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Boletín nº 3
 

IRÁN

 
   

Impresiones de un viaje a Irán en agosto del 98.

Más que un viaje fue un continuo tomar tierra, una iniciativa acelerada, aluvión de imágenes y galope de calurosas sensaciones. Porque el tiempo (debido a circunstancias familiares apremiantes) estaba limitado a quince justos días de agosto, y el país no es precisamente cosa de una quincena veraniega. Yo sabía de antemano donde me metía (en ese vértigo de aviones, ciudades, emociones, aeropuertos, maletas, madrugones y sol a espuertas), pero estaba decidida a ver con mis propios ojos Irán aunque fuera en tan rápidas condiciones. Así que, a pesar de los pesares y del a opinión de cuántos me rodeaban, un 12 de agosto me planté encima mi coránico y obligado hijab, me uní a un grupo de turistas tan curiosos como yo, y emprendí el vuelo a Teherán.

Teherán me pareció una ciudad inabarcable e inmensa, ruidosa, recalentada y más mudable que un camaleón. Rica y poderosa en sus zonas altas, bien organizada y bulliciosa en el centro comercial, pobre y estrecha en lo más hondo. Pero en honor a la verdad, mis impresiones se deben sobre todo a unos cuántos trayectos en autobús (del hotel al Museo Arqueológico, del Arqueológico al de Alfombras, de allí al hotel), a un corto paseo callejero el día de mi marcha, a un par de películas de Kiarostami, y a las descripciones que de la ciudad hace Ana Briongos en su libro Negro sobre Negro (en Laertes). Así, que ni yo misma puedo fiarme mucho de lo que digo. Porque al día siguiente de mi llegada estábamos otra vez en los aires camino de Kerman, hacia el suroeste del país.

De Kerman a Bam, de Bam a Kerman, de allí a Yazd y luego a Shiraz. Pero voy a pararme en seco, que no es cosa arrastrar a los que me leen a la vorágine de vuelos, recorridos y mezquitas a los que yo me sometí en aquellos días. Una parada puramente metafórica, porque, en realidad, lo que voy a intentar es moverme de nuevo y contar algo de lo mucho que vi y sentí en el país, aquí y allí, al norte o al sur, en mezquita o en jardines, prescindiendo de distancias engorrosas y de los estrictos controles de aeropuertos. Un relato, advierto, que se me quedará forzosamente a flor de piel, en esa pura superficie por la que me removí los quince días de agosto. Para los que quieran saber más, una recomendación: el estupendo, emocionante, libro de Kapuscinski (El Sha, editorial Anagrama, colección Crónicas).

Delante justo de la entrada al Museo Arqueológico de Teherán (un museo imprescindible para conocer la época persa más persa, la de la dinastía aqueménida, y que recomiendo visitar al final del viaje y no al principio como hice yo) contemplé asombrada (era mi primer día en Irán) la entrega amorosa de un jardinero a su jardín. Provisto de un apequeña azada aireaba la tierra, la abonaba, la a aplanaba, todo con unos toques suaves y cariñosos que sin duda los rosales –espléndidos, generosos, cuajados de rosas blancas- agradecían. Fue mi primer jardín y mi primer jardinero en Irán. Luego los vi a montones. Jardines inmensos como parques, jardines mínimos, milagros en mitad del desierto, esmerados, mimados, radiantes de flores, siempre espléndidos, rosaledas de exposición, céspedes impolutos y verdísimos, árboles centenarios, macizos de todas las flores posibles. Los más precioso los vi en Shraz (¿?), que es una ciudad ancha y anchurosa, como todas las iraníes en las que recalé, y extrema lamente culta. En realidad es un oasis en medio del desierto, y tiene fama de buen vivir y mejor escribir. Las guías cuentan (yo llevaba conmigo la francesa de Olizane, en una edición del 97 que me fue extremadamente útil) que de los antiguos jardines de la época esplendorosa de Shah Abbas, no queda nada. Pienso que al menos quedó el gusto por ellos. Al menos a esa conclusión llegué después de pasar un par de horas por el de Bagh-e Eram, una maravilla de caminos sombreados por cipreses, canales, fuentes y macizos florales. O lo que rodean los mausoleos de los poetas por excelencia, Hafez y Saadi. Com todo, los de Shiraz no son más que un botón de la larga muestra. En las cercanías de mahan compartí céspedes, fuentes, té flores y la fiesta del viernes con docenas de familias iraníes. También en Kerma y en Yazd.

Y en la maravillosa Ispahan. Son los jardines persas ante los que los árabes se quedaron admirados. La metáfora del paraíso, el modelo que el Islam hizo suyo del este al oeste, hasta plantarlo en el Generalife.

Los jardines están llenos de gente. Ya lo he dicho. Sobre todo los viernes, que es el día festivo. De hecho, los jardines están mucho más repletos de iraníes que las mezquitas. También los viernes. Al menos eso es lo que vi yo con mis propios ojos los dos viernes que pasé en el país. En Kerman desde luego. No tanto en Mashhad, que para eso es ciudad santísima.

Porque a los iraníes les encanta tumbarse sobre la yerba, salir a tomar el fresco al atardecer (por lo menos en verano), tomar la ciudad como si fuera su propia casa. En esta afición no existe distinción de edades ni de sexos: hombre, mujeres, niños y ancianos, en grupos familiares o en pandillas de amigos o de amigas. Con su bolsa de pic-nic a cuesta se repantingan en un trozo de césped (siempre hay un trozo de césped a mano en las desérticas ciudades iraníes), extienden su alfombra y se toman un té con pastas o pasteles. La primera vez que vi esa escena me quedé asombrada. Primero, porque nunca pensé que aquí las mujeres salieran solas como si tal cosa, por muy en pandilla que fueran. Y salen y entran, y se quedan. Por la calle, en los jardines, en los cafés y en los restaurantes. De una en una o acompañadas. Por ellas o por ellos. Eso sí, con el obligado hijab encima, el uniforme chiita que consiste en un pañolón para cubrir la cabeza y en una especie de bata o guardapolvos para cubrir el cuerpo. Y salen a todas horas. No se me olvidará la escena: eran las doce de la noche y mi amiga Alicia y yo, recién llegado nuestro grupo a Ispahan, decidimos dar un paseo hasta el puente Si-o-Seh pol, el de los Treinta y Tres arcos. Íbamos un poco agitadas por nuestra audacia cuando comprobamos que medio Ispahan había tenido la misma idea que nosotras. El puente era lugar de cita nocturno de familias y pandillas de la ciudad. Cubiertas con nuestro uniforme pasábamos inadvertidas y nos hacíamos prácticamente invisibles. En ninguna calle del mundo nos sentimos más tranquilas y seguras que allí, en la s orillas del Zayandoehrud, a las muy oscuras doce de la noche.

