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Boletín
nº 3
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IRÁN
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Impresiones de un viaje a Irán en agosto
del 98.
Más que un viaje fue un continuo tomar
tierra, una iniciativa acelerada, aluvión
de imágenes y galope de calurosas sensaciones.
Porque el tiempo (debido a circunstancias familiares
apremiantes) estaba limitado a quince justos
días de agosto, y el país no
es precisamente cosa de una quincena veraniega.
Yo sabía de antemano donde me metía
(en ese vértigo de aviones, ciudades,
emociones, aeropuertos, maletas, madrugones
y sol a espuertas), pero estaba decidida a
ver con mis propios ojos Irán aunque
fuera en tan rápidas condiciones. Así que,
a pesar de los pesares y del a opinión
de cuántos me rodeaban, un 12 de agosto
me planté encima mi coránico
y obligado hijab, me uní a un grupo
de turistas tan curiosos como yo, y emprendí el
vuelo a Teherán.
Teherán me pareció una ciudad
inabarcable e inmensa, ruidosa, recalentada
y más mudable que un camaleón.
Rica y poderosa en sus zonas altas, bien organizada
y bulliciosa en el centro comercial, pobre
y estrecha en lo más hondo. Pero en
honor a la verdad, mis impresiones se deben
sobre todo a unos cuántos trayectos
en autobús (del hotel al Museo Arqueológico,
del Arqueológico al de Alfombras, de
allí al hotel), a un corto paseo callejero
el día de mi marcha, a un par de películas
de Kiarostami, y a las descripciones que de
la ciudad hace Ana Briongos en su libro Negro
sobre Negro (en Laertes). Así, que ni
yo misma puedo fiarme mucho de lo que digo.
Porque al día siguiente de mi llegada
estábamos otra vez en los aires camino
de Kerman, hacia el suroeste del país.
De Kerman a Bam, de Bam a Kerman, de allí a Yazd y luego a Shiraz. Pero voy a pararme en seco, que no es cosa arrastrar a los que me leen a la vorágine
de vuelos, recorridos y mezquitas a los que
yo me sometí en aquellos días.
Una parada puramente metafórica, porque,
en realidad, lo que voy a intentar es moverme
de nuevo y contar algo de lo mucho que vi y
sentí en el país, aquí y
allí, al norte o al sur, en mezquita
o en jardines, prescindiendo de distancias
engorrosas y de los estrictos controles de
aeropuertos. Un relato, advierto, que se me
quedará forzosamente a flor de piel,
en esa pura superficie por la que me removí los
quince días de agosto. Para los que
quieran saber más, una recomendación:
el estupendo, emocionante, libro de Kapuscinski
(El Sha, editorial Anagrama, colección
Crónicas).
Delante justo de la entrada al Museo Arqueológico
de Teherán (un museo imprescindible
para conocer la época persa más
persa, la de la dinastía aqueménida,
y que recomiendo visitar al final del viaje
y no al principio como hice yo) contemplé asombrada
(era mi primer día en Irán) la
entrega amorosa de un jardinero a su jardín.
Provisto de un apequeña azada aireaba
la tierra, la abonaba, la a aplanaba, todo
con unos toques suaves y cariñosos que
sin duda los rosales –espléndidos,
generosos, cuajados de rosas blancas- agradecían.
Fue mi primer jardín y mi primer jardinero
en Irán. Luego los vi a montones. Jardines
inmensos como parques, jardines mínimos,
milagros en mitad del desierto, esmerados,
mimados, radiantes de flores, siempre espléndidos,
rosaledas de exposición, céspedes
impolutos y verdísimos, árboles
centenarios, macizos de todas las flores posibles.
Los más precioso los vi en Shraz (¿?),
que es una ciudad ancha y anchurosa, como todas
las iraníes en las que recalé,
y extrema lamente culta. En realidad es un
oasis en medio del desierto, y tiene fama de
buen vivir y mejor escribir. Las guías
cuentan (yo llevaba conmigo la francesa de
Olizane, en una edición del 97 que me
fue extremadamente útil) que de los
antiguos jardines de la época esplendorosa
de Shah Abbas, no queda nada. Pienso que al
menos quedó el gusto por ellos. Al menos
a esa conclusión llegué después
de pasar un par de horas por el de Bagh-e Eram,
una maravilla de caminos sombreados por cipreses,
canales, fuentes y macizos florales. O lo que
rodean los mausoleos de los poetas por excelencia,
Hafez y Saadi. Com todo, los de Shiraz no son
más que un botón de la larga
muestra. En las cercanías de mahan compartí céspedes,
fuentes, té flores y la fiesta del viernes
con docenas de familias iraníes. También
en Kerma y en Yazd.
Y en la maravillosa Ispahan. Son los jardines
persas ante los que los árabes se quedaron
admirados. La metáfora del paraíso,
el modelo que el Islam hizo suyo del este al
oeste, hasta plantarlo en el Generalife.
Los jardines están llenos de gente.
Ya lo he dicho. Sobre todo los viernes, que
es el día festivo. De hecho, los jardines
están mucho más repletos de iraníes
que las mezquitas. También los viernes.
Al menos eso es lo que vi yo con mis propios
ojos los dos viernes que pasé en el
país. En Kerman desde luego. No tanto
en Mashhad, que para eso es ciudad santísima.
Porque a los iraníes les encanta tumbarse
sobre la yerba, salir a tomar el fresco al
atardecer (por lo menos en verano), tomar la
ciudad como si fuera su propia casa. En esta
afición no existe distinción
de edades ni de sexos: hombre, mujeres, niños
y ancianos, en grupos familiares o en pandillas
de amigos o de amigas. Con su bolsa de pic-nic
a cuesta se repantingan en un trozo de césped
(siempre hay un trozo de césped a mano
en las desérticas ciudades iraníes),
extienden su alfombra y se toman un té con
pastas o pasteles. La primera vez que vi esa
escena me quedé asombrada. Primero,
porque nunca pensé que aquí las
mujeres salieran solas como si tal cosa, por
muy en pandilla que fueran. Y salen y entran,
y se quedan. Por la calle, en los jardines,
en los cafés y en los restaurantes.
De una en una o acompañadas. Por ellas
o por ellos. Eso sí, con el obligado
hijab encima, el uniforme chiita que consiste
en un pañolón para cubrir la
cabeza y en una especie de bata o guardapolvos
para cubrir el cuerpo. Y salen a todas horas.
No se me olvidará la escena: eran las
doce de la noche y mi amiga Alicia y yo, recién
llegado nuestro grupo a Ispahan, decidimos
dar un paseo hasta el puente Si-o-Seh pol,
el de los Treinta y Tres arcos. Íbamos
un poco agitadas por nuestra audacia cuando
comprobamos que medio Ispahan había
tenido la misma idea que nosotras. El puente
era lugar de cita nocturno de familias y pandillas
de la ciudad. Cubiertas con nuestro uniforme
pasábamos inadvertidas y nos hacíamos
prácticamente invisibles. En ninguna
calle del mundo nos sentimos más tranquilas
y seguras que allí, en la s orillas
del Zayandoehrud, a las muy oscuras doce de
la noche.
¿Y qué pasa con las mezquitas? ¿no
están repletas? Pues bien, yo no vi
ninguna mezquita repleta. Alguna persona rezando
a las horas de la oración, pero aisladas
y sin mucho entusiasmo. Salvo los viernes que
consiguen atraer a grupos más nutrido
de fieles. Salvo, sobre todo, en el santuario
de Mashad, pero ésa es otra historia
que irá a continuación. Lo que
quería decir ahora es que lo mejor de
las mezquitas son ellas mismas. Yo no lo sabía
por que mis lagunas culturales no tiene límite,
pero después de leer algo y ver otro
poco, diré que las mezquitas de Irán
me parecieron de las más maravillosas
que he conocido. La del Viernes de Yazd, la
del Viernes también de Kerman, la muy
austera de Abarhuk, entre Yazd y Shirhz. Y
todas, todas, las de Ispahan. Porque ya es
hora que lo diga: Ispahan es una ciudad maravillosa,
una ciudad que me enamoró locamente,
una ciudad con río, con puentes antiguos
llenos de arcadas, con vida, con casas bajas,
con una plaza que es una joya desde que se
abrió en el siglo XVI, y con las más
fascinantes mezquitas de todo Irán.
