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A la conquista de Tombuctú Yuder Pacha (1590 – 1591) |
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| José Prieto |
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Bibliografía: "Exploradores españoles olvidados de África" SGE. 2001
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Timbuctú. Son pocos los lugares de este mundo capaces de evocar, con la sola pronunciación de su nombre, tantas cosas. Realidad y mito, historia y quimera se entremezclan entre sí hasta formar un todo inseparable. La historia de Timbuctú, o Tombuctú como pronuncian los franceses, es la historia de sueños y aspiraciones humanas con un denominador común: el oro.
A Timbuctú llegan hoy los viajeros ansiosos de pisar el suelo de la ciudad más deseada por los exploradores europeos del siglo XIX y evocar allí su sufrimiento y sus decepciones. No es ni sombra de lo que fue, pero tampoco es la ciudad ruinosa y triste que describieron Gordon, Caillé o el español Cristóbal Benítez. Un turismo no muy abundante, aunque con inquietudes culturales la sacaron de su marasmo, pero aún hoy sigue dominada por la cultura tuareg, que comparte a regañadientes las mismas fronteras con las otras etnias malienses. Las tensiones actuales entre estas culturas separadas por el gran río Níger son las consecuencias de su propia historia y de la historia de la colonización europea en Africa.
La sola visión de la mezquita de Sankoré basta para intuir que Timbuctú no fue una ciudad cualquiera, pero si el viajero se pierde por sus callejas podrá ver, entre sencillas casas de adobe, sólidos edificios con ventanas vestidas de celosías y puertas bellamente talladas, producto de las diferentes culturas que, durante siglos, convivieron en esta ciudad.
Ningún europeo llegó a conocer nunca el brillo de Timbuctú, excepto uno: Yauder Pachá (llamado por otros autores, Joder Pachá), un morisco originario de Cueva de Vera (Almería) que en el siglo XVI no sólo la conoció, sino que la hizo suya con una expedición sufragada por el sultán de Marruecos Al Mansur, aunque también fue el principio de su decadencia.
Pero, ¿qué hizo que esta ciudad se convirtiera durante siglos en meta de las caravanas que surcaron las rutas del inmenso desierto del Sahara desde Trípoli hasta Marruecos y, siglos después, de los expedicionarios europeos? La respuesta está en el oro, el oro que muchos creían que provenía de Timbuctú, pero que en realidad llegaba desde mucho más abajo, del País de los Negros, de unas minas cuya ubicación era celosamente conservada en secreto por sus explotadores.
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