¿Y qué pasa con las mezquitas? ¿no están repletas? Pues bien, yo no vi ninguna mezquita repleta. Alguna persona rezando a las horas de la oración, pero aisladas y sin mucho entusiasmo. Salvo los viernes que consiguen atraer a grupos más nutrido de fieles. Salvo, sobre todo, en el santuario de Mashad, pero ésa es otra historia que irá a continuación. Lo que quería decir ahora es que lo mejor de las mezquitas son ellas mismas. Yo no lo sabía por que mis lagunas culturales no tiene límite, pero después de leer algo y ver otro poco, diré que las mezquitas de Irán me parecieron de las más maravillosas que he conocido. La del Viernes de Yazd, la del Viernes también de Kerman, la muy austera de Abarhuk, entre Yazd y Shirhz. Y todas, todas, las de Ispahan. Porque ya es hora que lo diga: Ispahan es una ciudad maravillosa, una ciudad que me enamoró locamente, una ciudad con río, con puentes antiguos llenos de arcadas, con vida, con casas bajas, con una plaza que es una joya desde que se abrió en el siglo XVI, y con las más fascinantes mezquitas de todo Irán. No las vi todas, desde luego, pero entre las que contemplé con mis propios ojos y las que conocí a través de los libros, en pude hace una idea bastante aproximada. Porque en Irán se puede entrar en todas las mezquitas, así, como Pedro por su casa. Ya estaba informada de que estaba permitido visitarlas, pero hasta que no lo comprobé por mí misma dudaba de que pudiera ser cierto. Ni en Marruecos, ni en Túnez pro poner dos cercanos ejemplos, permiten entrar en las mezquitas a los no creyentes. Ni en Yemen. Sí en Turquía, pero es un país oficialmente laico por muy islámica que su gente sea. Pues resulta que en la tierra de los ayatolás, en una república que se define como islámica y que occidente presenta como la bestia negra del integrismo, los cristianos pueden entrar en las mezquitas en cualquier momento. Tal favorable circunstancia me permitió disfrutar como loca de la grandiosa, delicadísima, mezquita de Viernes de Ispahan, que fue fundada en el siglo VIII y que mantiene cúpulas y bosques de columnas de los siglos XI y XII. Las dos mezquitas que se encuentran en la Plaza real – un lujo del urbanismo del dieciséis que me dejó con la boca abierta- son safávidas, es decir, de la época más gloriosa de la arquitectura iraní. Cubiertas de azulejos, sus espacios, su decoración delicada, sus esmaltes como piedras preciosas permanecen aún en mi retina.

¿Y los chiitas? ¿Dónde están esos religioso enfervorecidos que tan a menudo nos muestran por televisión? Esa misma pregunta me la hacía yo durante el viaje. Porque , ante mi perplejidad, las llamadas a la oración que suelen rasgar repentinamente los aires de cualquier ciudad del mundo islámico, aquí, en Irán, suenan suaves, calladas, casi inaudibles. Y la reacción de los presuntos fieles es prácticamente inexistente. No es del todo raro contemplar en un restaurante, o en la orilla de la carretera, a un hombre orando a la hora reglamentaria. Pero es muy normal que esto no ocurra. Por más que en todas las habitaciones de todos los hoteles una flecha señala el lugar de la Meca para poder rezar en la posición correcta. La verdad es que si no hubiera estado en Mashhad estaría ahora pensando que eso del chiísmo es bastante relajado. Pero estuve en Mashhad. Además un viernes. Me han contado que la visita a Qom también sirve para contrarrestar la imagen de una sociedad un tanto laica que proporcionan otras ciudades. Pero ya no estuve en Qom. Así que hablaré de Mashhad. En realidad, la importancia de Mashhad, al norte del país, muy cerca de la frontera afgana, se la da el mausoleo del octavo imán chiíta, el imán Reza, muerto en el año 809. Hoy el mausoleo es un santuario que recibe más de catorce millones de peregrinos al año. Cuando yo lo visité, aquel viernes de agosto, no debían estar los catorce millones juntos, pero a mí me pareció que al menos se aproximaban. Entramos por la noche, cuando pensamos que el flujo de peregrinos habría descendido y las medidas de seguridad estarían más relajadas. Porque, tras el sangriento atentado ocurrido hace unos años, una vigilancia estricta obliga a cachear uno por uno a los visitantes. Mi amiga Alicia y yo, como el resto de las mujeres del grupo, nos escondíamos tras los negros chadores, dejando tan sólo a la a la vista ojos, nariz y boca. Lo suficiente para no ser identificadas como occidentales, y lo justo también para ver, oler y hasta cruzar algunas palabras. El santuario se compone de una sucesión laberíntica y ostentosa (cristales, espejos, mármoles, azulejos, oros y platas) de patios, mezquitas, medersas, cúpulas, bibliotecas, museos, fuentes y pabellones administrativos. Todos estaban tomados por multitudes enfervorecidas dispuestas a pasar allí no sólo la noche sino al parecer el resto de sus vidas. Aquí y allí, en los patios, distintos predicadores dirigían a grupos compactos que coreaban de vivísima y alterada voz gritos y eslóganes. El ruido que se levantaba a esas tardías horas de la noche (serían las once, más o menos) era como el de un lejano terremoto. Que se iba haciendo cercano y amenazador según nos acercábamos al mausoleo del imán Reza. Nosotras, situadas en el lado que corresponde a las mujeres, nos vinos una y otra vez arrastradas en volandas por la corriente humana que luchaba a brazo partido ( y no exagero ni un pelo) por acercarse a los barrotes dorados de la tumba. En medio de gritos y llantos colectivos que aún me ponen los pelos de punta. Tuve la intensa sensación de que nunca en mi vida podrían librarme de ese torbellino de chadores, rostros sollozantes, miradas erráticas y alaridos frenéticos. Logré salir del enfebrecido tumulto. Pero llevo dentro de mí el aullido de una gente que sigue llorando cada instante la muerte de sus santos.

Hay muchas cosas más. Las ruinas de Persépolis por ejemplo, las tumbas reales aqueménidas excavadas en las rocas de Naqsh-e Radjab, las olas azules del Mar Caspio, las alturas peladas de los montes Alborz, los kilómetros interminables del desierto. Contemplar cada una de ellas, las dichas y las no dichas, volverlas a vivir tan sólo unas horas, me empuja de nuevo a cubrirme con el hijab y tomar el vuelo que lleva a hasta la antigua Persia, el novísimo Irán.

Ana Puértolas

 

 
   
  PAUL BOWES: EL VIAJERO SUSPENDIDO  
   

Su nombre no estaba en los buzones, sólo figuraba el número de piso, y yo no tenía ni idea de cual podía ser. La puerta del bajo se entreabrió y unos ojos inmensos empezaron a mirarme por debajo de unas pestañas como trapos.

-¿Paul Bowles? Pregunté.

Como si tuvieran el mismo resorte que las cabezas de tortuga, los ojos y los rizos negros se escondieron al contacto con la pregunta. Pero no había pasado un minuto cuando una corpulenta mujer vestida con kaftán abrió la puerta de par en par.

-¿Española? Me preguntó

Llevaba el kaftán remangado y por debajo asomaban unos pantalones de pijama. Detrás de las caderas volvieron a aparecer los rizos y los ojos de una niña de unos ocho años.

-Sí, le dije, ¿habla mi idioma? ¿Es este el edificio Itesa? Ando buscando al escritor Paul Bowles.

-Sí, el señor vive en el cuarto. Me contestó sonriendo y marcando las "erres" y las "uves" como hacen nuestros vecinos del sur.

Correspondí a su sonrisa y le di las gracias mientras empezaban a entrarme unas ganas terribles de fumarme un cigarrillo o de huir. Entonces la niña salió de entre los seguros pliegues maternos y me espetó: ¡tú eres la del programa Sorpresa Sorpresa! Lamenté decepcionarla.

Subí en ascensor hasta el cuarto y continué andando hasta el quinto. Me senté en las escaleras y encendí un cigarro. Había llegado a Tánger esa misma mañana dispuesta a entrevistar a Paul Bowles, pero no disponía de su dirección y su editorial en España no había podido facilitarme su número de teléfono sin su permiso. En la embajada americana me contestaron lo mismo y en el listín telefónico no constaba. Luego descubriría que el escritor no tiene teléfono desde hace años, aunque sí fax. Por suerte la dueña de mi hotel, el Biarritz, una andaluza con recursos y más de treinta años viviendo en Tánger, tenía una cuñada que tenía una amiga que conocía a la cocinera de Paul y en media hora supe a donde dirigirme.

