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Boletín
nº 9
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ELLAS TAMBIÉN VIAJAN Y EXPLORAN
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Explorar y viajar no ha sido una actividad exclusiva de los hombres, aunque lo parezca. La Historia ha silenciado durante siglos, milenios, las gestas de mujeres que han contribuido activamente al mejor conocimiento del Planeta. Pero ellas han estado presentes en todas las empresas descubridoras, unas veces como compañeras de viajeros intrépidos que se quedaron con todos los laureles y otras como promotoras o narradoras de las grandes exploraciones.
La Sociedad Geográfica Española (SGE), que cuenta con tres mujeres entre sus fundadores, pretende con este número de su Boletín dar a conocer la extraordinaria colaboración de la mujer al acervo geográfico. A partir de algunos fragmentos del libro de Cristina Morató, (mf. SGE), "Viajeras intrépidas y aventureras", de Plaza & Janés, en estas páginas especiales se presenta una galería de personajes y acontecimientos que tienen a mujeres como protagonistas seguida de una amplia colección de fotografías de mujeres viajeras que pone rostro a desconocidas heroínas. Luis Carandell (mf. SGE) rememora las hazañas de Catalina de Erauso, quizás la más intrépida de nuestras aventureras. Lola Escudero (mf. SGE) recoge en su artículo los testimonios de viajeras que se aventuraron por nuestro país en otros tiempos. Ramón Jiménez Fraile (m. SGE) escribe sobre Mary Kingsley, "La reina de Africa". Chus Lago cuenta los momentos más difíciles de su ascensión al Everest, y Ana Puértolas (mf. SGE) ilustra sobre lo difícil que aún resulta para una mujer viajar por determinados lugares del mundo.
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EVEREST, FUERA DE LA TIERRA |
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Una araña naranja se descuelga de la lámpara y cruza a pie mi bloc de notas. Tras ella una marea sube por la cuadrícula virgen de las hojas y deja selvas, aldeas remotas, árboles inmensos, ríos de oro, sanguijuelas, dragones que se baten en medio de la noche y el cielo, campos de arroz y campos de hielo de los que nunca le hablé a nadie, porque de ellos no se habla, de ellos se escribe. Conté, eso sí, anécdotas sobre aquellas gentes, sherpas y tibetanos que habitan a los pies de la montaña más alta de la tierra, de cuántos metros de cuerda fueron necesarios para escalarla, a qué altitud estaba el campamento base, el campamento base intermedio, el avanzado, el uno y el dos, a cuánto ascendía el presupuesto de la expedición, pero nunca hubo ocasión de contar en qué pensaba mientras derretía nieve en mi tienda a siete mil metros de altura o para describir la armonía que inspiran los pueblos que se asientan en la estepa tibetana.
Es así como surge la idea de escribir un libro, relatar aquella íntima partida de póquer entre una alpinista, yo, y una montaña, "ella". Cara a cara, por primera vez durante una expedición en el año 92, descubrí que cuando estaba a solas podía distinguir su rostro y su voz. Comenzamos secretamente un diálogo que nos mantuvo entretenidas más de siete años, a lo largo de los cuales realicé cinco expediciones a distintos lugares. Al pico Lenin, en la cordillera del Pamir, en el año 93; al monte Cho-oyu de 8.201 metros, la llamada diosa turquesa, la sexta montaña más alta de la tierra y la más azul, desde cuya cumbre se divisa el Everest.
-¿A qué esperas? Ven - oí su grito desafiándome a través del muro de niebla que dilapidaba la cumbre aquel 22 de septiembre.
Fue en septiembre del año 98 cuando realicé la segunda tentativa, esta vez por el collado norte, arista noreste. Conocí a Sergio Martini, uno de los pocos alpinistas que han conseguido alcanzar los catorce "ochomiles". Sobrevivimos a una avalancha que sorprendió al campo base avanzado mientras dormíamos y cuyo origen fue el terremoto que provocó el desprendimiento de los seracs que pendían de la arista del monte Changset. Esta vez el Everest sacó el as de tormentas, la reina de picas, el rey, la jota del frío rotundo y un comodín de la manga, y me quedé mirando mi ridículo seis de la esperanza, el ocho de gajos de luna, el nueve de corazones, el diez de miedos y me fui a casa con la cuerda entre las piernas. Pero nadie creería que aquella fue la mejor en la que nos enfrentamos.
