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Boletín
nº 4
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EDITORIAL
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Explorar sigue siendo un verbo mágico.
Si lo será, que los médicos,
en nuestro argot profesional y académico,
también utilizamos ese término
según propedéutica hipocrática;
expresión descriptiva que implica observar,
indagar, buscar signos, hallar rastros, atisbar
indicios en la Naturaleza humana con el fin
de preservar la vida. Tan descriptiva como
cuando se aplica a quien otea, escudriña,
intenta descubrir, estudia, investiga y admira
el horizonte en los mares, en los desiertos,
en los glaciares polares o bien la frondosidad
en las brumosas junglas, o el paisaje sobrecogedor
en las inefables montañas.
La Sociedad Geográfica Española
nació con esa vocación de contribuir
a la exploración en los tiempos actuales
y futuros, pero sin olvidar lo mucho que merecen
ser recordados y reconocidos algunos de nuestros
compatriotas en siglos pretéritos que
tanto hicieron por aportar luz y conocimientos
geográficos, cartográficos, botánicos,
zoológicos y antropológicos a épocas
oscuras de la historia de la humanidad. Igual
que nuestros predecesores, los hispanos contemporáneos
anhelamos descubrir, con inequívoco
espíritu de aventura – constructivo,
no vacuo, snob o exhibicionista-, con gran
pasión por lo ignoto, con anhelo por
pasar a la acción, remontando cursos
de ríos africanos, descendiendo torrentes
asiáticos, surcando océanos,
trepando montes remotos, conviviendo con tribus
aisladas o atravesando desérticas extensiones
inanimadas. Descubrir puede parecer una osadía
en estos compases finiseculares. Pero nadie
podría afirmar rotundamente que todo
está descubierto en nuestro planeta.
Lo verdaderamente hermoso es divulgar y transmitir
esas vivencias.
Estos prolegómenos nos conducen a pensar
que los hechos son una buena señal.
Evidencian que la S.G.E. es ya un gran activo,
siempre creciente, un "atractivo activo",
un nada despreciable patrimonio cultural, intelectual,
etnológico, literario, epistemológico,
que puede aguardar con esperanza el devenir.
Porque irá a más. Porque el conocimiento
y el saber siguen siendo puntales filosóficos
para explorar el planeta y sus aledaños;
porque el entusiasmo por profundizar en la
geografía física, política
y sobre todo humana, es el mejor motor conceptual
y real. El que permite planificar y realizar
el trabajo del viaje o la expedición
y luego afrontar el esfuerzo por hacerlo saber,
bajo el pabellón del rigor.
Creo firmemente que hemos construido algo
serio; algo que con el tiempo será importante.
Cuando, dentro de cien años, en los
albores del siglo XXII estemos todos los miembros
fundadores fenecidos; unos bajo tierra, otros
bajo mar, algunos entre montañas y glaciares,
y ciertos en el espacio, los socios de la S.G.E.
como hoy los de The Royal Geographical Society
de Londres, o los de The Explorer’s Club
de New York experimentarán el legítimo
orgullo de pertenencia, de identificarse con
la institución arraigada.
Ya se percibe la sólida entidad presente
y se intuye la trascendencia futura de la SGE,
fundamentalmente por su "apetitosidad" y
el interés que despierta. Prueba de
ello es la asiduidad con que es cortejada y
la voracidad que han mostrado determinados
sectores por introducirse, con afán
de regir los destinos de la hoy joven Sociedad
Geográfica Española. Se fundó con
cimientos consistentes y recios. Para que pudiera
crecer y perdurar. Y sobrevivirnos a todos.
Más allá de los nombres.
En ese entorno referencial, ha llegado nuevamente
el momento de otorgar los Premios de la S.G.E.,
un año más. El Palacio de Fernán
Núñez acogerá la solemne
ceremonia, con reminiscencias deliberadamente
decimonónicas. Pero antes habrá tenido
lugar un arduo proceso de selección
y análisis, difícil a causa de
la calidad y el alto nivel de las candidaturas.
En el seno de la S.G.E. se trata de huir del
aventurero inculto u oportunista –"reina
por un día"-, del viajero de salón,
del turista jenízaro, del montañero
de moda, del marino de agua dulce, del efímero
trashumante autoconsiderado gloria imperecedera
en la historia de la humanidad… Una vez
más el vocablo "seriedad" identifica
el espíritu y los valores de la Sociedad
Geográfica Española. Y con esos
elementos se construye un elenco de galardonados
por méritos indelebles, cuya identidad
será desvelada en el curso de la inolvidable
velada en le incomparable marco del Palacio.