El edificio de cemento parecía de protección oficial o de régimen comunista, y las escaleras no las habían barrido desde hacía largo tiempo. Por fin llamé al timbre. Un hombre con gafas me abrió la puerta y tras averiguar qué quería volvió a cerrarla llevándose el CD del grupo Hendingarna que había traído de regalo para el autor de El Cielo Protector. Paul Bowles fue primero compositor y también recopilador de música tradicional africana, así que pensé que le gustaría este grupo del norte de Europa que parecía de la península arábica. Tenía entendido que muchas personas visitaban a Paul Bowles, pero imaginaba que sería gente más interesante o por lo menos con ciertas credenciales, no una periodista principianta que se presentaba por las buenas y sin ningún aval. Estaba equivocada.

Cinco minutos después la puerta oscura se abrió y el mismo hombre de las gafas me invitó a entrar. Atravesamos un diminuto salón con muchos libros colocados en estanterías y fuera de ellas, y me hizo pasar a un cuarto de paredes marrones que tenía la luz encendida a pesar de ser casi mediodía. Más libros, restos del desayuno, una radio... había trastos esparcidos por todas partes y reclinado en la cama yacía el autor del desarraigo. Perfectamente peinado y vestido con una bata de franela también marrón, vieja pero bien planchada. La verdad es que de todo esto me di cuenta los demás días que fui a charlar con él, porque entonces sólo pude fijarme en su sonrisa, como de medio lado. Y en la mano tendida que me ofrecía y que inmediatamente hizo que se me olvidaran las preguntas que tenía preparadas, aunque no la vergüenza. Nada era como había imaginado.

Empecé a hablar atropelladamente del grupo de música y él me invitó a ponerlo en un aparato de estilo rapero color marfil. Después abandonó el inglés y en perfecto castellano me dijo que me sentara ofreciéndome un lado de su cama. Hablamos de música árabe, de los grupos gnaua que según él ya no eran auténticos, del jazzista Randy Weston que dijo no conocer y que yo sabía tocaba en el hotel Mamunia de Marraquech. Me hizo escuchar unas piezas suyas para piano que habían sido reeditadas recientemente y me habló de su enfermedad y de "un plástico cilíndrico" que le habían puesto entre una pierna y otra, lo que le impedía pasear más de diez minutos al día.

Como siempre el temor a molestar me hizo dar por concluida la visita, pero me armé de valor y le pregunté si podía volver al día siguiente. Aceptó y durante los siguientes dos días pasé con él unas seis horas en total.

También me atreví a preguntar a dónde me recomendaba ir, pues siempre había estado de paso en la ciudad. Cuando salí del edificio Itesa hacía un día estupendo, de esos que tiene la primavera marroquí, llenos de aromas. Me sentía sorprendida, contenta, y al mismo tiempo agitada. Me había sugerido el café Hafa. Cuantas veces había leído sobre este café en sus cartas publicadas y cuantas descripciones de cafés había en sus libros. Encontré un "petit taxi" y me subí sin discutir el precio. En visitas anteriores me había dado cuenta de que en Tánger si discutes el precio descubren que eres extranjero y es entonces cuando te piden más.

Sonaba un reagee y olía a hachís. En la terraza escalonada del café Hafa había dos pandillas de jóvenes, unos que parecían buenos chicos y otros un poco más golfos. Todos me miraron como si hubiera descubierto su escondite. El mar estaba azul oscuro y recordé como describía Bowles la ciudad en 1954, algo desilusionado ya, en "Carta de Tánger": "Es como una alhaja cuya montura es muy superior a la piedra. El cielo azul, el mar azul y las montañas azules todavía están aquí, pero la ciudad, a la que no queda más azul que el de las casas de algunos marroquíes recalcitrantes, ya no aprovecha sus encantos combinados".

Este podía ser un tema interesante para hablar con él: los cambios producidos en la ciudad. Pero ¿Y qué más? Había llegado hasta allí y sin embargo no tenía muy claras mis intenciones. Se mezclaban una mitomanía avergonzada y un interés profesional que no sabía como plasmarse puesto que en ese momento trabajaba en una televisión y allí había ido por mi cuenta. No me interesaba conocer detalles de su vida ni el porqué de su obra. No era el artista ni la persona que había sido y que respiraba por su obra o sus cartas, me interesaba lo que era en ese momento, lo que había devenido el viajero. Pero no sabía si eso interesaba a alguien más. Y menos aún si era posible descubrirlo.

Me había pedido un té a la menta. Demasiado dulce. El sitio era excepcional, no había casas alrededor sino detrás de una gran explanada y de un estadio de cemento que parecía abandonado. Pero como la terraza daba al mar nada molestaba las vistas. Los geranios estaban cuajados de flores y daba gusto verlos, sobre todo después de haber asistido a la muerte de la mayoría de sus colegas de especie españoles. En una mesa cercana se sentaron dos chicas marroquíes. Deduje que lo eran por la vestimenta ya que una tenía el pelo rubio oscuro y la otra teñido con mechas. Pero la chilaba negra de una y la camisa de grandes dibujos, con botones dorados y abrochada hasta donde manda lo púdico de la otra, no podían mentir.

Después de haberme atrevido a llamar a la puerta de una persona, me costó un poco menos abordar a dos chicas en un café. Diez años viajando a Marruecos y muy pocas veces había tenido la oportunidad de hablar con una. A la mayoría la había encontrado en discotecas, sitio que no invita a charlar, o eran las madres y hermanas de algún amigo guía que hablaban sólo árabe. Amina hablaba francés y Sana no pero lo entendía. No se parecían a pesar de que eran hermanas. Sana, tenía 18 años, iba vestida a la occidental, usaba gafas y cada vez que sonreía escondía avergonzada el aparato de ortodoncia. Todavía estaba estudiando, pero no me enteré el qué. Amina, tenía 22 y había estudiado secretariado. Llevaba los labios y las uñas pintadas de un rojo discreto, y una esclava de oro en la muñeca, pero sin la ostentación de la que gustan algunos de sus compatriotas. Me dijo que no quería casarse con el primero que llegara, que antes le gustaría trabajar, aunque que el empleo estaba muy difícil, a no ser que conocieras a alguien. Les señalé que no era normal ver mujeres en un café y se rieron, "Depende de cual, de a qué hora, y sobre todo con quién" contestaron. Me dieron su dirección para que las escribiera y la de unos baños en el barrio del Boughaz.

Pasé la tarde maquinando como iba a actuar al día siguiente durante la entrevista con Bowles. Primero me salieron preguntas sesudísimas sobre si su forma de exponer los acontecimientos más dramáticos de una manera fría tenía algo que ver con su tendencia a alejarse y al desarraigo. También si las drogas favorecían esta tendencia. Si se consideraba precursor de la generación de artistas americanos que habían ido por esa línea. Si viajaba para escribir o escribía para viajar. Después me salieron las clásicas: ¿De qué autor se consideraba deudor? ¿Que obra suya le gustaba más? ¿Por qué había dejado la música?. Nada, ninguna me llevaba a donde yo quería. Decidí que le dejaría hablar.

