que, por un sol, un dólar de plata peruano, el 24 de Julio de
1911 le llevaron hasta las ruinas.
“Al bordear el promontorio”escribió en su diario de ese día el explorador
y aventurero estadounidense -“nos encontramos con una visión inesperada,
una enorme escalera de terrazas bellísimamente construidas en piedra. Había
cientos de ellas. Los indígenas las habían rescatado de la selva para
cultivarlas. El suelo, cuidadosamente preparado por los incas, todavía
era capaz de producir ricas cosechas de maíz y patatas” (…) “Una sorpresa
seguía a otra. Anduvimos por un camino hasta un claro, limpiado por los
nativos, donde habían plantado una pequeña huerta y
de pronto, nos encontramos ante las ruinas de dos de las más bellas e
increíbles estructuras de la América antigua. El lugar me dejó sin
respiración ¿Qué sitio podría ser? ¿Por qué nadie nos había hablado de
el?”. Bingham creyó entonces haber encontrado la ciudad perdida de los
incas, Vilcabamba, pero no lo era.
En la actualidad los investigadores piensan que Machu Picchu fue construida
a mediados del siglo XV por el noveno emperador inca, Pachakutiq, como
centro religioso, político y administrativo. Toda la ciudad giraba –gira
todavíaen torno al Sol. Al director arqueológico de la Ciudadela,
Fernando Astete, no deja de asombrarle, a pesar de los años que lleva
investigándola, cómo fue planificada, en armonía con la naturaleza, para
aprovechar lo mejor posible la luz y el calor solares. Poco podía imaginar
este arqueólogo, empeñado en desvelar todos los secretos del lugar, que el
día que Salvador Guinot se acercó a preguntarle cómo accedían a las
cavidades y caminos que salpicaban las cimas de los Apus, tenía ante sí la
llave
que le abriría las puertas de las alturas de Machu Picchu.
UKHUPACHA, EL MUNDO DE ADENTRO
Pero ¿cómo llegaban los arqueólogos a esas alturas para explorar?. Esta es
la pregunta que durante todo el Camino Inca había obsesionado a este
bombero castellonense, amante de la espeleología. En 1997, después de
haberse aventurado en picos y cavernas de Cuba, Argentina, Papúa y China,
Salvador Guinot y un grupo
de compañeros habían decidido aprovechar sus vacaciones de verano para
llegar andando, como los antiguos incas, a Machu Picchu.
Esta es una ruta llena de asombros e interrogantes. ¿Cómo se construyó algo
así?
¿Por qué? ¿Para qué? Las respuestas podrían estar en esas cavidades y cimas
de las alturas. Cuando el director de Machu Picchu le contestó a Salvador
que para un arqueólogo esos lugares eran inalcanzables porque muchos
caminos habían
desaparecido, se le ocurrió que sus técnicas espeleológicas podrían
resolver el problema
y que gracias a una cuerda, los investigadores podrían explorar sitios que
hacía siglos que nadie pisaba. Así nació un sueño en el que este bombero
logró embarcar a la Universidad Jaime I de Castellón, a la Agencia
Española de Cooperación y al Instituto de Cultura de Perú.
Y en julio de 2002 el sueño se transformó en un proyecto, Ukhupacha, que en
quechua quiere decir “el mundo de adentro”, representado en la mitología
inca por una serpiente gigante, la serpiente Amaru.
El doctor Astete fue uno de los primeros alumnos de la escuela de
espeleo-arqueología que
el proyecto Ukhupacha puso en marcha para transmitir los conocimientos de progresión vertical que ayudarían a los
científicos
y técnicos a ascender o descender paredes verticales y a cruzar abismos.
Formar a los arqueólogos era tan importante como ayudarles a descubrir. Así
las cuerdas se convirtieron en herramienta del conocimiento y el director
de Machu Picchu pudo cumplir uno de sus anhelos: pasar al otro lado de
uno de los puentes de acceso
a la ciudadela, el Puente Inca, inaccesible por los continuos derrumbes, y
explorar una de las rutas del ancestral y sagrado camino.