No las vi todas, desde luego, pero entre las
que contemplé con mis propios ojos y
las que conocí a través de los
libros, en pude hace una idea bastante aproximada.
Porque en Irán se puede entrar en todas
las mezquitas, así, como Pedro por su
casa. Ya estaba informada de que estaba permitido
visitarlas, pero hasta que no lo comprobé por
mí misma dudaba de que pudiera ser cierto.
Ni en Marruecos, ni en Túnez pro poner
dos cercanos ejemplos, permiten entrar en las
mezquitas a los no creyentes. Ni en Yemen.
Sí en Turquía, pero es un país
oficialmente laico por muy islámica
que su gente sea. Pues resulta que en la tierra
de los ayatolás, en una república
que se define como islámica y que occidente
presenta como la bestia negra del integrismo,
los cristianos pueden entrar en las mezquitas
en cualquier momento. Tal favorable circunstancia
me permitió disfrutar como loca de la
grandiosa, delicadísima, mezquita de
Viernes de Ispahan, que fue fundada en el siglo
VIII y que mantiene cúpulas y bosques
de columnas de los siglos XI y XII. Las dos
mezquitas que se encuentran en la Plaza real – un
lujo del urbanismo del dieciséis que
me dejó con la boca abierta- son safávidas,
es decir, de la época más gloriosa
de la arquitectura iraní. Cubiertas
de azulejos, sus espacios, su decoración
delicada, sus esmaltes como piedras preciosas
permanecen aún en mi retina.
¿Y los chiitas? ¿Dónde
están esos religioso enfervorecidos
que tan a menudo nos muestran por televisión?
Esa misma pregunta me la hacía yo durante
el viaje. Porque , ante mi perplejidad, las
llamadas a la oración que suelen rasgar
repentinamente los aires de cualquier ciudad
del mundo islámico, aquí, en
Irán, suenan suaves, calladas, casi
inaudibles. Y la reacción de los presuntos
fieles es prácticamente inexistente.
No es del todo raro contemplar en un restaurante,
o en la orilla de la carretera, a un hombre
orando a la hora reglamentaria. Pero es muy
normal que esto no ocurra. Por más que
en todas las habitaciones de todos los hoteles
una flecha señala el lugar de la Meca
para poder rezar en la posición correcta.
La verdad es que si no hubiera estado en Mashhad
estaría ahora pensando que eso del chiísmo
es bastante relajado. Pero estuve en Mashhad.
Además un viernes. Me han contado que
la visita a Qom también sirve para contrarrestar
la imagen de una sociedad un tanto laica que
proporcionan otras ciudades. Pero ya no estuve
en Qom. Así que hablaré de Mashhad.
En realidad, la importancia de Mashhad, al
norte del país, muy cerca de la frontera
afgana, se la da el mausoleo del octavo imán
chiíta, el imán Reza, muerto
en el año 809. Hoy el mausoleo es un
santuario que recibe más de catorce
millones de peregrinos al año. Cuando
yo lo visité, aquel viernes de agosto,
no debían estar los catorce millones
juntos, pero a mí me pareció que
al menos se aproximaban. Entramos por la noche,
cuando pensamos que el flujo de peregrinos
habría descendido y las medidas de seguridad
estarían más relajadas. Porque,
tras el sangriento atentado ocurrido hace unos
años, una vigilancia estricta obliga
a cachear uno por uno a los visitantes. Mi
amiga Alicia y yo, como el resto de las mujeres
del grupo, nos escondíamos tras los
negros chadores, dejando tan sólo a
la a la vista ojos, nariz y boca. Lo suficiente
para no ser identificadas como occidentales,
y lo justo también para ver, oler y
hasta cruzar algunas palabras. El santuario
se compone de una sucesión laberíntica
y ostentosa (cristales, espejos, mármoles,
azulejos, oros y platas) de patios, mezquitas,
medersas, cúpulas, bibliotecas, museos,
fuentes y pabellones administrativos. Todos
estaban tomados por multitudes enfervorecidas
dispuestas a pasar allí no sólo
la noche sino al parecer el resto de sus vidas.
Aquí y allí, en los patios, distintos
predicadores dirigían a grupos compactos
que coreaban de vivísima y alterada
voz gritos y eslóganes. El ruido que
se levantaba a esas tardías horas de
la noche (serían las once, más
o menos) era como el de un lejano terremoto.
Que se iba haciendo cercano y amenazador según
nos acercábamos al mausoleo del imán
Reza. Nosotras, situadas en el lado que corresponde
a las mujeres, nos vinos una y otra vez arrastradas
en volandas por la corriente humana que luchaba
a brazo partido ( y no exagero ni un pelo)
por acercarse a los barrotes dorados de la
tumba. En medio de gritos y llantos colectivos
que aún me ponen los pelos de punta.
Tuve la intensa sensación de que nunca
en mi vida podrían librarme de ese torbellino
de chadores, rostros sollozantes, miradas erráticas
y alaridos frenéticos. Logré salir
del enfebrecido tumulto. Pero llevo dentro
de mí el aullido de una gente que sigue
llorando cada instante la muerte de sus santos.
Hay muchas cosas más. Las ruinas de
Persépolis por ejemplo, las tumbas reales
aqueménidas excavadas en las rocas de
Naqsh-e Radjab, las olas azules del Mar Caspio,
las alturas peladas de los montes Alborz, los
kilómetros interminables del desierto.
Contemplar cada una de ellas, las dichas y
las no dichas, volverlas a vivir tan sólo
unas horas, me empuja de nuevo a cubrirme con
el hijab y tomar el vuelo que lleva a hasta
la antigua Persia, el novísimo Irán.
Ana Puértolas
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PAUL BOWES: EL VIAJERO SUSPENDIDO |
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Su nombre no estaba en los buzones, sólo
figuraba el número de piso, y yo no tenía
ni idea de cual podía ser. La puerta del
bajo se entreabrió y unos ojos inmensos
empezaron a mirarme por debajo de unas pestañas
como trapos.
-¿Paul Bowles? Pregunté.
Como si tuvieran el mismo resorte que las cabezas
de tortuga, los ojos y los rizos negros se escondieron
al contacto con la pregunta. Pero no había
pasado un minuto cuando una corpulenta mujer
vestida con kaftán abrió la puerta
de par en par.
-¿Española? Me preguntó
Llevaba el kaftán remangado y por debajo
asomaban unos pantalones de pijama. Detrás
de las caderas volvieron a aparecer los rizos
y los ojos de una niña de unos ocho años.
-Sí, le dije, ¿habla mi idioma? ¿Es
este el edificio Itesa? Ando buscando al escritor
Paul Bowles.
-Sí, el señor vive en el cuarto.
Me contestó sonriendo y marcando las "erres" y
las "uves" como hacen nuestros vecinos
del sur.
Correspondí a su sonrisa y le di las
gracias mientras empezaban a entrarme unas ganas
terribles de fumarme un cigarrillo o de huir.
Entonces la niña salió de entre
los seguros pliegues maternos y me espetó: ¡tú eres
la del programa Sorpresa Sorpresa! Lamenté decepcionarla.
Subí en ascensor hasta el cuarto y continué andando
hasta el quinto. Me senté en las escaleras
y encendí un cigarro. Había llegado
a Tánger esa misma mañana dispuesta
a entrevistar a Paul Bowles, pero no disponía
de su dirección y su editorial en España
no había podido facilitarme su número
de teléfono sin su permiso. En la embajada
americana me contestaron lo mismo y en el listín
telefónico no constaba. Luego descubriría
que el escritor no tiene teléfono desde
hace años, aunque sí fax. Por suerte
la dueña de mi hotel, el Biarritz, una
andaluza con recursos y más de treinta
años viviendo en Tánger, tenía
una cuñada que tenía una amiga
que conocía a la cocinera de Paul y en
media hora supe a donde dirigirme.