A las doce en punto subía en el metálico ascensor desvencijado hasta el cuarto. El mismo hombre de gafas me abrió la puerta, y en la cocina gris que quedaba a la derecha nada más entrar vi a una mujer limpiando unas verduras. En la habitación, Bowles seguía postrado tal como lo había dejado, aunque parecía recién levantado porque estaba peinándose. Las persianas estaban bajadas y las cortinas echadas. Tras cerciorarme de que no quería que viniese más tarde y de que no molestaba, busqué una silla y me senté cerca de la cama que era muy bajita. Entonces me preguntó: "Y bueno, ¿qué es lo que usted desea?". Empezábamos mal. El día anterior me había presentado como periodista y ahora me recibía como a tal.

. (Me sentía como el protagonista de "Déjala que caiga" cuando va a la casa de la mujer rica. No tenía intenciones, ni malas ni buenas, y la falta de éstas le hacen parecer más sospechoso). Le podía decir que aunque era periodista quería simplemente hablar con él. Pero ¿de qué? ¿del tiempo?. Una periodista sin interés periodístico no parecía muy creíble. La verdad es que podía tratar de aunar el interés personal y el profesional. Casi sin pensarlo contesté que trabajaba para una televisión y que quería saber si era posible hacerle una entrevista con una cámara. Además a la tele podía interesarle. "Aquí, ¿en casa?" contestó con desagrado. "bueno o donde usted suela ir" regateé, "aunque creo que lo interesante sería en un lugar familiar para usted". No me lo podía creer, le estaba proponiendo un reality show a Paul Bowles. Intenté arreglarlo: "ayer me dijo que le gusta pasear". "Sí, cuando la hernia me lo permite me doy un paseo por el campo de golf. ¿Pero cree usted qué esto pueda interesar a alguien?". Y añadió "hace unos meses, un equipo alemán estuvo aquí grabando y fue muy incomodo, lo dejaron todo desordenado".

Se hizo un silencio y él empezó a tamborilear con los dedos sobre la colcha y a tararear muy bajito una canción. "Me gustó mucho el café Hafa" dije para recuperarme. "Había un estadio cerca abandonado, ¿lo conoce?". "En ese estadio se reunían los nacionalistas tras la independencia, y salían de él tan eufóricos que daban miedo" dijo. Era el momento. "¿Cómo era Tánger cuando llegó la primera vez?" pregunté, a sabiendas que cientos de personas se lo habrían preguntado antes. "¿Hasta donde llegaba la ciudad?". "Estaban la Medina y los zocos en donde se ponían a vender los campesinos rifeños que llegaban cada día de los alrededores. La plaza de Francia era las afueras, y se podía escuchar a los grillos. Los europeos empezaban a construir en el paseo marítimo y en el boulevard Pasteur, porque no podían soportar vivir en la parte vieja, se perdían"

Me empezó a contar cómo la zona española era una parte de la medina y lo que hoy es la avenida de España. También cómo todas las tardes los españoles muy arreglados inundaban el Boulevard Pasteur, donde los jóvenes formaban grupos y paseaban antes de ir al cine. Me habló de cómo en el periodo de entreguerras llegó un montón de europeos con la esperanza de hacerse ricos, en "una ciudad sin ley" la llamó, pues era un puerto franco y no se cobraban impuestos. "Era un No-país... no existían sentimientos patrióticos, sólo importaba el individuo".

Al cabo de un rato me estaba enseñando un libro de fotografías. William Burroughs, Gregory Corso, Ginsberg. Una pandilla de jóvenes que formaron la generación perdida, Beat. Me dijo que el mejor de todos, "el más sensible" era Allen Ginsberg. Aparecían posando en una callejuela de la medina, en un jardín. El aspecto elegante, casi de dandy de Paul Bowles contrastaba con el desaliño y la juventud de los otros, y siempre estaba situado a un metro de ellos, separado, como observándolos.

Después me enseñó otro de fotografías hechas por él en un viaje a El Sáhara. En las imágenes en que él salía iba vestido con un traje occidental claro. Como si nunca pretendiera integrarse o como si supiera que era imposible. Sólo en una aparecía con un turbante. Retrataba a los beduinos y la mayoría de las instantáneas era de una fiesta de victoria en la que los guerreros hacen alarde de su maestría montando a caballo y disparando sus rifles.

Eran las dos y media y creí conveniente no seguir molestando. Quedamos que volvería al día siguiente. Todavía tenía dos días para gastar en la ciudad. En vez de coger un taxi me puse a caminar. Pasé por delante de la embajada americana, que parece una moderna fortaleza rodeada por una muralla inexpugnable. El barrio está lleno de casas unifamiliares y edificios de apartamentos que detrás de las buganvillas y las jacarandas parecen cuidados y modernos, excepto el de Paul Bowles. No muy lejos está el instituto Cervantes, que además de ser colegio es el centro cultural español, y lo cierto es que todo el barrio se parece a Málaga, con calles anchas, de aceras cómodas, con árboles que adornan y dan sombra.

Llegué hasta la plaçe de France. Bajo el toldo del café París sólo había dos hombres sentados en las sillas blancas de plástico. A parte de su ubicación en la arteria más concurrida de la ciudad no tiene nada de especial y parece difícil que antes lo tuviera, aunque se le nota una reforma profunda y a la occidental, no sería de extrañar que siguiera siendo el lugar preferido para la burguesía de la ciudad. Justo enfrente en una pizzería también moderna y rápida, me pedí una porción, eso sí, el tomate no tenía nada que ver con el que ponen en España, pero no descubrí la especia.

Después de la siesta bajé al comedor del Biarritz a tomarme un café. Mohamed, el guardián, recepcionista y segundo de a bordo de doña Pepa, la dueña, hablaba con Mustafá, el sonriente camarero. Yo era la única cliente y como Mohamed estaba sentado en la mejor mesa pegada al ventanal le pedí permiso para sentarme con él. Sólo tenían café de puchero pero estaba muy bueno. No es que el guardián invitara a conversar. Con su gorra de lana azul y una chaqueta también azul, su seriedad y la mirada siempre escrutando el paseo, parecía un marino estancado en mitad del mar por una calma chicha pertinaz. Empezamos a hablar del paro y de lo difícil que estaban las cosas en el país, de cómo chicos de diez a catorce años se colaban cada día en los bajos de los autobuses de turistas que atravesaban el estrecho y se arriesgaban a morir aplastados si bajaba la suspensión del vehículo. Les pregunté sobre el proceso democratizador que el rey Hassan había acometido y entonces el encargado del bar, que se había sumado a la conversación con más entusiasmo que su colega, se fue hasta la barra y sacó un díptico que me enseñó diciendo "mano dura es lo que se necesita". Dentro del cartón había una foto de Franco sonriendo y al otro lado una de Tejero, ambos enmarcados por una franja con colores de la bandera española.

La sorpresa fue mayúscula. En viajes anteriores por el norte de Marruecos había encontrado entre los marroquíes una afición al fútbol español digna de los mejores hinchas del Barça o del Madrid. En muchas tiendas cuelgan los abalorios típicos de estos clubes, y cuando hay un partido, los cafés con televisión se llenan, aunque las rayas de las interferencias impidan ver quien tiene la pelota. Qué también sigan a personajes de nuestras historia me pareció inaudito, pero luego recordé que Mohamed V, el padre de la independencia marroquí, y el general Franco se prestaron apoyo mutuo en varias ocasiones, y que muchos rifeños formaron parte del ejercito nacional.