Seis meses después allí estaba, barajando las cartas en aquella partida de "yo quiero y tu no me lo pones fácil". El veintiséis de mayo de 1999 alcancé la cumbre del monte Everest sin haber utilizado oxígeno artificial durante el ascenso por el collado norte arista noreste. Todo lo que supuso ese inolvidable momento, que fue sin duda la suma de los tres intentos, las vivencias ocurridas en cada una de ellos, recuerdos macerados a lo largo y ancho de veinticinco años haciendo montaña... Escribí el libro porque no podía contestar a la pregunta ¿qué sentiste? que muchos me hicieron al llegar, porque siempre que lo intentaba sólo podía asomar la punta del iceberg y el resto me quedaba dentro, atrapado en la belleza del Himalaya, en la soledad de las noches y sus reflexiones, porque para explicarlo debía remitirme al origen de aquella aventura que comenzó, ni más ni menos, en los sueños. Quería contar cosas acerca de la emoción, la calma, el aburrimiento, la obsesión, la pasión, la satisfacción de regresar al campo base después de haber pasado por el punto más alto de la tierra. Contar incluso lo que nadie imagina, el olor de una montaña, que además habla en voz alta, gruñe y se enfada. De cómo gané aquella partida en la que aprendí, sobre todo, que la había perdido, porque no hay más conquista que la de ella sobre ti.
Chus Lago
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ETIOPIA: LA RESURRECCIÓN DEL PADRE PÁEZ |
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El equipo de televisión que ha viajado recientemente a Etíopia, a las aún misteriosas tierras del Preste Juan, tenía como misión seguir las huellas de Pedro Páez, jesuita nacido en 1564 en Olmeda de las Fuentes, una localidad cercana a Madrid. El reto era abrumador, no sólo por la talla del personaje, sino porque toda su labor quedó sumida en el olvido, hasta que Javier Reverte, arrebatado por la personalidad del jesuita, inició una profunda investigación que ha dejado plasmada en su último libro que lleva por título "Dios, el Diablo y la Aventura".
Había que reconstruir la historia y en avión, barco, coche y a pié nos dispusimos a rastrear lo que queda aún de su obra.
Dos intentos y 14 años costaron al jesuita español llegar a evangelizar las tierras etíopes. Y el propio Indiana Jones plalidecería de envidia ante la aventura que le tocó vivir. En su primer y frustrado viaje a las tierras del Preste Juan, Pedro Páez vivió la etapa más penosa de su vida. Prisionero en Dhofar, cruzó a pié y atado a la cola de un camello, la región de Hadramaut, en el Sur del Yemen, y el desierto de Rub'- al Khali , "La habitación vacía". Fué el primer europeo que probó el café, y desde luego, el primero que escribió sobre la estimulante bebida. Ingresó en la prisión para esclavos en San'a, en donde fué encadenado y en donde cada cierto tiempo se le anunciaba su inminente ejecución. Sirvió como galeote, encadenado por los tobillos, en una galera turca y Páez, con los consiguientes quebrantos de salud, consigue sobrevivir una y otra vez. Porque el jesuita, lejos de lamentarse o caer en la desesperación, aprovechaba las adversas circunstancias para aprender el amárico, la lengua etíope y el gue'ez, el idioma en el que están escritos los libros sagrados y crónicas reales etíopes . Páez sabía latín, portugués, hebreo, persa, árabe y algo de chino.
En 1603 Pedro Páez, ya en su segundo intento, consigue burlar el bloqueo turco y alcanzar la costa eritrea en la orilla sur del Mar Rojo. Subido en mula por terrenos frecuentados por bandidos, Páez llega finalmente a Fremona. Fremona no existe hoy en el mapa. La referencia que teníamos para filmar nuestro reportaje la señalaba al norte de Aksum, así que nos aplicamos a la tarea de encontrar algún vestigio de la misión y la tumba del patriarca Andrea de Oviedo, uno de los primeros jesuitas que llegaron a evangelizar el lugar. En Fremona nos encontramos con un humilde templo copto, que ocupaba el lugar de la antigua misión, y pegada a sus muros, un monje copto nos mostró la tumba de Andrea de Oviedo.