El edificio de cemento parecía de protección
oficial o de régimen comunista, y las
escaleras no las habían barrido desde
hacía largo tiempo. Por fin llamé al
timbre. Un hombre con gafas me abrió la
puerta y tras averiguar qué quería
volvió a cerrarla llevándose el
CD del grupo Hendingarna que había traído
de regalo para el autor de El Cielo Protector.
Paul Bowles fue primero compositor y también
recopilador de música tradicional africana,
así que pensé que le gustaría
este grupo del norte de Europa que parecía
de la península arábica. Tenía
entendido que muchas personas visitaban a Paul
Bowles, pero imaginaba que sería gente
más interesante o por lo menos con ciertas
credenciales, no una periodista principianta
que se presentaba por las buenas y sin ningún
aval. Estaba equivocada.
Cinco minutos después la puerta oscura
se abrió y el mismo hombre de las gafas
me invitó a entrar. Atravesamos un diminuto
salón con muchos libros colocados en estanterías
y fuera de ellas, y me hizo pasar a un cuarto
de paredes marrones que tenía la luz encendida
a pesar de ser casi mediodía. Más
libros, restos del desayuno, una radio... había
trastos esparcidos por todas partes y reclinado
en la cama yacía el autor del desarraigo.
Perfectamente peinado y vestido con una bata
de franela también marrón, vieja
pero bien planchada. La verdad es que de todo
esto me di cuenta los demás días
que fui a charlar con él, porque entonces
sólo pude fijarme en su sonrisa, como
de medio lado. Y en la mano tendida que me ofrecía
y que inmediatamente hizo que se me olvidaran
las preguntas que tenía preparadas, aunque
no la vergüenza. Nada era como había
imaginado.
Empecé a hablar atropelladamente del
grupo de música y él me invitó a
ponerlo en un aparato de estilo rapero color
marfil. Después abandonó el inglés
y en perfecto castellano me dijo que me sentara
ofreciéndome un lado de su cama. Hablamos
de música árabe, de los grupos
gnaua que según él ya no eran auténticos,
del jazzista Randy Weston que dijo no conocer
y que yo sabía tocaba en el hotel Mamunia
de Marraquech. Me hizo escuchar unas piezas suyas
para piano que habían sido reeditadas
recientemente y me habló de su enfermedad
y de "un plástico cilíndrico" que
le habían puesto entre una pierna y otra,
lo que le impedía pasear más de
diez minutos al día.
Como siempre el temor a molestar me hizo dar
por concluida la visita, pero me armé de
valor y le pregunté si podía volver
al día siguiente. Aceptó y durante
los siguientes dos días pasé con él
unas seis horas en total.
También me atreví a preguntar
a dónde me recomendaba ir, pues siempre
había estado de paso en la ciudad. Cuando
salí del edificio Itesa hacía un
día estupendo, de esos que tiene la primavera
marroquí, llenos de aromas. Me sentía
sorprendida, contenta, y al mismo tiempo agitada.
Me había sugerido el café Hafa.
Cuantas veces había leído sobre
este café en sus cartas publicadas y cuantas
descripciones de cafés había en
sus libros. Encontré un "petit taxi" y
me subí sin discutir el precio. En visitas
anteriores me había dado cuenta de que
en Tánger si discutes el precio descubren
que eres extranjero y es entonces cuando te piden
más.
Sonaba un reagee y olía a hachís.
En la terraza escalonada del café Hafa
había dos pandillas de jóvenes,
unos que parecían buenos chicos y otros
un poco más golfos. Todos me miraron como
si hubiera descubierto su escondite. El mar estaba
azul oscuro y recordé como describía
Bowles la ciudad en 1954, algo desilusionado
ya, en "Carta de Tánger": "Es
como una alhaja cuya montura es muy superior
a la piedra. El cielo azul, el mar azul y las
montañas azules todavía están
aquí, pero la ciudad, a la que no queda
más azul que el de las casas de algunos
marroquíes recalcitrantes, ya no aprovecha
sus encantos combinados".
Este podía ser un tema interesante para
hablar con él: los cambios producidos
en la ciudad. Pero ¿Y qué más?
Había llegado hasta allí y sin
embargo no tenía muy claras mis intenciones.
Se mezclaban una mitomanía avergonzada
y un interés profesional que no sabía
como plasmarse puesto que en ese momento trabajaba
en una televisión y allí había
ido por mi cuenta. No me interesaba conocer detalles
de su vida ni el porqué de su obra. No
era el artista ni la persona que había
sido y que respiraba por su obra o sus cartas,
me interesaba lo que era en ese momento, lo que
había devenido el viajero. Pero no sabía
si eso interesaba a alguien más. Y menos
aún si era posible descubrirlo.
Me había pedido un té a la menta.
Demasiado dulce. El sitio era excepcional, no
había casas alrededor sino detrás
de una gran explanada y de un estadio de cemento
que parecía abandonado. Pero como la terraza
daba al mar nada molestaba las vistas. Los geranios
estaban cuajados de flores y daba gusto verlos,
sobre todo después de haber asistido a
la muerte de la mayoría de sus colegas
de especie españoles. En una mesa cercana
se sentaron dos chicas marroquíes. Deduje
que lo eran por la vestimenta ya que una tenía
el pelo rubio oscuro y la otra teñido
con mechas. Pero la chilaba negra de una y la
camisa de grandes dibujos, con botones dorados
y abrochada hasta donde manda lo púdico
de la otra, no podían mentir.
Después de haberme atrevido a llamar
a la puerta de una persona, me costó un
poco menos abordar a dos chicas en un café.
Diez años viajando a Marruecos y muy pocas
veces había tenido la oportunidad de hablar
con una. A la mayoría la había
encontrado en discotecas, sitio que no invita
a charlar, o eran las madres y hermanas de algún
amigo guía que hablaban sólo árabe.
Amina hablaba francés y Sana no pero lo
entendía. No se parecían a pesar
de que eran hermanas. Sana, tenía 18 años,
iba vestida a la occidental, usaba gafas y cada
vez que sonreía escondía avergonzada
el aparato de ortodoncia. Todavía estaba
estudiando, pero no me enteré el qué.
Amina, tenía 22 y había estudiado
secretariado. Llevaba los labios y las uñas
pintadas de un rojo discreto, y una esclava de
oro en la muñeca, pero sin la ostentación
de la que gustan algunos de sus compatriotas.
Me dijo que no quería casarse con el primero
que llegara, que antes le gustaría trabajar,
aunque que el empleo estaba muy difícil,
a no ser que conocieras a alguien. Les señalé que
no era normal ver mujeres en un café y
se rieron, "Depende de cual, de a qué hora,
y sobre todo con quién" contestaron.
Me dieron su dirección para que las escribiera
y la de unos baños en el barrio del Boughaz.
Pasé la tarde maquinando como iba a actuar
al día siguiente durante la entrevista
con Bowles. Primero me salieron preguntas sesudísimas
sobre si su forma de exponer los acontecimientos
más dramáticos de una manera fría
tenía algo que ver con su tendencia a
alejarse y al desarraigo. También si las
drogas favorecían esta tendencia. Si se
consideraba precursor de la generación
de artistas americanos que habían ido
por esa línea. Si viajaba para escribir
o escribía para viajar. Después
me salieron las clásicas: ¿De qué autor
se consideraba deudor? ¿Que obra suya
le gustaba más? ¿Por qué había
dejado la música?. Nada, ninguna me llevaba
a donde yo quería. Decidí que le
dejaría hablar.