José A. Pujante, mf SGE.
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NUTKA, OTRA VEZ |
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Un libro, una exposición y un catálogo nos acercan la olvidada
presencia española en el noroeste de Canadá en la segunda
mitad del XVIII
"El primer europeo en llegar a las costas de la actual Columbia Británica
fue el navegante español Juan Pérez, en 1774. Le siguieron
hombres de la talla del capitán de navío Juan Francisco de
la Bodega y Quadra, el marino italiano al servicio de España Alejandro
Malaspina, el marino y cartógrafo Dionisio Alcalá Galiano
y el capitán de la Primera Compañía Franca de Voluntarios
de Cataluña Pedro Alberni, entre otros. Estos hombres dejaron su
huella en Canadá, que podemos encontrar hoy en día a través
de los innumerables lugares que llevan sus nombres, tales como la Isla
Galiano, la Isla Quadra, Port Alberni o el Estrecho de Malaspina. Siendo
yo de la provincia de Columbia Británica, siempre me ha asombrado
la estrecha relación que mantuvieron nuestros dos países
en esa época y el recuerdo indeleble dejado por las expediciones
españolas en la historia de la costa oeste canadiense".
Con estas palabras, escritas en un catálogo al que posteriormente
me referiré, el actual embajador de Canadá en España,
Anthony Vincent, da fe de un hecho que, no por histórico, parece
menos olvidado por la historiografía, en especial la de habla inglesa,
que ha conseguido rodear de leyendas de todos los colores la presencia
española en América, hasta acabar con todo rastro de ella
en lo que al norte del nuevo continente se refiere. Como muestra, valga
el botón de que la Isla de Vancouver tuvo como topónimo inicial
europeo el de Isla de Quadra y Vancouver, en homenaje a los dos hombres
-el primero por parte española y el segundo por la inglesa- encargados
de establecer en 1792 los límites de soberanía de las monarquías
británica e hispánica tras el Tratado de El Escorial (o San
Lorenzo el Real) firmado dos años antes.
Un libro ("Nutka 1792. Viaje a la costa noroeste de la América
Septentrional por Don Juan Francisco de la Bodega y Quadra, capitán
de navío") y una exposición con su consiguiente catálogo,
al que antes aludí, ("Nootka. Regreso a una historia olvidada"),
ambos editados el año pasado por el Ministerio español de
Asuntos Exteriores, constituyen la hasta ahora última aportación
española a la recuperación y reivindicación del papel
de nuestro país en esa zona del Pacífico en el último
cuarto del siglo XVIII, cuando aún España, con más
voluntarismo que posibilidades reales, pretendía seguir considerando
el gran océano como una especie de mar interior entre las Filipinas
y América, al tiempo que, con el afán Ilustrado que impregnaba
la época, intentaba la búsqueda del mítico Paso del
Norte que comunicara Atlántico y Pacífico.
Nutka/Nootka/Yokuot, enclave en la costa noroeste de la Isla de (Quadra
y) Vancouver, fue el primer lugar de contacto de los europeos con la costa
oeste de Canadá, y a su nombre están indisolublemente ligados
los de legendarios navegantes como el mencionado Juan Pérez, James
Cook, Alejandro Malaspina, Bodega y Quadra y George Vancouver. Para España
en particular, el nombre de Nutka tiene que asociarse también con
el de la crisis o "incidente" que condujo finalmente a la firma
del tratado de El Escorial con los ingleses y que a la postre, como señala
en el libro el profesor Emilio Soler, supuso la constatación de
que "el imperio español continuaba su lento declinar, secular,
que marcaba su devenir histórico".