Aksum es la ciudad aristocrática etíope. Allí la miseria se hace más soportable, sus habitantes, nada pedigüeños, están investidos de una dignidad que les da su absoluta convicción de que son los elegidos dentro de un país elegido por Dios. Y es que las leyendas etíopes, recogidas en el libro "Gloria de Reyes", afirman que su monarquía se inició con un romance en Jerusalén entre el rey Salomón y la etíope reina de Saba, que había viajado hasta allí para conocer al gran sabio. De aquellos amoríos nació un hijo llamado Menelik I, el fundador la dinastía de los reyes etíopes, que en un viaje a Israel robó el Arca de la Alianza del templo de Jerusalén . Esto ocurría unos seis o siete siglos antes de Cristo. Una vez al año los etíopes sacan en procesión su reliquia suprema y en fechas señaladas portan los tabots, que no son otra cosa que las réplicas de la auténtica Arca de la Alianza. Se trata de una ceremonia de una impresionante belleza plástica que comienza a las cuatro de la mañana, en una plaza de la ciudad y finaliza con la amanecida. Sermones, cánticos y rezos acompañan a la reliquia hasta que es depositada de nuevo en el templo. La línea divisoria entre la realidad y la leyenda no existe en Etiopía. El Aba Mokonem, guardián de los objetos sagrados nos contó que el Arca de la Alianza es invisible, que existe pero que no se puede ver "lo mismo que nosotros no podemos ver nuestros corazones", y añadía con todo convencimiento que el Guardián del Arca no podía ser grabado en televisión porque desaparecía de la imagen con todo lo que se hubiera grabado hasta ese momento. "Probad si queréis", nos decía desafiante.
A las afueras de Axsum existen unas fastuosas ruinas que los etíopes se empeñan en situar como una de las más importantes moradas de la reina de Saba y de su hijo Menelik I. Estas ruinas han sido restauradas recientemente y se puede apreciar muy bien el salón del trono desde donde la reina de Saba impartía justicia a su pueblo.
En el siglo IV después de Cristo Etiopía se convirtió al cristianismo copto pero todavía quedan algunos habitantes que se proclaman judíos. Son los "falachas" que habitan poblados cercanos al lago Tana. Unas estrellas de David y una herrumbrosa sinagoga indican que estamos en un territorio hebreo. El día que fuimos sólo había una judía que se apresuró a darnos con las puertas en las narices ante el descubrimiento de la cámara. En esta pequeña aldea venden una pequeña cajita de cerámica que, al abrirla, deja al descubierto las figuras del Rey Salomón y la reina de Saba en la cama.
El lago Tana fue atravesado por Pedro Páez en diversas ocasiones, tanto para visitar al emperador Za Denguel, el primero que convierte al catolicismo, y posteriormente, para ver a su amigo el emperador Susinios que tambíen se convierte al catolicismo, de la mano de Páez. El jesuita atravesó en más de una ocasión este lago frecuentado por cocodrilos e hipopótamos. Y lo hizo en tankwa, una pequeña y endeble embarcación hecha con hojas de papiro de usar y tirar, pues suelen durar unos tres meses. El equipo, que viajó en una barcaza y que tuvo muy cerca a los hipopótamos, pudo comprobar la destreza de los barqueros en fabricar una tankwa en unos veinte minutos.
Desde Bhar Dar , en donde buscamos y dimos con una casa atribuida a Páez , atravesamos el lago Tana de sur a norte y llegamos a Górgora con la intención de encontrar la iglesia palacio que Páez había construido para Susinios. Pedro Páez había dibujado los planos, diseñado las herramientas y trabajado como albañil en la obra. Existía una dificultad añadida al desconocimiento de si quedaba algún muro en pié, esta dificultad no era otra que la Górgora que había conocido Pedro Páez, estaba próxima pero no en el mismo lugar que la Górgora actual .