A las doce en punto subía en el metálico
ascensor desvencijado hasta el cuarto. El mismo
hombre de gafas me abrió la puerta, y
en la cocina gris que quedaba a la derecha nada
más entrar vi a una mujer limpiando unas
verduras. En la habitación, Bowles seguía
postrado tal como lo había dejado, aunque
parecía recién levantado porque
estaba peinándose. Las persianas estaban
bajadas y las cortinas echadas. Tras cerciorarme
de que no quería que viniese más
tarde y de que no molestaba, busqué una
silla y me senté cerca de la cama que
era muy bajita. Entonces me preguntó: "Y
bueno, ¿qué es lo que usted desea?".
Empezábamos mal. El día anterior
me había presentado como periodista y
ahora me recibía como a tal.
. (Me sentía como el protagonista de "Déjala
que caiga" cuando va a la casa de la mujer
rica. No tenía intenciones, ni malas ni
buenas, y la falta de éstas le hacen parecer
más sospechoso). Le podía decir
que aunque era periodista quería simplemente
hablar con él. Pero ¿de qué? ¿del
tiempo?. Una periodista sin interés periodístico
no parecía muy creíble. La verdad
es que podía tratar de aunar el interés
personal y el profesional. Casi sin pensarlo
contesté que trabajaba para una televisión
y que quería saber si era posible hacerle
una entrevista con una cámara. Además
a la tele podía interesarle. "Aquí, ¿en
casa?" contestó con desagrado. "bueno
o donde usted suela ir" regateé, "aunque
creo que lo interesante sería en un lugar
familiar para usted". No me lo podía
creer, le estaba proponiendo un reality show
a Paul Bowles. Intenté arreglarlo: "ayer
me dijo que le gusta pasear". "Sí,
cuando la hernia me lo permite me doy un paseo
por el campo de golf. ¿Pero cree usted
qué esto pueda interesar a alguien?".
Y añadió "hace unos meses,
un equipo alemán estuvo aquí grabando
y fue muy incomodo, lo dejaron todo desordenado".
Se hizo un silencio y él empezó a
tamborilear con los dedos sobre la colcha y a
tararear muy bajito una canción. "Me
gustó mucho el café Hafa" dije
para recuperarme. "Había un estadio
cerca abandonado, ¿lo conoce?". "En
ese estadio se reunían los nacionalistas
tras la independencia, y salían de él
tan eufóricos que daban miedo" dijo.
Era el momento. "¿Cómo era
Tánger cuando llegó la primera
vez?" pregunté, a sabiendas que cientos
de personas se lo habrían preguntado antes. "¿Hasta
donde llegaba la ciudad?". "Estaban
la Medina y los zocos en donde se ponían
a vender los campesinos rifeños que llegaban
cada día de los alrededores. La plaza
de Francia era las afueras, y se podía
escuchar a los grillos. Los europeos empezaban
a construir en el paseo marítimo y en
el boulevard Pasteur, porque no podían
soportar vivir en la parte vieja, se perdían"
Me empezó a contar cómo la zona
española era una parte de la medina y
lo que hoy es la avenida de España. También
cómo todas las tardes los españoles
muy arreglados inundaban el Boulevard Pasteur,
donde los jóvenes formaban grupos y paseaban
antes de ir al cine. Me habló de cómo
en el periodo de entreguerras llegó un
montón de europeos con la esperanza de
hacerse ricos, en "una ciudad sin ley" la
llamó, pues era un puerto franco y no
se cobraban impuestos. "Era un No-país...
no existían sentimientos patrióticos,
sólo importaba el individuo".
Al cabo de un rato me estaba enseñando
un libro de fotografías. William Burroughs,
Gregory Corso, Ginsberg. Una pandilla de jóvenes
que formaron la generación perdida, Beat.
Me dijo que el mejor de todos, "el más
sensible" era Allen Ginsberg. Aparecían
posando en una callejuela de la medina, en un
jardín. El aspecto elegante, casi de dandy
de Paul Bowles contrastaba con el desaliño
y la juventud de los otros, y siempre estaba
situado a un metro de ellos, separado, como observándolos.
Después me enseñó otro
de fotografías hechas por él en
un viaje a El Sáhara. En las imágenes
en que él salía iba vestido con
un traje occidental claro. Como si nunca pretendiera
integrarse o como si supiera que era imposible.
Sólo en una aparecía con un turbante.
Retrataba a los beduinos y la mayoría
de las instantáneas era de una fiesta
de victoria en la que los guerreros hacen alarde
de su maestría montando a caballo y disparando
sus rifles.
Eran las dos y media y creí conveniente
no seguir molestando. Quedamos que volvería
al día siguiente. Todavía tenía
dos días para gastar en la ciudad. En
vez de coger un taxi me puse a caminar. Pasé por
delante de la embajada americana, que parece
una moderna fortaleza rodeada por una muralla
inexpugnable. El barrio está lleno de
casas unifamiliares y edificios de apartamentos
que detrás de las buganvillas y las jacarandas
parecen cuidados y modernos, excepto el de Paul
Bowles. No muy lejos está el instituto
Cervantes, que además de ser colegio es
el centro cultural español, y lo cierto
es que todo el barrio se parece a Málaga,
con calles anchas, de aceras cómodas,
con árboles que adornan y dan sombra.
Llegué hasta la plaçe de France.
Bajo el toldo del café París sólo
había dos hombres sentados en las sillas
blancas de plástico. A parte de su ubicación
en la arteria más concurrida de la ciudad
no tiene nada de especial y parece difícil
que antes lo tuviera, aunque se le nota una reforma
profunda y a la occidental, no sería de
extrañar que siguiera siendo el lugar
preferido para la burguesía de la ciudad.
Justo enfrente en una pizzería también
moderna y rápida, me pedí una porción,
eso sí, el tomate no tenía nada
que ver con el que ponen en España, pero
no descubrí la especia.
Después de la siesta bajé al comedor
del Biarritz a tomarme un café. Mohamed,
el guardián, recepcionista y segundo de
a bordo de doña Pepa, la dueña,
hablaba con Mustafá, el sonriente camarero.
Yo era la única cliente y como Mohamed
estaba sentado en la mejor mesa pegada al ventanal
le pedí permiso para sentarme con él.
Sólo tenían café de puchero
pero estaba muy bueno. No es que el guardián
invitara a conversar. Con su gorra de lana azul
y una chaqueta también azul, su seriedad
y la mirada siempre escrutando el paseo, parecía
un marino estancado en mitad del mar por una
calma chicha pertinaz. Empezamos a hablar del
paro y de lo difícil que estaban las cosas
en el país, de cómo chicos de diez
a catorce años se colaban cada día
en los bajos de los autobuses de turistas que
atravesaban el estrecho y se arriesgaban a morir
aplastados si bajaba la suspensión del
vehículo. Les pregunté sobre el
proceso democratizador que el rey Hassan había
acometido y entonces el encargado del bar, que
se había sumado a la conversación
con más entusiasmo que su colega, se fue
hasta la barra y sacó un díptico
que me enseñó diciendo "mano
dura es lo que se necesita". Dentro del
cartón había una foto de Franco
sonriendo y al otro lado una de Tejero, ambos
enmarcados por una franja con colores de la bandera
española.
La sorpresa fue mayúscula. En viajes
anteriores por el norte de Marruecos había
encontrado entre los marroquíes una afición
al fútbol español digna de los
mejores hinchas del Barça o del Madrid.
En muchas tiendas cuelgan los abalorios típicos
de estos clubes, y cuando hay un partido, los
cafés con televisión se llenan,
aunque las rayas de las interferencias impidan
ver quien tiene la pelota. Qué también
sigan a personajes de nuestras historia me pareció inaudito,
pero luego recordé que Mohamed V, el padre
de la independencia marroquí, y el general
Franco se prestaron apoyo mutuo en varias ocasiones,
y que muchos rifeños formaron parte del
ejercito nacional.