Para comprender cómo se llegó a esta situación, hay
que partir de unos años antes. La expansión española
en el noroeste de América durante los reinados de Carlos III y Carlos
IV fue motivada por la presencia rusa en el Pacífico Septentrional,
que contaba con el respaldo tanto de la política de los gobiernos
zaristas como de los intereses comerciales en pos del "oro suave" de
las frías islas norteñas: las pieles de nutria, de lobos
marinos y otros animales que reportaban grandes beneficios en los mercados
de China y Asia Meridional. La necesidad de conocer el alcance de las actividades
rusas en aquella zona, unida a las noticias que alertaban sobre el posible
afán zarista por llegar hasta California, llevaron a España
y Nueva España a encargar un viaje de descubrimiento a su piloto
más avezado, el mallorquín Juan Pérez. Así,
el 6 de agosto de 1774, la fragata Santiago avistaba el litoral de la que
luego sería Isla de (Quadra y) Vancouver y dos días después
anclaba en una rada a la que llamaron de San Lorenzo, años antes
de que el marino inglés James Cook arribara a ella y la denominara
Nutka. Pérez había conseguido de este modo no sólo
abrir una nueva ruta y constatar la existencia de pueblos hasta entonces
desconocidos para los occidentales, sino, lo que era el fin primordial
de su expedición: certificar que, hasta los 55 grados, no había
rusos en la costa.
Los viajes hasta esta última frontera de la exploración
en aguas cálidas continuaron entre 1774 y 1793, con un hito en 1789
marcado por la ocupación de Nutka y el inicio del conflicto hispano-británico.
Si antes de esta última fecha las expediciones españolas
tuvieron como meta determinar el alcance de la expansión zarista,
las posteriores irían encaminadas a buscar el hipotético
Paso del Norte entre Pacífico y Atlántico, lo que España
nunca llegaría a conseguir.
Fue precisamente uno de los expedicionarios de la primera época,
Esteban José Martínez, quien tuvo una influencia determinante
en el estallido de la crisis de Nutka, que, a la postre, significaría
el canto del cisne de la presencia española en el oeste del actual
Canadá. Martínez, al encontrarse en Nutka con varios navíos
británicos, decidió tomar el puerto alegando el derecho de
descubrimiento de Juan Pérez, al tiempo que apresaba algunos barcos
ingleses. La crisis política desencadenada por esta acción
se convertiría en un magnífico pretexto para que Inglaterra
declarara la guerra a España en un momento en que la aliada de ésta,
Francia, se hallaba inmersa en el proceso revolucionario. Tanto el ministro
de Estado, conde de Floridablanca, como el propio rey Carlos IV fracasaron
en su llamamiento a la reactivación del pacto con los franceses,
por lo que España se vio obligada a claudicar ante las exigencias
británicas, que quedaron formalizadas en el Convenio de San Lorenzo
el Real (1790), que, como han constatado los historiadores, significó el
reconocimiento internacional por parte del Reino de España de su
aislamiento en política exterior y de su declive final como potencia
mundial.
La expedición de límites que se organizó en 1792
para hacer efectivo este tratado supuso el punto señero de la presencia
española en aquellas tierras. La amistad que surgió entre
los máximos responsables de las partidas delimidoras, Bodega y Quadra
y Vancouver, ha dado lugar, además, a toda suerte de interpretaciones,
que en algún caso han alimentado una "leyenda rosa" en
torno a ambos marinos.
A partir de ese momento, las expediciones hispanas se plantearon como
objetivo el descubrimiento del Paso del Norte que los geógrafos
de gabinete habían dictaminado que debía existir a cierta
altura, sin que ningún expedicionario español lograra hallarlo.
Por contra, las interpretaciones que se han dado acerca de la actividad
y asentamiento españoles en el noroeste de América han incidido
en que no formaban parte de ningún viaje comercial ni de ningún
programa científico para revelar esa tierra ignota, sino que, antes
bien, su único propósito era cercenar las acciones de otros
países estorbando el libre comercio o el desarrollo científico.
La victoria de la tesis inglesa en este sentido sobre la española
terminó por borrar la fugaz y onerosa presencia hispánica
en el noroeste americano, y Nutka fue, como ya hemos dicho, el canto del
cisne de la misma.
No hay que olvidar, sin embargo, que las críticas no sólo
llovieron desde la parte británica, sino que fueron alimentadas
en algunos casos por los propios marinos españoles o al servicio
de España, como Alejandro Malaspina. Vale la pena recordar sus palabras: "...pocas
cruces solemnemente plantadas a veces en parajes que aún no sabíamos
si eran islas o continentes, si eran o no habitados, alucinaron nuestras
miras políticas con el agradable semblante de nuestras conquistas,
y creyendo que no fuese necesario revalidarlas en un tratado, malogramos
aún a la vista de la Europa esta pequeña utilidad de nuestros
viajes y finalmente nos vimos en 1788 constituidos a emprender de nuevos
las mismas exploraciones emprendidas en 1774 y ya por los señores
Cook y La Péyrouse verificadas con el mayor suceso".