Cuando llegué al día siguiente, el escritor estaba tomándose una sopa de verduras, que según me dijo era su desayuno, y se la servían puntualmente a los doce todos los días. Empezó a quejarse de la mala noche que había pasado y me contó que para operarse había ido a los Estados Unidos porque "la sanidad en Marruecos no es muy fiable". Le había costado mucho dinero y me sorprendió descubrir que mantenía su nacionalidad americana, a costa de pagar muchos impuestos. El escritor del desarraigo mantenía un fino hilo con su origen.

Entonces le pregunté por qué seguía en Tánger. No me contestó, y su hasta entonces habitual sonrisa irónica desapareció. Después, mientras hablábamos de Marruecos y de los efectos del turismo dijo "Tánger ha cambiado mucho", también comentó "ya no es la frontera, es un lado de ella" y al final me reveló que un mes antes, en el artículo de un periódico que clamaba al orgullo de los musulmanes le mentaban como un extranjero indeseable. "Estos de ahora son más peligrosos que los patriotas del Istiqlal".

Eran las tres de la tarde, noté que le costaba más hablar en castellano, y cada vez que no encontraba la palabra adecuada se enfadaba consigo mismo. Le dije que esa tarde aprovecharía para ir a un baño turco y me recomendó tomar un zumo de naranja después para reponer las sales. Le di la mano que estrechó con fuerza y me despedí. Cuando iba a salir me dijo "Para lo de la entrevista habla con mi secretario". ¿Qué había pasado? ¿Por qué había cambiado de idea? ¿Cómo le había convencido?. Comenté con el hombre qué tenía que ver con la televisión si les interesaba, así como cuando podía hacerse. Él me contestó "muy bien, pero dígales que costaría diez mil dólares" y añadió "Paul necesita dinero".

En el ferry de vuelta empecé a leer el diario que Paul Bowles llevó de 1987 a 1989 por encargo de un editor amigo suyo. Muchas veces hacía alusión a las visitas que recibía sin previo aviso en su casa, y estas no siempre le gustaban. Sin embargo decía que "dar tanto tiempo a los desconocidos da la sensación de que a uno le quedan por delante un número infinito de años de vida". Durante los tres días que había pasado con el escritor en ningún momento habíamos hablado de Jane, su esposa, ni de la homosexualidad, tampoco de sus libros, sin embargo tuve la impresión de que me había mostrado algo del Bowles presente. El hombre de ochenta y ocho años, el antiguo viaje que ahora vivía suspendido.

Beatriz Fernández

 

 
   
  SENEGAL, PUERTA DE GUINEA BISSAU  
   

El 7 de junio de 1998 estalló una encarnizada guerra civil Guniea-Bissau, de esas que apenas aparecen en los periódicos por no ser noticia especialmente relevante. Meses después, la Organización Mundial de la Salud (OMS) creó un comité de ayuda sanitaria, y Naciones Unidas estableció un corredor humanitario, para garantizar, relativamente, el acceso de cargamentos de medicinas y alimentos a Bissau, la capital del torturado país del África noroccidental subsahariana, antigua colonia portuguesa.

Entre las escasas acciones emprendidas, destacaba la iniciativa de una ONG española, Médicos Solidarios de Cataluña, de enviar 65toneladas de material y equipos sanitarios. A causa del volumen, se descartaba el flete por avión o barco, debido a los altos costes; era preciso pues desplazarse por vía terrestre. Para garantizar una cierta protección, el Convoy humanitario trataría de coincidir con la caravana del Rally París-Dakar, por razones obvias de seguridad. Partieron de Barcelona 6 grandes camiones todo terreno, y en Granada se unieron a los participantes d la competición para cruzar el estrecho, atravesar Marruecos, con nieve en los montes atlas, y el desierto del Sahara y Mauritania. Nos citamos en Dakar, capital de Senegal, donde juntos, tras planificar con el Embajador de España la estrategia en función de las siempre cambiantes condiciones políticas y militares de la zona fronteriza, emprenderíamos el viaje hacia Guinea.

Después de la primera noche en Dakar, y diversas reuniones con autoridades gubernamentales, diplomáticas y sanitarias, pernoctamos en Thies. Allí ya tomamos contacto con una realidad de la que teníamos abundante información: la brutal explotación de los niños de la calle, los talibés, expresión afrancesada de la misma palabra de raíz árabe que denomina a los talibanes que dominan casi todo Afganistán, cuyo significado es: estudiantes de teología, del Corán. Durante toda la jornada son obligados a mendigar con un bote grande y oxidado, cuya recaudación deben pasar al marabú y éstos al gran marabú que acumula la recolecta de toda la red. Si los niños no llegan a recoger un mínimo de dinero son fustigados y apaleados, y en no pocas ocasiones han sufrido palizas con lesiones graves y fracturas severas. De ahí que si no obtienen lo que piden de la generosidad de las gentes, se vean obligados a delinquir, robando y asaltando. En Thies se estima que existen 10.000 talibés, en medio de la miseria.

De allí partimos rumbo al este, hacia la salida del sol, en dirección a Mali. La pista estaba poco transitada y era imponente ver avanzar la larga caravana de seis grandes trailers y dos vehículos todo terreno. Como tantos lugares del África negra, las enfermedades endémicas causan una elevada mortalidad en los habitantes de regiones semidesérticas o con aguas tan escasas como contaminadas. El paisaje iba cambiando; tras las millas a través de la sabana con sus gigantescos baobabs, entramos en una región más fértil, y acerca de Tambacounda. De allí debíamos desviarnos al sur, e intentar llegar a Velingara, una vez cruzado el río Gambia. Era conveniente, por muchas razones, tanto logísticas como de seguridad, evitar el tránsito de ese pequeño país que ocupa ambas márgenes del río homónimo, Gambia, ya que las zonas pantanosas – auténticos paraísos del paludismo- dificultan enormemente el vadeo de los ramales ribereños con unos precarios transbordadores, simples barcazas. Era complicado a causa de los camiones, pero también delicado por el riesgo de ser atacados o detenidos por efectivos incontrolados del ejército gambiano.

Aquella noche acampamos como las añoradas caravanas del Far West. Los vehículos en semicírculo, y en su interior, se dispusieron algunas tiendas y los sacos de dormir al raso, pues algunos preferimos el hotel de las mille étoiles, con el cielo por techo y la tierra roja por lecho. No estábamos lejos de los termiteros, de más de dos metros de altura, y muy cerca del poblado de diez cabañas. Invitamos a sus moradores mientras se cocinaba en nuestro campamento, y la luz danzante de las hogueras entonamos sin distinción de razas, los ritmos tribales que ellos nos enseñaban con timbales y palmas. Luego llegó el turno de los bailes autóctonos, donde ya la fiesta alcanzó proporciones frenéticas, dando rienda suelta al palpitar más ancestral de los atavismos contenidos. La luna se mecía por el oeste mostrando un hermoso cuarto menguante sólo desdibujado por algunas nubes que pasaban veloces impelidas por el viento cálido. Alguien gritó al ver una serpiente. Otro preguntó qué día era. Seguramente, el ocho u nueve de enero de 1999. ¡Qué más daba…!

El rodeo de 1.200 kilómetros era largo pero necesario. Al amanecer nos pudimos en marcha. La preciada mercancía humanitaria debía llegar a su destino, al hospital Simao Mendes de Bissau, donde permanecerían cien enfermos que habían resistido a los bombardeos, tras ser refugiados en los sótanos. Una vez por semana, una enfermera les llevaba los escasos alimentos que podía reunir y, si quedaba algo de medicación, se la administraba a los supervivientes. Una situación inhumana e insalubre. La maldita guerra civil había ocasionado más de 300.000 desplazados y causado la muerte directa do indirectamente a 8.000 niños, ya afectados por malnutrición y malaria. Las víctimas civiles y militares del resto de la población eran incontables.