CAMINOS INCAS, RUTAS SAGRADAS
Cuenta Pedro Cieza de León en su Crónica de Perú, publicada en 1553, que
una
de las cosas que más le admiró de aquel reino fueron sus caminos “de qué
manera
se pudieron hazer tan grandes y sobervios y qué fuerças de honbres bastaron
a
lo poder hazer y con qué herramientas y estrumento pudieron allanar los
montes
y quebrantar las peñas para hazerlos tan anchos y buenos como están; porque
me pareçe –reflexiona el conquistador-historiadorque si el Enperador
quisiese mandar hazer otros camino real como el que va del Quito al Cuzco
sale del Cuzco para yr a Chile, çiertamente creo con todo su poder para
ello no fuese poderoso
ni fuerças de hombres lo pudieran hazer, si no fuese con la horden tan
grande que para ellos los Yngas mandaron que oviese...”
Más de treinta y cinco mil kilómetros se calcula que sumaba la
red de caminos empedrados, cuidados y dotados de diferentes servicios,
con la que los incas comunicaron su inmenso reino. De todos ellos, el
Qhapaq Ñan, “el camino del señor”, era la ruta principal. Tenía su centro
en Cuzco y llegaba, atravesando cinco mil kilómetros de la cordillera
andina, hasta la capital ecuatoriana, Quito, por el Norte, y a Santiago de
Chile y Argentina por el Sur. Por ellos circulaban noticias, bienes y
ejércitos con gran velocidad. Almacenes, estaciones de reposo (tambos,
kanchas, chasquiwasis) y lugares con agua salpicaban los lindes de manera
calculada para la marcha de un día. Una sobrecogedora obra de ingeniería
en la que siempre se buscaba el trazo más directo, con empinadas escaleras para sortear las alturas y amplias calzadas, hasta de diceiseis metros
de ancho, para transitar por las punas y llegar a los santuarios
construidos en las cumbres. Y, “¿quién mejor que Ukhupacha y su
sensibilidad hacia la dimensión vertical de los territorios?” –pensó la
historiadora Guadalupe Martínez cuando el Instituto Nacional de Cultura
de Perú le encargó coordinar el proyecto para la recuperación del Qhapaq
Ñan“Quién mejor que Ukhupacha para ayudar a comprender una obra que se
cuelga y descuelga permanentemente por una de las geografías más extremas
del Planeta?”.
De esta manera, el proyecto se embarcó en la exploración de esa red de
caminos
y a golpe de machete, debido a la densa vegetación selvática que los
envolvía, ha conseguido descubrir escaleras, muros de contención, tambos,
puentes… y eso que es un camino por el que apenas han empezado a andar.
COLGADOS DE UNA CUERDA, EN BUSCA DE OTROS CAMINOS
Cuan do en mayo de
2006 el equipo Ukhupa-
cha accedió por primera vez al otro lado del Puente Inca, colgándose
de una pared vertical y superando un abismo a cuatrocientos metros por
encima del río Vilcanota, hacía quinientos años que nadie pisaba
ese lugar. El director de Machu Picchu pudo confirmar entonces lo que
hasta ese momento solo era una posibilidad: allí había otra ruta sagrada.
Todavía no saben lo que encontrarán al final de ella.
Es tan solo el comienzo de su aventura. Este mismo verano les espera la
enigmática Kuelap, la ciudad de las Nubes, origen de la cultura
preincaica Chachapoyas,
en el Norte de Peru. Allí los enterramientos, inaccesibles, permanecen
intactos. Cómo y para qué se construyeron esas tumbas es, todavía hoy, un
misterio sin resolver. La ciudadela de Choquequirao, comparable a Machu
Picchu, será otro de sus próximos retos.
La pasión por el conocimiento y la espeleología ha reunido a bomberos,
catedráticos y arqueólogos en este proyecto que no busca tesoros porque,
dicen, el verdadero tesoro es lo que encuentras en ese antiguo camino.
Ellos encontraron un sueño, hoy realidad. |
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LOS VIAJES DEL CONDE DE SAINT-SAUD POR EL NORTE DE ESPAÑA |
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Jean Marie Hippolyte Aymar d’Arlot, conde de Saint-Saud, nació el 15 de
febrero de 1853 en Coulanges-sur-l’Autize, en
el departamento francés de Deux-Sèvres, al oeste del país, en el seno de
una acomodada familia de la aristocracia gala que le inculcó desde niño el
amor por la Naturaleza. De hecho, siendo sólo un quinceañero entró en
contacto con los Pirineos, quedándose atrapado por ellos de por vida.