(*) Periodista, jefe de la sección de Cultura del diario "Información" de
Alicante. Miembro de la Sociedad Geográfica Española
Joaquín Collado
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EL EXPLORADOR MARCELINO ANDRÉS |
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Lola Escudero en su artículo "Historia de las sociedades geográficas",
aparecido en el nº 1 de la revista de la SGE, relaciona los nombres
de algunos exploradores españoles de la segunda mitad del pasado
siglo. La lista no es completa, ni creo que fuese ese el objetivo de la
autora del citado artículo. Por ello quisiera añadir el nombre
de un paisano mío que en la primera mitad del siglo XIX realizó interesantes
exploraciones por el continente africano y cuyo nombre, salvo el hecho
de figurar e el nomenclador callejero de la ciudad de Valencia, es poco
conocido.
En el nomenclador urbano de la ciudad de Valencia figura una calle con
el nombre de "Explorador Andrés". Se encuentra ésta
en el Distrito Marítimo, en una zona cuyas calles ostentan nombres
de personajes de la historia más reciente de la capital. Comienza
en la calle del Dr. Manuel Candela y termina en la del Músico Ginés.
Corre, pues, paralela a la avenida de Blasco Ibáñez.
Contra la creencia de que Valencia ha carecido en su nómina de
destacados personajes representantes del mundo de la exploración
o la aventura, he de afirmar que sí los ha tenido en todo tiempo
y prueba de ello pueden ser el botánico Rojas Clemente (siglo XVIII),
natural de Titaguas (Valencia), o el personaje que es protagonista de es
te artículo. Y aún hoy hay valencianos, conciudadanos actuales,
que tienen en la aventura una constante de sus vidas.
Debería citar, entre otros, a Antonio Sánchez Ariño,
que ha sido el primer cazador de elefantes español profesional;
a Miguel Gómez Sánchez, montañero que participó en
la exploración del Hielo continental Patagónico en compañía
de Eric Shipton, y dirigió luego las expediciones valencianas que
conquistaron la Cara Sur del Aconcagua (primeros españoles) y el
Naga Parbat (primer "ocho mil" valenciano) y a Enrique Guallart,
primer español que llego andando al Polo Norte y que actualmente
está llevando a cabo la gesta conocida como "El Desafío
de las Cinco Cumbres". Como también podríamos hablar
de algunos misioneros valencianos que han estado en la Amazonía
y regiones de África llevando la doctrina de Cristo, al mismo tiempo
que abrían territorios desconocidos hasta entonces. Ellos son prueba
de que Valencia también ha dado hombres valientes e intrépidos
frente a lo desconocido, aventureros y exploradores en una palabra.
El "Explorador Andrés" que da nombre a la calle del Distrito
Marítimo se llamaba Marcelino Andrés Andrés. Nació en
Vilafranca (Castellón), el 14 de mayo de 1807. Era hijo de una humilde
familia que, con gran esfuerzo, lo pudo enviar a Barcelona para que estudiase
la carrera de medicina.
En la ciudad condal trabó amistad con el naturalista de la Paz
Graells, el cual influyo sobremanera en Marcelino Andrés, despertando
en él un gran interés por la Botánica. Los dos jóvenes
trabajaban juntos y concibieron el proyecto de realizar un viaje al continente
africano para estudiar su flora. Por aquel entonces un viaje de tales características
adquiría casi tintes épicos. Pero nada enfrió el entusiasmo
del castellonense. Éste, a raíz del cierre de la universidad
catalana a causa de los disturbios políticos de la época
y venciendo múltiples problema de toda índole, en el año
1830 conseguía embarcarse en un bergantín de los que se dedicaban
al comercio de esclavos, rumbo a Benini, antigua Dahonmey o reino del Dam-Homé.
El litoral del Dam-homé era una importante base de comercio entre África,
Europa y las Antillas, principalmente en la trata de negros.
Durante su estancia en aquel país tuvo ocasión de actuar
como médico, requerido por su monarca. Permaneció dos meses
allí y luego prosiguió su periplo hacia el Sur, llegando
hasta Guinea. De este punto saltó a la otra orilla del Atlántico,
racalando primero en Cuba y luego en Brasil, para volver otra vez a Dahomey.