Cuando llegué al día siguiente,
el escritor estaba tomándose una sopa
de verduras, que según me dijo era su
desayuno, y se la servían puntualmente
a los doce todos los días. Empezó a
quejarse de la mala noche que había pasado
y me contó que para operarse había
ido a los Estados Unidos porque "la sanidad
en Marruecos no es muy fiable". Le había
costado mucho dinero y me sorprendió descubrir
que mantenía su nacionalidad americana,
a costa de pagar muchos impuestos. El escritor
del desarraigo mantenía un fino hilo con
su origen.
Entonces le pregunté por qué seguía
en Tánger. No me contestó, y su
hasta entonces habitual sonrisa irónica
desapareció. Después, mientras
hablábamos de Marruecos y de los efectos
del turismo dijo "Tánger ha cambiado
mucho", también comentó "ya
no es la frontera, es un lado de ella" y
al final me reveló que un mes antes, en
el artículo de un periódico que
clamaba al orgullo de los musulmanes le mentaban
como un extranjero indeseable. "Estos de
ahora son más peligrosos que los patriotas
del Istiqlal".
Eran las tres de la tarde, noté que le
costaba más hablar en castellano, y cada
vez que no encontraba la palabra adecuada se
enfadaba consigo mismo. Le dije que esa tarde
aprovecharía para ir a un baño
turco y me recomendó tomar un zumo de
naranja después para reponer las sales.
Le di la mano que estrechó con fuerza
y me despedí. Cuando iba a salir me dijo "Para
lo de la entrevista habla con mi secretario". ¿Qué había
pasado? ¿Por qué había cambiado
de idea? ¿Cómo le había
convencido?. Comenté con el hombre qué tenía
que ver con la televisión si les interesaba,
así como cuando podía hacerse. Él
me contestó "muy bien, pero dígales
que costaría diez mil dólares" y
añadió "Paul necesita dinero".
En el ferry de vuelta empecé a leer el
diario que Paul Bowles llevó de 1987 a
1989 por encargo de un editor amigo suyo. Muchas
veces hacía alusión a las visitas
que recibía sin previo aviso en su casa,
y estas no siempre le gustaban. Sin embargo decía
que "dar tanto tiempo a los desconocidos
da la sensación de que a uno le quedan
por delante un número infinito de años
de vida". Durante los tres días que
había pasado con el escritor en ningún
momento habíamos hablado de Jane, su esposa,
ni de la homosexualidad, tampoco de sus libros,
sin embargo tuve la impresión de que me
había mostrado algo del Bowles presente.
El hombre de ochenta y ocho años, el antiguo
viaje que ahora vivía suspendido.
Beatriz Fernández
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SENEGAL, PUERTA DE GUINEA BISSAU |
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El 7 de junio de 1998 estalló una encarnizada
guerra civil Guniea-Bissau, de esas que apenas
aparecen en los periódicos por no ser
noticia especialmente relevante. Meses después,
la Organización Mundial de la Salud (OMS)
creó un comité de ayuda sanitaria,
y Naciones Unidas estableció un corredor
humanitario, para garantizar, relativamente,
el acceso de cargamentos de medicinas y alimentos
a Bissau, la capital del torturado país
del África noroccidental subsahariana,
antigua colonia portuguesa.
Entre las escasas acciones emprendidas, destacaba
la iniciativa de una ONG española, Médicos
Solidarios de Cataluña, de enviar 65toneladas
de material y equipos sanitarios. A causa del
volumen, se descartaba el flete por avión
o barco, debido a los altos costes; era preciso
pues desplazarse por vía terrestre. Para
garantizar una cierta protección, el Convoy
humanitario trataría de coincidir con
la caravana del Rally París-Dakar, por
razones obvias de seguridad. Partieron de Barcelona
6 grandes camiones todo terreno, y en Granada
se unieron a los participantes d la competición
para cruzar el estrecho, atravesar Marruecos,
con nieve en los montes atlas, y el desierto
del Sahara y Mauritania. Nos citamos en Dakar,
capital de Senegal, donde juntos, tras planificar
con el Embajador de España la estrategia
en función de las siempre cambiantes condiciones
políticas y militares de la zona fronteriza,
emprenderíamos el viaje hacia Guinea.
Después de la primera noche en Dakar,
y diversas reuniones con autoridades gubernamentales,
diplomáticas y sanitarias, pernoctamos
en Thies. Allí ya tomamos contacto con
una realidad de la que teníamos abundante
información: la brutal explotación
de los niños de la calle, los talibés,
expresión afrancesada de la misma palabra
de raíz árabe que denomina a los
talibanes que dominan casi todo Afganistán,
cuyo significado es: estudiantes de teología,
del Corán. Durante toda la jornada son
obligados a mendigar con un bote grande y oxidado,
cuya recaudación deben pasar al marabú y éstos
al gran marabú que acumula la recolecta
de toda la red. Si los niños no llegan
a recoger un mínimo de dinero son fustigados
y apaleados, y en no pocas ocasiones han sufrido
palizas con lesiones graves y fracturas severas.
De ahí que si no obtienen lo que piden
de la generosidad de las gentes, se vean obligados
a delinquir, robando y asaltando. En Thies se
estima que existen 10.000 talibés, en
medio de la miseria.
De allí partimos rumbo al este, hacia
la salida del sol, en dirección a Mali.
La pista estaba poco transitada y era imponente
ver avanzar la larga caravana de seis grandes
trailers y dos vehículos todo terreno.
Como tantos lugares del África negra,
las enfermedades endémicas causan una
elevada mortalidad en los habitantes de regiones
semidesérticas o con aguas tan escasas
como contaminadas. El paisaje iba cambiando;
tras las millas a través de la sabana
con sus gigantescos baobabs, entramos en una
región más fértil, y acerca
de Tambacounda. De allí debíamos
desviarnos al sur, e intentar llegar a Velingara,
una vez cruzado el río Gambia. Era conveniente,
por muchas razones, tanto logísticas como
de seguridad, evitar el tránsito de ese
pequeño país que ocupa ambas márgenes
del río homónimo, Gambia, ya que
las zonas pantanosas – auténticos
paraísos del paludismo- dificultan enormemente
el vadeo de los ramales ribereños con
unos precarios transbordadores, simples barcazas.
Era complicado a causa de los camiones, pero
también delicado por el riesgo de ser
atacados o detenidos por efectivos incontrolados
del ejército gambiano.
Aquella noche acampamos como las añoradas
caravanas del Far West. Los vehículos
en semicírculo, y en su interior, se dispusieron
algunas tiendas y los sacos de dormir al raso,
pues algunos preferimos el hotel de las mille étoiles,
con el cielo por techo y la tierra roja por lecho.
No estábamos lejos de los termiteros,
de más de dos metros de altura, y muy
cerca del poblado de diez cabañas. Invitamos
a sus moradores mientras se cocinaba en nuestro
campamento, y la luz danzante de las hogueras
entonamos sin distinción de razas, los
ritmos tribales que ellos nos enseñaban
con timbales y palmas. Luego llegó el
turno de los bailes autóctonos, donde
ya la fiesta alcanzó proporciones frenéticas,
dando rienda suelta al palpitar más ancestral
de los atavismos contenidos. La luna se mecía
por el oeste mostrando un hermoso cuarto menguante
sólo desdibujado por algunas nubes que
pasaban veloces impelidas por el viento cálido.
Alguien gritó al ver una serpiente. Otro
preguntó qué día era. Seguramente,
el ocho u nueve de enero de 1999. ¡Qué más
daba…!
El rodeo de 1.200 kilómetros era largo
pero necesario. Al amanecer nos pudimos en marcha.
La preciada mercancía humanitaria debía
llegar a su destino, al hospital Simao Mendes
de Bissau, donde permanecerían cien enfermos
que habían resistido a los bombardeos,
tras ser refugiados en los sótanos. Una
vez por semana, una enfermera les llevaba los
escasos alimentos que podía reunir y,
si quedaba algo de medicación, se la administraba
a los supervivientes. Una situación inhumana
e insalubre. La maldita guerra civil había
ocasionado más de 300.000 desplazados
y causado la muerte directa do indirectamente
a 8.000 niños, ya afectados por malnutrición
y malaria. Las víctimas civiles y militares
del resto de la población eran incontables.