De nuevo en ruta, el convoy orientó la proa hacia el sudeste. Las informaciones que comenzaron a llegar, no eran muy tranquilizadoras. Al preguntar a los nativos nos respondieron que el puesto fronterizo de Wassadou, pocos kilómetros al sur de donde nos hallábamos, no estaba transitable, y que ya no existía el corredor humanitario auspiciado meses atrás por Naciones Unidas. No había más remedio que continuar hasta Kolda, rumbo a poniente, y llegar lo más lejos posible. Pasamos de nuevo la noche acampados y al alba preparamos los vehículos. El destino era Ziguinchor, en la región de Casamance, junto al caudaloso río del mismo nombre, que desemboca muy cerca de allí en el Oceáno Atlántico. Volvíamos a estar cerca de la costa, en línea recta al sur de Dakar, de Cabo verde y de la impresionante isla de Gorée, donde eran embarcados sin piedad los esclavos mandinga para ser venidos en América, no hace aún demasiado tiempo.

Pero el paso fronterizo al sur de Ziguinchor, Mpak, tampoco parecía abierto. No había no un punto permeable para llevar el cargamento humanitario. Los últimos kilómetros fueron un rosario de continuos controles militares. No convenía olvidar que aquella zona de Casamance alberga un movimiento independentista y la guerrilla propicia frecuentemente escaramuzas y operaciones de hostigamiento y castigo al ejército regular. Tal inestabilidad se hacía patente en los rostros de los soldados, jóvenes y adolescentes con uniformes diversos, del verde oliva al mimética de camuflaje, del caqui o al beige, a los que habían armado con fusiles ametralladores de asalto y abundante munición en los cargadores. De vez en cuando, el control no consistía solamente en los troncos en medio de la carretera y un par de tipos desaliñados con sus kalashnikoff al hombro, sino que estaban formados por una patrulla con varios nidos de ametralladora MG47 y morteros, amén de algunas tanquetas blindadas de combate y rudimentos de telecomunicaciones.

Cada vez que nos detenían en un control, inspeccionaban los vehículos, registraban las cabinas y revisaban la documentación de cada uno de nosotros. Era poco tranquilizados entregarles cada vez los pasaportes y ver cómo se los llevaban al chamizo de ramas y matojos para que el jefe los supervisara, pero al ver entre la maleza los cañones de las metralletas de los soldados apostados tras las palmeras, considerábamos que lo mejor era proceder así. Por otra parte, los militares reclutados para combatir en Guinea-Bissau llevaban tiempo sin cobrar el sueldo y sin la alimentación pactada, eso había motivado recientes deserciones, según aireaban los periódicos locales, así que para ganarse la vida nada más natural que dedicarse al pillaje, a punta de pistola. Un método infalible. Y, éramos muy conscientes de que el contenido de los camiones podría resultar altamente interesante para los insurrectos, por su cuantiosos valor económico en el mercado negro y por su utilidad práctica inmediata. Saberse presa apetitosa, genera una sensación escasamente agradable para viajar, pero había que cumplir una misión, y eso siempre entraña riesgos.

Se hizo el intento, pese a las advertencias. Pero a pocos kilómetros de territorio guineano, fuimos detenidos por el último control militar. De espíritu castrense inflexible, fueron llegando mandos de mayor graduación a medida que pasaba el tiempo. El sargento aguardó a que llegara el teniente y el capitán. Luego esperamos horas hasta que se personó el comandante. En África, el correr de las horas nunca ha inmutado excesivamente a sus moradores. Recordaba episodios parecidos que había vivido en Mauritania y en Sierra Leona, recientemente, días antes de que estallara la revolución que derrocó al gobierno y que ha llevado al país a un infierno indescriptible.

Ante las dificultades surgidas y el riesgo de que los efectivos del ejército de Guinea abrieran fuego contra el convoy, los militares senegaleses nos negaron el paso y por supuesto la escolta. No respondían por nuestra seguridad si avanzábamos, pero es que tampoco nos permitían hacerlo. Permanecimos varios días a la espera de que el gobernador y las autoridades consulares francesas contactaran con los diplomáticos en Dakar. Mientras tanto, decidimos desplazar parte de la caravana a Oussouye, unas decenas de kilómetros al sudoeste para entregar artículos de primera necesidad a unos misioneros que regentan pequeños centros de salud y escuelas, así como una institución local que acoge a los niños que han sufrido mutilaciones a causa de las explosiones de minas antipersonas, terriblemente abundantes en aquella zona de selva tropical. Pese a se médico, acostumbrado a ver ese lado duro de la vida y estar en contacto con la doliente humanidad, resultó impactante presenciar, una vez más, cómo criaturas inocentes han perdido una o dos piernas, o un brazo, al pisar una mina oculta. A otros les ha descerrajado el vientre, y las heridas infectadas no les cicatrizan por la desnutrición y falta de antibióticos. Otros murieron. Estuvimos una tarde con ellos, al atardecer regresamos a Ziguinchor con el alma un poco más encogida y bastante menos fe en la especie humana. Atravesamos los arrozales donde los niños estaban con el barro hasta la cintura plantando manojos, y debimos someternos a los interminables controles de la soldadesca cada pocas millas. Un misionero nos dijo que algunas de las minas que, al ser desenterradas por las lluvias, habían recogido unos niños mientras jugaban, estaban pintadas semejando una mariposa de vivos colores para hacerlas más atractivas. ¿Cabe mayor crueldad? Los pequeños eran de tan corta edad que su peso no fue suficiente para activar el dispositivo de detonación. La espoleta precisa un peso mínimo para que explosione la carga mortífera…

Tras las intensas gestiones diplomáticas, se consiguió una autorización especial del Ministro del Interior, que se hizo esperar. Mis compañeros regresaron hacia Wassadou. Donde al parecer se iba a facilitar el acceso. Yo intenté y logré embarcar en un avión en Ziguinchor, y, tras despedirme de ellos, partí hacia Dakar, pues pocos días después debía estar en Bagdad, al término del ramadán, cuando se esperaba el desenlace de la amenaza de bombardeos intimidatorios contra el régimen de Sadam Hussein.

El cargamento del convoy humanitario, finalmente llegó a Guinea Bissau, para ayudar a las víctimas de la guerra.

José Antonio Pujante

 

 
   
  LA ROSA DE LOS VIENTOS  
   

Texto de uno de los capítulos del libro "La rosa de los vientos", escrito por D. Antonio Menchaca, sobre la azarosa vida del navegante y explorador del siglo XVIII, Capitán de Navío D. Juan Francisco de la Bodega-Quadra, descubridor de gran parte de la costa del noroeste americano perteneciente hoy a Canadá y Alaska.

El día once de junio, fecha de la Santísima Trinidad, después de hacer las observaciones desde a bordo y en tierra para levantar la carta del pueblo y determinar su latitud de 41º7’, y longitud 19º4’ sobre la de San Blas, desembarcamos el capitán Heceta y yo con las tripulaciones para tomar posesión de esta tierra en nombre de Su Majestad. Nos pareció bien proporcionada para fundar en ella una colonia y misión continuación de las ya fundadas al sur, y fomentar el comercio en estas costas antes de que aparecieran extranjeros y no hubiera medio de desalojarlos con la comodidad que ofrece para embarcaciones de mediano tamaño, por su fondeadero, aguas abundantes, y madera para construcción naval y leña. Con una ligera obra de fortificación y una pequeña guarnición, sería una base inexpugnable sin otro socorro y abastecimiento que su tierra negra tan grata al labrador.