Se licenció en Derecho en la Universidad de Burdeos y, tras terminar sus
estudios, ejerció como juez en Lourdes, junto a sus amados Pirineos,
entre 1878 y
1880. Ese año abandonó su carrera profesional para dedicarse en cuerpo y
alma
a recorrer las montañas que tanto le fascinaban, gracias en gran medida a
la independencia económica que le permitía su posición. Cuatro años más
tarde
se casó y tuvo cuatro hijos que en numerosas ocasiones fueron, por un lado,
sus acompañantes en sus expediciones alpinas, y por otro, consejeros en la
organización de las observaciones y aportaciones geográficas que
plasmaría por escrito en sus numerosas publicaciones.
Pero en la segunda parte de su vida, cuando ya había cumplido los sesenta,
y tras el estallido de la Gran Guerra, comenzaron sus desgracias. Durante
el conflicto perdió a un gran número de colaboradores y amigos e incluso
a uno de sus yernos que murió en 1914 en el campo de batalla. Más tarde, en
1921 falleció
su compañero de andanzas, Paul Labrouche y, en 1927, con 74 años se quedó
viudo. Años después, cuando era casi un nonagenario perdió, con solo seis
meses de diferencia, un hijo, un yerno y un nieto (este último en un
accidente en
el Vignemal).
Durante la 2ª Guerra Mundial se refugió en su casti-
llo de la Valouze, donde sufrió el desprecio de los ocupantes. Estas
desgracias, y el paso de los años, fueron minando al conde, pero no le
impidieron seguir desarrollando su actividad. Baste como ejemplo su
ascensión, con 95 años, al Turon de la Courade.
Finalmente, el 13 de fe-
brero de 1951, dos días antes de cumplir los 98 años, el conde
abandonó para siempre este mundo tras dejar una imborrable huella para
los amantes de las montañas que aún podemos sentirle a nues-
tro lado en cada una de las ascensiones a los innumerables picos que
coronó, fotografió y cartografió a lo largo de su vida.
SU PRIMER CONTACTO CON LOS PICOS DE EUROPA (Marzo de 1881)
Las aventuras del conde por los Picos comienzan en 1881, año en el que en
peregrinación a Santiago de Compostela, y aceptando la invitación del admi
nistrador de Aduanas de Ribadesella al que había conocido el año anterior
en los Pirineos, ve por primera vez los soberbios Picos de Europa, que
rebasan los
2.600 metros y se alzan cubiertos de nieve en los confines entre Castilla
la Vieja
y Asturias.
Habrá que esperar nueve años para ver al conde de nuevo por los Picos de
Europa donde desarrollará, a lo largo de ocho expediciones en sucesivos
veranos, de 1890 a 1908, una intensa labor geográfica que permitirá, tras
numerosas expediciones, recoger todos los datos necesarios para la
posterior elaboración del primer mapa detallado de la región. Además, sus
pormenorizadas descripciones sobre los usos y costumbres de los
habitantes de la región, así como de los paisajes que le acompañan, y
publicados en su obra Monographie des Picos
de Europa, aportan una información trascendental y de un valor geográfico
sin precedentes para conocer en profundidad cómo eran los valles y montañas
del lugar y cómo vivían sus habitantes en aquellos años.
EL PRIMER VIAJE DE RECONOCIMIENTO (Julio de 1890)
En esta ocasión llega a los Picos, y más concretamente al macizo de Andara,
en diligencia desde Torrelavega, a donde había llegado por vía férrea desde
Madrid. Una vez allí asciende, el día de San Fermín de 1890, en una
mañana de sol espléndido y con horizonte claro, su primera cumbre de los
Picos: la Tabla de Lechugales, soberbia escarpadura que se precipita sobre
la linda Liébana, de viñas feraces, dorados cereales, bosques de hayas y
pródiga en encanto. Al día siguiente sube al pico de San Melar, y el 9 de
julio realiza la primera ascensión de la que se tiene noticia a Peña Vieja,
desde cuya cima, y aunque las nubes llegan en bandadas desde todas
partes, pueden observarse en las zonas despejadas crestas formidables,
amontonándose unas sobre otras, mundo aterrador, que, en un primer viaje
como el nuestro, podría descorazonar a los mejores intenciona-
dos por lo que de desconocido se revela.