De nuevo en ruta, el convoy orientó la
proa hacia el sudeste. Las informaciones que
comenzaron a llegar, no eran muy tranquilizadoras.
Al preguntar a los nativos nos respondieron que
el puesto fronterizo de Wassadou, pocos kilómetros
al sur de donde nos hallábamos, no estaba
transitable, y que ya no existía el corredor
humanitario auspiciado meses atrás por
Naciones Unidas. No había más remedio
que continuar hasta Kolda, rumbo a poniente,
y llegar lo más lejos posible. Pasamos
de nuevo la noche acampados y al alba preparamos
los vehículos. El destino era Ziguinchor,
en la región de Casamance, junto al caudaloso
río del mismo nombre, que desemboca muy
cerca de allí en el Oceáno Atlántico.
Volvíamos a estar cerca de la costa, en
línea recta al sur de Dakar, de Cabo verde
y de la impresionante isla de Gorée, donde
eran embarcados sin piedad los esclavos mandinga
para ser venidos en América, no hace aún
demasiado tiempo.
Pero el paso fronterizo al sur de Ziguinchor,
Mpak, tampoco parecía abierto. No había
no un punto permeable para llevar el cargamento
humanitario. Los últimos kilómetros
fueron un rosario de continuos controles militares.
No convenía olvidar que aquella zona de
Casamance alberga un movimiento independentista
y la guerrilla propicia frecuentemente escaramuzas
y operaciones de hostigamiento y castigo al ejército
regular. Tal inestabilidad se hacía patente
en los rostros de los soldados, jóvenes
y adolescentes con uniformes diversos, del verde
oliva al mimética de camuflaje, del caqui
o al beige, a los que habían armado con
fusiles ametralladores de asalto y abundante
munición en los cargadores. De vez en
cuando, el control no consistía solamente
en los troncos en medio de la carretera y un
par de tipos desaliñados con sus kalashnikoff
al hombro, sino que estaban formados por una
patrulla con varios nidos de ametralladora MG47
y morteros, amén de algunas tanquetas
blindadas de combate y rudimentos de telecomunicaciones.
Cada vez que nos detenían en un control,
inspeccionaban los vehículos, registraban
las cabinas y revisaban la documentación
de cada uno de nosotros. Era poco tranquilizados
entregarles cada vez los pasaportes y ver cómo
se los llevaban al chamizo de ramas y matojos
para que el jefe los supervisara, pero al ver
entre la maleza los cañones de las metralletas
de los soldados apostados tras las palmeras,
considerábamos que lo mejor era proceder
así. Por otra parte, los militares reclutados
para combatir en Guinea-Bissau llevaban tiempo
sin cobrar el sueldo y sin la alimentación
pactada, eso había motivado recientes
deserciones, según aireaban los periódicos
locales, así que para ganarse la vida
nada más natural que dedicarse al pillaje,
a punta de pistola. Un método infalible.
Y, éramos muy conscientes de que el contenido
de los camiones podría resultar altamente
interesante para los insurrectos, por su cuantiosos
valor económico en el mercado negro y
por su utilidad práctica inmediata. Saberse
presa apetitosa, genera una sensación
escasamente agradable para viajar, pero había
que cumplir una misión, y eso siempre
entraña riesgos.
Se hizo el intento, pese a las advertencias.
Pero a pocos kilómetros de territorio
guineano, fuimos detenidos por el último
control militar. De espíritu castrense
inflexible, fueron llegando mandos de mayor graduación
a medida que pasaba el tiempo. El sargento aguardó a
que llegara el teniente y el capitán.
Luego esperamos horas hasta que se personó el
comandante. En África, el correr de las
horas nunca ha inmutado excesivamente a sus moradores.
Recordaba episodios parecidos que había
vivido en Mauritania y en Sierra Leona, recientemente,
días antes de que estallara la revolución
que derrocó al gobierno y que ha llevado
al país a un infierno indescriptible.
Ante las dificultades surgidas y el riesgo de
que los efectivos del ejército de Guinea
abrieran fuego contra el convoy, los militares
senegaleses nos negaron el paso y por supuesto
la escolta. No respondían por nuestra
seguridad si avanzábamos, pero es que
tampoco nos permitían hacerlo. Permanecimos
varios días a la espera de que el gobernador
y las autoridades consulares francesas contactaran
con los diplomáticos en Dakar. Mientras
tanto, decidimos desplazar parte de la caravana
a Oussouye, unas decenas de kilómetros
al sudoeste para entregar artículos de
primera necesidad a unos misioneros que regentan
pequeños centros de salud y escuelas,
así como una institución local
que acoge a los niños que han sufrido
mutilaciones a causa de las explosiones de minas
antipersonas, terriblemente abundantes en aquella
zona de selva tropical. Pese a se médico,
acostumbrado a ver ese lado duro de la vida y
estar en contacto con la doliente humanidad,
resultó impactante presenciar, una vez
más, cómo criaturas inocentes han
perdido una o dos piernas, o un brazo, al pisar
una mina oculta. A otros les ha descerrajado
el vientre, y las heridas infectadas no les cicatrizan
por la desnutrición y falta de antibióticos.
Otros murieron. Estuvimos una tarde con ellos,
al atardecer regresamos a Ziguinchor con el alma
un poco más encogida y bastante menos
fe en la especie humana. Atravesamos los arrozales
donde los niños estaban con el barro hasta
la cintura plantando manojos, y debimos someternos
a los interminables controles de la soldadesca
cada pocas millas. Un misionero nos dijo que
algunas de las minas que, al ser desenterradas
por las lluvias, habían recogido unos
niños mientras jugaban, estaban pintadas
semejando una mariposa de vivos colores para
hacerlas más atractivas. ¿Cabe
mayor crueldad? Los pequeños eran de tan
corta edad que su peso no fue suficiente para
activar el dispositivo de detonación.
La espoleta precisa un peso mínimo para
que explosione la carga mortífera…
Tras las intensas gestiones diplomáticas,
se consiguió una autorización especial
del Ministro del Interior, que se hizo esperar.
Mis compañeros regresaron hacia Wassadou.
Donde al parecer se iba a facilitar el acceso.
Yo intenté y logré embarcar en
un avión en Ziguinchor, y, tras despedirme
de ellos, partí hacia Dakar, pues pocos
días después debía estar
en Bagdad, al término del ramadán,
cuando se esperaba el desenlace de la amenaza
de bombardeos intimidatorios contra el régimen
de Sadam Hussein.
El cargamento del convoy humanitario, finalmente
llegó a Guinea Bissau, para ayudar a las
víctimas de la guerra.
José Antonio Pujante
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LA ROSA DE LOS VIENTOS |
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Texto de uno de los capítulos del libro "La
rosa de los vientos", escrito por D. Antonio
Menchaca, sobre la azarosa vida del navegante
y explorador del siglo XVIII, Capitán
de Navío D. Juan Francisco de la Bodega-Quadra,
descubridor de gran parte de la costa del noroeste
americano perteneciente hoy a Canadá y
Alaska.
El día once de junio, fecha de la Santísima
Trinidad, después de hacer las observaciones
desde a bordo y en tierra para levantar la carta
del pueblo y determinar su latitud de 41º7’,
y longitud 19º4’ sobre la de San Blas,
desembarcamos el capitán Heceta y yo con
las tripulaciones para tomar posesión
de esta tierra en nombre de Su Majestad. Nos
pareció bien proporcionada para fundar
en ella una colonia y misión continuación
de las ya fundadas al sur, y fomentar el comercio
en estas costas antes de que aparecieran extranjeros
y no hubiera medio de desalojarlos con la comodidad
que ofrece para embarcaciones de mediano tamaño,
por su fondeadero, aguas abundantes, y madera
para construcción naval y leña.