Reclamado de nuevo por el rey de Dam- Homé, fue médico de
aquella corte durante dos años. En este tiempo llevó a cabo
numerosas exploraciones por el África occidental, especialmente
pro el golfo de Guinea y sus islas, Santo Tomé, Annobon, Príncipe,
Fernando Poo, etc. Resultado de estos viajes fue la confección de
un herbario con más de seis mil plantas de aquellos territorios,
así como una gran colección de mariposas e insectos.
Preparado su regreso a Barcelona embaló el fruto de aquellos años
de viajes y exploraciones, y también de sufrimientos y enfermedades
tropicales, para su envío a España en un barco que hacía
el viaje directo, pues él había proyectado un viaje de regreso
con escalas en varios puntos de África en los que proseguiría
sus estudios y exploraciones.
Al llegar a Barcelona quedó desolado cuando le comunicaron que
todo su bagaje científico estaba todavía en Dahomey, pues
lo había olvidado allí el capitán del barco encargado
de su traslado. Fácil es imaginar su amarga contrariedad, sobre
todo porque diversos problemas familiares le impedían volver a África
de momento. A ello se unió la epidemia de cólera que azotaba
las tierras catalanas y ala que no pudo sustraerse, muriendo víctima
de ella el 20 de abril de 1852, es decir, cuando contaba solamente 45 años
de edad y tenía ante él un brillante futuro científico.
Afortunadamente Marcelino Andrés había llevado consigo el
manuscrito con el diario de sus viajes y exploraciones. Antes de morir
se lo entregó a su amigo mariano de la paz, el cual a su vez lo
depositó en el Museo nacional de Ciencias naturales. La real Sociedad
Geográfica Española, antes de que se cumpliera el centenario
de su muerte, lo editó en 1933 bajo el título de "Relación
del viaje de Marcelino Andrés por las costas de África, Cuba
e isla de Santa Elena".
Esta obra es de sumo interés, tanto desde el punto de vista geográfico,
como del etnográfico, y pone de relieve la gran tares que desarrolló el
explorador valenciano en aquellos territorios africanos.
José Soler Carnicer
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PREPARANDO EL AMAZONAS |
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En agosto, el Capitán López- Chicheri y su esposa recorrieron
la Amazonía ecuatoriana y peruana, atravesando los Andes desde Quito
a Lima, para preparar parte de su proyecto Ruta de Orellana – Amazonas
2000. Ésta es su Crónica del viaje a Ecuador.
Un giro repentino y un descenso brusco nos despertó de nuestro
letargo tras casi 30 horas de viaje. El puerto de Guayaquil se encontraba
a pocas millas por el este, unos "banana boats" fondeados en
la bocana del Canal del Morro y la ciudad al fondo entre la calima anunciaban
el inminente aterrizaje.
Guayaquil fue fundada por Sebastián de Benalcázar en 1531,
siendo Francisco de Orellana quien definitivamente la estableció al
pie del cerro de Santa Ana; de ella fue Gobernador y, en nombre de Su Majestad
el Emperador Carlos V, la pobló y conquistó. Destruida por
los indios Huancavilas en 1541 y reconstruida por Diego de Urbina -un antepasado
mío- tuvo que hacer frente a lo largo de su historia a graves infortunios:
piratas, epidemias y pavorosos incendios, como el que la asoló en
1898. Está situada en la margen derecha del Río Guayas y
es el puerto más importante de Ecuador, de aspecto cosmopolita y
con algunos edificios notables como la Catedral y el palacio de la Gobernación.
Para mí Guayaquil significaba sobre todo el lugar donde iniciaron
sus viajes a través del Océano Pacífico aquellos locos
y románticos navegantes con sus aparentemente endebles balsas, siendo
el más notable de todos el cántabro Vital Alsar, allá por
1966, y que en sus tres expediciones navegó mas de 40.000 kilómetros,
equivalente a más de una vuelta al mundo por el ecuador. La balsa
es un medio cómodo y seguro de navegar en la mar y también
en los grandes ríos. Quería ver la técnica de construcción
para ver si era posible construir una en la cabecera del Río Napo.
Los astilleros de rivera tienen buenos artesanos y pude obtener valiosa
información sobre balsas construidas para diversas expediciones
a lo largo de varias décadas, una de ellas muy reciente para un
equipo expedicionario norteamericano. Estoy convencido que si el presupuesto
lo permite una balsa acompañada por dos canoas hechas de un tronco
vaciado sería la forma ideal de descender el Río Amazonas.