Tras el descenso, y motivado en gran medida por las inclemencias
atmosféricas, decide el 12 de julio dar por terminada su primera expedición
a los Picos de Europa, marchando en diligencia desde Potes a través del
puerto de Piedras Luengas a partir del cual el cielo se torna azul y el
termómetro sube a los 26ºC.
SEGUNDO VIAJE A LOS PICOS (Septiembre de 1891)
Al año siguiente, Saint-Saud regresa a los Picos, una vez más junto a Paul
Labrouche, amigo fiel, cinco años más joven que él, que le acompañaría a
los Picos en cuatro de sus expediciones y colaboraría con él en la
redacción de sus escritos. No en vano a él se debe la calificación de los
Picos de Europa como macizo tricéfalo, al estar dividido en tres sectores,
el occidental, entre los ríos Sella y Cares; el central, entre el Cares y
el Duje; y el oriental, entre el Duje y
el Deva.
Es el propio Labrouche el que hace un resumen de este viaje al que alude
como poco exitoso ya que lo avanzado del año, lo corto de los días, las
vacilaciones de los guías y la carencia de material alpino redujeron este
segundo viaje a los Picos
a una exploración de los valles y a una serie de escaladas a cimas
secundarias, agotadoras y peligrosas, sin provecho proporcional al riesgo.
Y es que de hecho, en esta ocasión, en poco más de los diez días que
permanecieron en la zona de los Picos, y a pesar de la inestimable ayuda
que reciben del ingeniero Marcial de Olavaria, director general de las
minas de Los Picayos y Liordes (no hay que olvidar la importancia minera de
los Picos en esa época, lo cual explica que gran parte de los primeros
exploradores de la región fueran geólogos o ingenieros de minas) tan sólo
subieron cumbres de segundo orden como Peña Mellera, Tiro
Llago o Peña Bermeja.
LA CONQUISTA DE LAS GRANDES CIMAS (Julio y Agosto de 1892)
En este tercer viaje de exploración, el conde de Saint-Saud y Paul
Labrouche ascienden, en menos tiempo que en la última expedición, a las
principales cumbres de los Picos: Cerredo, Llambrión, Peña Santa de
Castilla... cumpliendo felizmente, pero no sin trabajo, todo el programa
previsto. Y esto es posible, en gran medida, y como el propio Labrouche
señala, a que en esta ocasión tomamos nuestras precauciones: íbamos
acompañados por un guía francés, teníamos tienda, camas de campaña, mantas,
víveres en abundancia, una buena cuerda, e incluso una escala... que no
sirvió para nada.
COMPLETANDO LAS OBSERVACIONES (Julio de 1893)
Un año más tarde, el conde vuelve, está vez solo, con el fin de tomar los
datos necesarios para completar las exitosas observaciones geodésicas del
verano anterior. En esta ocasión el punto de partida es la localidad de
Espinama, a donde llega el 9 de julio que, día en el que, al ser domingo,
puede observarse a toda la juventud del lugar jugando a los bolos en la
plazoleta de detrás de la iglesia, el único espacio llano de todo el
pueblo. Desde ahí, asciende a las cimas más cercanas: los escarpes de
Fuente-Dé, el pico del Val de Coro y la cumbre Abenas.
A continuación marcha hacia Bulnes, donde se alojará en la casa del párroco
quien le acompaña en la ascensión al Pico del Albo. De esta localidad
asturiana
a la que hasta la inauguración en 2001 del teleférico sólo se podía llegar
a pie, deja el conde una interesante descripción que reproducimos, por su
interés, en
su integridad: "Bulnes es el único pueblo en el interior del gran macizo
central. Es una aldea pobre, regada por un torrente que baja desde los
Urrieles, afluente
de la margen derecha del Cares. El barrio principal tiene rango de villa y
se al-
za en la misma orilla del río. Allí se hallan la iglesia y la rectoral. La
aldea está enfrente, sobre la orilla izquierda, a un centenar de metros por
encima del valle
y a un cuarto de hora de camino. Una vieja torre, cuyas ruinas parecen ser
del siglo XIV, se alza en medio de las casas. En total unos treinta y cinco
hogares, de los que veinte pertenecen a la aldea. Eso es todo lo que vive,
ama y muere en el macizo central de los Picos de Europa".