Con una ligera obra de fortificación y
una pequeña guarnición, sería
una base inexpugnable sin otro socorro y abastecimiento
que su tierra negra tan grata al labrador.
Me es muy grato recordar a mis amigos los indígenas
de Puerto de la Trinidad, a los que he enviado
posteriormente recados que ignoro si habrán
llegado a sus oídos y los habrán
comprendido. Son sumamente dóciles, de
mediana estatura, bien hechos y encarados, y
viven en una s barracas cuadradas construidas
de gruesa tablazón cuyos techos casi rasaban
con la tierra, con puertas circulares por las
que sólo podían entrar de uno en
uno, el suelo perfectamente plano y muy limpio
y en su centro un hoyo cuadrado de una vara de
profundidad para conservar el fuego, alrededor
del cual se calientan todos del frío.
Cuando éste es excesivo los hombres se
cubren con pieles de venado, lobo, nutria etc.,
aunque por lo regular exponen sus carnes a la
inclemencia. Traen algunos la cabeza coronada
de hierbas olorosas y plumas, pintan su rostro,
espalda y pecho de negro o azarcón, y
traen los brazos picados de diversos dibujos.
Las mujeres cubren la cabeza con una copa que
llaman cora, tejida de pita y otras hierbas y
tienen el pelo partido en dos trenzas a la usanza
griega. Traen al cuello sartas de cuentas diminutas
hecha de frutas secas, huesos y conchas, y desde
la cintura a la pantorrilla una red primorosamente
trabajada de color azafrán y al a espalda
las mismas pieles que los hombres. Se rigen por
la obediencia a lo ordenado por el más
anciano de cada ranchería, quien disponía
quienes habían de salir a traer alternativamente
el sustento para todos, quedando las mujeres
encargadas de la leña.
No pudimos averiguar tuvieran ídolo alguno
ni señales de hacer sacrificios humanos,
aunque parecían tener guerras contar otros
pueblos vecinos contra los cuales se hubieran
alegrado de contar con nuestra ayuda que nosotros
como es natural declinamos. Gustaban mucho de
cuchillos, puntas y arcos de fierro, que colgaban
del cuello o amaradas a la muñeca, por
lo que más apetecían como regalo
eran nuestros fierros, no obstante apreciar también
abalorios, sortijas y zarcillos, y despreciaban
comida y bebida aunque las tomaban políticamente
fingiendo para luego tirarlas. El tabaco les
agradaba mucho, lo fumaba en pipas de madera
semejantes a pequeñas trompetas, y lo
cultivaban en sus huertos. Tiraban primorosamente
flechas con sus arcos, tanto que en una ocasión
pude ver a un niño de cortísima
edad acertando con un arco proporcionado a su
estatura, en un blanco situado a dos o tres varas,
aunque habían quitado las cuerdas a sus
arcos en señal de paz. Eran hospitalarios
y algunos mostraban su satisfacción d
e sentarse a nuestra mesa a comer conmigo.
La caza de la que se proveían eran venados,
cibolos, lobos marinos y nutrias, y la pesca
se reducía a sardinas, pejerrey y morcillones.
Eran más duchos en repetir nuestra forma
de hablar que nosotros los diptongos de ellos,
por lo que quizás no pudimos averiguar
nunca si habían llegado a su puerto otras
embarcaciones semejantes a las nuestras, aunque
parecía que no pues salvo el fierro tampoco
había señales de ello. Y la tierra,
lo repito pues se me quedó grabado, nos
sorprendió por lo fértil y capaz
de producir lo mismo que se cría en la
Europa ; tiene agua sumamente exquisita por todas
sus quebradas, lo que la inunda de prados de
tan vistoso pasto que mantendría infinito
ganado, de hierbas silvestres con un verdor y
perfume sumamente agradable a la vista y al olfato,
entre las que reconocí infinitas rosas
de Castilla, sumamente olorosas, lirios, llantén,
manzanilla, orégano de mucha fragancia,
apio, cardos, fresas, moras de zarza, cebollas
dulces y criadillas de tierra. Los montes estaban
cubiertos de pinos perfectamente derechos y altos,
muy aparentes para arboladuras, tablazón
y baos por su hebra muy derecha y facilidad en
labrarse, de los cuales hicimos nosotros para
la goleta masteleros y gavias y demás
velas altas que no las había llevado nunca,
para acrecentar su andar. También se encontró madera
para ligazones, curvas, geroles, y demás
a la orilla de un espacioso río que descubrimos
de aguas muy cristalinas, al que Mourelle dio
el nombre de río la Tórtolas por
las muchas que de ella vio de buen tamaño,
y otros pájaros algunos de bien suave
canto.
El 19 de Junio, finalizada la aguada, el acopio
de leña, el levantamiento cartográfico,
los estudios sobre loas mareas y corrientes,
la reparación dela arboladura de la fragata
y la adición a mi goleta de gavias y masteleros
para izar nuevas velas altas, y la recuperación
de enfermos y heridos, nos hicimos a la vela
a las ocho de a mañana con noroeste flojo,
tras despedirme delos indios que llenaron mi
barco con multitud de regalos, abrazos, y hasta
lloros, y mi promesa de volver, y nos corearon
el "Adiós Amigos" que les habíamos
enseñado.
Por fin el día 28 terminamos de aparejar
los masteleros y vergas de gavia que cortamos
en tierra, después de trabajar noche y
día, con lo que di orden de izar, guindar
y marear las nuevas velas altas confiando en
la corrección de mis cálculos y
la goleta portase mejor los vientos y ganase
velocidad sin desarbolar que era el peligro con
tanto trapo de más. Un grito unánime
de júbilo fue nuestra respuesta inmediata
al comprobar que la goleta había obedecido
inmediatamente aumentando sus bigotes de espuma
por la proa, tal cual fuese una veloz fragata.
Codo a codo nos acercamos por barlovento a la
fragata, empeñados con ella en una regata
que nadie quería perder, y ala voz cuando
les teníamos por la amura y a un tiro
de pistola, intercambiamos bromas, ironías,
risas, chistes, irreproducibles aquí por
su lenguaje gráfico propio de los sollados,
que terminaron cuando ganada la prueba, largamos
escotas, redujimos velocidad y nos colocamos
a popa dela capitana como era nuestra obligación,
salvada la reputación de la goleta que
no merecía más desprecios.
Cuando divisamos tierra y tras incidencias en
las que perdimos el tamborete del aparejo no
por la fuerza del viento sino por la violencia
de los balances y la mar arbolada, fondeé al
abrigo de una punta para reconocer la costa,
identificarla pues con los errores de las cartas
que usábamos ello era imposible, y para
enjugar y completar el tanque de agua dulce en
el que había entrado la mar inundándolo,
embarcar leña, cortar nuevas vergas y
masteleros, cuidar de los enfermos y heridos
llevándolos al cirujano de la fragata,
y cuando fuese preciso. Y la fragata fondeó a
distancia de la costa por su mayor calado.
Mientras tanto se habían acercado a mi
goleta multitud de canoas con indios de buena
estatura que con ofertas y halagos me invitaban
a visitar sus viviendas, no obstante lo cual
y aparentar ser aun más dóciles
que los de la Trinidad, viendo que contra los
sesenta de ellos que se habían juntado
sólo podía reunir yo más
de ocho hombres sanos, dispuse se armasen sin
que ellos se apercibiesen y principié a
regalarlos con abalorios, pendientes y pañuelos.
Tras subir a bordo a cambiar su cueros por abalorios
y cuchillos, se despidieron con señales
de gratitud y amistad.
Al amanecer del día 14 dispuse desembarcasen
seis hombres de mi tripulación bien armados,
llevando cada uno su fusil, sable y algunos dos
pistolas al mando del contramaestre Pedro Santana,
conocido por su buena conducta y valor entre
los de su clase. Tenía que completar la
aguada, la provisión de leña, y
la de troncos de madera para cortar un tamborete
para el aparejo, en el tiempo que restaba para
a pleamar, cuando dispuse hacerme a la mar y
pasar a bordo de la fragata para la junta. Se
le s dio abalorios para regalar a los indios
si se le acercaban, así como orden de
regresar a bordo a la canoa en cuanto desembarcasen
en la playa, para que saltásemos el piloto
y yo a tierra.