Me es muy grato recordar a mis amigos los indígenas de Puerto de la Trinidad, a los que he enviado posteriormente recados que ignoro si habrán llegado a sus oídos y los habrán comprendido. Son sumamente dóciles, de mediana estatura, bien hechos y encarados, y viven en una s barracas cuadradas construidas de gruesa tablazón cuyos techos casi rasaban con la tierra, con puertas circulares por las que sólo podían entrar de uno en uno, el suelo perfectamente plano y muy limpio y en su centro un hoyo cuadrado de una vara de profundidad para conservar el fuego, alrededor del cual se calientan todos del frío. Cuando éste es excesivo los hombres se cubren con pieles de venado, lobo, nutria etc., aunque por lo regular exponen sus carnes a la inclemencia. Traen algunos la cabeza coronada de hierbas olorosas y plumas, pintan su rostro, espalda y pecho de negro o azarcón, y traen los brazos picados de diversos dibujos. Las mujeres cubren la cabeza con una copa que llaman cora, tejida de pita y otras hierbas y tienen el pelo partido en dos trenzas a la usanza griega. Traen al cuello sartas de cuentas diminutas hecha de frutas secas, huesos y conchas, y desde la cintura a la pantorrilla una red primorosamente trabajada de color azafrán y al a espalda las mismas pieles que los hombres. Se rigen por la obediencia a lo ordenado por el más anciano de cada ranchería, quien disponía quienes habían de salir a traer alternativamente el sustento para todos, quedando las mujeres encargadas de la leña.

No pudimos averiguar tuvieran ídolo alguno ni señales de hacer sacrificios humanos, aunque parecían tener guerras contar otros pueblos vecinos contra los cuales se hubieran alegrado de contar con nuestra ayuda que nosotros como es natural declinamos. Gustaban mucho de cuchillos, puntas y arcos de fierro, que colgaban del cuello o amaradas a la muñeca, por lo que más apetecían como regalo eran nuestros fierros, no obstante apreciar también abalorios, sortijas y zarcillos, y despreciaban comida y bebida aunque las tomaban políticamente fingiendo para luego tirarlas. El tabaco les agradaba mucho, lo fumaba en pipas de madera semejantes a pequeñas trompetas, y lo cultivaban en sus huertos. Tiraban primorosamente flechas con sus arcos, tanto que en una ocasión pude ver a un niño de cortísima edad acertando con un arco proporcionado a su estatura, en un blanco situado a dos o tres varas, aunque habían quitado las cuerdas a sus arcos en señal de paz. Eran hospitalarios y algunos mostraban su satisfacción d e sentarse a nuestra mesa a comer conmigo.

La caza de la que se proveían eran venados, cibolos, lobos marinos y nutrias, y la pesca se reducía a sardinas, pejerrey y morcillones. Eran más duchos en repetir nuestra forma de hablar que nosotros los diptongos de ellos, por lo que quizás no pudimos averiguar nunca si habían llegado a su puerto otras embarcaciones semejantes a las nuestras, aunque parecía que no pues salvo el fierro tampoco había señales de ello. Y la tierra, lo repito pues se me quedó grabado, nos sorprendió por lo fértil y capaz de producir lo mismo que se cría en la Europa ; tiene agua sumamente exquisita por todas sus quebradas, lo que la inunda de prados de tan vistoso pasto que mantendría infinito ganado, de hierbas silvestres con un verdor y perfume sumamente agradable a la vista y al olfato, entre las que reconocí infinitas rosas de Castilla, sumamente olorosas, lirios, llantén, manzanilla, orégano de mucha fragancia, apio, cardos, fresas, moras de zarza, cebollas dulces y criadillas de tierra. Los montes estaban cubiertos de pinos perfectamente derechos y altos, muy aparentes para arboladuras, tablazón y baos por su hebra muy derecha y facilidad en labrarse, de los cuales hicimos nosotros para la goleta masteleros y gavias y demás velas altas que no las había llevado nunca, para acrecentar su andar. También se encontró madera para ligazones, curvas, geroles, y demás a la orilla de un espacioso río que descubrimos de aguas muy cristalinas, al que Mourelle dio el nombre de río la Tórtolas por las muchas que de ella vio de buen tamaño, y otros pájaros algunos de bien suave canto.

El 19 de Junio, finalizada la aguada, el acopio de leña, el levantamiento cartográfico, los estudios sobre loas mareas y corrientes, la reparación dela arboladura de la fragata y la adición a mi goleta de gavias y masteleros para izar nuevas velas altas, y la recuperación de enfermos y heridos, nos hicimos a la vela a las ocho de a mañana con noroeste flojo, tras despedirme delos indios que llenaron mi barco con multitud de regalos, abrazos, y hasta lloros, y mi promesa de volver, y nos corearon el "Adiós Amigos" que les habíamos enseñado.

Por fin el día 28 terminamos de aparejar los masteleros y vergas de gavia que cortamos en tierra, después de trabajar noche y día, con lo que di orden de izar, guindar y marear las nuevas velas altas confiando en la corrección de mis cálculos y la goleta portase mejor los vientos y ganase velocidad sin desarbolar que era el peligro con tanto trapo de más. Un grito unánime de júbilo fue nuestra respuesta inmediata al comprobar que la goleta había obedecido inmediatamente aumentando sus bigotes de espuma por la proa, tal cual fuese una veloz fragata.

Codo a codo nos acercamos por barlovento a la fragata, empeñados con ella en una regata que nadie quería perder, y ala voz cuando les teníamos por la amura y a un tiro de pistola, intercambiamos bromas, ironías, risas, chistes, irreproducibles aquí por su lenguaje gráfico propio de los sollados, que terminaron cuando ganada la prueba, largamos escotas, redujimos velocidad y nos colocamos a popa dela capitana como era nuestra obligación, salvada la reputación de la goleta que no merecía más desprecios.

Cuando divisamos tierra y tras incidencias en las que perdimos el tamborete del aparejo no por la fuerza del viento sino por la violencia de los balances y la mar arbolada, fondeé al abrigo de una punta para reconocer la costa, identificarla pues con los errores de las cartas que usábamos ello era imposible, y para enjugar y completar el tanque de agua dulce en el que había entrado la mar inundándolo, embarcar leña, cortar nuevas vergas y masteleros, cuidar de los enfermos y heridos llevándolos al cirujano de la fragata, y cuando fuese preciso. Y la fragata fondeó a distancia de la costa por su mayor calado.

Mientras tanto se habían acercado a mi goleta multitud de canoas con indios de buena estatura que con ofertas y halagos me invitaban a visitar sus viviendas, no obstante lo cual y aparentar ser aun más dóciles que los de la Trinidad, viendo que contra los sesenta de ellos que se habían juntado sólo podía reunir yo más de ocho hombres sanos, dispuse se armasen sin que ellos se apercibiesen y principié a regalarlos con abalorios, pendientes y pañuelos. Tras subir a bordo a cambiar su cueros por abalorios y cuchillos, se despidieron con señales de gratitud y amistad.

Al amanecer del día 14 dispuse desembarcasen seis hombres de mi tripulación bien armados, llevando cada uno su fusil, sable y algunos dos pistolas al mando del contramaestre Pedro Santana, conocido por su buena conducta y valor entre los de su clase. Tenía que completar la aguada, la provisión de leña, y la de troncos de madera para cortar un tamborete para el aparejo, en el tiempo que restaba para a pleamar, cuando dispuse hacerme a la mar y pasar a bordo de la fragata para la junta. Se le s dio abalorios para regalar a los indios si se le acercaban, así como orden de regresar a bordo a la canoa en cuanto desembarcasen en la playa, para que saltásemos el piloto y yo a tierra.