De ahí marcha a Sotres, otra localidad asturiana en el corazón de los Picos
que, según menciona el propio Saint-Saud, tiene una leyenda relativa a su
común origen con Bulnes y Tielve. En el siglo XI los pastores de Arenas
habrían fundado los tres caseríos, y Sotres, el más alejado de todos,
recibiría el nombre del triunvirato: “Son Tres”. Desde dicha localidad sube
a la Punta de San Llano donde realiza las últimas mediciones y da por
terminado su cuarto viaje de exploración.
EL REGRESO A LOS PICOS (Julio y Septiembre de 1906)
Han pasado trece años desde la última visita del conde a los Picos. En esta
ocasión vuelve de nuevo acompañado de su amigo Paul Labrouche, pero...
¿con qué objetivo? Pues fundamentalmente con la intención de llevar a cabo
una serie de levantamientos topográficos en la zona noroccidental de los
mismos, quizá hasta el momento el sector menos trabajado por ellos, para
poder realizar un mapa más detallado de la zona a pesar de que el coronel
Prudent ya había elaborado un primer mapa con los croquis, anotaciones,
fotografías e indicaciones del conde tras sus primeros viajes.
Esta nueva expedición partió de Arriondas a donde llegan en tren y desde
donde parten en dirección a Cangas de Onís primero y a Covadonga después.
Allí comprueban que ya se ha terminado la basílica. Desde ese lugar inician
un recorrido por el sector más septentrional de los picos en dirección a
Cabrales, donde el sexo femenino viste faldas azules, medias blancas,
verdes, rojas o amarillas. Se ven bien estas medias... desde lejos, pues
si en la montaña las mujeres recogen sus faldas hasta la altura de las
rodillas, para tener más libertad de movimientos en su marcha cadenciosa,
en cuanto divisan a un señor se sientan o se ponen en cuclillas para no
enseñar sus pantorrillas. También ensalza el queso de Cabrales, de
manufactura idéntica al Roquefort y a menudo vendido en Madrid con este
nombre francés.
Desde allí sigue hacia el este en dirección a Panes, regresando poco
después a su país y confesando que "desde el punto de vista geográfico,
este recorrido por el sector septentrional de los Picos de Europa no me
había aportado nada nuevo".
Pero dos meses más tarde regresa, en esta ocasión solo, a los Picos
subiendo a diversas cumbres, como la Rasa, la Cabeza de Costurero y Torre
Blanca, desde donde toma visuales y realiza levantamientos y
triangulaciones durante horas, en parte favorecido por el buen tiempo.
POR EL VALLE DE LIÉBANA (Julio de 1907)
Un año más tarde, el conde vuelve a los Picos con el objetivo, una vez más,
de realizar las observaciones necesarias para conseguir los datos precisos
que faltaban y que requerían los cartógrafos que elaboraban los mapas de
la zona, especialmente su amigo León Maury, consciente de que, desde el
punto de vista de vida y costumbres, de escaladas y descubrimientos, poco o
nada podría ofrecer
de particular, aunque otra cosa serían los datos técnicos. En esta ocasión
recorre
el sector más oriental de los Picos realizando gran parte de las
observaciones junto a Gustavo Shulze (cfr. boletín nº 27 de la S.G.E.), geólogo de origen
ale-
mán que se encontraba en los Picos estudiando su composición, y con el que
se reúne en Unquera el 12 de julio y se despide en Covadonga diez días más
tarde.
En esta nueva etapa en los Picos se centra en el sector más oriental de los
mismos, comenzando en los alrededores de la Hermida y centrándose en la
Vega de Beges. Tras pasar por Tresviso sube al alto de la Cruz de la
Biorna, sobre el monasterio de Santo Toribio de Liébana, y después de tomar
una serie de datos en las proximidades de Potes vuelve a Unquera donde
disfruta de las fiestas patronales. Merece la pena transcribir la
descripción que de esa ocasión hace
el conde: Dios me perdone, pero con mis cincuenta años bien cumplidos,
habría que haberme visto en la tarde del 17 de julio, el día de la fiesta
local, bailando pasadas las doce de la noche en la calle del pueblo, con
las señoritas de Velarde
y sus amigas, que iniciaban a don Gustavo, tan conocido y apreciados por
todos
en la comarca, en las bellezas coreográficas de una jota más o menos
aragonesa.