Según iban bajando a tierra cada cual
como pudo debido a los golpes de mar que impidieron
el debido orden táctico, salieron de improviso
de los montes cercanos más de trescientos
indios que cogiéndolos indefensos, los
asesinaron traidoramente ante nuestra vista,
y hallándome sin arbitrio para socorrerlos
mandé disparar los pedreros y la fusilería
par ver de amedrentarlos, pero ellos viéndose
a salvo ni hicieron el más leve caso.
También fueron infructuosas las señales
que hice a la fragata pidiendo socorro, pues
la distancia impedía las viese, de suerte
que aislado, sin embarcación ni gente
para salir a defender a los míos, determiné zarpar
a la hora de la pleamar que coincidió con
mediodía, para acercarme a la fragata,
tomar su lancha, volar a tierra a tomar la más
rigurosa satisfacción y averiguar si aún
vivía alguno de aquellos infelices pues
habíamos visto salir nadando hacia bordo
a dos de ellos, pero la frialdad del agua les
retuvo e ignorábamos si murieron también
a manos de los bárbaros, o lograron refugiarse
entre la espesura de los árboles.
No más largada la vela, y navegando entre
bajos, se nos acercaron nueve canoas de ellos
con más de treinta a bordo de cada una,
en tanto que una con los más robustos
mozos se atracó a nuestro costado con
los arcos templados y los cuerpos cubiertos por
sueras de gran defensa, procurando persuadirnos
con los pasados engaños, trampa en la
que no caímos viendo la matanza que habíamos
presenciado. En esta conformidad se mantuvieron
un buen rato, mientras el resto de canoas se
acercaban por la popa. No quise abrirle fuego
hasta conocer cuál era su intención
por asegurar los primeros tiros, pues sólo
podíamos hacer fuego el piloto y yo y
un criado mío, por estar los demás
uno al timón, otra sondando y otro en
el tope del palo descubriendo los bajos, otro
haciendo cartuchos y un muchacho para traerlos,
más cinco enfermos que, con los siete
asesinados completaban la tripulación.
De esta suerte íbamos navegando lentamente,
con muy poco viento, observándoles su
menos movimiento mientras bogaban manteniendo
la distancia, hasta que resolvieron abordarnos
pro la proa viendo que no había gente
en ella. En ese instante rompí el fuego
con dos pedreros y tres fusiles que ellos con
suma ligereza trataron de esquivar dando paladas
entre cada tiro, pero no les valió su
destreza pues cayeron a los primeros tiros la
mayor parte de ellos. Por último les valió su
ligereza cuando se retiraron tras haber perdido
tres canoas, librándose de mi contraataque
para aprisionar a los restantes de haber tenido
gente, canoas, y no tener que esquivar continuamente
los bajos por la seguridad de la goleta.
Cuando se vieron libres del tiro de fusiles
y pedreros, nos cercaron con las restantes canoas
aunque no se determinaron a aproximarse tras
la lección encontrada, y tras un buen
rato de consultas entre ellos y gritos y gestos,
se retiraron a sus rancherías.
Aquel catorce de Julio de 1775 se me ha quedado
grabado en la memoria siniestramente, sin encontrar
haber dado a los indios con nuestra conducta
siempre amistosa, motivos para sufrir aquel traidor
ataque tan injustificado e inexplicable por mucho
que reflexioné sobre ello. ¿Por
qué fueron aquellas tribus las únicas
de toda la inmensa costa de proceder de esta
manera ?, ¿habían sufrido algún
abuso anterior de otros navegantes blancos cuyo
desagradable recuerdo les incitaba a vengarse
con nosotros, venidos en son de paz y amistad
sin mira alguna de explotación o dominio
? Lo sigo ignorando en estos momentos en los
que aun me siento desasosegado por la sangre
derramada aunque fuese en defensa propia. Tampoco
Macuina, cuando se lo expliqué, veía
explicación a conducta tan reprobable
entre pueblos pacíficos y lo achacó a
locura sin más.
Se resolvió dejar sin castigo tal atrevimiento.
Solo convinimos que a aquel siniestro lugar bautizaríamos
como punta de los mártires, tras apuntar
sus coordenadas, 47º24’ de latitud,
y 21º19’ al oeste de San Blas, de
lo que levantamos acta como previenen las ordenanzas.
Decidido este punto, aunque no conforme con
mi dictamen ni el de mi piloto, pasó el
comandante a tratar del aguante de mi goleta
tan disminuido por mares y vientos más
violentos de los supuestos, que nos pusieron
s punto los días nueve y diez de haber
perecido, por lo que para ni vivir con aquel
sobresalto solicitaba diésemos cada cual
nuestro parecer de si convenía volviéramos
a San Blas.
Mi opinión junto a la tajante de Mourelle
y mía fue la de seguir. "Hallándome
en la altura de 37º y longitud de 27º46’ al
oeste de San Blas, determinó Vuesa Merced
se hiciese junta a fin de que se volviese esta
goleta al departamento o arribase a Monterrey
atendiendo los daños sufridos en la navegación,
y su poco andar, hallarse con las ligazones de
todo inútiles, como aseguraba los carpinteros,
y por último su poco aguante, y pareciéndole
no ser motivo suficiente para volverme ni hacer
una arribada que retrasaría enteramente
la expedición y atendiendo al servicio
de Su Majestad, me opuse por escrito siendo del
mismo dictamen mi piloto don Francisco Mourelle.
Resolvió Vuesa Merced que siguiéramos
lo cual había cumplido hasta la fecha
hasta la altura de 47º, sin haber tenido
motivos que me obligasen a arribar, pues con
más razón era del mismo sentir
en esta nueva ocasión tras haber experimentado
tan recios vientos y mares sin el menos quebranto
en la goleta pues no obstante se tumbe cuando
arrecia el viento y embarque agua en demasía,
lo primero era inevitable en toda embarcación
pequeña, y lo segundo no le afecta mucho
pues esas aguas vuelven a la mar sin demora.
Su andar con la vela que le he puesto no se diferencia
en mucho del que la fragata, por todo lo cual
me obligo a subir a los 65º como he alcanzado
los 47º, deseoso de cumplir el encargo que
se me había confiado, atendiendo a que
la fragata sin la goleta tendrá más
difícil reconocer la costa y sus puertos".
A los cinco días de navegación
el 19, me pasó el comandante un oficio
para acompañar un escrito del segundo
capitán don Juan Pérez y otros
del Cirujano don Juan González, opinando
que no le era posible a la fragata seguir navegando
a mayor altura, tanto por lo avanzado del estación
como por los muchos enfermos, varios de escorbuto,
que tenían, a lo que inmediatamente respondí en
estos términos.
"Inteligenciado del oficio que Vuesa Merced
se sirvió pasarme y hecho cargo de la
representación del alférez de fragata
y piloto práctico don Juan Pérez,
acompañada de la certificación
del cirujano don Juan González, soy del
sentir o obstante sus fuertes y poderosas razones,
sigamos por algún tiempo por ver si en
este intermedio logramos los vientos más
favorables que nos ayuden a no perder un viaje
que tantas incomodidades nos ha costado, pues
aunque me consta con evidencia que la gente es
poca y está quebrantada de salud y cansada
después de cuatro meses de navegación,
a lo que no están acostumbrados, me parece
convendría exponernos en algún
modo hasta tanto no cobren mayor fuerza las enfermedades,
que en tal caso nos podríamos retirar
reconociendo la costa favorecidos por los vientos
noroestes que tenemos experimentado reinen en
sus cercanías".
Mi piloto Francisco Mourelle asintió con
mi n su dictamen, el comandante Heceta también
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