En precario se podría hacer en una canoa de cedro o balsa hecha
a mano por los indígenas del Napo y que según me dijeron
sólo cuesta 200 dólares.
Despegamos de Guayaquil con rumbo a Quito sobrevolando el astillero Atarazanas
donde se construyó el primer galeón en América. En
poco tiempo avistamos Quito, pegada a un cráter de nubes en el centro
de colosales montañas que le caen encima y por fin rendida a los
pies del volcán Pichincha, que hace unos días despertó a
los pacíficos quiteños escupiendo piedras y lava.
Antes de aterrizar nos aconsejan andar calmosos, voz baja y respiración
pausada. El mal de altura o soroche produce en algunos mareos y cansancio
a pesar de que la ciudad sólo se encuentra a 2860 metros de altitud,
el típico mate de coca que te ofrecen al llegar ayuda a combatirlo.
La fundación de Quito data de antes de la conquista española.
En 1534 fue la fundación colonial por Sebastián de Benalcázar
(más tarde condenado al cadalso pero no ejecutado). Es una bella
ciudad con muchos ejemplos de la arquitectura colonial de los siglos XVI
y XVII, destacando por su belleza las plazas de San Francisco y Santo Domingo,
así como las iglesias del Sagrario y La Compañía.
En las plazas y estrechas calles se congregan una multitud de vendedores
ambulantes, gentes que deambulan sin rumbo fijo, cuenta cuentos, predicadores
y mendigos.
Al atardecer subí al barrio de Guapulo donde vivió Francisco
de Orellana, una estatua del descubridor donada por la Junta Extremeña
conmemora su gesta, alguien con intención le despojó de su
espada. Desde este lugar se contempla una bella panorámica de Quito.
La tierra de Ecuador es quebradiza, frecuentemente se producen sacudidas
y la tierra cede. Cuando la lluvia raja las montañas, se desmoronan. ¡Y
qué decir del clima en Quito!. En un día se producen las
cuatro estaciones: temprano por la mañana, frío; mediodía,
primavera o verano; tarde, lluvia y refrescando; noche fría y triste.
La indumentaria es un verdadero problema, y si se está fuera todo
el día hay que ir bien pertrechado.
Al día siguiente me levante temprano para hacer las visitas protocolarias
y entregar los presentes que el Alcalde de La Coruña me dio para
Autoridades y Rectores de las Universidades, ser español tiene sus
ventajas: me recibieron sin hacerme esperar y con gran amabilidad. Este
mismo protocolo se llevó a cabo en Lima y Cuzco. Espero que esta
semilla sirva para un futuro hermanamiento de La Coruña con estas
ciudades Andinas. El Alcalde de La Coruña quiere unirse a la expedición
en la ciudad de Manaus (Brasil) y hermanar ambas ciudades.
El segundo día en Quito lo dediqué a preparar mi viaje al
Oriente (Amazonía), siguiendo la ruta de Orellana. Nada mejor para
ello que hablar con Simón Bustamante Cárdenas y su hijo Juan
Simón, expertos "orientólogos" que han realizado
varias veces esta ruta y la navegación del Napo y Amazonas. Esta
familia es propietaria y operadora de cuatro hosterías o paradores
que se localizan a lo largo de la Ruta de Orellana: en Pifo, pie de monte
de la Cordillera Real, a 35 km. de Quito, están "Las Cuevas
de Álvaro". Desde aquí partió el Raid ciclístico
Quito-Caracas-Manaus; entre Papallacta y Baeza, descenso de la Cordillera,
está "Guano Lodge", un punto de apoyo para el turismo
de la naturaleza; en Cosanga, en el Valle de Quijos, antesala del encuentro
y separación de los grandes capitanes están las "Cabañas
de San Isidro Labrador", aquí acampó la expedición
del Explorers Club Of New York, en 1992, conmemorativa de los 450 años
de la epopeya; en San Sebastián del Coca está ubicado el último
punto de la cadena, "El Cañón de los Monos", desde
donde se abre la navegación amazónica. Esta familia ha tenido
la gentileza de ofrecernos su ayuda y patrocinio, especialmente en lo relativo
al asesoramiento y diseño de la mejor opción para el viaje
terrestre entre Quito y Puerto Francisco de Orellana (Coca): tienen gran
experiencia por haber organizado expediciones similares. Me indicaron que
al ser junio el mes de mayores precipitaciones en la Región Amazónica
Ecuatoriana, los altos caudales del bajo Napo y Amazonas favorecen la navegación,
sin embargo los derrumbes en los taludes de las carreteras y la crecida
de los ríos que descienden de los Andes restringen la posibilidad
de ciertos recorridos a pie y a caballo. Ponen a nuestra disposición
el alojamiento, sin coste, en sus hosterías, para todo el equipo
expedicionario, sin incluir la alimentación y movilización
que dependen de terceros.