Llegamos a un lugar perdido en el tiempo, además de en el mapa, y una de las primeras criaturas que vino a nuestro encuentro fue una hiena, animal muy abundante en el lugar. Un lugar, tan hermoso como inhóspito y en el que para poder acceder a la ducha había que dedicarse a la caza de la tarántula. A la madrugada siguiente salimos a la búsqueda de la Iglesia Palacio de Susinios. Tras varias horas de camino vimos sobre una pequeña ladera las imponentes ruinas de lo que fue la iglesia palacio de Susinios. En pié, semiderrudas, todavía quedaban un par de torres, así como la estructura de lo que había sido una espléndida muralla devorada por la herrumbre y los matojos convetida en guarida de serpientes . Y en el centro, un montón de piedras cubrían lo que fue el cuerpo de Paez. Al fondo, el lago Tana. Fué, sin duda, el momento más emocionante del viaje .
El día anterior cuando nos dirigíamos a Górgora , en la Iglesia de Saint Stephanus, habíamos contemplado la momia de Susinios. La historia comenzaba a tomar cuerpo y a poder ser contada en imágenes.
Pero aún nos faltaba ir al punto en que el Nilo Azul entra en el lago Tana, seguir su recorrido a través del mismo y ver la salida. El Nilo Azul entra tan suavemente en el lago que la escasez de agua provocó el encallamiento de la embarcación. Las caras de pavor de los dos etíopes que gobernaban la nave nos hizo conscientes de la proximidad de unos hipopótamos nada ajenos a nuestra inmovilidad. Fueron unos minutos de tensión que el capitán sorteó con nerviosos e imperativos golpes de timón.
El Nilo Azul se deja caer con furia desde unas rocas. Son las cataratas de Tisisat, cruzadas por un arco iris que se va desplazando con la querencia de la luz. Pedro Páez las describe así: "Y teniendo andado como cinco leguas, llega a una tierra donde cae a pique por unas rocas, que tendrán de alto catorce brazas, y será necesario usar una honda para llegar con una piedra de banda a banda... Y en el invierno, por el golpe que da abajo se levanta el agua como humo en el aire".
Nos quedaba, por último, llegar a las Fuentes del Nilo Azul. Nadie se ponía de acuerdo sobre dónde se encontraban. Las informaciones contradictorias se sucedían, así que nos aventuramos hacia las montañas de Sakala, a ver si , una vez más , la suerte, o tal vez la mano del padre Páez nos conducían al lugar.
Dimos con el sitio donde el Nilo Azul brota con más bríos nada más nacer, una especie de patio rodeado por un muro. El lugar era custodiado por unas monjes que se afanaban en poner orden en una fila de hombres, mujeres y niños, que portaban toda clase de vasijas con la intención de coger el agua sagrada que manaba de un ridículo chorrito. Los monjes nos informaron de que éste era un lugar sagrado y de que todo lo que se podía ver era la tubería chorreante, ya que el Gobierno había tapiado con cemento el brote del río, al objeto de que no se desperdiciara ni una gota del líquido sagrado. Repuestos de la desilusión, alquilamos unas mulas y nos dirigimos al gran promontorio que nos habían señalado como el lugar del nacimiento del río. Tras varias horas de escalada a lomos de las mulas, seguimos a pié y poco antes de llegar a la cima pudimos contemplar el descubrimiento de Páez en 1618, cuando acompañaba al emperador Susinios en una de sus numerosas expediciones militares. Y bajando la vista hacia un valle que por su esplendor nada tiene que ver con el paisaje africano, contemplamos los ojos del Nilo Azul. A la vuelta hacia Bhar Dar, ya oscurecido, nos advirtieron que tuviéramos cuidado con los bandidos, que apostados en los caminos, atracaban a los viajeros. No nos dió ningún miedo, ya que , en cierta forma, nos sentíamos protegidos. ¿El padre Páez desde el otro mundo, quizás.?
Los que conocen a Páez son auténticos fanáticos del personaje. Le ocurre a Richard Pankurst, un historiados inglés, la máxima autoridad en la historia de Etíopía, en donde vive y en donde ha impartido clases en la Universidad de Addis Abeba durante treinta años. Punkerst dice que Páez, además de un gran diplomático e historiador -como demuestra en su "Historia de Etiopía"- fué el auténtico descubridor de Las Fuentes del Nilo Azul. Y se despacha con su paisano James Bruce, diciendo que le considera un tramposo que trató de ocultar las pruebas del auténtico descubridor de Las Fuentes del Nilo Azul , que no fue otro que el genial Pedro Páez.
Carmen Villodres
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