Según iban bajando a tierra cada cual como pudo debido a los golpes de mar que impidieron el debido orden táctico, salieron de improviso de los montes cercanos más de trescientos indios que cogiéndolos indefensos, los asesinaron traidoramente ante nuestra vista, y hallándome sin arbitrio para socorrerlos mandé disparar los pedreros y la fusilería par ver de amedrentarlos, pero ellos viéndose a salvo ni hicieron el más leve caso. También fueron infructuosas las señales que hice a la fragata pidiendo socorro, pues la distancia impedía las viese, de suerte que aislado, sin embarcación ni gente para salir a defender a los míos, determiné zarpar a la hora de la pleamar que coincidió con mediodía, para acercarme a la fragata, tomar su lancha, volar a tierra a tomar la más rigurosa satisfacción y averiguar si aún vivía alguno de aquellos infelices pues habíamos visto salir nadando hacia bordo a dos de ellos, pero la frialdad del agua les retuvo e ignorábamos si murieron también a manos de los bárbaros, o lograron refugiarse entre la espesura de los árboles.

No más largada la vela, y navegando entre bajos, se nos acercaron nueve canoas de ellos con más de treinta a bordo de cada una, en tanto que una con los más robustos mozos se atracó a nuestro costado con los arcos templados y los cuerpos cubiertos por sueras de gran defensa, procurando persuadirnos con los pasados engaños, trampa en la que no caímos viendo la matanza que habíamos presenciado. En esta conformidad se mantuvieron un buen rato, mientras el resto de canoas se acercaban por la popa. No quise abrirle fuego hasta conocer cuál era su intención por asegurar los primeros tiros, pues sólo podíamos hacer fuego el piloto y yo y un criado mío, por estar los demás uno al timón, otra sondando y otro en el tope del palo descubriendo los bajos, otro haciendo cartuchos y un muchacho para traerlos, más cinco enfermos que, con los siete asesinados completaban la tripulación.

De esta suerte íbamos navegando lentamente, con muy poco viento, observándoles su menos movimiento mientras bogaban manteniendo la distancia, hasta que resolvieron abordarnos pro la proa viendo que no había gente en ella. En ese instante rompí el fuego con dos pedreros y tres fusiles que ellos con suma ligereza trataron de esquivar dando paladas entre cada tiro, pero no les valió su destreza pues cayeron a los primeros tiros la mayor parte de ellos. Por último les valió su ligereza cuando se retiraron tras haber perdido tres canoas, librándose de mi contraataque para aprisionar a los restantes de haber tenido gente, canoas, y no tener que esquivar continuamente los bajos por la seguridad de la goleta.

Cuando se vieron libres del tiro de fusiles y pedreros, nos cercaron con las restantes canoas aunque no se determinaron a aproximarse tras la lección encontrada, y tras un buen rato de consultas entre ellos y gritos y gestos, se retiraron a sus rancherías.

Aquel catorce de Julio de 1775 se me ha quedado grabado en la memoria siniestramente, sin encontrar haber dado a los indios con nuestra conducta siempre amistosa, motivos para sufrir aquel traidor ataque tan injustificado e inexplicable por mucho que reflexioné sobre ello. ¿Por qué fueron aquellas tribus las únicas de toda la inmensa costa de proceder de esta manera ?, ¿habían sufrido algún abuso anterior de otros navegantes blancos cuyo desagradable recuerdo les incitaba a vengarse con nosotros, venidos en son de paz y amistad sin mira alguna de explotación o dominio ? Lo sigo ignorando en estos momentos en los que aun me siento desasosegado por la sangre derramada aunque fuese en defensa propia. Tampoco Macuina, cuando se lo expliqué, veía explicación a conducta tan reprobable entre pueblos pacíficos y lo achacó a locura sin más.

Se resolvió dejar sin castigo tal atrevimiento. Solo convinimos que a aquel siniestro lugar bautizaríamos como punta de los mártires, tras apuntar sus coordenadas, 47º24’ de latitud, y 21º19’ al oeste de San Blas, de lo que levantamos acta como previenen las ordenanzas.

Decidido este punto, aunque no conforme con mi dictamen ni el de mi piloto, pasó el comandante a tratar del aguante de mi goleta tan disminuido por mares y vientos más violentos de los supuestos, que nos pusieron s punto los días nueve y diez de haber perecido, por lo que para ni vivir con aquel sobresalto solicitaba diésemos cada cual nuestro parecer de si convenía volviéramos a San Blas.

Mi opinión junto a la tajante de Mourelle y mía fue la de seguir. "Hallándome en la altura de 37º y longitud de 27º46’ al oeste de San Blas, determinó Vuesa Merced se hiciese junta a fin de que se volviese esta goleta al departamento o arribase a Monterrey atendiendo los daños sufridos en la navegación, y su poco andar, hallarse con las ligazones de todo inútiles, como aseguraba los carpinteros, y por último su poco aguante, y pareciéndole no ser motivo suficiente para volverme ni hacer una arribada que retrasaría enteramente la expedición y atendiendo al servicio de Su Majestad, me opuse por escrito siendo del mismo dictamen mi piloto don Francisco Mourelle. Resolvió Vuesa Merced que siguiéramos lo cual había cumplido hasta la fecha hasta la altura de 47º, sin haber tenido motivos que me obligasen a arribar, pues con más razón era del mismo sentir en esta nueva ocasión tras haber experimentado tan recios vientos y mares sin el menos quebranto en la goleta pues no obstante se tumbe cuando arrecia el viento y embarque agua en demasía, lo primero era inevitable en toda embarcación pequeña, y lo segundo no le afecta mucho pues esas aguas vuelven a la mar sin demora. Su andar con la vela que le he puesto no se diferencia en mucho del que la fragata, por todo lo cual me obligo a subir a los 65º como he alcanzado los 47º, deseoso de cumplir el encargo que se me había confiado, atendiendo a que la fragata sin la goleta tendrá más difícil reconocer la costa y sus puertos".

A los cinco días de navegación el 19, me pasó el comandante un oficio para acompañar un escrito del segundo capitán don Juan Pérez y otros del Cirujano don Juan González, opinando que no le era posible a la fragata seguir navegando a mayor altura, tanto por lo avanzado del estación como por los muchos enfermos, varios de escorbuto, que tenían, a lo que inmediatamente respondí en estos términos.

"Inteligenciado del oficio que Vuesa Merced se sirvió pasarme y hecho cargo de la representación del alférez de fragata y piloto práctico don Juan Pérez, acompañada de la certificación del cirujano don Juan González, soy del sentir o obstante sus fuertes y poderosas razones, sigamos por algún tiempo por ver si en este intermedio logramos los vientos más favorables que nos ayuden a no perder un viaje que tantas incomodidades nos ha costado, pues aunque me consta con evidencia que la gente es poca y está quebrantada de salud y cansada después de cuatro meses de navegación, a lo que no están acostumbrados, me parece convendría exponernos en algún modo hasta tanto no cobren mayor fuerza las enfermedades, que en tal caso nos podríamos retirar reconociendo la costa favorecidos por los vientos noroestes que tenemos experimentado reinen en sus cercanías".

Mi piloto Francisco Mourelle asintió con mi n su dictamen, el comandante Heceta también