El comienzo del viaje terrestre no pudo ser peor ya que me robaron casi
todo el equipo fotográfico en la estación de autobuses. Unos
segundos de descuido bastaron a unos expertos malandrines para amargarme
el día, no podría fotografiar los Bufeos (delfines de agua
dulce) de la laguna del Cuyabeno, me consuelo pensando que aún conservo
mi querida y anciana Nikon.
Con todos estos consejos iniciamos el cruce de la Cordillera Real o Central
de los Andes, un evento muy característico: la tramontamos a una
altura de alrededor de 4000 metros sobre el nivel del mar, pasando de la
vertiente del Pacífico a la del Atlántico, entrando inmediatamente
a la Región Amazónica y cruzando por el puerto de montaña
de Guamaní Viejo. Esto lo hicieron Pizarro y Orellana y lo siguen
haciendo expedicionarios de muchos lugares del mundo.
Una parte de esta ruta histórica la hicimos a caballo, por un camino
de herradura que aun se utiliza, empleando unas 6 horas desde el campamento
en la hostería de pie de monte "Las Cuevas de Álvaro" hasta
un lugar llamado El Tambo, cerca de Papallacta. Allí nos esperaba
un todoterreno. Una vez en el Valle de Quijos acampamos en las cabañas
de San Isidro Labrador, situadas en Cosanga, desde allí efectuamos
varios reconocimientos histórico-geográficos, y una incursión
a pie sobre el río Borja, que nos permitieron medir la magnitud
de la hazaña del gran vanguardista Díaz de Pineda, y luego
del gobernador de Quito Gonzalo de Pizarro, completada por Orellana, Capitán
General de Guayaquil.
Seguimos por la carretera de San Rafael donde pudimos contemplar una bella
cascada que cae desde 70 metros, desviándonos hasta alcanzar el
volcán del Reventador de 3562 metros de altura, siguiendo hasta
la parroquia Gonzalo Pizarro y a pie y en acémilas hasta la zona
del río Dashino, alcanzando la desembocadura en el río Coca
con el auxilio de canoas para acampar más tarde en el parador del
Cañón de los Monos, situado 20 kilómetros. antes de
la desembocadura en el Napo. En época de fuertes crecidas, los raudales
del río Coca impiden o dificultan peligrosamente la navegación.
Después de un merecido descanso nos dirigimos a la ciudad petrolera
de Nueva Loja (Lago Agrio), departamento de Sucumbios, una destartalada
ciudad de no más de 20 años de vida pero con una gran actividad.
Aquí pasamos la noche antes de dirigirnos a la Reserva Faunística
Cuyabeno en plena Amazonía. Por la mañana temprano cargamos
las mochilas en el todo terreno y cogimos una carretera bacheada hecha
por las compañías petroleras en plena selva, corre paralela
al Río Aguarico, nombre que le viene por sus yacimientos de oro
lavado por las aguas, también significa atardecer en Huaorani. Pasamos
por el territorio de la comunidad Cofanes, Paz y Bien y por fin Tarapoa
donde embarcamos con nuestro guía "Diablo", un indio Siona,
en una canoa hecha de un tronco de cedro vaciado con un motor fueraborda.
A toda velocidad navegamos por riachuelos estrechos bajo una maraña
de selva tupida solo practicable con pequeñas canoas. En algunas
cabeceras el cauce se cierra completamente con hierba y maleza. Estos ríos
son ricos en pescado y sus orillas están moderadamente pobladas
por Quichuas Napos, Cofanes, Shuaras y Sionas así como algunos colonos
mestizos. Por los restos arqueológicos hallados es evidente que
hubo en este lugar asentamientos humanos importantes ya en el siglo XII.
Todos estos ríos son hábitat de caimanes, anacondas y pirañas.
Javier López-Chicheri
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