EL ÚLTIMO VIAJE A LOS PICOS (Julio de 1908)
El conde hace aún un último viaje con fines científicos a los Picos debido,
una vez más a las lagunas que el cartógrafo León Maury tenía para
confeccionar un mapa detallado de la región. Así, y con ese objetivo, llega
de nuevo a la Hermida en esta ocasión el 8 de julio de 1908. Los días
siguientes realiza mediciones y toma de datos por los valles y cimas
secundarias colindantes, destacando las que el día 11 hace desde los aledaños del monasterio de Santo Toribio,
sorprendido
por la ruina y abandono que presentaba este, en otro tiempo, célebre
monasterio benedictino, del que salieron no pocos sabios. En la hora
actual, las salas están destartaladas e invadidas por hiedras, zarza y
musgo, y allí vive retirado un clérigo... cuando vive. Como está en un
repliegue rocoso tristemente solitario, me dirigí a algunos metros de
distancia al pequeño oratorio de San Miguel e instalé allí mi trípode.
Posteriormente recorre, tomando las observaciones pertinentes, el alto de
Lobada, el sector de Piedras Luengas, el macizo de Andara y el valle de
Sajambre. La última ascensión con fines cartográficos que realiza el conde
en los Picos,
la lleva a cabo junto a sus amigos Felipe Menéndez y Pedro Pidal (marqués
de Villaviciosa, primer escalador del Pico Urriellu y promotor del primer
parque nacional español, el de la Montaña de Covadonga) el día 29 de julio
de 1908 ascendiendo al pico Cotalba: "Buen trabajo, buenas fotografías,
inmensa alegría. Pasamos cuatro horas en este soberbio mirador, desde el
que los escarpes vertiginosos y las áridas crestas con sus torres se
pueden contemplar en toda su magnificencia. La vista se pierde a lo largo
y ancho de Asturias. El viaje topográfico había terminado con éxito".
EPÍLOGO
Terminaba así el octavo viaje que el conde de Saint-Saud realizaba a los
Picos con fines científicos. En menos de veinte años había llevado a cabo,
según los datos que aporta José Antonio Odriozola Calvo en el capítulo
final de la versión española de la Monographie des Picos de Europa
(traducción del original de la obra del conde, con valiosísimas anotaciones
de Odriozola) de 75 vueltas al horizonte, 2.600 visuales, 304
fotografías, 1.150 observaciones barométricas y numerosos croquis. Todo
ello permitió al cartógrafo León Maury dibujar un mapa de los Picos de
Europa de 71x61 cm. a escala 1:100.000 y a cuatro tintas. Este mapa,
publicado finalmente en 1922, superaba con creces a todos los anteriores,
algunos de ellos elaborados por personajes tan importantes como Guillermo
Schulz o Francisco de Coello; e incluso el que el coronel Prudent realiza a
par-
tir de las primeras expediciones del conde a finales del siglo XIX.
El conde aún volvería en dos ocasiones más a la región de los Picos, aunque
no con fines científicos. Regresó acompañado, sin duda, para poner en
práctica el consejo con el que termina su monografía: que vayan a los Picos
de Europa los amantes de las emociones que dan las escaladas escabrosas en
agujas y rocas lisas. Volverán encantados de sus ascensiones en esta
soberbia región española, y declaro en verdad que me siento orgullosos de
haberla dado a conocer, de amar-
la y de apreciarla como se merece.
Cabe por último destacar que, a propuesta de la Real Sociedad Española de
Alpinismo Peñalara, se bautizó con el nombre de Risco de Saint-Saud al
afilado peñasco situado al noreste de Torre Cerrado, entre esta cumbre y
la Torre Labrouche que el mimo conde bautizó. Fue un homenaje póstumo al
conde de Saint-Saud pero no por ello menos importante. |
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